A Quién Demonios Votar
Mi quiosquero —hola, Pepe— me pregunta por la mecánica del voto en blanco. Como muchos otros ciudadanos conscientes, él no se siente representado por ningún partido concreto y está considerando la posibilidad de manifestarlo así en las urnas. Le explico el procedimiento, aunque apostillo que al final sirve para bien poco: "Mientras un solo candidato se vote a sí mismo, seguirá quedándose con el escaño y con nuestra representación".
Le expongo el caso de las elecciones presidenciales de Perú, donde los aspirantes más votados en la primera vuelta personifican los extremos del espectro ideológico: Ollanta Humala y Keiko Fujimori. Esta última no ha llegado ni a tres millones y medio de papeletas frente a más de dos millones de votos en blanco o nulos —el 12,3% del total—. Una barbaridad. Pues bien: ni un solo medio de comunicación español ha citado el dato, como si los peruanos estuviesen tan contentos con su sistema político.
La Comunidad Valenciana no es Perú, claro, y en las últimas elecciones autonómicas aquí solo hubo un 2% de votos nulos o en blanco y dudo mucho que el 22-M aumente de forma significativa esa cifra.
Lo que sí puede suceder es que crezca la abstención, que en 2007 fue del 29%. Ahí podría encerrarse el magro castigo de algunos votantes del PP a Francisco Camps por cómo ha afrontado el caso Gürtel. Aunque revalide su mayoría absoluta, si baja de 1,2 millones de votos eso supondría un aviso en toda regla, como en las corridas de toros cuando no gusta la faena del matador.
Y es que hay gente, como una amiga, veterana simpatizante del Partido Popular, que me dice: "A quien yo votaría es a Esperanza Aguirre, por haber limpiado de imputados su candidatura; lástima no poder hacerlo".
Más sintomático que el de la presidenta madrileña es el caso del PP de las Islas Baleares, de donde acabo de regresar. Allí, un casi desconocido José Ramón Bauzá ha rehecho el partido que dejó como unos zorros Jaume Matas y, según las encuestas, va a obtener mayoría absoluta frente a Francesc Antich.
Es que la fuerza electoral radica en unas siglas, las del Partido Popular, más que en el nombre de fulanito o menganito. Por eso mismo, el entorno de Mariano Rajoy cree que cualquier otro candidato obtendría hoy día mejores resultados que Paco Camps: desde Rita Barberá hasta Esteban González Pons, pasando por Alberto Fabra o Paula Sánchez de León.
En cualquier caso, por falta de partidos donde elegir no va a ser. Entre las tres provincias de la Comunidad se presentan 29 listas electorales distintas. Lo que sucede al final, aparte de lo pintoresco de muchas de ellas —desde el Partido Antitaurino hasta De Verdad Contra la Crisis—, es que nuestro país propende hacia el bipartidismo, propiciado éste por la ley electoral y la de financiación de partidos, así como por los medios de comunicación.
Incluso la tercera formación política en danza, la EU de Marga Sanz, se encuentra siempre en el límite de poder entrar en Las Corts; y a la siguiente, el Compromís de Enric Morera, los sondeos la dejan a las puertas del Parlamento autonómico. ¿Y quién conoce a Rafael Soriano, el candidato de UPyD, el partido de Rosa Díez?
Por eso, pese a las escisiones de los partidos en muchos municipios, a agrupaciones electorales hechas a la medida de quienes las impulsan, al peso político de los inmigrantes y a la eclosión de candidaturas autonómicas, las elecciones del 22-M son cosa de dos —que suman entre ambos un 85% de votos—, aunque con la inacción actual del PSPV-PSOE de Jorge Alarte pueden acabar pareciendo cosa de uno solo.
De ahí la estólida satisfacción de Francisco Camps y, a la vez, el desánimo de bastantes electores.
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"Los ciudadanos, muchas veces, no queremos que nos representen personas como nosotros, sino tipos inalcanzables que, vaya a saberse por qué, suponemos que son mejores que nosotros mismos".
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"Nos guste o nos desagrade, aún somos un país de pícaros y trapisondistas, más parecido a la corte de los milagros de Valle-Inclán, que a una sociedad solidaria, equitativa y justa".
