Ya No Quedan Partidos Nacionales Y Otros Artículos
Ya no quedan partidos nacionales
Una vez más, los presupuestos generales del Estado han quedado en manos de partidos regionales —esta vez el PNV y Coalición Canaria—más centrados, con plena legitimidad, en los intereses de sus comunidades que en los de España.
Esta apelación constante a los partidos minoritarios y excluyentes la hacen tanto el PSOE como el PP cuando la aritmética parlamentaria les obliga a descafeinar sus proyectos o a afianzarlos a precio de oro. Incluso, con tal de gobernar en esta o en aquella comunidad, se ponen en manos de partidos de limitada representación territorial, como la Unió Mallorquina de la ahora imputada Antònia Munar, que acaban beneficiándose siempre al pactar con el mejor postor.
El antes llamado interés nacional —ahora, en el postmodernismo, habría que hablar de solidaridad— ni siquiera encuentra ya acomodo en los partidos denominados, con curiosa paráfrasis, de ámbito estatal. En el PSOE, debido a su recurrente carácter federal, que conlleva, por ejemplo, que el PSC reclame periódicamente el grupo propio que tuvo antaño en Las Cortes o Montilla se ausente repetidamente el Día de la Hispanidad.
Pero el PP tampoco puede presumir, como viene haciendo Rajoy, de ser “el único partido que dice lo mismo en todos los lugares de España”. ¿Lo hace en Castilla-La Mancha y en la Comunidad Valenciana al hablar del trasvase Tajo-Segura?¿O en el País Vasco, al discutir el blindaje del concierto económico?
Y, hablando de Valencia, ¿dicen lo mismo Camps y Rajoy sobre el cese de Ricardo Costa y la depuración de responsabilidades por el caso Gürtel?
La llamada casa común, o sea, España, se está cuarteando, por consiguiente, y nosotros seguimos sin querer darnos cuenta.
Salvar el pequeño comercio
En una reciente encuesta, el 87 por ciento de los comerciantes de Segovia opinaba que su situación económica es mala. El 13 por ciento creía que lo peor aún está por llegar.
Las cifras son extensibles a otras localidades donde el pequeño comercio ha venido vertebrando históricamente desde nuestros hábitos de consumo hasta las relaciones sociales, desde los itinerarios urbanos hasta las normas de conducta. Sin él, pues, nuestra sociedad resultaría algo muy diferente a lo que ha sido hasta ahora.
En el mejor de los casos, además, la bella geografía de nuestros barrios históricos tradicionales se vería sustituida por masas de hormigón que configurarían un paisaje urbano indistinto, despersonalizado, intercambiable y perfectamente prescindible.
Digo que eso resultaría en el mejor de los casos, porque la alternativa aún es peor: la degradación que padecen los centros urbanos de grandes ciudades norteamericanas, donde el downtown de Los Ángeles o zonas céntricas de Washington resultan más peligrosas que algunos lugares del Líbano, Kosovo o Pakistán. Y qué decir del Harlem neoyorkino, con un 40 por ciento de sus edificios tapiados para reducir así el asentamiento én ellos de okupas, drogatas y bandas criminales.
Aunque sólo fuera por eso, las autoridades tendrían que primar al pequeño comercio dada la contribución de éste a la convivencia y al embellecimiento urbano. Si no, la creciente e insegura promiscuidad del Raval barcelonés, de Velluters en Valencia, de San Francisco en Bilbao,… puede pasar de ser la excepción a convertirse en la regla de nuestros hasta ahora admirables centros históricos.
No existimos
He llegado a la terrible conclusión de que no existo.
Nadie pincha mis conversaciones telefónicas, en las que tendría entonces que hablar en clave, como Correa y El Bigotes. Tampoco se graban mis comentarios fuera de micro, como a Zapatero o Rajoy, diciendo “¡vaya tostón!” o cosas aun peores.
Claro que tampoco aparezco en la tele a micro abierto, contando amoríos reales o ficticios, como Belén Esteban. Ni siquiera tengo un pariente como Félix Millet, que me enchufe a precio de oro en alguna fundación. Tampoco la Generalitat catalana me encarga hacer informes inexistentes o ficticios, que me bastaría con fusilar de internet.
Simplemente me levanto por la mañana, saludo a mis vecinos, voy al trabajo, cuido de mi familia, pago los impuestos y realizo otras actividades igual de triviales.
Me temo, pues, que en esta sociedad virtual y escénica, banal y extravertida, lo que publicitan los medios de comunicación es lo único real, aunque nunca llegue a verificarse, y en cambio la oscura y prosaica cotidianidad sólo parece una quimérica ilusión.
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Un llamado de atención hacia la tendencia a delegar la solución de nuestros problemas en otros. Algo que puede llevarnos a la ruina personal y nacional.
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Las peligrosas similitudes de la Unión Europea con algo más que un club de países. Sus requisitos a menudo irracionales y el riesgo de cumplirlos o abrirse.
Una historia verídica que ilustra la indefensión del trabajador frente a un despido improcedente cuando aún no se había aprobado la actual reforma laboral. La incertidumbre de qué pasaría con el actual marco legal en una situación similar.
un análisis de la entrada de los neo nazis en el Parlamento griego, y el peligro del alza de los extremismos en Europa, teniendo en cuenta la percepción del votante de falta de otras alternativas políticas
Yo estoy indignado porque los políticos se jubilan con maravillosas pensiones por ellos creadas, yo estoy indignado porque cuando salen los políticos de esos lujosos edificios donde se asientan las autonomías españolas (en número de diecisiete, que existen en nuestra "España pobre"),ellos y ellas van elegantemente vestidos como jamás pensaron: con trajes de alpaca los primeros, con modelos ‘loewe' las segundas: todos, desde luego, últimos modelos, y pagados con los dineros de los contribuyentes
Para nosotros los mexicanos hablar de política es casi casi un suicidio por que como quiera que sea nos tienen llenos de miedo para no poder decir nada al respecto, pero…. ¿Hasta donde es capaz de aguantar el mexicano esta represión?... con tantas alzas en la gasolina y en los productos de la canasta básica, con tanto asesinato, con tanta delincuencia…. Pero como siempre nunca decimos nada.
"Los ciudadanos, muchas veces, no queremos que nos representen personas como nosotros, sino tipos inalcanzables que, vaya a saberse por qué, suponemos que son mejores que nosotros mismos".
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"Ignorar a los mercados —y, pero aun, intentar "doblegarlos" — es un ejercicio tan inútil como oponerse a la ley de la gravedad".
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