La Pobreza Urbana En Mexico Y Su Impacto En El Desarrollo Social

Posteado: 04/05/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 8,130 |

La pobreza urbana en México, y se podría decir que en cualquier país, delimita una sociedad aparte con sus propias formas de socialización y de relación; con un funcionamiento propio. Esto lo describe perfectamente Michael Janoschka al hablar de la restructuración económica relacionada al proceso de la globalización. Esto provoca la precarización en cierto sector que a su vez causa un cambio en el contexto espacial: nos encontramos con una reclusión de la clase baja que se expresa mediante barreras físicas y de comportamiento; esto último refleja la creciente tendencia dentro de las grandes ciudades de eliminar los “aspectos” no deseados.

Aquellos pertenecientes a la clase de la pobreza urbana, ven su forma de ser y su forma de organizarse determinadas por el contexto y las condiciones en los  que se desenvuelven, por las características que estos mismos factores les adjudican, y por todo aquello a lo que están atados a causa del sistema imperante en la sociedad.

Según cifras de la ONU, en el mundo 1000 millones de personas se encuentran viviendo en situación de miseria; no existe un término más adecuado para englobar la precariedad de sus viviendas y la falta de servicios esenciales. En nuestro país existen actualmente 18.5 millones de personas en pobreza extrema (La jornada, 2009), y según el INEGI la mayoría se concentra en los estados de Chiapas, Guerrero y Oaxaca. Los indicadores de los que esta Institución se vale, y por lo tanto su bajo porcentaje caracteriza a este estrato de la población, son: los referentes a los servicios públicos esenciales, agua entubada, energía eléctrica, drenaje, piso diferente al de tierra, paredes y techo de materiales durables, viviendas sin hacinamiento, servicio sanitario exclusivo; al equipamiento de la vivienda, viviendas que cuentan con refrigerador, televisión, teléfono, auto; a la salud, personas con acceso a servicios de salud; a la educación, mayores de 15 años alfabetas, niños que asisten a la escuela, adolecentes que asisten a la escuela, mayores de 15 años con instrucción post primaria; al empleo, mujeres ocupadas, población económicamente activa, población ocupada que recibe más de dos salarios mínimos, población ocupada en el sector terciario formal, profesionistas o técnicos.(INEGI)Existen otros indicadores que no se mencionan, pero los que aquí se muestran, bastan para ir formando todo el concepto que la pobreza urbana representa.

Comparando las cifras de pobreza extrema en México con las de aquel sector con mayores ventajas que apenas rebasa los 8 millones (INEGI), podemos establecer una relación económica entre estos dos sectores; y estableciendo esto en función del sistema binario que rige prácticamente a todas las sociedades, tenemos la relación pobre-rico, donde el primero siempre será el subordinado y por lo tanto, el segundo se encontrará en un nivel mucho más alto. Como dice Gramsci, las relaciones económicas forjan el modo de ser de la sociedad; el papel de subordinación que ejercen todos aquellos pertenecientes al sector pobre, determina su forma de actuar y  de organizarse dentro de su misma sociedad aparte y dentro de la sociedad en general.

Luis Díe Olmos habla de constantes dentro de la clase baja tales como familias monoparentales, factores étnicos que suponen una marginación, la persistencia de un analfabetismo absoluto y niveles bajos de cualificación personal. Según Díe Olmos, estas constantes no solo configuran las condiciones materiales de vida, sino también las relaciones humanas y sociales que pueden establecer las personas y familias pertenecientes a esta clase social; el individualismo como criterio prevalente en las relaciones humanas y sociales potencializa la ya bien arraigada cultura del sálvese quien pueda. Esto supone también un determinante de la exclusión social de las personas pertenecientes a esta clase, puesto que se ven incapacitadas para asociarse y hacer un frente común.

Nos encontramos entonces con todo un sector de la población, orillado a la aplicación de ciertas tácticas y estrategias para su mera supervivencia. Cuando se trata de esto último, queda muy poco espacio o ninguno para pensar en la solidaridad; una mujer de clase baja, sin educación, que ha crecido en un ambiente precario y de violencia, se ve envuelta en opciones tales como la prostitución, la mendicidad, etc. todo aquello que puede estar a su alcance significa el repudio social y una marca de por vida; y como ella nos encontramos a millones de mujeres y hombres, niños y niñas, ancianos y ancianas. Con un escenario de tal naturaleza, sólo nos podemos encontrar, dentro de la pobreza urbana, con un contexto incapaz de solventar las necesidades básicas y que por lo tanto no propicia  un ambiente armónico y solidario; con agentes que se ven situados en su propia realidad precaria y en una lucha constante por sobrevivir, lo que una vez más impide una sana relación social y al contrario da paso a abusos, extorsiones, etc.; con estrategias de las que se valen estos agentes, totalmente basadas en la cultura del sálvese quien pueda.

Como ya habíamos dicho, dentro de la pobreza urbana, todo movimiento, toda acción tienen que ver con la supervivencia; y tratándose de esta crece el asilamiento  y se hace nula la organización.

 

Como sabemos, el proceso de trabajo es un determinante fundamental para aquellas clases que se generan dentro de una sociedad. Según el trabajo que se desempeñe y la remuneración que este otorgue, se van construyendo todos los demás determinantes para las clases sociales; mientras más directo sea el contacto con los medios de producción, menor será el rango en el proceso de trabajo; así, aquellos que desempeñan roles más administrativos, serán pertenecientes a un nivel más alto.

Refiriéndonos ahora a la pobreza urbana, trasladaremos la cercanía a los medios de producción, al uso de estrategias por parte de aquellos que son pertenecientes a esta clase social. Como ya habíamos dicho estas estrategias se fundamentan en la supervivencia, por lo tanto el uso de estas determina la posición del agente dentro de la sociedad. Estas estrategias se formulan dentro de dos marcos: aquel en donde predominan los abusos, la extorsión, el engaño, etc.; y aquel en donde la aplicación de estas estrategias supone un repudio social. Así aquellas personas pertenecientes a la clase baja que cuentan con una ventaja sobre los demás, dentro del primer marco, son las que roban, son las que usan las capacidades de otros para obtener un beneficio propio, son las que engañan con alguna incapacidad física para obtener ganancias mendigando, etc.; por otro lado, dentro del segundo marco, son aquellas personas que se prostituyen, que se dedican al ambulantaje, que hacen el trabajo doméstico de casas ajenas, etc.

Son muy pocos los que cuentan con un trabajo “digno” que cumple con las normas impuestas por otras clases sociales muy diferentes a la clase baja. Además, estos en la mayoría de las ocasiones representan una remuneración económica más baja a la que ofrecen todas aquellas ocupaciones que están dentro de los dos marcos antes mencionados.

La pobreza urbana, como todo fenómeno social, hace algunos años  pintaba totalmente otro escenario; otras cifras, otras estadísticas, otras formas de organización, otras formas de comportamiento, en pocas palabras, era una pobreza diferente.

Sin embargo existen constantes presentes en cualquier época que son mencionados por Díe Olmos, son aquellos factores cuya conjunción crea a la clase baja: segmentación del proceso de trabajo, procesos de dualización social, concentración geográfica de los pobres en ciertas zonas, analfabetismo absoluto, situaciones laborales que no garantizan la normalidad social ni la independencia económica, cierta pasividad de las administraciones públicas en la lucha contra la pobreza. De estas, son la segmentación del proceso de trabajo y la dualización social, las que determinan fundamentalmente la existencia de una clase baja; así desde las primeras sociedades tenemos a un señor feudal y un campesino; un burgués y un obrero; un empresario y una persona de intendencia.

En la actualidad la pobreza se ve acrecentada por distintos factores más. Las crisis económicas afectan directamente a la clase baja; las empresas disminuyen su personal, el empleo cae y las oportunidades de todo tipo desaparecen. Sara Gordon expresa las dificultades experimentadas por las actividades económicas en dos aspectos: primero, la expulsión de trabajadores del mercado laboral formal y por lo tanto de toda seguridad social, en esta situación se ven los obreros despedidos por cierres de plantas o reorganización interna de las industrias; segundo, los obstáculos de acceso para quienes ingresan al mercado de trabajo. Esto es a lo que Gordon llama procesos de desindustrialización; más que caracterizarse por la pérdida de la fuerza de la movilidad ocupacional, representan la pérdida de oportunidades. Estos cambios dentro de la estructura social de la clase baja, implican ciertos fenómenos que se pueden tomar como reflejo de estos mismos. Para lo anterior, Gordon nos menciona el malestar social, las movilizaciones para presionar y el deterioro social: delincuencia, anomia, desesperanza. Retomando el cambio en el contexto espacial de Michael Janoshcka, lo anterior se concentra en los barrios pobres, y de forma más específica en las pandillas. Estas bandas compensan el hacinamiento de las viviendas familiares, la pérdida de futuro, la falta empleo y oportunidades, con el apropiamiento de ciertas zonas urbanas, y sobre todo  de la seguridad (Gordon, 1997). Este “territorio apropiado” cada vez es más común y más extenso. Cualquiera sabe de cierta zona en donde operan pandillas, etc. o los mismos mendigos quienes frecuentan siempre el mismo lugar. Lo anterior está muy lejos de suponer un contacto directo con otras clases o la sociedad en general; el repudio hacia una persona pobre crece cuando se le ve en una zona donde no estaría normalmente, la imagen que se tiene de ellos en un lugar de clase alta, en muchas ocasiones, es de delincuente potencial. Una vez más nos encontramos con estos sistemas de exclusión y dualización que determinan el comportamiento social de una persona de clase baja.

Una constante dentro de la pobreza a lo largo de la historia de la sociedad, es que el pobre siempre es necesario para el mantenimiento del sistema ya que es él quien hace la mano de obra. Hoy en día en lo que nos vemos envueltos y que son la causa de la constante expansión de los límites de la clase baja, son las pérdidas excesivas de empleo, y en su lugar la imposición de contratos que no representan seguridad alguna para el trabajador, además de la existencia nula de oportunidades para los integrantes de dicha clase. Lo anterior tiene su origen en la ya mencionada pasividad de las administraciones públicas expuesta por Díe Olmos; en la mayoría de las ocasiones, la pobreza se queda como un tema más de alta rentabilidad electoral; son muchos los partidos que utilizan de estandarte a la clase baja sin dedicar programas o soluciones reales.

Toda causa, toda acción que es tomada en torno a la pobreza urbana, son emanadas de distintas fuentes cuya coerción normalmente pasa inadvertida.

Como ya habíamos dicho, las prácticas políticas en muchas ocasiones anteponen la sola idea de la pobreza para lograr muchos de sus cometidos que para nada tienen que ver con el bienestar social. Tienen como intención provocar una inclinación hacia el político o partido en cuestión, valiéndose de supuestas conciencias sociales y tocando las fibras sensibles de la sociedad. El momento en el que nos vemos plagados de este mensaje es sobre todo durante las campañas políticas; carteles, slogans, anuncios de tv, discursos, bombardeo de información en donde el pobre es el blanco de ayuda y por lo tanto el que mantiene la unidad social. Se justifica, se exalta su existencia como medio también de un mensaje puramente político.

Por otro lado nos encontramos a la cultura como institución que forja previamente en la consciencia de un individuo lo que ha de decir, cómo ha de comportarse, lo que ha de sentir, lo que ha de pensar, etc. Dentro del marco de las clases sociales, la cultura es fundamental para el comportamiento de cada uno de sus integrantes y por supuesto para las relaciones entre ellas. La cultura se vale principalmente de la educación; así nos queda claro que las clases más altas tienen un deber de ayuda con la baja, siempre anteponiendo el papel de subordinación de esta última. En las escuelas siempre se lleva a los niños a las colonias más pobres para dar caridad, normalmente esta acción se justifica a los niños solamente diciéndoles “porque tú sí tienes y ellos no, debes ayudarles”.

No podemos hablar de la alienación dentro de la pobreza urbana, sin mencionar el papel que desempeña la Iglesia. Desde la edad media la Iglesia concibe al pobre como un simple medio para alcanzar la salvación eterna, ya que se le daban limosnas y estas significaban estar más cerca del “Reino de Dios”. Actualmente dentro de los sermones de los sacerdotes, las publicaciones de las parroquias y en los mismos textos sagrados, se sigue encontrando el mismo mensaje de “purificación” a través de la limosna. Sin embargo existe otra característica que la Iglesia adjudica a aquellos pertenecientes a las clases más bajas: son la viva imagen de Jesús.

La Iglesia nos repite una y otra vez que es en los mendigos, en los enfermos, en los presos donde encontraremos a Jesús. Esto pone en una concepción diferente al pobre; algunos creyentes lo ven no como aquella persona víctima del desempleo o de un sistema deficiente, sino como alguien bendecido por obra divina para llevar una “cruz” a lo largo de su vida, ser humilde, ser sencillo y alcanzar la salvación eterna.

En relación a la concepción general del pobre, han tenido un papel fundamental los medios de comunicación, en qué tema no lo tienen me preguntaría yo. En telenovelas y en series que nos presentan la misma historia con el mismo mensaje una y otra vez, vemos personajes principales y pertenecientes a la clase baja, con características muy marcadas y que de la misma forma se han quedado en la consciencia de la persona promedio. Mujeres hermosas, sencillas, humildes, sumisas, bondadosas, sensibles, mártires que aceptan su propia condición precaria y tratan de ser felices con ello. Todo este ideal encerrado en un solo personaje, la mujer pobre de México. Aquella que siempre es católica y ayuda a quien se cruce en su camino, siempre sin recibir nada a cambio; esto es hasta que por azares del destino se encuentra al amor de su vida y da un rotundo cambio de nivel social. Estas historias van forjando la idea del mexicano que lucha, que muy a pesar de su condición social es feliz y agradecido con Dios, que se ven envuelto entre amigos y familiares fieles y cariñosos, que está parado en un contexto de casas humildes dentro de vecindades precarias pero unidas. ¿Acaso esto existe?

Por último nos encontramos con los sistemas imperantes actualmente; el capitalismo y la globalización implican un aceleramiento en la productividad, para esto se requiere de un gran número de personas en contacto directo con los medios de producción. En contraste, estos no reciben una remuneración directa por el producto que crearon, se ven sujetos a horarios los cuales determinan su salario, siempre precario. Para que la manufactura de cierto producto implique menos gasto a cierta empresa, esta se vale de contratar mano de obra barata en países tercermundistas. Las condiciones de trabajo para estas personas son miserables al igual que el horario al que se atienen y el salario que reciben. Existe una aceptación por parte de los dueños de producción, de los obreros y por parte de nosotros como consumidores.

Siempre existirá la necesidad de la persona pobre para el mantenimiento del sistema, sin embargo la línea que delimita a la clase baja seguirá expandiéndose aún más, lo que significa un cambio enorme a la estructura social. Con una cultura de masas y de consumo cada vez más fuerte, con la presencia de productos en el mercado a plazos excesivos y con los despidos cada vez más constantes, la estratificación social terminará componiéndose de clase alta y una gran masa. En cuanto a los medios de comunicación, estos se verán potencializados por la creciente cultura de consumo, por lo que su papel dentro de la sociedad será, más que en cualquier otra época, el de “encantador” de mentes; serán los encargados de fomentar aún más  la masa de personas creciente. En cuanto a su particular forma de mostrar la pobreza en la sociedad, esta parece ya haberse quedado en las conciencias de muchos individuos que comparten esa predilección por soñar, desear y no hacer nada.

Retomando los despidos, la falta de empleo y el aumento de pobreza que esto supone, el crecimiento de barrios precarios será enorme, lo que fomentará la ya de por si común pauperización. Esta última llevará a una mayor exclusión que se verá potencializada a su vez, por la participación de generaciones poco sólidas con un individualismo y una cultura de sálvese quien pueda bastante arraigados. Esta cultura imperante seguirá alimentando la rentabilidad electoral que los problemas sociales suponen, continuando con una administración pasiva e impune. Al parecer, tal y como lo es ahora, los programas eficientes, las ayudas reales, estarán en manos de fundaciones y activistas.

 

 

 

 REFERENCIAS

(2009). La jornada .

Gordon, S. (1997). Instituto Internacional de Estudios Laborales. Recuperado el 12 de marzo de 2009

INEGI. (s.f.). INEGI. Recuperado el 9 de marzo de 2009

 Janoschka Michael, El nuevo modelo de la ciudad latinoamericana: fragmentación y privatización, 2002

 Gramsci Antonio, Cuadernos de la cárcel, Era, 2001

 Uña Juárez Octavio, Diccionario de Sociología, ESIC, 2004

 

 

 

 

 

 

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