Paradoja Democrática: Desigualdad, Pobreza Y Exclusión

Posteado: 07/12/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 700 |

“Una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser o grande o democracia”

 Theodore Roosevelt (1858-1919) Político estadounidense

El siguiente trabajo se centra en el estudio y la operacionalización de los conceptos de la política moderna, reconociendo su capacidad para dilucidar conflictos, aunque considerando las dificultades que actualmente tiñen su accionar,  en una etapa donde su desprestigio  se acrecienta y la calidad de la democracia y sus formas de representación se ciñen en una aparente crisis. 

Primera aproximación a los Conceptos de  Pobreza y Desigualdad

Para poder abordar la vinculación entre la fortaleza o debilidad  de una democracia,  la distribución del ingreso y el nivel de pobreza, resulta necesario partir de las conceptualizaciones básicas de estos dos últimos  términos, difíciles de abordar en forma objetiva y completa,  por la existencia de una  variedad de enfoques para su tratamiento, a causa de las distancias subjetivas de quienes emprenden dicha tarea.

Estos vocablos, estrechamente vinculados, se aúnan en la llamada “línea de pobreza”, o indicador a través del cual se mide si el ingreso de un hogar puede satisfacer un conjunto de necesidades consideradas esenciales, entre las que se encuentran las de tipo alimentario y otras de tipo no alimentario. La  indigencia representa un escalón  inferior, donde el ingreso no permite cubrir las necesidades energéticas y proteicas mínimas.

Empero, el fin de este análisis no reside en la exploración de los criterios conceptuales o metodológicos para disminuir la relatividad o subjetividad de ambos conceptos.  Por ello, servirá para este trabajo, las definiciones  precedentes que enmarcan razonablemente el planteo inicial.

Sí resulta un dato importante, que se desprende en los párrafos precedentes, que cualesquiera de estas conceptualizaciones no supera el primer escalón de la famosa pirámide de Abraham Maslow o de la menos famosa matriz de Max-Neef. Se refieren a necesidades fisiológicas básicas y apenas a algunas que logran colarse en el segundo estrado jerárquico, como salud y educación. Lejos queda la afiliación, el reconocimiento y la autorrealización en sociedades donde la pobreza se hace presente.

Este pequeño preámbulo permite rápidamente comenzar a admitir que una sociedad cuyas principales necesidades de alimentación, descanso, salud y educación no estén satisfechas, va a sufrir  fuertemente  las consecuencias en  su propio comportamiento,  pudiendo también impactar en la forma de gobierno y en la convivencia social.  Más aún, en un régimen donde, al menos desde el concepto primario e  inmaculado de democracia, todos sus miembros deberían ser libres e iguales. Como menciona Cándido Grzybowski, en su  texto “Democracia, sociedad civil y política en América Latina: notas para un debate”(1),  refiriéndose a la porción de las poblaciones pobres inmersas en una democracia: “Al igual que todos los sujetos sociales, estos grupos necesitan tornarse democráticos en el proceso mismo por el cual se convierten en sujetos.”

Para situar este análisis en una red que contenga los esbozos hipotéticos a plantear, se plasman los siguientes datos estadísticos sobre el factor pobreza, cuantificando una realidad alarmante que permitirá ser ancla para el entendimiento del binomio “pobreza-desigualdad” y su vínculo con la estabilidad democrática:

Existe alrededor de 1.2 billones de personas viviendo con ingresos inferiores a un dólar por día en el mundo.

  • El África subsahariana posee la mayor proporción de personas viviendo por debajo de los umbrales de pobreza.
  • En el antiguo bloque soviético, el umbral de pobreza ascendió  de 1.1 millón en 1987 a 24 millones estimados en 1998.
  • En 2003,  Latinoamérica contaba ya  con 225 millones de personas cuyos ingresos se situaban por debajo de la línea de pobreza.
  • En quince países de Sudamérica, más del 25% de los ciudadanos vive bajo la línea de la pobreza, y en siete países la proporción de pobres supera el 50% de la población.  
  • Más de la mitad de los países latinoamericanos no alcanzó aún el crecimiento requerido para reducir el nivel de pobreza extrema.

 Pobreza y Democracia

El intento por dilucidar el grado de  asociación entre estos dos conceptos ha sido materia de exploración de diversos profesionales. Michael Lewis-Beck, profesor distinguido de la Universidad de Michigan, y Ross Burkhart, Director departamental de la Universidad de Boise Statu, han arribado a interesantes conclusiones al respecto.  Estos estudiosos del tema, a partir de series temporales,  detectaron la existencia de una relación inversa entre democracia y pobreza.  A mayor pobreza, menor democracia o,  dicho de otro modo; países ricos mostrarían democracias más fuertes, mientras que aquellas naciones subdesarrolladas o en vías de desarrollo presentarían democracias más frágiles, quebradas o  sistemas de gobiernos con regímenes absolutistas.  

Estas conclusiones puede ser constantadas parcialmente de una muestra aleatoria de de naciones pobres y ricas.  Podríamos establecer una relación casi directa entre PBI per cápita (dejando por un momento la complejidad del término “desarrollo”) y nivel de calidad democrático. Esta exploración superficial otorga al menos una idea primaria: las democracias estables y desarrolladas ostentan en general un producto bruto interno per cápita de más de USD 1000.

Los vínculos entre desarrollo y democracia han sido estudiados desde mediados del siglo pasado. El sociólogo y político norteamericano Semour Martin Lipset, ya por el año 1959, en su libro “El hombre político”(2), argumenta que la riqueza favorece el surgimiento de la democracia, ya que más riqueza significa menos conflictos distributivos y por ende menos presión sobre el sistema político. La riqueza, sostenía,  también favorece el crecimiento de la base  la clase media y su educación, todo lo cual suaviza los conflictos sociales y genera una igualdad que favorece la democracia.

Otras conclusiones derivadas de los trabajos de la dupla de académico-investigadores Michael Lewis-Beck y Ross Burkhart son que, si bien el desarrollo económico conduciría a la aparición de democracias, éstas, por sí solas, no conducirían al crecimiento económico y a la disminución de la pobreza. Los bajos niveles educativos, característicos de grupos inmersos en la pobreza, imposibilitarían  las formaciones de miembros bien informados y predispuestos para la organización democrática.

También existen corrientes opuestas a la que propone Lipset, que anteceden el  concepto de estado democrático a la estabilidad económica e incluso lo ubican como requisito para lograr el crecimiento y la proilferación de la economía. El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su informe “Perspectivas de la economía mundial 2005” sostiene que “la transición hacia instituciones económicas de buena calidad tiene mayor probabilidad de ocurrir en los países que son más abiertos, tienen una mayor obligatoriedad política de rendir cuentas (…) y están situados en la misma región que otros que cuentan con instituciones relativamente buenas”.

Sea la democracia una consecuencia del bienestar económico o su antesala, de cualquier modo, todos los estudios coinciden en una relación directa: a mayor desarrollo, mayor democracia.

Estas ideas se condicen con las propias de los investigadores Clauss  Offe y Philippe Schmiter, de las Universidades de Humboldt-Berlín y Stanford-USA respectivamente, quienes analizan y bucean las paradojas y dilemas de la democracia liberal: “La pobreza absoluta y las grandes desigualdades en cuanto a ingreso y estatus desalientan las formas de razonamiento político y la formación de aspiraciones políticas compatibles con la adopción y consolidación de la democracia”(3).

Así mismo, la curva que explicita las  brechas entre los percentiles más ricos y los más pobres, si bien ha variado su tendencia mínimamente entre décadas (con períodos de muy leve decrecimiento), posee en promedio una pendiente positiva que evidencia el empeoramiento de la situación marginal de los que viven en situación de pobreza o indigencia en los países tercermundistas. La otra cara de esta misma realidad, muestra una clase alta que aumenta significativamente su acumulación de riqueza, al tiempo que otros segmentos de la sociedad se incorpora a la fila de los carentes de necesidades satisfechas esenciales.

Incidencia de la Pobreza y la Desigualdad en la Calidad Democrática

Los grados de calidad de una democrática se calculan a partir de distintos índices. El Freedom House, el IDD (Indice de Desarrollo Democrático)  de la Fundación Konrad Adenauer o el EIU (The Economist Intelligence Unit) son solo algunas de las metodologías o sistemáticas de arribar a una cuantificación / ponderación de la calidad democrática de un país.

Todos los índices enumerados en forma precedente, y otros no mencionados aquí,  en mayor o menor medida y en función de su propio método, se establecen sobre la base de datos objetivos, percepciones y otros indicadores económico-sociales. Surgen del análisis de los derechos y libertades que gozan las personas, la legalidad e institucionalidad del régimen, el respeto por los derechos políticos y libertades civiles, la presencia de un sistema político multipartidario y competitivo, del sufragio universal, elecciones periódicas con voto secreto, ausencia de fraude, resultados representativos del deseo de la gente y acceso público de los partidos políticos al electorado a través de medios de comunicación o campañas abiertas y el estudio de otros aspectos relativos a la calidad de los mecanismos institucionales que articulan el juego político.

Existen denominadores comunes  de exploración en estas metodologías para determinar los atributos de las democracias: la calidad de los llamados servicios gubernamentales, "la operatividad electoral, el funcionamiento de los partidos políticos, las relaciones entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo y los procesos de descentralización.”(4)

¿Pero cómo se vinculan estos aspectos relevantes de una democracia con la pobreza y sus consecuencias sobre los integrantes de una sociedad-país? Y precedentemente, ¿existe una relación entre uno y otro concepto?

Las respuestas a estas preguntas pueden evidenciarse en la exploración de alguno de los indicadores mencionados. El  IDD - de la Fundación Konrad Adenauer-  considera en su composición cuatro dimensiones, donde la última de esta estructuración se corresponde con el ejercicio efectivo para gobernar en dos subdimensiones relativas a las  capacidades de generar políticas que aseguren el bienestar y  la eficiencia económica. Dentro de esta cuarta dimensión, se incluyen –entre otros- para la construcción del indicador:

-       el desempleo

-       los hogares bajo línea de pobreza

-       la Mortalidad infantil

-       el % del PBI en gasto en salud, educación e inversión

-       la matriculación secundaria

-       el PBI per cápita

-       la brecha del ingreso

Gran parte de estos parámetros, en países en vías de desarrollo, concluyen en la incapacidad por parte de regímenes democráticos de asegurar el bienestar de sus propios ciudadanos ¿Cómo puede formarse un buen gobierno democrático si la democracia no resuelve el problema de la pobreza?

El  IDEA (Instituto para la Democracia y la Asistencia Electoral), gestado y formado en Suecia por más de catorce países, realizó en el año 2000 un foro denominado "Democracia y pobreza, ¿un eslabón perdido?"(5).  En este foro, Bengt Säve-Söderbergh, Secretario General de International IDEA, promulgaba: "La pobreza existe en países desarrollados con una larga historia de gobierno democrático. Pero los valores e instituciones democráticos así como las libertades civiles y de prensa incrementan la responsabilidad y reducen la corrupción, ayudando a dirigir la atención pública a necesidades acuciantes, incrementando, de esa manera el potencial para responsabilizarse con las necesidades del pobre".

Los estudios que vinculan la  pobreza y calidad democrática se acrecientan al tiempo  que los sistemas alternativos se desintegran, los regímenes democráticos se multiplican y maduran pero las poblaciones pobres y marginales  se incrementan exponencialmente. Uno de los íconos en esta materia es el economista indio, Amartya Sen, premio nobel en 1998, quien, a través de su estudio “Poverty and Famines” (Pobreza y Hambre), “argumenta que las diversas libertades políticas disponibles en una democracia, incluyendo elecciones periódicas, prensa libre y libertad de expresión, ayudan a prestar atención y acción a las necesidades de los pobres”(6).

La más básica de las dignidades humanas es la de satisfacer las necesidades mínimas indispensables para vivir y desarrollarse. Si  una democracia presenta esta insuficiencia, carece completamente de sentido por incumplimiento de su más esencial responsabilidad.    Como pronunció el 28 de octubre de este año el vicepresidente de la República Dominicana, Rafael Alburquerque: “La pobreza, la inequidad social y la falta de respuesta a las demandas sociales se han convertido en la principal amenaza de la democracia”. 

Conclusiones Finales

La adopción del sistema democrático es verdaderamente importante en todos los países del mundo. Aquellas naciones capitalistas, partícipes del primer mundo, han transitado un camino importante de construcción de sus instituciones y fortalecimiento de sus democracias. Otros países menos desarrollos,  que experimentaban hasta mediados de la década del ochenta regímenes con distintas formas de autocracia, han comenzado un  giro hacia democracias, algunas de ellas aún adolescentes,  otras todavía insipientes.

La democracia liberal parece haberse transformado, a lo largo de este centenio,  en el paradigma vigente e incuestionable, al tiempo que pocos parecemos convencidos de su eficacia para estabilizar social y económicamente a naciones por igual.  Sin embargo, parafraseando al estadistista y ex premier británico, Winston Churchill, “la democracia es el peor sistema con excepción de todos los demás.”  Asumimos y damos por hecho que es el mejor entre las otras ya moribundas alternativas de dobierno y sistemas de vidas. Ante la ausencia de sus históricos competidores, el sistema está más vivo que antes, pero más  cuestionado que nunca.

Porque, a pesar de esta tendencia bien definida, de instalarse como único modelo de referencia para gobierno, el descontento, en unas y otras naciones, en países ricos y pobres, resulta cada vez mayor, poniendo esta insatisfacción en jaque la democracia liberal tan pregonada, que supo ser tan próspera en los países industrializados durante las décadas precedentes.

En la esencia de la misma democracia se encuentra la participación real del pueblo en el gobierno del Estado. Los dilemas que plantean Clauss Offe y Philippe Schmiter, en su texto “Las paradojas y los dilemas de la democracia liberal”, y que enumeran una serie de conflictos intrínsecos y extrínsecos, sobre los que ya había trabajado Karl en la década del noventa, reflejan los peligros y problemas que se enfrentan y que deberán ser resueltos si se desee preservar la salud del sistema democrático.

Gran parte de la bibliografía de la materia en cuestión, coincide en un punto crucial: la  democracia se encuentra lejos de la consolidación como forma de organización de un grupo de personas, como forma de gobierno y menos aún como forma de vida.  Son necesarias políticas concretas que embistan concurrentemente las dificultades generadas por las divisiones sociales, culturales pero en particular las agudas desigualdades económicas.

Esto implica la resignificación y el entendimiento más amplio de la pobreza, en particular de la pobreza absoluta, siendo ésta considerada no sólo como una  situación de carencia material, sino particularmente como la ausencia de la  representatividad de enormes sectores sociales que se han encontrado sistemáticamente excluidos de las instituciones políticas o, en ocasiones, ligados cuasi únicamente por el eslabón del clientelismo político donde el partido gobernante juega ávidamente, en una relación de David y Goliat,  con las necesidades de sus futuros votantes.

La democracia, en medio de la pobreza, carece de sentido. Son necesarios el fortalecimiento de las instituciones democráticas y la promoción de la participación ciudadana. Pero esto exclusivamente será posible si precede una política seria que combata la pobreza para que, a partir de este primer cimiento, puedan construirse los siguientes escalones incrementales que darán forma y lugar a un sector excluido, no solo del sistema de gobierno y de sus instituciones, sino de la misma vida social y civil. El fin de construir sujetos democráticos comienza por la construcción de sujetos sociales y no a la inversa. Somos primariamente individuos, sociedad y finalmente democráticos

(1) “La Democracia en América Latina: Hacia una Democracia de ciudadanos y ciudadanas”.  Publicado para el Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo (PNUD). 2004

(2) Seymour Martín Lipset, El Hombre político (1959), Editorial Tecnos, 1987.

(3) Claus Offe y Philippe Schmiter. “Las paradojas y los dilemas de la democracia liberal”. 1995, Claus Offe y Philippe Schmiter. “Las paradojas y los dilemas de la democracia liberal”.

(4) MANUEL ALCÁNTARA SÁEZ: “Luces y sombras de la calidad de la democracia en América Latina”. 2008 Revista de Derecho Electoral, N. º 6, Segundo Semestre 2008

(5) IDEA – Institute form Democracy and Electoral Assistance.  http://archive.idea.int/newsletters/15/spanish15-01.htm

(6) IDEA – Institute form Democracy and Electoral Assistance.  http://archive.idea.int/newsletters/15/spanish15-01.htm

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