Un Mundo De Falsarios

Posteado: 17/06/2009 |Comentarios: 2 | Vistas: 361 |

          Decía Miguel de Unamuno que él prefería hablar con los autores vivos a tener que leerlos; que él sólo leía a los muertos, porque no le quedaba otro remedio para saber de ellos.

          En realidad, Unamuno sólo hablaba de sí mismo, “porque me tengo más a mano”, argumentaba. En una anécdota, seguramente tan apócrifa como la mayoría de las que se le atribuyen, el escritor vasco paseaba un buen día con un amigo y con una tercera persona que acababa de conocer mientras explicaba su fastidio por necesitar ocho horas de sueño, pues suponía él que eso era una pérdida de tiempo. El acompañante de su amigo le interrumpió: “A mí me basta con dormir seis horas”. Molesto por la intromisión de semejante chiquilicuatre, el eximio y arrogante Don Miguel le espetó: “Seguramente es verdad, señor mío, que usted está despierto más horas que yo; pero sepa que cuando yo estoy despierto lo estoy muchísimo más que usted”. 

          Los personajes públicos no son, pues, como uno creyera o quisiera que fuesen. Recuerdo que el periodista Arturo San Agustín entrevistó una vez a su admirada Patricia Higsmith, la autora de inquietantes obras maestras de suspense. El resumen de lo que le pareció la novelista no se atrevió a publicarlo tal cual: “Una bruja”, me dijo.        

          Probablemente tenía razón Unamuno en su prevención a leer a los vivos. Los periodistas seríamos los primeros en evidenciar muchas contradicciones entre nuestro trabajo y la realidad. Hasta los medios de comunicación anglosajones, tenidos tradicionalmente como serios, están repletos hoy día de falsarios. En los últimos años han sido despedidos de su trabajo por faltar a la verdad diferentes premios Pulitzer: desde el reportero de la NBC Peter Arnett al periodista de USA Today Jack Kelley, pasando por el plusmarquista de falsas historias Jason Blair, de The New York Times.

          Las mentiras en la prensa no son, sin embargo, algo nuevo. En los años sesenta se descubrió en Alemania un bunker en el que un soldado nazi habría sobrevivido alimentándose con conservas durante veinte años. Tras docenas de reportajes con fotos incluidas, se descubrió que todo había sido un engaño. Veinte años más tarde sucedió lo mismo con unos falsos diarios de Adolf Hitler. El fraude estaba tan bien tramado que publicaciones internacionales tan prestigiosas como Paris Match o Der Spiegel picaron como incautas y publicaron la superchería.        

          La doblez, sin embargo, es otra cosa. Por ejemplo: que alguien exhiba una vida pública de periodista independiente y que se sepa luego que ha trabajado para los servicios secretos de la extinta Alemania Oriental, como le pasó no hace mucho al famoso reportero internacional Günter Wallraf, autor de Cabeza de turco y con muchos otros impresionantes trabajos de investigación a sus espaldas, en los que se hizo pasar por un traficante de armas de extrema derecha o se introdujo en las tripas del diario sensacionalista Bild Zeitung para poder denunciar así su manipulación informativa.

          Algo parecido le ha sucedido póstumamente al escritor británico de izquierdas George Orwell. El celebrado autor de la ficción futurista 1984 y de Homenaje a Cataluña durante nuestra guerra civil supo ocultar que denunció hasta a treinta y ocho colegas suyos, calificando a unos como “criptocomunistas”, a otros de “simpatizantes” y finalmente a un tercer grupo como “compañeros de viaje”. Y todo, para merecer infructuosamente el amor de la joven Celia Kirwan. Claro que el novelista, muerto pocos meses después, ya dejó escrito que “a los 50 años, todos tenemos la cara que nos merecemos”.         

         Otros escritores españoles, con aventuras menos dramáticas, han tenido que convivir con el sambenito de presuntos pecados juveniles que ellos negaron o, simplemente, desdeñaron. Así, el Premio Nobel Camilo José Cela, impetuoso, liberal y tremendista, en su vida y en sus escritos, hubo de superar su breve dedicación alimenticia como censor en la difícil primera época del franquismo. También al vitalista Josep Pla se le acusó de ser un espía sui generis a favor de los militares sublevados en 1936, a quienes se limitaba a narrar el movimiento portuario que veía desde su hotel de exiliado catalán en Marsella mientras desayunaba.

          Sin necesidad de engañar a nadie, otros escritores apenas si se movieron de su casa para contar lo que sucedía en remotos mundos de creación. Ése fue el caso del prolífico Julio Verne, anclado constantemente en el salón de estar de su casa, mientras escribía desde él fantásticos viajes más allá de los confines de la tierra, o de Edgar Rice Burroughs, quien situó todas sus novelas sobre el imaginario y luego cinematográfico Tarzán de los Monos en África, donde jamás había puesto los pies. Siendo ya famoso y millonario, alguien le preguntó si no le apetecía ir ya de una vez al continente africano. “¿Para qué?”, le contestó con sincera brutalidad el escritor: “Imagínese qué chasco si no se pareciese en nada a cómo lo he descrito”.

          Pues eso. Para mucha gente, lo importante no es la realidad, sino la apariencia. Eso le sucedió a Orson Welles, fascinado por la compleja personalidad de Elmyr de Hory, el pintor afincado en Mallorca que falsificó con una pulquérrima exactitud desde Matisse a Picasso, sin que nadie se diese cuenta de la superchería durante muchos años. De ese juego entre la apariencia y la realidad surgió la película biográfica F For Fake, considerada por algunos críticos como una joya.

          Lo peor, con todo, es aparentar unas virtudes sociales de las que se carecen. Eso le pasó al difunto presidente John F. Kennedy, glamourosamente casado con Jackelin Bouvier, del que se conocieron con posterioridad a su muerte infinidad de aventuras extraconyugales, la más famosa y connotada de todas ellas con la actriz Marilyn Monroe.

          Pasando un pudoroso velo sobre las arriesgadas peripecias eróticas de otros miembros de su vastísimo y aún poderoso clan familiar, digamos que deportistas famosos han padecido similares descubrimientos sexuales en situaciones que se han caracterizado en algún caso por su dramatismo. Por ejemplo, cuando el baloncestista Magic Johnson anunció que era portador del virus VIH salieron a la luz las orgías colectivas de muchas estrellas de la NBA. Otro jugador de baloncesto también de primerísimo nivel, Kobe Bryant, se vio sometido hace dos años a un juicio por presunta violación de una joven en Denver, del que salió exculpado. ¿Y qué decir del archifamoso, peculiar y emblanquecido Michael Jackson, inmerso en un larguísimo proceso de corrupción a menores, del que se salvó por los pelos?

          En su día, el precursor de los famosos infectados por el SIDA y muerto a causa de esa enfermedad fue Rock Hudson. Entonces se desveló toda una vida de prácticas homosexuales, hasta ese momento infamantes desde el punto de vista social, y que eran absolutamente impensadas de quien pasaba por ser uno de los heterosexuales más codiciados de Hollywood. 

          Gentes como Michael Jackson, ya lo hemos dicho, han obtenido un veredicto de inocencia. No como el campeón mundial de boxeo Myke Tysson, que hubo de pagar en la cárcel sus violentos excesos sexuales. Sobre muchos personajes del gold gotha de la celebridad —que diría el escritor José Luis de Villalonga— los tribunales de justicia han dictado ya sentencias de culpabilidad en diferentes actividades de la vida. ¿Quién lo hubiese predicho cuando gente ahora en prisión por delitos económicos estaba por encima de cualquier sospecha, arropada por el poder del dinero, de las influencias y de una rotunda fama de honorabilidad? Me refiero a aquel grupo de millonarios de los años 80 que se enriquecieron en España mediante prácticas fraudulentas sancionadas por la ley: aquella denominada beautiful people, compuesta, entre otros, por preclaros varones tan poderosos como Mario Conde, Javier de la Rosa, los Albertos, Mariano Rubio, Manuel de la Concha y otros cuantos ciudadanos tan honorables como ellos, participantes de todas las cacerías y de todos los consejos de administración y de la amistad preferente de los políticos y de los inversores internacionales.

          En plan cutre, a semejante lista habría que añadir a Luis Roldán, Julián Sancristóbal y algunos otros personajillos de medio pelo, pringados o aspirantes a medrar económicamente al amparo de unos políticos consentidores o hábilmente cómplices de ellos.

          Normalmente, los famosos suelen ofrecer un aspecto social muy presentable que contrasta muchas veces con otro menos amable y más hosco que nos muestran en la intimidad. Algunos aparentan ser personas circunspectas, como el dictador argentino Juan Domingo Perón, quien privadamente mantenía un asunto con una niña de trece años. Enterado de ello el Nuncio Apostólico del Vaticano, se atrevió a formular un suave reproche a la supuesta catolicidad del militar. “¡Pero mi general —le dijo—, mire que la muchacha sólo tiene 13!”. “No importa; yo no soy supersticioso”, le contestó Perón.   

          Son bastantes las historias que se atribuyen a los dirigentes políticos, quizás como única venganza posible y a veces póstuma por parte de sus sufridos súbditos. Otras veces, simplemente, porque son verdad. En cualquier caso, muchas de ellas resultan difícilmente comprobables, como la atribución hecha en su día por la revista Forbes al austero dirigente palestino fallecido Yaser Arafat de poseer oculta en Suiza una fortuna personal de al menos 300 millones de dólares.

          Otras críticas a los hombres públicos son más ajustadas a la realidad. De Kemal Atatturk, el padre de la Turquía moderna, a la que rescató del atraso secular, de la sumisión religiosa y de la postración postimperial, se criticaba el que su principal compañero de juergas etílicas fuese curiosamente su caballo. No es insólita esa relación entre la equitación y el alcoholismo, sin remontarnos a los excesos surrealistas de Calígula. El actor norteamericano de los años 50 Broderick Crawford era un impenitente borrachín que en cuanto lo montaban en una cabalgadura se erguía como el más sobrio de los mortales.

          No seguimos más allá en el rutilante mundo de Hollywood de forma deliberada y consciente, puesto que el escrutinio sobre la vida de actores y actrices, cuando no su propio exhibicionismo narcisista, ha sido constante y pertinaz. Así que, salvo veladas historias como la actividad como espía del actor Errol Flynn, por ejemplo, no hay prácticamente dobles vidas que mostrar ni apasionantes falsedades por descubrir.

          A veces, sin embargo, se producen revelaciones póstumas, como la de Catherine Allegret, hija de Simone Signoret, que afirmó en un libro aparecido hace tres años que su padrastro, el actor y cantante Ives Montand, abusó de ella cuando era niña.

          En general, los actores, como otros artistas excesivos y extrovertidos, viven de hecho cara al público. Quizás, por aquella caracterización que hizo de ellos ya hace siglos Juan Jacobo Rousseau: “El mal actor lo es porque tiene poca sensibilidad; el buen actor, en cambio, posee mucha sensibilidad, y el actor exquisito, finalmente, carece totalmente de ella”. Sea o no cierta tan maliciosa definición, hay personajes públicos extravagantes y apasionados, como el poeta italiano Gabriele d’Annunzio, que vivieron su vida como una aventura: seducido como tantos otros de su época por el fascismo de Mussolini y famoso por sonados romances como el que mantuvo con la actriz Eleanora Duse, llegó a ocupar militarmente con trescientos de los suyos la localidad yugoslava de Fiume durante año y medio hasta que hubo de ser desalojado de ella por la brava.

          La vinculación de los intelectuales con el fascismo o con el nazismo no ha sido tan infrecuente como se cree. Su enumeración resultaría larga y odiosa, con lo que se demuestra que el talento no tiene nada que ver con la adscripción política. Mientras algunos intelectuales franceses militaron activamente contra los nazis, como André Malraux, otros fueron antisemitas declarados y amigos del Tercer Reich, como Louis-Ferdinand Céline, el autor de Viaje al fin de la noche, quien hubo de huir en 1944 de Francia para evitar ser fusilado por sus compatriotas.

          En España, aunque haya una culpable ignorancia de ello por culpa de la deliberada falsificación histórica que promueve el Gobierno de Rodríguez Zapatero, constituyeron una auténtica pléyade los escritores que colaboraron con el régimen instaurado por Franco en 1936, tal como recoge Julio Rodríguez-Puértolas en su antológica Literatura fascista española: Agustí de Foxá, Manuel Machado, Eugenio Montes, Ernesto Giménez Caballero, Eduardo Marquina,... Como evidencia de ese pensamiento reaccionario, dejo aquí una pequeña muestra de él. Resulta que el poeta catalán Luys de Santamarina, a quien llegué a conocer personalmente, me argumentaba una vez: “¿Conoce usted a un negro que sepa escribir? ¡Esa gente sólo sirve para boxear!”. Tal cual.

          A ambos lados del espectro ideológico existen, como se ve, gentes poco recomendables. El escritor norteamericano de izquierdas, Dashiell Hammet, creador de la literatura negra policíaca y personaje perseguido por el macartismo, estuvo entregado al alcohol y —dada su subordinación a su pareja, la también escritora Lillian Helmann— acabó despojando prácticamente de derechos a sus hijas. Claro que su acosador, el implacable senador anticomunista Joseph McCarthy, fue todavía mucho más impresentable que él. En una visión retrospectiva, es absolutamente incomprensible que semejante patán llegase a amedrentar a todo un país durante casi media docena de años. Grosero, resentido, desaseado y bebedor, acabó en el ostracismo político y social más clamoroso.

          Donde la hipocresía de bastantes grandes hombres resulta obviamente manifiesta es en su relación con las mujeres. Una biografía reciente del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín explica que éste sólo debía aplicar su sensibilidad a la creación artística mientras que daba unas palizas de muerte a su esposa. Tampoco han sido muy piadosas con él las sucesivas biografías sobre el genial Pablo Picasso, en las que su misoginia militante ha sido puesta en evidencia una vez tras otra.

          Claro que bastantes veces la violencia de género sólo es una derivación de la erotomanía, o de la adicción sexual, como se dice más modernamente ahora. El pintor impresionista Paul Gaugin lo resolvió yéndose a vivir a la Polinesia, donde se emparejó con una indígena de 14 años. En cambio, al cineasta polaco Roman Polanski le pillaron con una menor en Estados Unidos, país a donde no ha podido volver todavía al pender sobre su cabeza la amenaza de ir a la cárcel.

          Sin llegar tan lejos, Georges Simenon, creador del personaje literario del inspector Maigret, reconoció en sus Memorias que, además de escribir sin parar, tuvo discretamente una intensa y promiscua vida sexual, incluso en presencia de su sufrida y consentidora esposa.

          A veces son los varones los sujetos pacientes de estas historias rocambolescas o extrañas. La policía de Cambridge investigó hace algún tiempo, por ejemplo, si era cierto o no que el físico discapacitado Stephen Hawking, postrado en su silla de ruedas por una esclerosis lateral amiotrófica, había sufrido reiteradas sevicias por parte de su segunda mujer, Elaine Mason.

          Y es que, si las relaciones de pareja ya son difíciles de por sí, cuando algún genio anda de por medio resultan todavía más complicadas. El caso más paradigmático, quizás, sea el de la legendaria artista Frida Khalo —llevada a la pantalla por Salma Hayeck—  y el exuberante y excesivo pintor Diego Rivera, uno de los dos grandes muralistas mexicanos. El otro, David Alfaro Siqueiros, estalinista militante y ferozmente opuesto al trotskismo de Rivera, vivió durante sus últimos años bajo la sospecha de haber colaborado con Ramón Mercader en su brutal asesinato de Trotsky con un picahielos.

          Cientos de ejemplos más harían interminable esta relación de anécdotas sobre personajes públicos, famosos y admirados todos ellos, notables en su vida profesional y en su presencia social, pero con las mismas zonas oscuras que el resto de los mortales. A veces, incluso, por su superior sensibilidad, su mayor actividad creativa o la especificidad de su trabajo intelectual o artístico, algunos de ellos acaban por creer que no les son aplicables los códigos de conducta por los que se obliga a regir la vida de las demás personas. Allá ellos.            

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    Juan Español 07/08/2009
    ¡Y eso que no habla de los políticos!
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    A. González 25/06/2009
    Pues a mí me ha gustado mucho.
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