Valencia A Comienzos Del Siglo Xxi
El protagonista de la obra El tragaluz, del dramaturgo Antonio Buero Vallejo, se preguntaba angustiado ante unas viejas fotografías de grupos humanos: “¿Quién es esta persona? ¿Y esa otra?”. El tiempo y la distancia habían logrado difuminar los rostros de los protagonistas y hecho olvidar los escenarios en que estaban situados. La desazón de la ignorancia, el desvalimiento como espectadores ante lo que ya es historia, nos lleva muchas veces a interrogarnos a lo largo de nuestra vida, como hacía el personaje de Buero: “¿A quién pertenece esta mirada?, ¿y esos ojos que parecen perdidos, qué buscan, qué pretenden, qué sienten?”
A veces, incluso, la pregunta va más allá, intentando averiguar el desarrollo posterior de tantas pequeñas historias individuales que conforman la Historia colectiva: “¿Qué habrá sido de ése? ¿Y de aquél? ¿Y de aquel otro? ¿Dónde estarán ahora?”
Lo que somos hoy es consecuencia de lo que hicimos ayer. “El mejor profeta del futuro es el pasado”, decía Lord Byron. De ahí nuestra necesidad de saber, nuestra lógica y legítima curiosidad por conocer qué hizo quién y por qué, de enterarnos qué sucesos y qué pasos nos han traído, a ellos y a nosotros, hasta donde estamos ahora.
Eso, abarcando grandes periodos de tiempo, es a lo que dedican su afán concienzudo los historiadores. Los periodistas, más modestamente, apenas si tenemos tiempo y habilidad para reseñar, para cosificar, en cierto modo, los pequeños acontecimientos cotidianos y la presencia efímera en ellos de quienes protagonizaron muchas anécdotas que ineludiblemente se olvidarán en el primer recodo del camino.
Lo que ocurre es que el concepto del tiempo y de la historia ha cambiado vertiginosamente en poquísimos años. Todavía en el siglo pasado, uno de los pensadores españoles más fecundos, José Ortega y Gasset, cifraba en cinco lustros el periodo de tiempo que iba desde una generación a otra. Hoy día, en cambio, las generaciones se suceden y se superponen unas a otras casi sin solución de continuidad. El tempo histórico se ha acelerado tanto que lo que ayer tarde fue noticia hoy ya es historia y mañana por la mañana habrá entrado ya en el terrible y cenagoso terreno del olvido: “Nadie conoce a nadie”, habría que decir, parafraseando el inquietante título de una película de Mateo Gil.
Escribía, por su parte, el poeta catalán Salvador Espriu que “quien olvida sus orígenes pierde su identidad”. Al margen de las sesgadas e intencionadas aplicaciones que algunos hacen de esos versos, es cierto que sólo podremos saber quiénes somos si no ignoramos de dónde procedemos. De algo parecido nos previno también, con un sentido irónicamente profético, el filósofo Jorge de Santayana mediante su famoso aforismo: "Los pueblos que desconocen su Historia están condenados a repetirla". Es decir, la ignorancia del pasado nos condiciona ineluctablemente para volver a cometer los mismos errores en el futuro. Quizás porque, como anticipó ese exhaustivo e inquieto conocedor del alma humana que fue William Shakespeare, “el pasado es un prólogo” de todo lo que acontece en nuestro presente.
Para evitar el riesgo de repetir viejos errores, nada mejor, por consiguiente, que rastrear las huellas que vamos dejando a lo largo del camino y que con paciencia de forense suelen recoger esos testigos de letra impresa que son las páginas de los periódicos.
Gracias a ellos evitamos el peligro de que se entierre, se distorsione o se tergiverse la memoria colectiva. Lo malo es que, muchas veces, los testimonios producidos en el curso del itinerario sólo se conservan a modo de fósiles en esos fúnebres salones tan poco frecuentados que son las hemerotecas. Por eso, antes de que el próximo soplo de viento acabe por borrar algunas huellas del camino, he querido rescatar aquéllas de las que he sido testigo y agavillarlas en este libro. No porque las opiniones que formule sobre ellas tengan importancia en sí mismas, sino porque los hechos y los personajes a que se refieren constituyen la pequeña intrahistoria “d’un temps, d’un país”, como decía, refiriéndose a otra época, obviamente, Raimon Pelejero, el cantautor de Xàtiva.
Una mínima muestra de esa intrahistoria, de cómo era la Comunidad Valenciana, “alegre y confiada”, de comienzos del tercer milenio, se recoge en los artículos que componen este libro. No es que el autor sea un observador privilegiado ni, mucho menos, que resulte neutral. Él, también, es producto de su tiempo y de su historia, de su peripecia personal y de sus condicionantes biográficos. Pero se trata de alguien que ha pretendido hacer su trabajo honestamente y enhebrar sus reflexiones sin prestar demasiada servidumbre a lo políticamente correcto. Y así le ha ido. Mejor dicho, así me ha ido, prescindiendo ya de ese artificio lingüístico de hablar en tercera persona, como hacen muchos entrenadores de fútbol.
Este volumen, pues, y muchos otros como él, de autores bien diversos, que recogen todos ellos retazos evanescentes del presente, nos permitirán comprender mejor el día de mañana, quizás, lo que acaba justamente de pasar y, sobre todo, tener las claves, las referencias y la aguja de marear para transitar mejor por ese futuro que inmediatamente, inevitablemente, comienza ya a ser pasado.
Para acabar de entender este libro, si es que hiciese falta explicación alguna, contaré algo más pormenorizadamente su génesis.
Un buen día me quedé varado en Valencia, como le sucedió en otro contexto a aquella sirena de la obra teatral de Alejandro Casona. El hecho no sucedió de repente, obviamente, porque ya llevaba tres años en esta tierra tratando de sacar adelante el periódico que me había contratado con ese objetivo. “Tenemos un problema –me habían dicho en su día–, así que vete allí a resolverlo”. Y fui. O sea: vine.
La propia empresa nunca me dejó hacer mi trabajo como era debido. Entre muchas razones, por lo errático de su trayectoria en aquel tiempo y por los vaivenes societarios padecidos. Pero no son éstos ni el lugar ni el momento de meterme en explicaciones. Esas peripecias las cuento, en cierta medida, en otro libro que verá la luz bien pronto.
De todo aquel proceso, lo que sí sobrevino de súbito y sin esperarlo fue mi cese. Como dice descarnadamente un amigo a quien también atropelló una historia laboral semejante, “lo sucedido se parece mucho a la infidelidad conyugal: todo el mundo sabe que tu pareja te la está pegando y tú eres el último en enterarte de que se va a marchar de casa”.
Sirvan estas someras líneas para entender que yo me encontré de pronto en Valencia sin tener que ir al periódico cada mañana, como venía haciendo todos los días. La reacción de la mayoría de mis amigos y conocidos, en Valencia y fuera de ella, fue similar: “Ahora te volverás a Madrid, supongo”. Ninguno de ellos parecía considerar que Valencia puede ser en sí misma un destino y no, simplemente, el lugar transitorio de una encomienda que, una vez finalizada, aunque sea de forma abrupta, requiere que vayas a otros pagos para continuar desarrollando tu actividad profesional.
“No hay nada en Madrid –les contesté a mis interlocutores– que no pueda hacer en Valencia”. Para perplejidad de algunos, añadí: “Me gusta mucho más esta ciudad, se vive mejor en esta tierra y, puesto a elegir, prefiero quedarme”. A mí, qué quieren que les diga, mi respuesta me pareció de una obviedad aplastante. Uno ha vivido sucesivamente en Bilbao, Logroño, Barcelona, Madrid, Nueva York y Salamanca y en todas partes ha hecho amigos y ha sido razonablemente feliz. ¿Por qué desaprovechar, pues, ahora la magnífica oportunidad de haber conocido la Comunidad Valenciana, sus gentes y su clima, su cultura y su historia, su laboriosidad y su alegría vital, y no compartirlas y disfrutar de ellas todo lo que se pueda?
Lo único paradójico en ese diálogo repetido de “ahora te irás”, “no, yo me quedo”, es la actitud de mis interlocutores que, en vez de creer que vivir en esta tierra es un regalo de los dioses, piensan que alguien que ha venido accidentalmente a ella a lo que de verdad aspira es a marcharse en cuanto pueda. Tal actitud se debe, seguramente, a cierto fatum histórico que padecen las regiones fronterizas, con una conciencia indeterminada sobre su propia identidad. No saben muy bien qué son, si moras o cristinas, si del norte o del sur, si de éste o de aquél, y traslucen a veces soterrados y absurdos complejos de inferioridad respecto a otras tierras y otras gentes a las que no tienen nada que envidiar.
Me he encontrado con actitudes parecidas en otros lugares de mi peripecia vital. También he conocido las contrarias: las de un etnocentrismo excesivo y excluyente que lleva a minusvalorar lo que procede de allende de sus hipotéticas e irreales fronteras. Por convicción, prefiero la gente llena de incertidumbres que de certezas, me identifico más con aquellos que admiran lo ajeno que con quienes sobrevaloran lo propio. Ésa es, por consiguiente, otra razón más para sentirme a gusto entre los valencianos.
Por eso, repito, Valencia no tiene que ser lugar de paso para ninguna otra parte, sino un magnífico destino. Pocas comunidades como la nuestra –me apropié lingüísticamente de ella desde el primer día– pueden presumir de tanto equilibrio y de tanta complementariedad: en el paisaje, en el clima, en la economía, en la cultura... La Comunidad dispone de las mejores playas de España, de espacios naturales protegidos, de comarcas montañosas con clima continental... Su estructura productiva se reparte con armonía entre los tres sectores, abarcando desde la agricultura tradicional hasta un sector terciario muy desarrollado. Existe un equilibrio territorial impensable en otras regiones españolas, con dotaciones equiparables de norte a sur en infraestructuras, equipamiento industrial, inversiones culturales... Existe una combinación razonable entre tradición y modernidad que se puede ejemplificar, por un lado, en las exposiciones del patrimonio histórico religioso de la Luz de las Imágenes, y, por otro, en la arriesgada e innovadora Bienal de Valencia.
Se me puede criticar, en este punto, aduciendo que poseo el entusiasmo del neófito y hasta el fanatismo del converso. Se argüirá, incluso, que no vivimos en el mejor de los mundos posibles, como decía Leibnitz, y que tenemos todavía muchísimo que mejorar. Por supuesto. Pero permítanme que haya querido dibujar con ese modesto par de gruesas pinceladas una impresión que es compartida por muchísimos foráneos que hemos hecho de Valencia, a conciencia, nuestra actual patria de adopción.
Mi entusiasmo, que podrán comprobar en las páginas que siguen, no es de ahora mismo, sino casi desde el primer día en que pisé esta tierra.
Cuando llegué a ella libre de prejuicios, apenas si conocía a nadie. Quizás, la única persona que estaba en condiciones de introducirme en los arcanos del alma colectiva valenciana era mi colega José Manuel Gironés. Con él me unía una larga relación iniciada en Barcelona en el lejano 1970 y prolongada luego episódicamente en Madrid y en un lugar tan poco convencional como la espléndida ciudad californiana de San Diego, donde por caprichos del destino volvimos a coincidir. La otra persona que había conocido someramente por motivos profesionales era el ex presidente de la Comunidad, Joan Lerma, por quien siempre experimenté una sólida admiración y un afectuoso respeto. Para concluir esta brevísima relación de contactos previos, debo aludir a Jesús Montesinos, un periodista como la copa de un pino, con un singular talento informativo y unas dotes empresariales de las que carecen la mayoría de sus colegas. Intuyendo ya esas cualidades que aún no conocía del todo, lo había elegido años antes como director del diario Mediterráneo, de Castellón, cuando me competían esas responsabilidades en mi calidad entonces de director general de publicaciones de Grupo Zeta.
Ya ven qué poco bagaje para echar a andar.
Con todo, mi admiración por esta tierra, mi enamoramiento, por así decirlo, se produjo en seguida. Bien es verdad que uno es de natural afectivo y que enamorarse de las tierras y de las gentes no le resulta difícil. De ello pueden dar fe mis muchos amigos de Salamanca, anterior destino profesional mío, y ciudad que llevo ya en el alma para siempre. En uno de mis frecuentes viajes a la ciudad del Tormes, ponderaba las cualidades de la Comunidad Valenciana ante gentes como el ex diputado Fernando Fernández de Trocóniz o el entonces presidente de Caja Duero, Sebastián Battaner. En mi prédica entusiasta, les hablaba del dinamismo de su sociedad, de esa habilidad única de los valencianos para conciliar el trabajo y la diversión, del crecimiento económico superior a la media española y de su capacidad de generar empleo... En éstas, Sebastián Battaner me interrumpió:
—¿Por qué no cuentas todo eso en una conferencia en el auditorio de nuestra entidad?
Llevaba yo año y medio tan sólo en la Comunidad y, sin embargo, no me arredré ante el empeño. Puestos ya a ser pretenciosos, titulé la charla “La Comunidad Valenciana, punta de lanza del futuro de España”. Ni más ni menos. Con un par de narices.
(...) Hay algo a cuyo paso quiero salir antes de avanzar ni un párrafo más. Al repasar el índice onomástico que recoge al final del libro las menciones que en él se hacen de personas con nombre y apellido, el personaje que aparece más veces es Eduardo Zaplana. El hecho resulta de una obviedad manifiesta y está justificado de sobra. La persona más importante en la Comunidad durante el periodo 2000-2004, que es el que abarca este libro, fue quien precisamente la presidió durante la mayor parte de ese tiempo. Por esa razón, el nombre del que fue presidente de la Generalitat aparece con gran frecuencia. Además, la desbordante actividad del personaje lo ha hecho protagonista necesario e imprescindible de muchísimos artículos o, al menos, mera referencia en passant de otros.
Cuento aquí una anécdota que ya he referido en algún otro lugar. Cuando llegué a Valencia, una visita protocolariamente obligada fue la realizada al entonces presidente del Consell. En aquella conversación inicial, le recordé que nos habíamos visto brevemente una vez, en grupo:
—Fue con motivo de una reunión en Castellón de directores de periódicos del Grupo Zeta, hace años.
En aquel tiempo aludido, Zaplana era el aún desconocido líder del PP, partido con perenne vocación de oposición. Llevado de una sinceridad que me ha ocasionado más de un disgusto en mi ya larga vida, durante aquella primera visita oficial del Palau con el presidente de la Generalitat, le espeté:
—El día en que le conocí no hubiese dado un duro por su futuro político.
En vez de molestarse, como hubiesen hecho algunos en su lugar, Zaplana se rió a carcajadas:
—¡Ni usted ni nadie!
Ése fue el primero de los escasos encuentros que he tenido con el personaje, obligados por mi labor profesional. El buen humor con el que se tomó mi abrupta interpelación inicial, en vez de la hosquedad con la que otros habrían acogido semejante afirmación, marcó, justo es decirlo, el talante de nuestra futura relación (...)
(Prólogo del libro Valencia a comienzos del Siglo XXI.- ENRIQUE ARIAS VEGA.- Institució Alfons El Magnànim.- Valencia.- 2004.- 349 páginas.- 12 €)
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