Crónica De Un Jugador De Tragamonedas

Posteado: 10/11/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 339 |

 

CRONICA DE UN JUGADOR DE TRAGAMONEDAS

   Franklin Briones

 

 

 

Cuando metí una ficha por primera vez en la ranura de una máquina tragamonedas, tuve la suerte del principiante y gané cuatrocientos sesenta dólares.  Aquél  premio me animó a seguir probando suerte. Hoy,  algún tiempo después,  maldigo aquella noche pues me he convertido en un adicto y mi economía es un desastre.

Pero ni hacerme vicioso  -ni estar en dificultades económicas- ,  es lo peor que he ganado  en los casinos. Al juego le debo también la desintegración de mi familia y, finalmente, mi divorcio.

Aún así, creo que la he sacado barata.  Y es que cuando voy al casino (ayer fue la última vez. Lo juro), me encuentro con gente que da pena.

Por ejemplo, la Profesora, una anciana que se jubiló el año pasado.  No hay ocasión en que yo entre al casino y ella no esté. Incluso ayer, que llegué apenas cinco minutos después de  abierto, ya estaba frente a la máquina del gato Félix, la única en la que la he  visto jugar.

Yo fui a una máquina cercana  y  saludé a la anciana mientras metía mis primeros veinte dólares del día en aquella traga billetes.

-Durmió aquí? –le dije, en son de broma.

-Estos mala gente no dejan –respondió seria, molesta.

- Cuánto ganó anoche?

-Déjese de burla –me dijo, sin despegar los ojos de la máquina-. Este gato burlón, igual que usted, se me tragó todo. Ni para el taxi me dejó.  Hasta tuve que pedir prestado –dijo en voz baja-. Pero ya fui al banco y aquí estoy.  Hoy sí recupero todo.

-Suerte entonces –le digo. Y me dedicó a lo mío, es decir a lo mismo que la viejita.

Quince minutos después veo a Zambrano, cuya historia ya me la sé completa. Fue él mismo quien me confesó que llegó a perder  tres mil dólares al mes. Hasta que descubrieron el faltante en la empresa familiar  y lo echaron a la calle.  A la cárcel no, por suerte

En cuánto me ve, se me acerca.

-Cómo va esa suerte?  Paga o no paga?

-Estoy a un paso de seguir tus pasos –le digo, para defenderme con anticipación del sablazo.

-Mire lo que dice mi horóscopo –me dice y me muestra un recorte de La Marea, con un signo zodiacal subrayado.

Como estoy en el casino no sólo para perder plata, sino para encontrar personajes, leo lo que le pronostican los astros a través de aquél diario: Hoy es su día.  Todo lo que invierta le será multiplicado. Claro, digo yo: como los panes, los peces,  el vino, y los diezmos del Señor.

-Présteme sólo diez dolaritos, hermano –me ruega-. Y haré fortuna. Se lo juro.

Un tipo así me da malas energías, de  modo que le doy cinco para que se vaya volando.

-Juega suave –lo aconsejo  (yo que nunca aconsejo a nadie). Después de todo, es mi dinero el que va a desaparecer.

Cuando lo veo persignarse frente a la máquina, darle un beso a la pantalla y al billete antes de hacerlo desaparecer en la ranura, siento asco. Un asco que a veces tengo por mi mismo. Y estoy tentado a retirarme del casino. Me quedo únicamente porque  concluyo que yo no soy igual a estos pobres adictos. Yo estoy aquí por otras razones. Busco personajes para mis futuras novelas o películas.

Después de que pienso esto, me río de mí mismo.

Me río tanto que me equivoco y pongo el dedo donde no debo. En Máxima Apuesta. Lo que me quedaba de crédito se me esfuma en un santiamén. 

Así que  meto otro billete de veinte.

El  último que jugaré pues tengo que llevar a Sebastián al shopping. Palabra de jugador.

Mientras tomo esta decisión, de reojo miro a la profesora. O mi mirada le da suerte, o a la máquina le toca vomitar algo de lo tanto que ha tragado. Ochenta de cada cien, en los EEUU. Del diez al treinta por ciento aquí, donde no hay ni ley ni autoridad que controle el robo.  Lo cierto es que la viejita pega tal  grito que la curiosidad me mata y voy a mirar su máquina.

Cinco gatos en línea, dentro de una tanda de juegos gratis.

Cinco gatos que le hubiesen pagado algunos miles de dólares de haber hecho la máxima apuesta. Pero apenas está jugando quince por uno. Quince centavos que le pagan por esa línea sesenta dólares. En total, cuando termina la tanda de los juegos gratis, noventa y tres con cincuenta y dos.

Nada malo para otros. Pésimo para esta anciana que en menos de un ano ha hecho feria los treinta mil dólares de su jubilación en este casino. En esta máquina donde el gato Félix parece burlarse de la suerte. De nuestro mala suerte.

 

II

A la una de la tarde, me llama mi hijo para recordarme que prometí llevarlo al shopping.

-En quince minutos paso por ti – digo-. Espérame listo.

-Ya estoy listo, pa –me dice-. Me dijiste a las doce.

Total que después de quince minutos continúo allí, clavado frente a la máquina.

Igual estoy dos  horas  y algunas llamadas después. Y la última, la madre de mi hijo.

-Se lo prometiste –me reclama-. Es un niño.

-Llévalo tú –le digo-. Yo tengo una emergencia médica. Se le reventó el apéndice a mi hermano.

Desde luego que no me cree y me manda al diablo. Pero eso qué importa. Lo único que me preocupa ahora son los doscientos dólares que ya he perdido.

Doscientos dólares que eran para pagar el departamento.

Saco unos billetes que llevo aparte: es el dinero para la comida de los próximos quince días.

La verdad es que antes de meter el primer billete, lo pienso un instante: O me voy o me quedo.

Si me voy, habré perdido para siempre los doscientos dólares. Si me voy, vendrá otro jugador, pondrá unas moneditas,  y se llevará lo que es mío.

Si me quedo, no sólo que los voy a recuperar, sino que ganaré suficiente para comprar el play station que mi hijo quiere.

Veo que no me mire nadie  porque antes de meter el billete quiero persignarme y besar la máquina.

Pero este casino ya está lleno y más de uno está esperando que me quede sin plata para caerle a mi máquina y llevarse lo que es mío.  Notan mi desesperación. Qué importa. No me persigno, pero la beso tres veces. Todos tienen sus supersticiones. Todos son unos perdedores.

Bueno, casi todos.

Mi hermano no es un perdedor. El gana casi siempre. Es que no se deja llevar de las emociones. Es frío y calculador cuando está frente a la máquina.

Tiene su propio método para jugar. Se programa. Igual que la máquina que tiene un ciclo largo para tragar todo lo que pueda y un ciclo cortísimo para vomitar.

Entonces él apuesta lo mínimo durante largo tiempo y con variaciones hacia arriba cuando calcula que ya es la hora. Casi siempre le atina. Y cuando no,  se va con una pérdida mínima. Nunca se queda más del tiempo que se impone al entrar al casino. Nunca hace una apuesta de más.

El es cerebral.

Yo soy emotivo. Me gusta la adrenalina. El todo o la nada.

Además me dejo seducir por la música, los tragos y las chicas del casino. Pierdo la noción cuando veo tetas y piernas.

Mientras he pensado todo esto, he seguido perdiendo. Billete tras billete.

La angustia se apodera de mi cuando saco el último de veinte.

No debí haber venido hoy. Debí haber visitado a mis padres. Compartir con mi familia. Salir con mi hijo. Divertirme con él. Gastarme el dinero con él.

Las manos me tiemblan al poner el billete en la ranura. Antes de que pueda arrepentirme la máquina lo engulle, lo traga.

Ahora sí es el todo o nada.

Le subo la apuesta.  Diez por quince líneas. Fantástico: Tres scatters me dan 15 juegos gratis. Qué buena decisión fue quedarme.  Si me hubiera ido, el primer mirón en meter unas monedas se habría llevado mi dinero. Me acomodo para disfrutar la caída de los rodillos. Una sola línea buena y recuperaré como mínimo trescientos dólares. Y me iré de inmediato. Doce horas aquí dentro ya es demasiado.

Mi corazón late a mil, me froto las manos, beso la pantalla,  hasta me persigno en corto y cierro los ojos para no oír más música que la de la máquina, pero cuando terminan los quince juegos  gratis, el premio no llega ni a ciento cincuenta dólares.

Así no puedo irme.

De modo que continúo dale que dale hasta que el casino se va vaciando y los empleados empiezan el cierre de las máquinas.

La profesora jubilada se me acerca y me dice:

-Ya son las cinco. Va a quedarse a dormir aquí?

Simpática la viejita.

-Esta mala gente no deja –le digo.

-Cuánto ganó?

-No se burle –le digo. Y tengo ganas de apretarle el cuello.

Miro mi crédito en la máquina.  Tres dólares. Justo para el taxi. O para una máxima jugada.

La última porque nunca más volveré. Lo juro. Lo juro…

 

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