El Odio: Segundo Disipador Del Caos Social
Teoría Del Caos SocialL / CAPÍTULO 5 El Odio: Segundo disipador del caos / ISBN 9789801241312
Los disipadores del caos social pueden ser considerados, a priori como elementos del control social, que es el conjunto de prácticas, actitudes y valores destinados a mantener el orden establecido en las sociedades. Aunque a veces el control social se realiza por medios coactivos o violentos, el control social también incluye formas no específicamente coactivas, como los prejuicios, los valores y las creencias. Entre los medios de control social tradicionalmente aceptados como tales están las normas sociales, las instituciones, la religión, las leyes, las jerarquías, los medios de represión, la indoctrinación, los comportamientos generalmente aceptados y los usos y costumbres (sistema informal, que puede incluir prejuicios) y leyes (sistema formal, que incluye sanciones).
La sociología moderna reconoce seis tipos de controles: El control físico, que es la fuerza, la violencia, el castigo que se aplica al individuo que la sociedad determina está fuera de las normas establecidas; el control social primario y aquí nos referimos a la familia; el control político que se ejerce a través de las leyes, con la intervención del gobierno y con la aplicación de esas leyes; el control ético que se refiere a las costumbres; el control de clases también llamado ‘de las ocupaciones' que se imbrica en la estructura misma de las sociedades y el control de las estratificaciones, un control que alude a otros aspectos, no solo económicos sino también culturales.
1.- APROXIMACIONES HACIA UNA TEORÍA DEL ODIO
Desde una perspectiva epistemológica, el enfoque cognoscente del odio es definido como un sentimiento negativo, de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, situación o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir aquello que se odia. Así concebido, el odio se fundamenta en el miedo a su objetivo, ya sea justificado o no, o más allá de las consecuencias negativas de relacionarse con él. El odio se describe con frecuencia como lo contrario del amor o la amistad, pero otros investigadores sociales, como Elie Wiesel[1], consideran a la indiferencia como lo opuesto al amor. Para él, el odio puede generar aversión, sentimientos de destrucción, destrucción del equilibrio armónico y ocasionalmente autodestrucción, aunque la mayoría de las personas puede odiar eventualmente a algo o alguien y no necesariamente experimentar estos efectos.
Desde la historia de Abel y Caín, miles de relatos bíblicos y profanos nos recuerdan que el odio era un asunto pre moderno. Luego, en la modernidad, las batallas por la emancipación de los hombres, la formación de naciones y las disputas entre Estados nacionales, las empresas colonizadoras y la resistencia contra ellas son evidencias de que el odio no escaseó tampoco en esta época. Sin embargo, desde la Ilustración el furor y la crueldad vienen combinándose, más que nunca, con teorías dedicadas a explicarlos y contenerlos: la interpretación hegeliana de la historia como conflictos entre amos y esclavos, la marxista como lucha de clases, y las que trataron de dar cuenta de por qué colonizadores y colonizados, hegemónicos y subalternos, hombres y mujeres, se llevaban tan mal.
En esta proliferación de intentos por conjurar el odio, quizá el relativismo antropológico fue su elaboración más sofisticada. Ni bien terminada la matanza de la segunda guerra mundial, en 1947, la Asociación Antropológica Norteamericana, teniendo en cuenta "el gran número de sociedades que han entrado en estrecho contacto en el mundo moderno y la diversidad de sus modos de vida", presentó a las Naciones Unidas un proyecto de Declaración sobre los Derechos del Hombre que aspiraba a responder a esta pregunta: "¿Cómo la declaración propuesta puede ser aplicable a todos los seres humanos y no ser una declaración de derechos concebida únicamente en los términos de los valores dominantes en los países de Europa occidental y América del Norte?" A partir de "los resultados de las ciencias humanas", propusieron tres puntos de acuerdo:
1º) "El individuo realiza su personalidad por la cultura; el respeto a las diferencias individuales implica por lo tanto un respeto a las diferencias culturales".
2º) "El respeto a esta diferencia entre culturas es válido por el hecho científico de que no ha sido descubierta ninguna técnica de evaluación cualitativa de las culturas" […] "Los fines que guían la vida de un pueblo son evidentes por ellos mismos en su significación para ese pueblo y no pueden ser superados por ningún punto de vista, incluido el de las pseudo verdades eternas";
3º) "Los patrones y valores son relativos a la cultura de la cual derivan, de tal modo que todos los intentos de formular postulados que deriven de creencias o códigos morales de una cultura deben ser en esta medida retirados de la aplicación de toda Declaración de los Derechos del Hombre[2] a la humanidad entera!".
Pero el odio no es necesariamente irracional o inusual. Para algunos psicólogos estructuralistas, odiar es razonable, entendiendo tal sentimiento como una aversión que se suele enfocar hacia la gente o a las organizaciones que amenazan la existencia, o que hacen sufrir, o cuya supervivencia se opone a la propia y entonces surge un sentimiento, que puede ser individual o grupal, a partir del cual se odia a lo que se opone a la salud y al bienestar.
Con la finalidad de permitir que surja una teoría psicoanalítica contemporánea del odio rencoroso y vengativo, debemos clarificar la distinción entre odio rencoroso y vengativo e impulso agresivo, y entre odio rencoroso y vengativo y rabia narcisista. Expuesto de forma diferente, debemos considerar hasta qué punto el odio rencoroso y vengativo es principalmente un derivado del impulso agresivo o un producto de descarga de él, tal como la psicología del yo a menudo sostiene. ¿O es el odio rencoroso y vengativo mejor conceptualizado desde el punto de vista de los teóricos de las relaciones objetales como resultado de la identificación proyectiva? ¿O es el odio rencoroso y vengativo un producto de fragmentación resultado de las fallas empáticas que amenazan la cohesión del self, desembocando en rabia narcisista, tal como los psicólogos del self han mantenido? Basando los intentos de re conceptualizar el odio rencoroso y vengativo en la teoría de sistemas motivacionales, miremos hacia las conceptualizaciones fundamentales de "impulso agresivo" y de "rabia narcisista", para luego voltear la mirada en dirección a las "recompensas" del odio rencoroso y vengativo que identifican el poderoso y ubicuo lugar que el odiar tiene en la existencia humana, y para distinguir entre "el odiar" del uso común y el "odio rencoroso y vengativo".
El impulso agresivo:
La interpretación freudiana de la agresividad pasó por tres fases sucesivas.
En un primer momento Freud interpretó el aspecto agresivo del comportamiento como parte constituyente del instinto sexual. Esto sucedía en el periodo inicial de sus estudios, cuando su atención se hallaba centrada en el instinto sexual, considerado el elemento fundamental en la aparición de las neurosis. Freud[3] consideraba que el componente agresivo consistía en la tendencia a querer dominar el objeto de amor, y que su origen era incierto. Por consiguiente, según dicha hipótesis, la agresividad sería un aspecto del impulso sexual, y la agresión, es decir el comportamiento agresivo, un componente del comportamiento sexual, subordinado a este último y tendente a superar los obstáculos que pudieran interponerse en la consecución del placer. Sin embargo, más tarde Freud(3), a través de la observación más objetiva de los impulsos sádicos de sus pacientes y de los juegos de los niños, en ocasiones crueles con los animales, llegó a considerar la agresividad como un impulso agresivo autónomo, independiente de la sexualidad.
En esta segunda interpretación del fenómeno, la agresividad se configura como una manifestación de los impulsos del Yo, tendentes a la auto-conservación y al control de la realidad, y en concreto como una manifestación típica de tales impulsos en la superación de las frustraciones. Básicamente la agresividad, en este momento del pensamiento freudiano, no se considera aún como un impulso autónomo, sino como una modalidad de expansión del Yo, regulable según los dictámenes de la realidad y tendente a proteger al individuo.
El desarrollo del pensamiento freudiano siguió luego otra dirección, poniendo de nuevo en discusión incluso este último planteamiento y llegando al punto final de su teoría de la agresividad, punto en que ésta es considerada como un impulso autónomo definido como "instinto de muerte" o "instinto de Thanatos" (que en la mitología griega es el dios de la muerte). El instinto de muerte se considera una tendencia que actúa en silencio, invade toda la vida de los individuos y se manifiesta en forma de impulsos agresivos, en origen orientados hacia ellos mismos (masoquismo) y sólo más tarde orientados hacia objetos externos (sadismo).
Según esta última hipótesis los instintos fundamentales humanos serían dos: el "instinto de vida" o "instinto de Eros' (amor, en lengua griega), del que derivan los impulsos sexuales y que tiende a la conservación de la vida y a la obtención del placer, y el "instinto de muerte" o "Thanatos", del que derivan los impulsos agresivos, expresión de la tendencia de toda la materia viva a volver al estado inorgánico, a la disolución, a la muerte. El amor y el odio son las representaciones afectivas de estas dos tendencias. La vida aparece como la resultante del antagonismo y de la colaboración entre instintos de vida e instintos de muerte y por tanto entre amor y odio.
El pensamiento de Freud a tal respecto no se cuenta entre los más claros y sobre todo resulta difícil aceptar su particular concepto de la vida al servicio de la muerte, entendida como el estado en el que el organismo se libera completamente de toda tensión, el estado originado absoluto, anterior a la aparición de la propia vida. Él mismo aclararía en parte dicho concepto en sus escritos posteriores, en los que queda subrayado el papel que desempeñan los instintos agresivos en la vida psíquica individual y en la social. Se confirma, con cierto pesimismo, la existencia en el hombre de un poderoso deseo de agresividad que forma parte de los instintos humanos, por lo que la esperanza de quienes desearían erradicar las tendencias agresivas de los hombres, y de esta forma provocar la desaparición de la agresividad y de la violencia que alteran el armónico desarrollo de la sociedad, es una ilusión.
En el desarrollo del pensamiento psicoanalítico posterior a Freud[4], la hipótesis del instinto de muerte enfrentado al instinto de vida no fue en general aceptada, y se volvió a considerar la agresividad como impulso fundamental del hombre, con una base instintiva pero también, y sobre todo, con una función necesaria para la conservación de la vida. Según estos investigadores, el instinto agresivo no tiene nada que ver con el instinto de muerte de Freud, pero constituye la base de toda aspiración humana a la independencia y a la afirmación individual.
Más que con un instinto específico, la agresividad se relaciona con las necesidades típicas de exploración y de movimiento, tanto del hombre como del animal. Representa un modo y un medio a través del cual el hombre trata de extender su dominio sobre la realidad, de proteger su seguridad y de afirmar su propia identidad. La agresividad es en definitiva la expresión de una tensión más general del hombre a dominar el ambiente y a auto-realizarse, y su transformación en destructividad o en violencia es sinónimo de una falta de adaptación a la realidad. La destructividad y la violencia no formarían por tanto parte de la naturaleza del hombre, sino que serían más bien el resultado de un cierto tipo de educación y de aprendizaje, los síntomas de una mala adaptación a la realidad. Según dicha teoría, esta falta de adaptación tiene sus raíces en la infancia y se va agravando con el desarrollo de la persona, debido a la ausencia de compensaciones (o satisfacción a sus requerimientos) y por intolerancia ante las frustraciones.
Concluimos que la agresión en el ser humano no es, entonces, un instinto autodestructivo, ni tampoco es un instinto impersonal. La respuesta agresiva humana se da en dos circuitos: El circuito neurofisiológico infra consciente y el circuito auto consciente. En una persona sana, la respuesta fisiológica automática al estímulo amenazante queda subordinado, integrado en la respuesta consciente y aún modulado por ella. En este punto, la respuesta humana agresiva no difiere de una gran cantidad de conductas humanas, como la percepción, en donde se integran procesos neurofisiológicos involuntarios y voluntarios, dominados por el Yo consciente.
La etología moderna establece la función positiva del impulso agresivo para la sobrevivencia del gen y rechaza la noción de un instinto de muerte autodestructivo. Esta idea (la de un impulso masoquista primario) con una función autodestructiva ha sido criticada también por teóricos psicoanalíticos como Reich, Fairbairn y Bowlby[5], aunque este último acepta la noción de un impulso autodestructivo innato y ubica el origen de la agresión y la angustia en las relaciones objetales: Ira y angustia.
La rabia narcisista:
Toda frustración puede provocar algún tipo de angustia narcisista y de agresividad como respuesta o reacción de un Yo amenazado en su integridad, que procura reestructurar la imagen de Si del sujeto elevándola a un plano de superioridad y fuerza. Esa furia narcisista es una impugnación al Otro y su destitución a un plano inferior, procurando recomponer el balance, la homeostasis narcisista. La envidia kleiniana[6] se puede pensar desde esa perspectiva del narcisismo: el displacer narcisista, extrema frustración narcisista al compararse el sujeto en su inferioridad con la omnipotencia del otro, que lo posee todo. Esto genera una extrema agresividad que procura invertir la relación subjetiva.
Los trastornos narcisistas se presentan como un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida. La crispación neurótica se sustituye por la flotación narcisista, y al acercarse a la terapia, la actitud de estos pacientes no es la de quien está pidiendo ayuda, sino la del que inicia un espectáculo en el que va a exhibirse. Las frustraciones, la crítica en su entorno y los aspectos desplacientes de la realidad, pueden provocar reacciones llamadas de "rabia narcisista", por lo desproporcionadas y violentas. Dichas rabias pueden obnubilar la conciencia y a veces crear reacciones francamente psicóticas, aunque transitorias y con características paranoicas.
La rabia narcisista entiende la agresividad como instrumento-tecnología-estrategia del sujeto sobre el otro y sobre sí mismo: ella opera de ese modo procurando reestructurar la imagen de sí del sujeto y la del otro concomitantemente, porque la agresividad en general significa fuerza, poder y razón (el que se enoja esgrime el enojo como prueba de que tiene razón). De ese modo el agresivo se representa o imagina a sí mismo como fuerte, potente y razonable.
Cuanto más extenso y calificado es "el eje del mal", más justifica el agresor su agresividad, sobre todo si su palabra ha perdido eficacia mutativa. Esta dimensión instrumental, tecnológica –estratégico de la agresividad narcisista es estrictamente intersubjetiva: es un modo de relación con el otro y de acción sobre él, procurando someterlo al deseo del sujeto. Es un instrumento de poder dentro de la estructura narcisista del sujeto, aunque persiga también fines sexuales.
Este es el lado performativo, realizativo, pragmático, conativo y comunicativo de la agresividad, distinto del expresivo – afectivo; no podemos perder de vista que la agresividad es como una modalidad de discurso y como tal posee las funciones del mismo; no es mera afectividad o simple expresión de un afecto. Es como una discursividad, como una racionalidad instrumental, consciente e inconsciente, próxima a la voluntad de poder nietzscheana, cuyo objetivo final consiste en asegurar el poder sobre otro sujeto, el dominio sobre el objeto en eco con la pulsión de apoderamiento freudiana o con fantasías mágico omnipotentes.
El odio como rencor vengativo:
Spinoza[7] da, respecto del odio, una definición opuesta a la que establece para el amor, pero formalmente similar. Escribe al respecto:
"El que imagina que aquello a que tiene odio está afectado de tristeza, se alegrará; si, por el contrario, lo imagina afectado de alegría, se entristecerá; y uno y otro afecto será mayor o menor según sea mayor o menor el afecto contrario en aquello a que tiene odio".
Nótese que, cuando alguien se alegra por la tristeza ajena, ese sentimiento puede manifestarse en forma de burla, mientras que, cuando alguien se entristece por la alegría ajena, estamos en presencia del sentimiento de la envidia. Por lo que podemos decir que el odio es una actitud que se manifiesta en forma de burla y envidia, al menos desde un punto de vista general. Spinoza escribió:
"Estos afectos de odio y otros similares se refieren a la envidia, que por eso no es nada más que el mismo odio, en cuanto se considera que dispone el hombre de tal manera, que se goce en el mal de otro y que, por el contrario, se entristezca del bien de ese otro"
Fernando Savater[8], en un ensayo sobre la ira, sostiene que del otro lado están la paciencia y el humor: convoca a la espera que ayudará a "intervenir en el cambio de circunstancias", y a aligerarse con una "representación humorística de las cosas". En el Diccionario de los Sentimientos[9], José Antonio Marina y Marisa López Penas definen al odio en el territorio de los deseos, sobre todo el de "hacer daño", debido a "un temperamento frío" o al resentimiento acumulado con rencor.
Mientras que la mayoría de los analistas no subscribirían la creencia en un instinto de muerte que empuja al ser humano hacia un odio asesino dirigido hacia el propio self, o de forma protectora, proyectándolo hacia afuera en forma de odio asesino hacia los demás, muchos relacionarían ambas tendencias destructivas con un impulso agresivo[10]. Fenomenológicamente, el odio maligno (Gabbard [11]), tiene innegables cualidades de presión arrolladora y es parecido al impulso, con poca o ninguna capacidad para la conciencia reflexiva. Para ocuparse del supuesto ampliamente aceptado, basado en la teoría dual de la pulsión, de que el odio rencoroso y vengativo es un derivado de un impulso agresivo primario, es necesaria una apropiada propuesta alternativa apoyada en la investigación y observación del desarrollo infantil.
La teoría de los sistemas motivacionales ofrece esta alternativa: en la infancia más temprana (en realidad en el útero) un sistema motivacional aversivo se desarrolla en respuesta a la necesidad de reaccionar con antagonismo y/o retirada frente a cualquier estímulo distónico interno o externo. Cualquier falla de regulación de cualquier otro sistema –no responder a necesidades fisiológicas, a la intimidad de apego, a la exploración y afirmación de preferencias, o al placer sensual- hará que el infante se lamente, pelee, llore, amenace con el puño, frunza el ceño, se estremezca, desvíe la mirada, retroceda, se ponga rígido, o se ponga flácido. Cuando los cuidadores responden a estos afectos, gestos, y conductas, eliminando la causa de la aflicción o, por lo menos, quedándose a su lado y reconfortándolo (sirviendo como función contenedora (Bion,[12]), el sistema aversivo, durante el primer año de vida, se organizará en torno a señales efectivas.
El enojo es una respuesta a la frustración y puede extinguirse si la frustración se supera o es eliminada. La rabia puede también ser desencadenada por la frustración pero implica un sentimiento de herida narcisista, una ofensa al orgullo, una vergüenza y humillación al sentido del self. El estado de rabia, con su contracción muscular y aumento en el latido cardíaco y presión sanguínea, elimina la sensación de indefensión asociada con el dañado sentimiento del self y lo sustituye por un provisional sentimiento de omnipotencia e invulnerabilidad.
¿Qué causa el odio? Charles Darwin decía que sus raíces estaban en la venganza y en la defensa de los intereses propios. "Si hemos sido o esperamos ser agredidos por alguien (…) ese alguien nos será desafecto; y el desafecto se convierte fácilmente en odio", dijo aquel científico.
Erich Fromm[13] coincide –esta vez desde la Psicología- con la visión de Darwin: el odio surge como respuesta a la "amenaza (de alguien o de algo) a los intereses vitales de una persona". Finalmente, Isaiah Berlin, el célebre historiador de las ideas, aseguraba que el origen de la xenofobia y de su sucedáneo más terrible –el nacionalismo- está en el sentimiento de humillación que un grupo de personas pudiera sentir a causa de otro grupo de gente.[14]
Según parece, la capacidad de odiar forma parte de la condición humana y se alimenta de sus miedos más atávicos y de sus pulsiones más primitivas. En sus escenarios de odio rencoroso y vengativo las personas se mantienen en el pasado e imaginan venganzas en el futuro. Episodios recientes que generan dolor, decepción, envidia, vergüenza, turbación, humillación, y culpa, son absorbidos dentro del escenario. El odio rencoroso y vengativo mantiene una relación similar respecto al odio como el amor romántico respecto al afecto. Desde la infancia en adelante podemos sentir, si bien no originalmente expresado en palabras, "eres bueno conmigo; te quiero"; o, "me haces daño; estoy enojado contigo". Enojo, rabia, odio (aversión intensa) y temor, son experiencias afectivas de infantes y adultos. El odio rencoroso y vengativo, como escenario, es un desarrollo posterior que requiere maduración del cerebro y desarrollo de cruciales capacidades cognitivas.
Al igual que otros escenarios "de ambición", lo que los niños y los adultos esperan que ellos puedan realizar en el futuro, un escenario de odio rencoroso y vengativo existe como un marco al que se acude de forma recurrente para repetidas revisiones, tanto como fuente como resultado. A veces las fuentes de la herida desencadenante son ostensibles y obvias pero, a menudo, son exquisitamente particulares para cada individuo. Dado que las fuentes son elaboradas en la mente de la persona herida pueden ser difícilmente revelables por el riesgo de que no sean aceptadas por otros, y por el riesgo de un daño vergonzoso adicional.
George Eliot[15] resumió muchas de estas observaciones en Daniel Deronda:
"La amargura del odio rencoroso y vengativo es a menudo tan inexplicable para los observadores como el desarrollo del amor devoto, y no sólo parece sino que no tiene relación directa con ninguna causa externa que se pueda alegar. La pasión es de la naturaleza de la semilla, y encuentra alimento en su interior, tendiendo a un predominio que atrae toda corriente hacia sí misma y hace de toda la vida su tributo. La forma más intensa del odio rencoroso y vengativo es la enraizada en el temor, el cual obliga al silencio y fuerza un deseo vehemente de venganza no expresada, una aniquilación imaginaria del objeto detestado, algo parecido a los ritos ocultos de venganza con los cuales los perseguidos han hecho salir secretamente su rabia y han aplacado su sufrimiento hasta enmudecerlo (p.576).
En otro pasaje repite los temas de un sentimiento de impotencia frente a la expresión directa del enojo y la recompensa sustitutiva de la venganza:
"Lydia...devoró su impotente ira..., pero no podía...irse del todo sin la recompensa de haber hecho una aparición de Medusa frente a Gwendolen, encontrando su deseo de venganza y sus celos alivio en una descarga de ponzoña" (p. 514).
Pao (1965), el primero de muchos autores psicoanalíticos contemporáneos en comentar estos patrones, ofreció una formulación notablemente penetrante. Pao afirmó que el odio rencoroso y vengativo, al vincular el pasado con el futuro, establecía un sentido de continuidad.
"Odiar es sentir algo, lo cual es mucho mejor que sentirse con falta de propósito, vacío, amorfo, o abrumado por ansiedades. El odio rencoroso y vengativo puede transformarse en un elemento esencial del cual uno deriva un sentido de mismidad y sobre el cual uno formula su propia identidad" (p.260).
Pao señala que la persona que odia está acosada por miedos y se siente tironeada en diferentes direcciones. La persona que odia siente que sería desastroso ofender al objeto de su odio, al cual adscribe omnipotencia y omnisciencia. Pero se siente agraviada y quiere desquitarse.
"De esta forma se encuentra en un estado de esclavitud. Si se mantiene cerca...,podría dejar al descubierto su odio rencoroso y vengativo y provocar la cólera del objeto, el cual podría aplastarle....Si intenta evitar al objeto odiado se está privando del necesario suministro libidinal. Metido en un dilema, la persona que odia se siente atrapada" (pp. 258-259).
El más severo y dominante de los afectos que en conjunto constituye la agresión como pulsión es el elaborado afecto del odio. Otto Kernberg[16] ve al odio rencoroso y vengativo como un afecto crónico y primitivo que desemboca en la negación primitiva y la anulación de funciones cognitivas. Kernberg advierte que los analistas deben ser conscientes de cuatro respuestas contra transferenciales: el retirarse emocionalmente ante el odio rencoroso y vengativo; el identificarse con la victimización del paciente y su desplazamiento de la agresión fuera de la transferencia; someterse de forma masoquista al odio rencoroso y vengativo del paciente con un eventual acting out agresivo; u oscilar entre tratar de generar comprensión por parte del paciente y retraerse. Es interesante que Kernberg no incluya el odiar al paciente.
Lazar (1996) afirma que, cuando el odio rencoroso y vengativo es buscado como una meta en sí misma, el analista debe determinar su significado subjetivo. ¿Es el odio rencoroso y vengativo una protesta por las necesidades motivacionales no satisfechas que el paciente quiere que el terapeuta reconozca? ¿O es el odio rencoroso y vengativo una negación de necesidades insatisfechas que el paciente quiere que el terapeuta también niegue a través de una gratificación directa? ¿Es el odio rencoroso y vengativo un deseo de reconocimiento de una tragedia o un intento de seducir al terapeuta hacia una repetición actuada?
Otra contribución a la comprensión del odio rencoroso y vengativo surge de una serie de estudios sobre la vergüenza (Wurmser, 1981; Morrison, 1989; Broucek, 1991; Lewis, 1991) Estos autores sugieren que los niños que fueron víctima de abuso, excesiva arrogancia y desprecio, experimentan una vergüenza punzante. El estado afectivo de vergüenza baja la autoestima y transforma situaciones ordinarias en fuente de aversión. El odio rencoroso y vengativo se transforma en una vía para apartar la impotencia que conlleva la vergüenza. La paradoja es que mientras que la búsqueda secreta del odiar puede, de forma exitosa, evitar el impacto de la vergüenza que surge de cualquier fuente como la envidia, el miedo, o el auto-desprecio, la revelación a otros de la magnitud de la malignidad de la persona que odia y el deseo de venganza puede volver a desencadenar una vergüenza intensa. El potencial para una respuesta caracterizada por un estado de vergüenza debe ser también considerado y cuando hay una demasiado prematura confrontación con el escenario de odio rencoroso y vengativo del paciente.
El odio brota de la certeza de haber sido estafado, acosado, denigrado y llevado al abismo y, sin embargo, hace de este proceso una pasión que concentra sus ansias de conocimiento en un solo hecho, renunciando al saber del todo por profundización en una sola parte. Además el odio sólo tiene como destinatario a alguien a quien se ha querido, o al menos con quien se ha simpatizado o se ha sido solidario. Parafraseando a Rasinari, el odio es lo irrevocable en el momento que ya no podemos renovar nuestros pesares.
Desde el punto de vista del sistema aversivo, el odio rencoroso y vengativo no sólo sirve como medio para expresar antagonismo de forma placentera, sino que también provee una manera de evitar cualquiera y todos los afectos displacenteros. Una vez formado, el escenario de odio rencoroso y vengativo puede ser evocado de forma consciente, o tan automáticamente como para estar fuera de la consciencia, en cualquier momento que el paciente se sienta amenazado por el sufrimiento de cualquier afecto negativo como la envidia, la vergüenza, la desilusión, el miedo o la depresión. Como muchos han indicado, una razón para atesorar un escenario de odio rencoroso y vengativo, es que en vez de experimentar el dolor de la victimización, la persona que odia experimenta la fuerza de su cólera y el placer de su eventual triunfo final.
Queda claro, entonces, que el odio es una pasión por el conocimiento. Aparte de ello hay otra faceta que no ha sido debidamente apreciada, a saber: su voluntad pedagógica. Es falso que el sujeto que odia desee el mal (cualquier mal) del odiado. No es suficiente que una bala perdida aniquile al odiado, ni que una teja le destroce; ésos son accidentes que aniquilan el acceso a la esencia del odio. El odiador puro, el odiador sabio, sólo desea reciprocidad, es decir, que al otro le suceda lo mismo que ha padecido para que así pueda comprender el dolor que causó, aun a sabiendas de que es una misión imposible y de que, por otra parte, jamás se podrá ser tan miserable como el odiado.
Según afirma Héctor Subirats no se entiende la mala fama del odio cuando se analizan sus atributos y sus virtudes:
"Frente al sobrevalorado amor, el odio es un sentimiento que pide muy poco a quien lo ostenta y que ofrece a cambio una fidelidad duradera e insobornable".
Castilla del Pino destaca la diferencia entre envidia y odio con un párrafo que no deja de sorprender:
"Si bien no hay envidia sin odio, se puede odiar sin envidiar al que se odia".
Pero el odio no es sólo un sentimiento individual. Como otros sentimientos, el odio está socialmente organizado. Marina y López Penas se refieren brevemente a "la tribu del odio", como formas primarias de manifestar misoginia, misantropía y misoneísmo: rechazo a las mujeres, a la sociedad y a lo novedoso. El odio queda, así, asociado a algún tipo de arcaísmo. Los odios prototípicos, sostiene André Glucksmann[17], son milenarios, como los dirigidos contra las mujeres y los judíos, y sus ejecutores más fervientes son quienes se aferran a esa costumbre antigua de fanatizarse con un dios o querer serlo. Sin embargo, odiar es parte de la organización social de los sentimientos en la alta modernidad, reaparece y se complejiza en las interacciones entre grupos y países avanzados, adquiere nuevas formas en la globalización.
La base de apego del odio rencoroso y vengativo predomina en el intercambio clínico, pero la base afiliativa del odio rencoroso y vengativo grupal predomina en el mundo en general. Escenarios de odio rencoroso y vengativo, como un componente de experiencia grupal, en la forma de generaciones que emplean metáforas de odio rencoroso y vengativo para establecer lazos de hermandad, es la fuente de la enemistad de clan, tribal, racial, de género y nacionalista. Para finalizar, el escenario de odio rencoroso y vengativo, cuando está motivado afiliativamente, se vuelve valorado por la experiencia de vitalidad que conlleva el compartir, más que cuando está motivado por el apego y nutrido de forma privada. Las medidas de corrección de los escenarios de odio afiliativos suponen amplios acercamientos culturales
2.- LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LOS ODIOS
La primera condición de una sociedad que se precie de ser democrática es la posibilidad que tienen sus integrantes de disentir y de aceptar el juicio distinto de otras personas, aún en temas fundamentales, sensibles, controversiales y trascendentes. La tolerancia al otro es la aceptación de su existencia y derecho a ser: como sea, como quiera. La tolerancia obliga a las formas más acabadas de la civilización. Sustituye por ejemplo, la acción directa por el diálogo; el enfrentamiento hasta abatir al contrario por el debate; el imperio de la fuerza por la diplomacia y por último, la guerra por la política. Obliga, en una palabra, a reconocer que la vida en sociedad es más el producto de lo que tenemos en común, de nuestro piso mínimo de acuerdo que es la posibilidad de negociar nuestro espacio vital con el otro, que la sustracción generada por la división y encono que nos encierra en un laberinto cruel.
A pesar de esta condición primigenia de la sociedad, ésta desarrolla – como planteamos en el cierre del epígrafe anterior – componentes grupales de odio rencoroso y vengativo como un vórtice extraño, un caos social que se auto organiza y produce patrones ordenados. Entonces surgen formas sociales estructuradas a partir de un punto de bifurcación, momento en el cual se crea un rizo de retroalimentación negativa (el odio social, en todas sus manifestaciones) y el sistema social se transforma a sí mismo. Para investigadores sociales de la talla internacional de André Glucksmann[18], no hay dudas en que el odio está presente en la construcción social: "El odio existe; el odio no respeta nada; el odio juzga sin escuchar; el odio no atiende a razones; odio, luego existo" asegura André Glucksmann en su libro "El Discurso del Odio", en cuyo prólogo podemos leer:
"El odio no es algo nuevo, ya hemos visto a Medea sublimando el nefas como acto de autoafirmación supremo. Desde la Antigüedad el grito de odio roza la eternidad. El odio se nos sirve ahora en odres nuevas, pero es el mismo odio que arrastró a millones de judíos por las vías de la muerte. Está presente entre nosotros, agazapado, buscando nuevas almas en las que inocular el veneno autodestructivo que lleva a la furia de la devastación nihilista. Su poder es, sin embargo, mayor, en cuestión de segundos es capaz de arrasar ciudades. De poner de rodillas a su imaginario enemigo. ¿Why not? Responderá un joven combatiente liberiano de trece años a la pregunta de si no le daba miedo matar con su kalashnikov a sus hermanos, a sus padres".
El odio suele ser, con insistente frecuencia, el preludio de la violencia. Antes de la guerra, suele ser útil enseñar a la población a odiar a otra nación y a su régimen político. Para el apresto al combate, es común inculcar odio en los soldados, porque el odio hacia el enemigo trastoca las realidades del objeto del odio, deformando sus debilidades, sus amenazas y su realidad objetiva. En el nazismo, por ejemplo, se buscó aumentar el odio que la sociedad alemana ya tenía hacia el judío y eso condujo a una matanza de enormes proporciones que hoy conocemos como ‘El Holocausto judío'.
Por lo tanto, odiamos lo que no podemos amar, tener o controlar. Es por ello que el odio sigue siendo el principal motivador de los conflictos armados, como la guerra (en cualquiera de sus generaciones y simetrías) y el terrorismo de cualquier denominación. La propaganda política ha incitado, con relevante éxito, al odio hacia determinado pueblo o hacia alguna nación, fe o régimen político, y en la construcción social de un particular tipo de odio, como la xenofobia, el antisemitismo, la intolerancia, el etnocentrismo, provocado por la crisis económica mundial, la presión de los movimientos demográficos, las guerras, los cambios radicales en los países del Este, el lento y difícil proceso de unión Europea, y esencialmente, por la inseguridad y el miedo futuro ante el desempleo y la pobreza que se radicalizan en los países del llamado Tercer Mundo.
La paranoia del rencor que genera la propaganda del odio se dispersa fácilmente entre la población y la vuelven dócil. El odio avanza a paso redoblado porque es el método de los poderosos para mantener vigente el proceso controlentrópico en las sociedades. Las explicaciones socioeconómicas al uso, la miseria, la pobreza, el analfabetismo, son fruto de una tesis mayoritaria biempensante de que el odio mayúsculo no existe. Todo se explica, se comprende, se excusa: El pedófilo deja de ser el agresor de menores para transmutarse en otra víctima de una infancia desgraciada. El asesino de ancianas se autoexime arguyendo una presunta necesidad de dinero para alimentar a unos hijos que en la realidad tiene pero que abandonó hace años. Los violadores de barriada se consideran los hijos de la tasa de desempleo nacional. Mentiras mil veces repetidas como coartada de una condena del "sistema", según la vulgata marxista, capitalista y, como alienación judeocristiana.
Contrario a ese pensamiento único del odio mesiánico, que bajo la apariencia de insurrección contra la miseria y la globalización, esconde un catecismo revolucionario que busca derrocar el "sistema" movilizando ideológicamente a las masas en nombre de la raza, la nación, la clase o Dios, Glucksmann nos recuerda que el odio sí existe. Incluso, en ocasiones, antes de esa redención que ejercen los medios, se nos aparece desnudo bajo la crudeza del horror. En Manhattan, en Atocha, en Beslán, en Londres, en Ruanda, en Liberia, en Chechenia...En tantos sitios, muchos de ellos olvidados por esa conciencia mundial que sólo acierta a vislumbrar la muerte allí donde puede magrearla a su propia conveniencia.
El racismo
La construcción social de los odios tiene una primera instancia histórica: El racismo. El término ‘raza' ha sido utilizado en la cultura de las sociedades occidentales desde el momento del primer encuentro con pueblos de características externas diferentes. Desde entonces, hasta la segunda mitad de siglo XX se establece una jerarquía entre las "razas" basándose en diferencias observables: el color de la piel, la forma del cráneo, del cabello, la estructura física. A partir de ahí comienza el postulado de los odios sociales a partir de la existencia de diferentes razas; clasificando de esta manera los grupos humanos por sus características biológicas en superiores e inferiores.
A lo largo de la historia, sobre todo con la conquista y colonización de América y África, culminó el poder y supremacía de la raza blanca, con su religión monoteísta, que se consideraba por si sola única y absoluta, y lo que es peor, excluía totalmente cualquier otra forma de vida sociable, cultural y religiosa (gitanos, judíos, indios, luego negros, pueblos de religión islámica, eslavos etc.) Los prejuicios hacia estos pueblos tienen sus raíces ahí y se mantienen hasta hoy.
La escalada de manifestaciones racistas, basadas sobre todo en los prejuicios y estereotipos formados durante la historia de las sociedades occidentales, es larga y dependiendo del país, afecta a las creencias, sentimientos y comportamientos personales (antipatía, odio, desprecio, agresión física). Pero además a través de las estructuras gubernamentales se asienta la exclusión social, la discriminación, la privación de derechos, la segregación. Finalmente las manifestaciones racistas en muchos países, hoy llegan a su punto más dramático en las agresiones, la violencia, expulsiones, matanzas, limpieza étnica y exterminio. En época de tensiones, utilizar al extranjero, al inmigrante, o la minoría como "chivo emisario" para descargar tensiones, y no afrontar los problemas socio-económicos reales es un antiguo recurso histórico de los sectores más reaccionarios de la historia.
El racismo –es decir el fútil convencimiento de que hay grupos étnicamente superiores a otros- es una noción relativamente nueva. Fue cultivado con fines políticos a partir de las tesis nacionalistas de Johann Gottlieb Fichte[19] a inicios del siglo XIX. La ascendencia común, la ocupación de un territorio por largo tiempo, las tradiciones, recuerdos y costumbres fueron presentados por este pensador como elementos constitutivos de una nación.
Para algunos analistas políticos venezolanos, Venezuela heredó de la colonia una sociedad injusta y racista. Hasta 1858, se desarrolló desde las esferas gubernamentales un Estado autoritario y oligárquico, en el que la población vivió sin ciudadanía, generándose la más grande de las diásporas internas, pues huyeron a las montañas y llanuras. Se formaron guerrillas y bandas de asaltantes de mulatos, zambos y esclavos que asolaron haciendas y poblados. Gente sin ley y sin trabajo, educación ni propiedades que les diera sentido a su existencia. Los ‘libertos' y ‘marañones' fueron producto de una sociedad injusta y racista y como consecuencia, el semillero de montoneras y alzamientos. La traición de caudillos, la tiranía y el robo al fisco, completaron el cuadro que dio paso a la Revolución Federal (1859-1863) que lideraron los Generales Falcón y Zamora. Una revolución que le costó la vida a cien mil personas, revolución costosísima en términos de costo – resultados, porque si bien produjo la abolición formal y legal de la esclavitud en Venezuela, no menos cierto es que también incrementó el latifundio y el feudalismo, y con estas dos taras sociales surgió el pre capitalismo con la inversión foránea y la economía agro exportadora.
Por estos antecedentes históricos, que se repiten con más o menos similitud en la mayoría de los países latinoamericanos, los regímenes populistas e indigenistas, como el de Hugo Chávez en Venezuela, o el de Evo Morales en Bolivia, son socialmente racistas, amén de políticamente retrógrados, y es ese particular racismo paradójico y tropical el que, a tenor de esta teoría alimenta la controlentropía que aplican ambos gobiernos con puño de hierro. Esta es una opinión que corroe la lógica aparente, si tomamos en cuenta el carácter populista de ambos gobiernos que pretenden imponer un Socialismo del Siglo XXI, amén de la condición mestiza e indígena de ambos Presidentes. Para exponer esta teoría en toda su crudeza nada mejor que utilizar las palabras del proponente: El conocido periodista venezolano Domingo Alberto Rangel.
Asegura este octogenario miembro de la izquierda venezolana que..."su racismo - (el de Chávez en Venezuela y el de Morales en Bolivia) - es de raíz y progenie indígena o aborigen, pero racismo al fin." Afirma que en América se ha propalado en los primeros años del Siglo XXI un indigenismo que no duda en calificar como..."el racismo de los imbéciles" y sostiene:
"En toda sociedad hay gérmenes, tendencias o realidades racistas. Entre los naturales de América, a la llegada de los conquistadores, existían morbos racistas muy pronunciados"
Para convalidar este aserto, trae como ejemplo el grito de los indios Caribe, Ana Karina Rote que se traduce ‘sólo el Caribe es gente'.
"Esta expresión de los aborígenes Caribe equivale al vocablo nazi ‘untermenn', que traducido al castellano significa ‘sub-hombre', un adjetivo que fue de uso común por el propagandista Goebbels y el ideólogo nazi Julius Rosenberg."
Afirma Domingo Alberto Rangel que el racismo, un comportamiento social censurable provenga de donde provenga, existe en todas las sociedades, y de hecho fue acá, en la América prehispánica, donde se practicó una de las modalidades racistas más degradantes.
"En el imperio incaico, los aimaras del altiplano de Bolivia eran discriminados por los quechuas, que constituían el espinazo del imperio Inca de las cuatro provincias (Tihuantinsuyo). Aquí - en Venezuela - "hay quienes desde la izquierda resultan tan racistas como los nazis, cuando derraman su cornucopia de elogios al imperio incaico que era, como el imperio norteamericano de hoy, opresor y racista."
Tal parece que al doctor Rangel lo asiste la razón histórica porque entre los pueblos de la América prehispánica hubo sociedades de explotadores y explotados, desde El Yukón a Tierra del Fuego. En esta misma geografía hubo y aún existen conglomerados humanos menos avanzados socialmente. Estaban tan a la zaga que ni siquiera habían llegado a la agricultura pues eran sociedades nómadas de cazadores y pescadores. Al definir a los imperios prehispánicos, el doctor Rangel es tajante:
"Los imperios de México y el Perú cayeron -(ante el imperio español)- con extrema facilidad porque eran imperios opresores. Por eso afirmo que la lucha de clases no es exclusiva de Europa. La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y por eso afirmo categóricamente que ser indigenista simpatizante de los Caribe o de los Quecha, otrora dominadores y explotadores, es una majadería, o peor: Una pamplinada."
Sin embargo, queda por aclarar una cuestión: ¿Los regímenes populistas e indigenistas, como el de Hugo Chávez en Venezuela, o el de Evo Morales en Bolivia, son socialmente racistas?
"Peor que racista. El oficialismo venezolano es más para resentidos sociales que de revolucionarios. Los indigenistas que derribaron la estatua de Colón - (sucedió el 12 de octubre de 2004, en Caracas) - "pertenecen más al fascismo que al comunismo y no tienen nada en común con Marx. Si algo debe enorgullecernos a los hijos de la América Latina es la sangre española."
El odio ‘nacionalista' del chauvinismo:
El odio social original, generado y exacerbado por el racismo político de Johann Gottlieb (un odio racial que mantuvo su vigencia hasta muy entrada la modernidad, representado en el terrorífico apartheid surafricano, iniciado en la Guerra de los Boers y finalizado con la elección del Nelson Mandela a la Primera Magistratura de Suráfrica) involucionó sutilmente hasta generar una nueva bifurcación en la sociedad occidental: El chauvinismo social, la más reciente y permanentemente actualizada construcción social de odios.
Se llama habitualmente chovinismo como también chauvinismo, (del personaje teatral de patriota francés Nicolás de Chauvin) a la creencia narcisista próxima a la paranoia y la mitomanía de que lo propio del país al que uno pertenece es lo mejor en cualquier aspecto. El nombre proviene de la comedia La cocarde tricolore de los hermanos Cogniard, en donde un actor, con el nombre de Chauvin, personifica un patriotismo exagerado.
El chovinismo resulta un razonamiento falso o paralógico, una falacia de tipo etnocéntrico o de ídola fori. En retórica, pues, constituye uno de los argumentos falsos llamados ad hominem que sirven para persuadir con sentimientos en vez de con razones a quienes se convencen más con aquellos que con éstos, y como tal se utilizó frecuentemente por parte de los políticos para persuadir a las masas. Nació fundamentalmente con la creencia del romanticismo en los "caracteres nacionales" o volkgeist[20], si bien los griegos ya se burlaban de quienes pretendían que la luna de Atenas era mejor que la de Éfeso; psicológicamente, sin embargo, se trata de un sistema delirante que esconde un sentimiento neurótico de inferioridad en forma paranoica (en su manifestación de delirio de grandeza) muy asentado en la naturaleza humana. Suele considerarse como una señal de nacionalismo y como tal suele ir acompañada de la manía persecutoria de echar las culpas siempre a otros de lo malo que se pueda encontrar en la nación de uno. Erich Fromm, León Poliakov y Jon Juaristi[21] han estudiado las manifestaciones más perversas y peligrosas del chauvinismo, que pueden ir asociadas a ideologías totalitarias xenófobas y racistas.
En Europa, la caja resonante del chauvinismo fue -y lamentablemente continúa siendo- España. Aún se pueden escuchar nítidamente, en las calles y los andenes del ‘subte' de Madrid (y en muchísimas otras ciudades y en pueblos de la provincia ibérica) expresiones como "moros, sudacas, negratas"… Los españoles enseguida ponen nombres despectivos a los extranjeros, especialmente si son pobres y van a quedarse. Es una lamentable tradición histórica de siglos, como lo evidencia el epíteto "gavachos", un término que identificaba a los franceses pirenaicos, rústicos y palurdos, que desde el siglo XV, y aún antes del descubrimiento de América por los españoles, cruzaban la frontera para intentar prosperar en el norte de España.
Más allá del racismo y del chauvinismo, el proceso controlentrópico de las sociedades encontró un nuevo elemento para construcción social del odio: la homofobia, la discriminación social por motivo de género (si... la homosexualidad ya está siendo considerada ‘un género', el tercero), especialmente en colectividades conservadoras, apegadas fuertemente a la religiosidad, tradicionalistas y machistas.
El odio a las diferencias somato-sexuales: La homofobia.
El término homofobia se refiere a la aversión, odio, miedo, prejuicio o discriminación contra hombres o mujeres homosexuales, aunque también se incluye a las demás personas que integran a la diversidad sexual, como es el caso de las personas bisexuales o transexuales, y las que mantienen actitudes o hábitos comúnmente asociados al otro sexo, como los metrosexuales. El adjetivo correspondiente es homofóbico y el sustantivo que designa al sujeto homofóbico es homófobo.
Homofobia no es un término estrictamente psiquiátrico y no obstante ello pareciera que genera conductas delictuales asociadas a casos de la clínica psiquiátrica, pues se calcula que cada dos días una persona homosexual es asesinada en el mundo debido a actos violentos vinculados a la homofobia. Amnistía Internacional ha denunciado recientemente que en más de 70 países se persigue aún a los homosexuales, y en ocho de ellos (todos con gobiernos teocráticos musulmanes) son condenados a muerte.
Existe cierto relativismo sobre lo que abarca el concepto de homofobia. Así por ejemplo, los que rechazan las políticas de igualdad (entre personas de diferente orientación sexual) consideran que ese rechazo no es homofobia, sino simplemente una opinión igualmente respetable como la aprobación. Sin embargo parece indiscutible que todas las personas deben tener los mismos derechos sin distinción por razón de sexo o sexualidad, y por lo tanto negar ese reconocimiento sí parece ser una forma de homofobia.
La homofobia ha sido un proceso controlentrópico social casi desde el inicio de la humanidad. La sodomía en la Edad Media y en la Edad Moderna incluía a diversos «actos contra natura», pero principalmente era empleado en el caso del sexo anal. El origen del término está en la Biblia, en la historia de Sodoma y Gomorra. La identificación del «pecado de Sodoma» con el sexo anal y no con la falta de hospitalidad o la lujuria en general, se documenta por primera vez en san Agustín (354-430). No será hasta el siglo XI que aparezca la palabra «sodomía» en el Liber Gommorrhianus del monje benedictino Petrus Damianus[22], para el que la palabra incluía todas aquellas actividades sexuales que no servían para la reproducción. Debido a que las palabras para denominar la homosexualidad no aparecieron hasta el siglo XIX, se empleaba el término «sodomita» para denominar a los hombres que tenían relaciones sexuales con otros hombres. Las lesbianas eran ignoradas en gran medida, aunque mujeres que practicasen el sexo anal también caían bajo el epíteto «sodomita».
Las primeras persecuciones de homosexuales por sodomía son de mitad del siglo VI, cuando el emperador bizantino Justiniano y su esposa Teodora prohíben los «actos contra natura» por motivos políticos, amparándose en razones religiosas. La ley preveía como castigo la castración y el paseo público por las calles. No hay pruebas de que la iglesia ortodoxa jamás apoyara el edicto.
Hasta el siglo XIII la sodomía no era castigada en la mayoría de los países europeos, no era más que de tantos pecados que aparecían en los textos eclesiásticos. La actitud cambió en el transcurso de las cruzadas, en las que la propaganda anti-islámica identificaba a los musulmanes con sodomitas que violaban a obispos y niños cristianos. Poco después se identificaba la sodomía con la herejía y entre 1250 y 1300 se introdujeron leyes que castigaban con la muerte el pecado. Estas leyes se emplearon sobre todo como herramientas políticas, como fue el caso de los templarios o del asesinato de Eduardo II de Inglaterra, o en casos de peligrar la paz social, como en casos de violaciones o pederastia. En general, la homosexualidad estaba bastante extendida, siendo el elemento clave la discreción. En algunos lugares, como Londres y Ámsterdam (en 1730 y 1733), se dieron olas de persecución contra los sodomitas.
En España se encargaban de los castigos los tribunales civiles de las ciudades, que hasta época de los Reyes Católicos castigaban con la castración o la lapidación, castigo que más tarde se modificaría por la quema en la hoguera, para los casos más graves. La Inquisición española sólo se encargaba de juzgar la sodomía en la Corona de Aragón. En general, lo comentado para Europa es válido para España, con la diferencia de que no fueron las cruzadas sino la percepción de los reinos peninsulares musulmanes lo que llevó a identificar la sodomía con el islamismo y la herejía.
Las leyes contra la sodomía se convirtieron en una sólida construcción social de odios y se mantuvieron en los países europeos, también en las naciones occidentales, hasta los siglos XIX y XX. En Francia, las leyes contra la sodomía fueron anuladas durante la Revolución Francesa. En Inglaterra, Enrique VIII de Inglaterra introdujo la Buggery Act en 1533, que castigaba la sodomía (llamada uggery) con la horca. La ley no fue eliminada hasta 1861, y en Alemania, el párrafo 175 que penalizaba las relaciones homosexuales no fue completamente abolido hasta 1994.
Pero la homosexualidad continúa penada legalmente en la India, en ciertas zonas de África, así como en otros países como Nicaragua, Guyana, Malasia, Papúa Nueva Guinea, algunas repúblicas de Asia central y en un gran número de países islámicos (Oriente Próximo y Medio, norte de África). La pena de muerte por tener relaciones homosexuales o por sodomía sigue vigente en Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Mauritania, algunos estados del norte de Nigeria, Somalia, Sudán y Yemen.
En el caso de los Emiratos Árabes Unidos, las relaciones sexuales extramatrimoniales se pueden condenar con la muerte y el artículo 354 del código penal federal, que trata de la violación de mujeres y hombres, incluye al sexo anal consensual entre hombres. En algunos países o regiones en las que se aplica la Sharia, como es el caso de Afganistán, donde las leyes sobre la homosexualidad no están claras, la sodomía puede ser castigada a muerte por lapidación.
Todas estas leyes, disposiciones y normas que penalizan la homosexualidad son instrumentos que facilitan, promueven e instauran el odio. Un odio que disipa la entropía que genera la diversidad, en este caso la diversidad sexual, y que se contextualiza en las sociedades para evitar a toda costa, la primera manifestación de la entropía representada por la Ley del Vórtice, y que indefectiblemente desemboca en el caos, entendido éste como "el caos de la creatividad de la naturaleza" del que surgen nuevas formas estructuradas a partir de un punto de bifurcación, momento en el cual se crea un rizo de retroalimentación y el sistema social se transforma a sí mismo.
El fenómeno controlentrópico de la homofobia se hizo presente en la política de algunos gobiernos tanto de origen y tendencia democrática, como aquellos de marcada orientación autoritaria. Algunos ejemplos son el régimen nacionalsocialista en Alemania (liderado por Adolf Hitler, 1933-1945), el régimen franquista en España (1939-1975), el período dictatorial conocido como "Proceso de Reorganización Nacional" argentino (1976-1983). También lo son los gobiernos democráticos, como por ejemplo el de Nicaragua, que bajo el artículo 204, castiga la sodomía bajo penas de 1 a 3 años de cárcel (artículo que aún sigue vigente); y también en otras democracias de occidente que han tenido legislaciones y actuaciones homófobas, como por ejemplo en Alemania Occidental, donde la homosexualidad fue delito hasta 1969.
Pero el auge inusitado de las migraciones, el creciente intercambio cultural y comercial entre los países y un mestizaje cada vez más intenso han quebrado por su base aquellas concepciones chauvinistas. Hoy por hoy, las naciones no se crean en torno a razas ni costumbres únicas. Por el contrario, todas las sociedades modernas se precian de alimentarse de la riqueza étnica y cultural que le aportan sus miembros provenientes de todas partes del mundo.
Si el odio es una posibilidad siempre presente en el ser humano, ¿Qué hacer para evitarlo? Vai-Lam Mui, economista de la Universidad de Hong Kong, ha demostrado que el rencor social se evita cuando la Constitución de un país incluye fuertes protecciones a los derechos civiles y políticos de las minorías. Tales protecciones evitan que los actores políticos, en el rol de gobernantes autoritarios, instrumentalicen a esas minorías y las conviertan en objetos o sujetos activos de odio social.
Ese no es el caso de Venezuela, un país donde su Presidente ha fomentado la división apelando al recurso del odio. Un odio de clases; los ‘patriotas' versus ‘los pitiyanquis', la ‘burguesía' versus ‘el pueblo'; los ‘hijitos-de-papá' frente a ‘los muchachos revolucionarios'. El de Venezuela es un odio sembrado también en lo institucional: Las gobernaciones ‘patriotas' versus las gobernaciones o municipalidades ‘golpistas'. Y también es un odio sexista que se manifestó groseramente hacia la mujer, cuando desde la Primera Magistratura del Poder Ejecutivo, el Presidente de la República amenazó públicamente a su esposa, a través de los medios de comunicación social ‘encadenados' en una de sus tantas alocuciones, con ‘darte lo tuyo' un Día de la Madre, en abierta y manifiesta sublimación de un narcisismo sexual.
3.- EL ODIO COMO ESTRATEGIA DE CONTROL SOCIAL: Dos referentes literarios latinoamericanos:
La Mala Hora, de Gabriel García Márquez y El Día Señalado, de Manuel Mejía Vallejo, nos plantean dos temas fundamentales: la institucionalización de la violencia, y el odio a partir de las instituciones. La Mala Hora transcurre en un pueblo que intenta restablecer el orden a través del terror bajo el poder de Rojas Pinilla. Una desafortunada noche los primeros pasquines (especies de chismorreos de pueblo donde se da cuenta de las andanzas, tropiezos...de los habitantes) aparecen en algunas puertas. El que llega a César Montero lo incita a asesinar a Pastor, el músico del pueblo. Los pasquines se multiplican y siembran la discordia entre familias, reanimando odios, reviviendo en la memoria rabias y crímenes cometidos en el pasado. El cura Ángel, en principio indiferente, se reúne con el alcalde y lo persuade a tomar medidas de seguridad frente a este "caso de terrorismo en el orden moral". Nada logra que los pasquines dejen de proliferar. El alcalde decide volver a la represión. La paz transitoria e irreal termina y el pueblo vuelve a su infierno cotidiano.
El relato se sitúa en un paraje distinto del clásico Macondo usado por el autor. Las acciones ocurren un hipotético año después de las persecuciones, cuando el estado de sitio sigue vigente en la mayoría del país. Sin hacerla explícita, la violencia asume un carácter cotidiano, como si fuese una institución. El odio ante la represión del pasado ha instalado una turbia actitud en los habitantes: no sienten verdadero miedo, no corren a esconderse y, por el contrario, practican un metódico ejercicio de oposición clandestina.
En opinión de Gustavo Cobo Borda, "Los chismes, en La Hojarasca, como los pasquines en La mala hora, como las papeluchas en el General en su laberinto dispersan la presión de la caldera social pero a la vez difunden la malevolencia y sacan a la luz la ignominia de tantos conflictos, sociales, políticos, o sexuales." Así, frente al padre y su creencia en una moral tradicional y digna se cocina una verdadera descomposición social. Los pasquines son sólo el detonante de algo que no podía tardar mucho tiempo: los nexos comunitarios se pierden, la razón de ser de ese orden social basado en una moral única y distinguible ha llegado a un punto de quiebre definitivo.
Es la pérdida total de colaboración entre miembros de una misma comunidad y lo viene a ratificar Casandra, la adivina del pasajero circo que le anuncia al alcalde con respecto a la autoridad de los pasquines: son todos y ninguno. Evidentemente que todos saben, pero no hacen nada para evitarlo; en el fondo ese es el objetivo, demostrar que no hay paz, que la aparente tensión tiene sus razones de ser y el teatro pacifista montado por el gobierno autoritario debe llegar a su fin.
No obstante la moral retardataria, la violencia y el odio juegan un papel importante en la ruptura de los nexos comunitarios. Se institucionalizó la violencia hasta el hartazgo. El odio explota como lo hace en otras novelas, no puede permanecer estancado y al margen de la opresión por mucho tiempo. Aquí es incluso a través del mismo que la oposición se gesta hasta convertirse en una nueva comunidad y como siempre, una comunidad de odio y al servicio de las guerrillas pero al margen de aquellos que no profesan la misma necesidad de exterminio de la otredad o del ser odiado. Difícilmente pueden seguir coexistiendo en el pueblo, opositores y colaboradores.
"La Mala Hora" es un libro de homenaje a la oposición. El odio, más que diferenciar conservadores de liberales, traza líneas recordatorias. Cumple el papel de memoria, otorga la posibilidad de resistencia. Por lo demás, constituye un ejemplar único en términos literarios: sin necesidad de asfixiantes descripciones que en su recorrido salpican sangre, trasmite con maestría y humor la tensión política de los años 50. Episodios como el del dentista y el alcalde, por ejemplo, le hicieron falta a la literatura del momento: con pocas palabras, García Márquez condensa en el dolor de una muela el significado político de una época.
"El Día Señalado" es por su parte un registro literario más tenebroso y directamente violento. En un dantesco territorio denominado Tambo se desarrolla la vida de un pueblo asustado y sitiado por la guerra de la Violencia. Varias historias confluyen en la narración, desde la llegada de un nuevo cura que intenta cambiar las actitudes de los habitantes, hasta el relato de un joven gallero que inicia un viaje hacia Tambo en busca de su padre (que resulta ser el gamonal del pueblo), al cual tiene por enemigo y piensa asesinar. Entre historias se da cuenta de la lucha entre guerrilleros atrincherados en el páramo y militares que cuidan y a la vez esclavizan al pueblo dejándolo sin hombres. En un contexto de violencia institucionalizada y sin sentido, de odios y rencores fundados en matanzas, la misión del cura fracasa debido a la irru
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Podemos reconocer por lo menos a tres tipos de terrorismo según su finalidad: 1.Terrorismo nacionalista: es una resistencia contra el colonialismo. 2.Terrorismo de estado: a-interno. b-externo. 3.Contra-terrorismo: a-Contra-terrorismo interno. b-Contra-terrorismo externo.
Se supone que el terrorismo se acontece al rededor de la historia humana y en todas las regiones del mundo. El historiador griego Xenophon (430-349) a.j.c.) escribe sobre las estimulaciones psicológicas de la guerra y el terrorismo contra los pueblos. También los gobernadores romanos como Tiberius (14-37) y caligula (37-41), usan la violencia, ejecutan guillotinas y atacan los bienes de los que se oponen a su gobierno.
El procedimiento administrativo común en las entidades locales se rige, en su mayoría, por la Ley 30/92, aunque tiene unas pequeñas diferencias con el resto de Administraciones Públicas.
¿Por qué las paradojas? Compruebe, por su lado, que del único modo en que fue obtenida c ha sido desde espejos, cristales, etc. y que, según el principio de relatividad, c es solo la velocidad de la luz desde espejos, cristales, etc. SIN QUE NADA IMPIDA LA EXISTENCIA DE LUZ MÁS Y MENOS RÁPIDA ANTES DE SU RETRANSMISIÓN EN DICHOS OBJETOS. Pero la irreflexiva y generalizada confianza en la Constancia de la velocidad de la luz ha empantanado la física en el "paradójico" (falso) mundo de Einstein.
¿Por qué las paradojas? Compruebe, por su lado, que del único modo en que fue obtenida c ha sido desde espejos, cristales, etc. y que, según el principio de relatividad, c es solo la velocidad de la luz desde espejos, cristales, etc. SIN QUE NADA IMPIDA LA EXISTENCIA DE LUZ MÁS Y MENOS RÁPIDA ANTES DE SU RETRANSMISIÓN EN DICHOS OBJETOS. Pero la irreflexiva y generalizada confianza en la Constancia de la velocidad de la luz ha empantanado la física en el "paradójico" (falso) mundo de Einstein.
La injerencia del ruido en eñ derecho a la salud, al descanso y, por supuesto, a la intimidad e invulnerabilidad del domicilio, llevan aparejados unos medios de defensa que se pueden diferenciar en varios procedimientos.
Cabe indicar que el presente tema aún cuando no ha sido desarrollado en nuestra legislación nacional, sea en el sentido de regular su prohibición o de consentir su práctica, lo cierto es que resulta conveniente normarlo, pues de esta forma se protegería no solo a la mujer que "presta" su vientre, sino también a quien lo solicita y en primera instancia a la prole.
¿Qué es un lubricante de grado alimenticio? Los lubricantes de grado alimenticio deben, en primer lugar, cubrir las mismas funciones técnicas que un lubricante de cualquier otro tipo: proveer protección frente al desgaste, fricción, corrosión, oxidación, disipar el calor, ser compatible con gomas, elastómeros y otros materiales de juntas, como proveer propiedades sellantes en algunos casos.
Pescadores, familiares y caveros dirigieron la mirada hacia la playa para constatar que el peñero "Pampatar" no estaba allí.
Más parecida a una prolongada y sangrienta guerra civil que a una movilización militar, nuestra guerra de independencia tachonó de muertos los sinuosos caminos que entrelazaban pueblos, villorrios y ciudades. Casi 200 años después, un zambo esgrime sus lanzas coloradas junto con la promesa de destruir a sus enemigos.
Aquel ‘Franklin Brito' de 1802, que para el momento de los acontecimientos era Subteniente del Ejército del Rey, procedió en la misma forma que nuestro Franklin Brito contemporáneo.
Las acciones de desestabilización y de protesta en contra de leyes, normas y políticas oficiales, comienzan cuando se generaliza la desobediencia civil y entonces se genera otro tipo de manifestaciones de inconformidad, un caos civil que pasa de la inacción y la pasividad de la resistencia social y política, al colapso institucional que deviene ulteriormente enuna rebelión cívico-militar, o bien con el coup d'état.
¿Cuáles son las condiciones que, incluso en un estado democrático, obligan a considerar hasta dónde es moralmente admisible el principio de obligación política, que justifica la práctica de la desobediencia civil? Cuando la insubordinación civil, el caos y la violencia callejera se encuentran en un mismo escenario, se crean peligrosos vórtices sociales con consecuencias devastadoras y contrarias al espíritu pacifista y transformador de la desobediencia civil.
En este ensayo nos proponemos examinar qué es y en qué consiste la anarquía como ‘disparador' de caos social; la forma en que las crisis económicas y políticas instrumentalizan la anarquía en los conglomerados sociales, para definir un aspecto crucial del caos social: ¿Dinamiza o frena a las sociedades? También nos adentraremos en el marco histórico para identificar los ‘disparadores caóticos' más comunes y recurrentes de la anarquía en la evolución de las sociedades.
En este examina qué es y en qué consiste el caos social a partir del análisis de la forma en que las crisis y los conflictos instrumentalizan el caos en los conglomerados sociales, para definir un aspecto crucial en la argumentación de la Teoría del Caos Social.
Junto al miedo y al odio, la mentira se constituye en una de las herramientas más poderosas para la reducción de las entropías sociales, porque la mentira cohesiona a las poblaciones alrededor de un auto de Fe, en torno a las esperanzas manifiestas o tácitas que promueve un líder o la institucionalidad, y porque las masas siempre estarán más dispuestas a probar una y otra vez la miel empalagosa de una mentira que a tragarse el bocado seco de una verdad dolorosa.

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25) Odio, sentimiento que no existe entre ninguna especie animal, ni entre los hombres que han logrado establecer el perfecto equilibrio entre la parte espiritual e instintiva de su naturaleza especial humana, es la lacra del hombre contemporáneo de nuestras sociedades, causado por la perdida del perfecto estado de su naturaleza psicosomática: Hoy, como el Amor, la esencia de nuestra existencia, esta despreciado y ahogado, no sentimos su efecto, y nuestra naturaleza bondadosa se ha convertido en egoísmo, manifestándose este cambio en nuestra jerarquías de valores, expresando esto en exagerado y unilateral interés hacia nuestro cuerpo físico, y en su extrema situación es fácil predecir que a medida que nos acercamos hacia la total degeneración de nuestra naturaleza humana, en tal grado se disminuirá la capacidad creativa y la sensibilidad artística de cada persona y se aumentara la decadencia en todos los campos de nuestras actividades, las maldades, el egoísmo, el odio, los desordenes, el caos y las fealdades etc., todo este reflejo de nuestro perturbado y atemorizado espíritu que quedo sin alimento espiritual desde el siglo XVIII con el comienzo de nuestra revolución industrial. Sabiendo que lo que existe en el fondo de “Toda la Existencia” es Amor y Belleza como su expresión formal, no se equivocamos si en esta situación contradictoria a este hecho, hubiera predicho que de acuerdo con esta teoría cumpliendo su misión el sufrimiento causado por el disfrute de la libertad del libre albedrío por el hombre ahora en adelante debido a este sufrimiento experimentado, más y más hombres podrían realizar una Revolución Espiritual personal y en sus búsquedas encontrar el camino que nos llevara hacia la Verdad. Este hecho que lo acredita la historia, ya esta remetiéndose y los hombres que preparan el camino para cambio ya existen, desde la iniciación de nuestro siglo, entre los más eminentes científicos y artistas, promulgando nuevos valores, muy similares en esencia y coincidiendo con los principios básicos de los grandes religiones, grandes filósofos, sabios, profetas y poetas de la humanidad pronunciado en el pasado.