Estudio Sobre Ópera Flamenca De Guillermo Pilía

Posteado: 27/05/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 81 |

Estudio sobre Ópera Flamenca de Guillermo Pilía

La poesía de Gullermo Pilía es una poesía clásica en su fondo y en su forma. Sus temas, en Ópera flamenca, son la infancia, la muerte, el paso de la niñez a la edad adulta, el viaje interior hacia aquel niño que fuimos, inocente, candoroso, que da paso a la madurez con la pérdida de la inocencia que ello supone, un niño destinado a ser adulto y a, inevitablemente, morir. La primera parte, Fuentepiña, es un paseo por la infancia, por los recuerdos de aquella edad en que los niños viven en las sombras sin temerlas. Acaso porque ellos mismos, con su intuición todavía no contaminada por la edad, sean en parte habitantes de las mismas. Pero ciñámonos a los poemas de Guillermo, hábilmente trabajados con un endecasílabo fluido, exacto y lleno de significantes. El primer poema del libro se titula Nazarenas de palabras, que juega con dos significados: por una parte, en Argentina, nazarenas son espuelas grandes que utilizan los gauchos, y, también, nazareno es aquel que desfila en Semana Santa, es el penitente que participa en las procesiones. No hay que olvidar que parte de este poemario transcurre en Andalucía, donde la semana santa representa el simbolismo cristiano y la devoción popular. Cuando era niño era perpetuo el verano porque la infancia era la edad sin espacio ni tiempo, sin conciencia y sin relojes, la edad sin fisuras en el muro del mundo. Yo me pregunto: ¿puede haber una mejor definición de infancia? Todos sabemos cómo transcurre el tiempo en la niñez: parece eterno, los días son largos, las semanas extensas, los años se eternizan. Y acaba esa edad y el tiempo empieza a correr, aparece la persecución de los relojes, en tanto que el tiempo establece una carrera con nosotros, carrera que estamos destinados a perder. En la infancia la casa es del tamaño del mundo porque en la casa se ve reflejado el mundo entero, el mundo de las luces – el mediodía, el exceso de la luz – y el de las sombras- el anochecer, los murciélagos- y el poeta nos afirma, en medio del poema: Yo estaba acostumbrado en esos días /a dormir sin temor junto a los muertos/ y me había olvidado –o ignoraba -/ las formas de habitar entre los vivos. Hay una gran carga de profundidad en estos versos, que a la vez son sencillos y fáciles de comprender: el niño se encierra en un mundo mágico, donde el alma de aquellos que murieron habita en la casa del tamaño del mundo. Y como el niño no tiene miedo, le es sencillo compartir su espacio con estas almas. Lo que no conoce, quizá por timidez o por falta de costumbre, es vivir entre los vivos. Porque a veces la vida produce más temor que la muerte. Hay que tener en cuenta también que los niños no suelen temer la muerte, porque no tienen conciencia de ella. Y a esta visión infantil se contraponen los versos que empiezan a construir una realidad adulta: Pero era necesario balbucear /instante por instante, silabear/ ademanes y pasos con espuelas. La palabra, el aprendizaje de la lengua, es la que nos hace adultos. Mediante el lenguaje, somos capaces de separar el sueño de la realidad y de colocar en su sitio las diferentes vertientes de la realidad. Y esa realidad se construyó de forma tan firme que el poeta afirma: fue necesario aguardar casi todo /el resto de mis tardes, de mi vida /, para recuperar ese recuerdo. El poema finaliza diciendo: Por eso necesite abarrotarme/ de gestos y palabras, de otros sueños / para aprender a habitar entre vivos. Por eso esas nazarenas de palabras: esas espuelas de palabras, ese aprendizaje de la edad adulta, es la que nos permite vivir en la realidad, pero debemos pagar un tributo: la pérdida de la inocencia. En el segundo poema, Casamundo, hay un verso recurrente: Todavía esa casa en que viví / era y es, en esencia, en lo profundo/ la misma que fui lejos a buscar. Y hay una serie de recuerdos: los ladrillos, el agua, los insectos, el perfume, el cuarto, los grillos, el pan... Quizá el niño que fuimos sepulta sus recuerdos de tal manera que anhela aquello que tuvo, y que sólo detalles cotidianos y falsamente menores nos hace recordar, ya adultos, aquella edad dorada y prodigiosa, cualquier reminiscencia, por pequeña que sea, nos lleva al pasado, por lejano que esté: el simple olor de un fósforo/ de cera que se enciende, /ilumina mis días sepultados. Y quizá sea la palabra poética la que nos permite entrar de nuevo en ese mundo de noches mágicas donde se escucha el vuelo de los murciélagos y el paseo de los desconocidos. Pero quiero volver a esos versos, que hablar de que vamos lejos a buscar lo que un día tuvimos al lado, porque además de bellos y profundos, son verdaderos. Y es que opino que la vida es así de contradictoria: la infancia es la base de la vida adulta, y a la vez, la olvidamos. Sólo recobrándola seremos capaces de vivir en una madurez serena. Y la podemos recobrar con los elementos cotidianos de los que nos habla el poeta: la goma negra, los frascos, las ampollas, jeringas y agujas... Estos elementos se trascienden a sí mismos hasta alcanzar la categoría de símbolos. Y este proceso se construye con claridad y con sencillez, lo cual es doblemente admirable. El tercer poema es Laja de la infancia. En este poema Guillermo nos habla de una infancia enfermiza. Por eso los elementos cotidianos antes nombrados: los sueros, las jeringas, las ampollas. En este poema nos nombra Algo oscuro que desmiembra al grillo muerto. El yo poético del poeta niño se identifica con ese grillo muerto, porque ...Yo era también /elemental y mínimo, precario / como son los insectos y el olvido. Este último verso lo encuentro maravilloso: porque es verdadero su enunciado, por una parte, y por otra porque no es una comparación fácil, ciertamente los insectos y el olvido son elementales, mínimos y precarios, pero el salto de comparar a los insectos con el olvido es prodigioso. El tiempo aquí vuelve a ser ilusorio, y otra vez vemos, leemos más bien, la magia de la noche para un niño que tiene que sufrir la enfermedad: los pasos, los susurros, la canción. Serán los detalles en los que el poeta se reconoce, nos dirá: ...cabe aún / mi vida en una laja de mi infancia. Esa infancia recordada por el poder del recuerdo expresado en palabras: los abuelos, los jabones. Se repite ese algo oscuro que desmembraba los grillos, como la presencia de ese algo misterioso que no se puede explicar, sin embargo el poeta nos dice: Pero yo/ vivía en ese tiempo en una casa / del tamaño del mundo, en esa misma / que ahora es la que vive / dentro de mí.../ Otra vez nos encontramos con que la casa de la infancia es del tamaño del mundo, por esa percepción mágica del niño que siente que el mundo es lo que gira a su alrededor y ya adulto nos dice que es la que vive dentro de él, porque como ya he escrito anteriormente, la infancia es el poso de la edad adulta.El pan es un simbolismo cristiano, evidentemente. El pan es el que construye la memoria, con su levadura, la memoria de esa casa, de ese yo, de ese interior que acompañará al poeta a donde quiera que vaya, por eso, en su vagar por el mundo, la ha llevado siempre consigo, en su memoria, en su recuerdo, en su reconstrucción de la vida y de la niñez, que le ha permitido ser quién es, y no ser otro. Sólo vértigo o miedo, así se titula el cuarto poema de esta primera parte. Es un poema complejo en su fondo, sencillo en su forma, que nos habla sobre algo tan importante para un ser humano como es la identidad, mediante este poema el poeta se define a sí mismo. Pero empecemos por el principio. Escribe Guillermo: Hay un aire extranjero en esta casa... Lugar, identidad: / nada cambió y es todo, / sin embargo, distinto. Estos adjetivos, extranjero, distinto, se refieren al tiempo, a la vida y también a la persona, a los hombres y a las mujeres. Hay un ensayo titulado Todo lo sólido se desvanece en el aire, que en parte explica estos versos: todo cambia en esta nuestra vida moderna, lo que ayer fue hoy ya no es, aunque deje huella. Todo aquello que amamos o que odiamos, desaparece, salvo en nuestra memoria, que reproduce más o menos fielmente los hechos y los detalles cotidianos de lo que podríamos definir como el pasado, el hecho de pensar que hemos vivido otras vidas que de repente se nos hacen extrañas. El recuerdo es fiel sólo cuando se consigue expresarlo en palabras, sobre todo en la palabra poética. Guillermo también nos define la ignorancia infantil de la muerte: - la alegría / de no saber la muerte en la que viven. Después, el poeta escribe sobre el tiempo, ese gran tema poético, y lo yuxtapone: pasado, presente y futuro se confunden de la mano de la palabra, palabra que necesita ser inventada para nombrar ese pasado que se presenta como si fuera futuro. El lenguaje poético nombra el milagro de que ese “imposible práctico” pueda suceder.Ese pasado vuelve con fuerza, no es un pasado muerto sino vivo, simbolizado en la voz de la madre, el patio, el sol, la enfermedad. Y unos versos centrales, capitales: y quien sabe su pasado ya nunca / volverá a ser el mismo. Es la recuperación del pasado y su conocimiento, que lleva de la mano a la identidad del hombre adulto. Identidad que se vuelca y se sustenta siempre en estos poemas en los elementos cotidianos de la vida: insectos, oraciones, libro de estampas. Con las palabras se puede apresar el recuerdo, pero a veces quizá sean insuficientes: ... Y yo he aprendido/ apenas un manojo de palabras / para ceñir lo vasto del recuerdo. El olor a café, el vestido floreado, la luz son palabras que están destinadas a describir los matices del pasado. Y nos encontramos con unos versos definitorios de la identidad, son versos tan importantes a mi juicio que dan explicación a la misma vida del poeta: Acaso yo no tenga otro destino/ que pronunciar mi entorno,/ que llamar con un nombre a cada cosa / que ha sido o que es aún: a todo aquello / que vive en necesidad de palabras. Aquí Guillermo define su identidad como hombre y como poeta. Un poco más abajo, aparecen unos versos que contienen el título del poemario: Ópera flamenca, con luminosos y oscuros sonidos: con la luz y la sombra que viven en el poemario, con la muerte y la vida, el pasado y el futuro, la memoria. Y es la labor del poeta darle una palabra a lo que nunca / suplicó tener voz. Es la palabra, el lenguaje, lo que nos hace humanos conscientes de nuestra propia vida, la palabra marca el lugar y la identidad, en ausencia del logos sólo nos encontramos con el vértigo o el miedo. Pan de la memoria es el poema que cierra esta primera parte. Y el título nos lleva al poema Laja de la infancia donde aparece la levadura del pan de la memoria. En el final del poemario nos volveremos a encontrar, de forma recurrente, a la palabra pan. En este poema nos encontramos otra vez con la casa que fue del tamaño del mundo, con la misma vivencia, con un tiempo en su sepulcro, que podría simbolizar un pasado muerto, bajo los zócalos, en cada grieta, nace la hierba, - la vida – como la cabellera de los muertos: así vemos cómo nace vida de la muerte. Estos pocos recuerdos son mis únicas / certezas... Curiosamente, hay escritores que dudan de la fiabilidad del recuerdo, como la novelista española Paloma Díaz Mas, y aquí Guillermo nos dice que sólo en la memoria tiene la conciencia de la exactitud del pasado. La infancia es el leit motiv de esta primera parte del poemario, la lluvia, el agua, las ollas, el apio, el arroz, el perejil y la albahaca, son, como anteriormente he citado y como se repite a lo largo del poemario, elementos cotidianos que configuran ese pan de la memoria que da título a este poema y al que el poeta volverá al final del mismo. Y que volveremos a leer en la segunda parte del libro. Las características de la infancia son: la ignorancia de la vejez (como deterioro), de la muerte. El niño, además, no diferencia entre el sueño y la vigilia – entre lo mágico y lo real – entre un lado y otro lado del espejo, o sea, donde se refleja lo real y lo que hay más allá.El armario podría ser un símbolo del sepulcro del que Guillermo hablaba antes, donde se almacena lo viejo y lo muerto, donde habita ese abuelo que quizá ya ha fallecido.El poeta, de niño, vive entre esas sombras, vive al lado de los muertos, sin ningún temor, quizá por esa misma ignorancia de que todo lo que está vivo morirá algún día.Sólo tras muchos viajes por mi sangre este verso nos habla del auto conocimiento, y los versos que le siguen, nos muestran que tras ese conocimiento de uno mismo en la edad adulta es posible volver, otra vez, a esa misma casa que fue del tamaño del mundo. Al final del poema vuelven los elementos cotidianos, que culminan en la harina de la que se formará el pan, ese alimento, ese símbolo del cuerpo de Cristo y del cada día, de ese presente que se esfumará pero siempre tendrá una presencia en la memoria.La segunda parte de Ópera Flamenca se titula, acertadamente, Pozoblanco, y el mismo Guillermo explica a quién no lo sepa que es el nombre de la plaza de toros donde hirieron de muerte al torero Paquirri. Y digo que acertadamente porque esta segunda parte del libro se centra en los muertos y en la muerte. El poema que abre esta segunda parte es Tal vez el sol, tal vez ese esplendor. Volvemos a encontrar en este poema los elementos cotidianos: leche, pan, vino, carne, que esta vez son ofrecidos a los muertos, a la manera de los faraones egipcios. La luz, nos dice el poeta, es la que impide que los muertos vuelvan, sólo por la noche, al dormir, puede que aparezcan. ¿Y si aparecieran, afirma el poeta, y se quedaran en nuestros lugares? Los muertos están en el cementerio, que sólo es nombrado indirectamente. Esto me lleva a reflexionar sobre el tabú de la muerte en nuestra sociedad. La muerte es escondida. ¿Acaso no pusimos algún día / tablas sobre sus pechos y coronas, /piedras rectangulares, inscripciones? Los muertos, también los seres queridos, nos inspiran temor, quizá porque transitan en lo desconocido; el misterio ya ha sido desvelado para ellos, nosotros, los vivos, seguimos ignorándolo. La culpa, el remordimiento ya pierden su sentido frente a la eternidad que supone la muerte. Por la boca nos vamos descarnando es el segundo poema, que empieza con una metáfora sobre la muerte: el olor de las encías comparadas con la carne podrida que leíamos en el poema anterior. Y eso es porque, nos expresa el poeta en sus versos, llevamos a la muerte dentro de nosotros, somos muerte, porque, inexorablemente, un día moriremos. Los muertos no quieren hacernos llorar – de nada les sirve – y no quieren hacernos daño – sólo nuestro temor a la muerte hace que aflore en nosotros esa idea – desean, eso sí, nuestra piedad. ...así/ sucederá mañana con nosotros. La muerte, como en el poema anterior sigue representando un tabú, por eso aprieto el paso. Aquí, curiosamente, es el blanco el color de la muerte, como en la tradición de los países orientales: ...las paredes blancas / son las que llaman – así dicen - / a los insectos y a los muertos. Para volver, al final del poema, a nombrar a las encías, al olor, a la boca que se descarna como síntoma de un final inevitable. El tercer poema se titula Efecto de luz. Vemos, a lo largo de este poema, un juego de luces, como si fuera un cuadro, con claroscuros, penumbras y sombras. Hay un juego de colores, con las tumbas encaladas, los blancos azulejos, el sol, insectos esmeraldas, invisible bajo la luz, la sombra. Guillermo nos ofrece el juego de luces como si fuera un juego entre la vida y la muerte, de manera muy conveniente ya que de ello tratan estos poemas de la segunda parte. Nos cita el poeta: la sombra del animal ... y busca empecinada reencarnarse. Esto me lleva a interrogantes como ¿la sombra se alimenta de la luz? O quizás, ¿la sombra existe por la luz? Quizá es una evidencia señalar que si no hubiera vida la muerte no existiría, porque la muerte necesita de la vida para existir, y la vida, tal y como la conocemos, necesita la muerte como su contrapunto. Nos dice Guillermo También lo horrible tiene / derecho a la existencia... Esto es una verdad poética, el lenguaje poético consigue nombrar lo oscuro, afirmar una verdad que en nuestra sociedad quizá sea también un tabú, una sociedad en la que imperan las falsas imágenes como decía Simone de Beavoir. La sombra podría ser el espejo donde se miran los muertos: cuando violentamente algo perece, / su sombra sigue aún por varios años. Esa permanencia de la sombra recuerda vagamente la presencia espectral después de la muerte, más que del alma, de algo oscuro – como lo que desmembraba los grillos en al primera parte del poemario, las sombras son como negros insectos – nuevamente los insectos, que parecen mensajeros sobrenaturales que interactúan de alguna manera con el mundo material ya que, como representación de los muertos, beben: leche, vino, saliva, alcohol y el aceite de las lámparas. Hay muchas clases de sombras: de objetos, de animales: pájaros, de hombres y mujeres, de libros y sonidos. Parece que todo aquello que una vez estuvo vivo deja a su paso un rescoldo de vida que se materializará en la sombra después de muerto. Nos encontramos también de sombras de baldosas masacradas, de piernas y brazos amputados... negras sombras de los desolladeros/ de las plazas de toros, jugando siempre con este efecto de luz que titula el poema, como expresión de lo maravilloso, en los versos anteriores, la sombra de lo vivo, con lo horrible, la sombra de lo ya muerto. Los objetos, vemos unos versos más adelante, también tienen sombra: de ropa vieja y de zapatos, / que visten y calzan los difuntos. Como si allá, en el otro mundo, los muertos necesitaran, como los vivos, ropa y calzado. Estas diferentes sombras precipitan la noche, como si la noche estuviera formada por todas las sombras de lo ya extinto. Curiosamente los muertos, o sus manos llagadas / huelen como espliego. No creo que sea una figura común decir que los muertos huelen a espliego, quizá sea por su recuerdo, por el sentimiento amoroso que inspira su recuerdo. Hay una interacción de los muertos con los vivos, que en general es una interacción entre aquello que está muerto – el pasado – con lo que aún vive, en un ciclo, porque lo que vive ahora estará muerto en el futuro, y lo que ahora aún no existe, estará vivo en el futuro. El presente, curiosamente, se define en la corrupción de un cuerpo. Quizá esta sea otra verdad que consigue nombrar el lenguaje poético. Llegamos al cuarto poema: Los tuyos y los míos, los de todos. El reino de los muertos pertenece a la noche, a la sombra, los versos en cursiva nos dicen que el rostro de los muertos ofende al mediodía. El silencio, expresa el poeta, es la única manera con la que podemos enfrentarnos a la muerte, al misterio que supone la existencia o no existencia de vida después de esta vida que sabemos temporal. El sueño es como una pequeña muerte y a la vez es esa hora en que podemos percibir la presencia y quizá comunicarnos con aquellos seres queridos que han muerto y que esa comunicación sea recíproca. El sueño se empareja a la muerte, el sol al descanso y la luz, curiosamente, a la enfermedad, quizá porque la enfermedad, es en sí, algo vivo.Afirma Guillermo: Sólo nuestros muertos/ pueden hacer de la muerte algo vivo. ¿Por el recuerdo, quizá, por la memoria? Porque, evidentemente, es una paradoja, de esas paradojas que sólo tienen sentido en la poesía. Ciertamente, todo morirá, porque todo lo vivo está destinado a morir. Vuelve a aparecer, recurrente, la palabra piedad. ¿Quizá por qué todos compartimos el mismo destino? El poemario se cierra con el poema Limosnas de sílabas. Desconozco a quién está dedicado este poema, pero la gratuidad del amor, y que el poeta se recuerde siendo niño me señalan que puede estar dedicado a la madre. Empieza con el moho, el agua, el pan. Ese pan que simboliza siempre la memoria y con el que acabará el poema, porque mediante la palabra el poeta quiere preservar la vida, porque la muerte física no la podemos evitar pero sí podemos evitar, o queremos evitar, la muerte mayor / la del olvido. Dios sería un símbolo de vida: Quizá sólo sea Dios esa voz baja / con la que hablan tácitos los muertos. ¿Señalaría el milagro de la resurrección, la existencia del alma? La muerte, entonces, ¿abriría paso a la eternidad? ...Las manos / rebosantes de espliego / de limosnas de sílabas. El espliego era anteriormente el aroma de las manos llagadas de los muertos, la palabra, la que preserva del olvido. La palabra y el pan son inevitablemente dos símbolos religiosos: Y el verbo se hizo carne / y habitó entre nosotros. Este es mi Cuerpo, dijo Jesucristo. No sé que podría añadir a lo ya dicho en un pequeño comentario general: la poesía de Guillermo Pilía es poesía verdadera, ya que mediante el lenguaje poético consigue transmitirnos verdades, consigue nombrar las sombras, para dejarnos, al final, un pequeño sendero de esperanza.

 

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