César Vallejo: "trilce", La Subversión De La Palabra
Por Zulma Zubillaga
César Vallejo nace en Santiago de Chuco, Perú, en 1892. De origen mestizo y provinciano, es el menor de once hermanos. Estudia Filosofía y letras en Trujillo y Derecho en la Universidad de San Marcos, Lima. No tarda en abandonar sus estudios para trabajar como maestro. En 1918 publica Los heraldos negros, obra de influencia claramente modernista con toques de simbolismo, y en 1922, Trilce. Un año después viaja a Francia, luego a la Unión Soviética y posteriormente, a España. En 1931 publica la novela Tungsteno. En al ’38 muere en París, tal como había predicho en su célebre poema: “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo..”. A partir de 1939 aparecen, en ediciones póstumas, los Poemas humanos, Poemas en Prosa y España, aparta de mí este cáliz.
Si bien Vallejo convivió con corrientes estéticas como el ultraísmo, futurismo, creacionismo, dadaísmo, por citar algunas, con la aparición de Trilce puede, sin dudas, hablarse de la irrupción de una auténtica ruptura con la poética de su tiempo, una verdadera subversión de la palabra, un “quiebre” estilístico que literalmente “enfrentó” al lector con una obra que no ha admitido ni admite encasillamientos, que desde la imposibilidad de acceso por la vía del logos, ha de sumirlo, inexorablemente, en cierta indefensión intelectiva, en el asombro. Sin embargo, es en la periferia de su discurso, en las fisuras, donde se vislumbra un territorio donde la oclusión y la íntima apertura parecen ser ejes pendulares que delimitan un campo expresivo, tan abarcador como fundante. Quizás sea innecesario agregar que Trilce se ha convertido en un referente insoslayable de la poética hispanoamericana contemporánea; la creación irrepetible de un poeta de excepción.
Aunque son muchas las posibles lecturas de una obra donde el lenguaje parece haber dislocado toda previsión estilística y de contenido, para los fines de este artículo elegiré, en primer lugar, referirme a la palabra como instrumento de exploración y síntesis de un universo que roza lo material, lo inmanente. Porque ante la imposibilidad de simbolizar, de asumir la representación de la cosa externa, el mundo, ésta parece presentarse como elemento que lo sustituye para crear un cuerpo verbal que se repliega en sí mismo: el poema. Es que en la poética de Vallejo la escritura encarna lo existente para erigirse en íntima patria, el lugar de lo irrenunciable. Y a partir de la rispidez que opone la lengua, el autor, ese demiurgo, construye a pesar de la palabra, porque su escritura no fluye ni se despliega como un corpus armónico, sino que desde una deliberada resistencia desacraliza las formas, rebasa el mecanismo del idioma, lo subvierte, en lo que podría interpretarse como una necesaria, incontenible ruptura, no ya con el andamiaje formal, sino con lo existente. Entonces, la palabra se instala en el texto como un cuerpo corrosivo, ajeno; acaso el mundo mismo en simbólica inversión.
Este proceso de sustitución y de instauración de un nuevo orden no puede representar sino una búsqueda que ha de culminar en la construcción de un sistema coherente con su propia estructura; intentaremos, entonces, acercarnos, rozar al menos el sentido del mismo, la posible razón que lo sustente como unidad que expresa, que comunica. Y pienso, entonces, que este verdadero “colapso” expresivo, esto es, la inserción de neologismos, la dislocación deliberada de la sintaxis, de la normativa, la introducción de elementos coloquiales, y hasta el uso del elemento lúdico, entre otros recursos, representan un blindaje formal que apunta al mutismo, a un silenciamiento simbólico que remite, paradojalmente, a la realidad. Y es la voz del mundo la que parece ser sustituida para que estalle, entonces, la otra voz, la que se oculta bajo un velo de dolor, de ensimismamiento: “Tal la tierra oirá en tu silenciar / cómo nos van cobrando todos / el alquiler del mundo donde nos dejas / y el valor de aquel pan inacabable. /” (1).
En la historia personal de Vallejo pueden hallarse, quizás, posibles interpretaciones acerca de ese sentimiento de extranjería, de radical exclusión que atraviesa su obra: podría aludirse su condición de mestizo, la situación de exilio en la propia tierra, la supresión insidiosa y progresiva de una cultura – era hijo de madre chimú -, pero elijo prescindir de toda especulación biográfica para ceñirme a lo que el propio texto deja deslizar como lectura, como construcción de un universo ligado a esa voz replegada, secreta.
Me pregunto, entonces, si esa urdimbre cuya complejidad parece querer expulsarnos de un espacio ajeno, inescrutable – tal vez el territorio de lo perdido, una patria íntima, irrecuperable pero intacta en la palabra - no constituye, acaso, un arcano que ha de preservarse en el cuerpo del poema, aquello que se guarda en la más alta de las intimidades, ese don inaudito, inabarcable, que el texto conserva para sí, para su voz.
Y ese arcano, Trilce, deja - reitero - fisuras, zonas sensibles que abriendo lo que se silencia van desprendiendo el cuerpo velado del dolor - ese estallido -; y en estos pequeños, fugaces repliegues es donde parece no sólo centrarse sino también sostenerse el eje medular de la obra: la búsqueda del sentido, el estar en el mundo, las ausencias, el amor, la muerte son algunos de los temas que dejan al desnudo ese grito agónico, carnal, el poema: “He almorzado solo ahora, y no he tenido / madre, ni súplica, ni sírvete ni agua, / ni padre que, en el facundo ofertorio de los choclos / pregunte para su tardanza / de imagen, por los broches mayores del sonido. /” (2)
Para finalizar, me atrevo a inferir que es en la zona intacta de lo entrañable, ese universo tan atesorado como oculto, resguardado hasta el pudor – perdido-, donde se oculta, quizás, la clave inicial que nos permite adentrarnos en la geografía vital, humana de Trilce.
(1) Vallejo, César - Trilce - Editorial Losada, Buenos Aires, 1993 – Poema XXIII
(2) Vallejo, César, Op. cit., Poema XXVIII
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