No Se Lo Digas A Nadie
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Cuando hablo de abusos sexuales infantiles (ASI), uno de los aspectos que más llama la atención a cualquier interlocutor, es la cifra aproximada que se da a la hora de referirnos a su incidencia en la población. Dicha cifra se estima que ronda el 20%, o lo que es lo mismo: uno de cada cinco menores. Todos conocemos más de cinco niños, o lo que es peor, casi seguro que todos tenemos en nuestras familias a más de cinco niños.
Ante una realidad tan inquietante casi nos vemos obligados a cuestionarnos la veracidad de estos números, pero por más que nos cueste creerlo, me temo que por desgracia son ciertos. Se podrá aducir, con razón, que los casos que salen a la luz no sólo no se acercan a ese supuesto 20%, sino que es muy probable que no lleguen ni a la décima parte. Así es; sólo tenemos conocimiento de un pequeño porcentaje, sólo vemos la punta del iceberg. Hay varias razones para explicar esta situación. El título de este escrito ya nos sitúa sobre la pista de una de las más importantes. Tal y como he podido contrastar con muchos de mis compañeros y compañeras sobrevivientes de ASI, en nuestra niñez vivimos aquel hecho traumático con miedo, vergüenza, culpabilidad y un sinfín de sentimientos negativos, pero sobre todo teníamos grabado un mensaje en nuestra mente: “No se lo digas a nadie”. En ocasiones se trataba de una frase pronunciada por el agresor, pero aunque no saliera de sus labios, casi todos la habíamos asumido como si fuera algo implícito a nuestra realidad. No se lo podíamos contar a nadie. El miedo, la vergüenza y la culpabilidad que no sentía el agresor, la sentíamos nosotros.
Hay unos pocos niños que, a su manera, explican lo que les ocurre. Por lo general suele tratarse de abusos producidos fuera del entorno familiar más cercano. Esto facilita algo más al menor la posibilidad de hablar sobre lo sucedido, ya que siendo el agresor alguien externo a la familia, esta se percibe como el ente seguro y salvador, algo que no ocurre cuando los abusos se producen en el seno familiar. La cuestión es ¿qué ocurre cuando el niño revela que está siendo abusado? Lamentablemente en demasiadas ocasiones no se le da importancia a lo que dice o no se le cree, situación que aumenta cuando el agresor es un familiar. El conflicto que podría surgir de confrontar lo que cuenta el menor podría ser devastador, por lo tanto es mejor hacer oídos sordos y pensar que el niño tiene demasiada imaginación.
Además de lo anteriormente citado, hay que tener en cuenta que para un niño hablar de lo que le está sucediendo significa exponerse a muchas situaciones indeseables. Yo recuerdo perfectamente que el mayor de mis temores era ser descubierto, que todos supieran lo que yo había hecho. Es obvio que ahora, de adulto, mi visión de los hechos es radicalmente distinta, pero entonces sólo pensaba que de ponerse al descubierto mi secreto se desintegraría la familia por mi culpa, que en la escuela sería una especie de apestado y lo mismo en el barrio y en todas partes. No, la verdad es que hubiera hecho cualquier cosa para que no se descubriera. Y no es que yo fuese raro; ese sentimiento lo tienen muchos niños abusados, sobre todo si el abuso se ha producido por un familiar, y más aún si se trata de un familiar directo. Es como elegir entre el menor de los males.
Cabría pensar que lo que no fue posible solucionar en nuestra infancia lo podemos solucionar ahora, cuando ya somos adultos y no tenemos nada que temer. Eso parece... pero sólo lo parece. Yo estoy en este camino, y aunque me encantaría poder explicar que mi posicionamiento proviene de mis actitudes heroicas, lo cierto es que fue fruto de una situación extrema, y además no fui yo quien lo reveló a los cuatro vientos. Lo que quiero decir es que ser adulto no te facilita nada. La familia que no te hubiera apoyado de niño tampoco te apoyará ahora. En el mejor de los casos te dirán que lo olvides, que eso ya pasó, que no fue para tanto y demás frases por el estilo. Y digo que en el mejor de los casos, puesto que no es tan extraño que la familia te aparte como si fueras un apestado y que te acusen de buscar venganza, de destruir a la familia o de estar loco.
El precio de la verdad y de la “sanación” es muy caro, por eso la mayoría de ese 20% prefiere seguir oculto, con una vida mediocre, con adicciones, con problemas sexuales, de relaciones, de autolesiones, de intentos de suicidio, de problemas alimenticios... Nos dijeron “no se lo digas a nadie” y muchos cumplirán esa condena sin ser culpables de nada.
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