Por Qué Elegí Este Poema: "en Memoria De Ann Jones", De Dylan M. Thomas

Posteado: 05/07/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 303 |

         

                                                                    Por Zulma Zubillaga

 

    Dylan Marlais Thomas nació en Swansea, Gales, en 1914. Se dice que su inclinación por lo literario se manifestó  en la temprana infancia, cuando a los cuatro años recitaba versos de Ricardo II, de Shakespeare. Ya instalado en Londres en 1933, se desempeñó como periodista para el South Wales Evening Post , también colaboró en la elaboración guiones cinematográficos, trabajó para la BBC, pero más allá de cualquier eventual ocupación,  fue - cómo decirlo sin caer en la obviedad -, un poeta.

    En 1934 escribió Eighteen Poems, una recopilación lírica de imágenes transfiguradas que no tardó en recibir elogios de la crítica de su tiempo, en 1936 publicó Twenty Five Poems, obra que le valió el ingreso a la nueva poesía inglesa.  En 1939 apareció The Map of Love – su primer volumen de cuentos - , y en 1946, Deaths and Entrances, la que es considerada su obra cumbre. Adventures in de Skin Trade (1954) fue una publicación póstuma escrita en prosa.

     Se dice que Dylan Thomas era un hombre de aspecto aniñado,  hábil recitador de poemas propios y ajenos,  la leyenda de su  alcoholismo, de una existencia signada por el escándalo,  ha permitido alimentar el mito del poeta bohemio, no sin cierto halo de maldito. Pero más allá de lo anecdótico, de las singularidades de una personalidad compleja, rica, es su obra poética la que, en verdad, convoca a una lectura profunda, abierta a la experiencia de una íntima revelación, a la irrupción del misterio.

     Acerca de la posible inclusión de la misma en las corrientes estéticas de su tiempo, puede decirse que la poesía  de Dylan Thomas parece haber permanecido impermeable a las posibles influencias de la época: no respondió a las preocupaciones sociales y vanguardistas de la Generación de 1930 ni adhirió a la vigencia del surrealismo, porque su estilo superó toda limitación temporal o generacional para erigirse monolíticamente como la obra de un artista que fundó y cerró una corriente poética: la propia.

     Shakespeare, William Blake, D. H. Lawrence han sido autores que en su correspondencia reconoce como de su predilección. Considerado un maestro de la rima, de los juegos verbales, usó la aliteración y los neologismos como vehículos expresivos, apeló a complejas combinaciones métricas, literalmente atravesó el cuerpo del lenguaje para descubrirlo, para  reconstruir un universo alternativo, ajeno a la débil coherencia de la anécdota, liberado de la prisión de la idea, se busó en la palabra para ser instrumento, para ser  creación por y desde ella: “...quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras.”

     En su obra el sonido cobra un valor fundamental, porque más allá del significado concreto de las palabras, el poema parece querer romper las barreras de lo lógico para enfrentarse al significante como imposibilidad, como instrumento imperfecto que medra entre la aridez del sentido y la búsqueda de una furiosa, descarnada belleza.

   Elegí este poema porque el “personaje” lírico que Ann Jones encarna, se revela a lo largo del texto con una clara, innegable contundencia, hasta asumir una dimensión casi carnal, entrañablemente humana, que sutilmente “invita” al lector a imaginar sus rasgos, el escenario poético, el ámbito en el que se despliega este cuadro de dolorosa, beatífica quietud.

   Y es una doble presencia la que se funde en él como un todo compacto, sin embargo abierto a la sutil ligazón de un diálogo presunto: la de la voz poética, que nos cuenta a Ann, la del cuerpo inerte, que se deja decir desde una profundidad expresiva que lo liga al discurso como un monumento carnal, pero “esculpido en setenta años de piedra”. Y esta ligadura entre la voz que dice y lo dicho penetra la estructura de la trama lírica hasta hacerla cuerpo vibrante que evoca una amorosa, colosal  yacencia.

    Porque desde la paradoja de la muerte representada como experiencia sensible, casi heroica, la voz poética logra configurar un cuadro que me atrevo a calificar como el de una  épica íntima,  una sencilla gesta: la de la jorobada Ann Jones en su última, secreta morada.

 

 

  

                         EN MEMORIA  DE ANN JONES

                         Por Dylan Thomas

 

 

    Después del funeral, elogios de mula, rebuznos,

    orejas de velamen sacudidas por el viento, feliz

    tap tap de pata sorda en la clavija del grueso

    pie de la tumba, las cortinas de los párpados corridas, los dientes negros,

    los ojos legañosos, lagos de sal en los puños,

    el estallido madrugador de la pala, espantando el sueño,

    sacude al niño desolado que hiende su garganta

    en la oscuridad del ataúd, desparrama hojas secas,

    y rompe un hueso al sol con golpe condenatorio.

 

 

    Luego del festín de la hora ahogada en lágrimas y cardos

    en la habitación con un zorro embalsamado y un helecho marchito,

    me quedo, a causa de esa ceremonia, solo

    en sollozantes horas, con la muerta, jorobada Ann

    cuyo corazón de fuente caía otrora en lodazales

    alrededor de los estériles mundos de Gales y sofocaba cada sol

    ( aunque ésto sea para ella una monstruosa imgen ferozmente

    magnificada por el elogio; su muerte fue gota destilada;

    ella no me querría sumergido en el sagrado diluvio

    de su famoso corazón; hubiera preferido yacer muda y profunda

    y no necesitar poeta para su cuerpo quebrantado ).

    Pero yo, cantor de Ann en elevado hogar, llamo a todos

    los mares a sus exequias; que su virtud de leñosa lengua

    hable como una boya sobre los que entonan himnos,

    incline las paredes de los bosques con helechos y zorros;

    que su amor cante y se balancee a través de una bóveda oscura,

    y bendiga su espíritu sumiso con cuatro pájaros en cruz.

    Su carne era suave como la leche, pero esta estatua camino del cielo

    con su pecho salvaje y el bendito y gigante cráneo

    está tallada por sí misma en una habitación con una ventana mojada

    en una casa ferozmente enlutada en un año perverso.

    Yo conozco sus agrietadas, ásperas y humildes manos

     descansando devotamente en su calambre, su gastado

     murmullo en húmeda palabra, su juicio horadado hasta el vacío,

     su rostro crispado como un puño muerto en profundo dolor;

     y Ann esculpida en setenta años de piedra.

    Que esas manos de mármol, empapadas de nubes, ese monumental

    argumento de la voz cortada, gesto y salmo,

    me asalten para siempre sobre su tumba hasta

    que el sofocado pulmón del zorro se crispe y grite Amor

    y el helecho gentil arroje sus semillas en el negro umbral.

 

 

    ( Versión de Ramiro de Casabellas )

   

      De El Movimiento Poesía Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1979.  

 

(1) Los grandes poetas, Dylan Thomas, Centro Editor Latinoamericano,

     ( 1988), prólogo de Jorge Fondebrider.              

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    Zulma Zubillaga

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