Desobediencia Civil: Segundo Disparador Del Caos Social

Posteado: 04/09/2010 |Comentarios: 0 | Vistas: 765 |

TEORÍA DEL CAOS SOCIAL /   Capítulo  9 Desobediencia civil:  Segundo disparador  del caos social / Andrés Simón Moreno Arreche / ISBN 9789801241312

La desobediencia civil puede ser concebida como un método legítimo de disidencia frente al poder del Estado, que es una forma de pensamiento e ideología admitida en el seno de una sociedad democrática. La entropía social que proviene de esta dinámica dispara vórtices caóticos sobre, en y dentro de las estructuras societales, como una eclosión social que se genera unas veces de manera espontánea; otras, como consecuencia de la declinación de un tipo de organización.

En las sociedades totalitarias, la desobediencia civil juega un papel estelar porque, como veremos en el desarrollo de este ensayo, se convierte en la bujía que genera la chispa necesaria para que los colectivos humanos generen nuevas y más participativas formas de organización social.

¿Cuáles son las condiciones que, incluso en un estado democrático, obligan a considerar hasta dónde es moralmente admisible el principio de obligación política, que justifica la práctica de la desobediencia civil?

Una revisión de los pensamientos ‘desobedientes' de Thoreau, Tolstoi, Einstein y sobre todo el de Gandhi nos colocan en la perspectiva histórica de este disparador del caos social. Thoreau, Tolstoi y Einstein fueron desobedientes respecto de su estado: preconizaron la desobediencia civil del individuo frente al estado teniendo como referentes el estado que formalmente les daba su nacionalidad (EE.UU, Rusia, Alemania) pero también fueron críticos del estado en general; es decir, de la forma de organización social que llamamos Estado moderno. Pero fue Gandhi el que creó un movimiento de resistencia pacífica y desobediencia civil al que llamó Satyagraha, palabra sánscrita que significa, abrazo a la verdad.

Lamentablemente, con la desobediencia civil coexiste la violencia social, unas veces como consecuencia de la primera; otras, como generadora de aquélla. Por ello, las temáticas conexas de la violencia, como el crimen organizado, las pandillas de los grupos delincuentes y la inseguridad son elementos clave para entender las dinámicas caóticas de las sociedades latinoamericanas, cuando estas sociedades son incapaces de dar respuestas convenientes a los conglomerados que las integran.

Cuando la insubordinación civil, el caos y la violencia callejera se encuentran en un mismo escenario, se crean peligrosos vórtices sociales con consecuencias devastadoras y contrarias al espíritu pacifista y transformador de la desobediencia civil. ¿Cuáles son las principales estrategias de la desobediencia civil? ¿Qué tipo de caos social produce?

1.- Los orígenes de la violencia:

Para muchos estudiosos de la conducta humana, el origen de la violencia reside en la naturaleza o esencia humana, para ello se han referido a autores como Tomás Hobbes quien desde el siglo XVI afirmara, en su famoso texto El Leviatán, que la ley que impera en la sociedad es la ley de la jungla, es decir, la ley del más fuerte; "que el hombre es el lobo del hombre" y que por lo tanto, se requiere un pacto social para que la convivencia humana sea posible. Este autor se adelantó al Contrato Social de Rousseau, el cual estipula que, a cambio de garantizarles seguridad y protección a los ciudadanos, el Estado los conmina a delegar en él su libertad y a conferirle obediencia. Condición necesaria para que los hombres puedan vivir civilizadamente en sociedad.

Otros ponentes sostuvieron la posición contraria, que el origen de la violencia no es innato, o sea que no se encuentra en la esencia humana, sino en su condicionamiento social, político, económico y cultural. Para ello, se apoyaron en la corriente existencialista como marco filosófico, aduciendo que "la existencia precede a la esencia", es decir, que no nacemos con una esencia ya dada cabalmente, sino que cada hombre la va construyendo a lo largo de su vida, en la medida que va realizando actos libres y conscientes; y en consecuencia, es responsable de lo que va haciendo en y de su vida. Por lo tanto, será la condición social que lo rodea lo que hace aflorar la violencia.

Si bien ninguna de las dos posiciones sostiene que la violencia pueda eliminarse del todo del espectro humano, la explicación de sus causas resulta totalmente diferente en una y otra. Las consecuencias teóricas y prácticas que se derivan de ellas son fundamentales y, sin duda, opuestas. La postura que sostiene que efectivamente hay una esencia humana y, por ende, que la violencia es innata, estaría condenando al hombre a ser irremediablemente violento, o sea, que mientras haya seres humanos la violencia prevalecerá, privará, independientemente de la circunstancia social. En cambio, la posición que se pronuncia por el condicionamiento socio-político, económico y cultural como lo determinante, permite esperar cierta posibilidad de transformación en las relaciones humanas, un posible cambio de acento respecto del estado de violencia que impera hoy, en nuestro país y en el mundo, y que ha alcanzado un grado superlativo que resulta deshumanizante y degradante, al estar entrelazado con la impunidad, la mentira y la corrupción.

Para tener el cuadro completo en toda esta argumentación habría que añadir un elemento fundamental: el poder, pues es en realidad el poder el que, en su ejercicio, ha originado la violencia para lograr sus propios fines: la dominación de unos pocos por sobre la mayoría.

Una posibilidad sería quizá matizar el tipo de ejercicio o de prácticas del poder, pues si ponemos atención, desde los inicios de la filosofía occidental tenemos una referencia importante en La República de Platón donde Sócrates, contradiciendo a Trasímaco, su discípulo, afirma: "el hombre de bien no es esclavo del afán de poder que mueve a los demás hombres; éste, en cambio, está movido por escapar al poder".

Otra referencia la encontramos en la filosofía contemporánea y tiene que ver con el funcionamiento del poder. Quizá la forma hasta ahora mayormente practicada: la del dominio, no sea necesariamente la única forma de ejercerlo. Podría no tener necesariamente la estructura vertical, piramidal, de dominación de arriba hacia abajo, sino una forma horizontal, como el rizoma del filósofo francés G. Deleuze, (s. XX) aplicado a la política.

2.- Violencia social:

Las temáticas conexas de la violencia, del crimen organizado, de las pandillas de los grupos delincuentes y de la inseguridad son centrales para entender las dinámicas de las sociedades latinoamericanas. Latinoamérica es una de las regiones más violentas del mundo. La tasa de muertes violentas y la tasa de homicidios cometidos por arma de fuego, siguen siendo unas de las más altas del mundo.  De manera diaria, la violencia, que sea política o de carácter delincuente, pone en tela de juicio a la institucionalidad en Latinoamérica y debilita sumamente al Estado de derecho. En ciertos países, como El Salvador, Guatemala, Honduras, Brasil y Colombia, la violencia es el factor principal de deslegitimación de las instituciones.

En este contexto de violencia y de inseguridad crónica en muchos países de la región, la temática de la seguridad se ha vuelto la prioridad principal entre las demandas sociales de la gente. Hoy en día, en tiempo de elecciones, muchos candidatos evocan en prioridad a las temáticas de seguridad y de convivencia ciudadana en sus programas políticos para poder corresponder con las exigencias de la gente. Así, las políticas de muchos gobiernos latinoamericanos buscaron últimamente implementar políticas de seguridad que sean eficaces y sostenibles en el tiempo.

Por medio de esas políticas, durante la última década, los Estados han tratado de bajar los niveles muy altos de violencia y de inseguridad. Entre esas políticas, podemos distinguir las políticas de "seguridad de Estado" y las políticas de "seguridad pública". Las políticas de "seguridad del Estado" ponen la responsabilidad de la seguridad en la acción conjunta del Estado, del Ejército y de la policía en general. En cambio, las políticas de "seguridad pública" combinan esos mecanismos tradicionales con mecanismos políticos alternativos como son las campañas pedagógicas y el fomento de la cultura ciudadana para realizar los objetivos de seguridad y de convivencia pacífica. Las políticas de seguridad para los ciudadanos tienen como principio fundacional que la seguridad es la responsabilidad de una pluralidad de actores y no sólo de las instituciones del Estado.

Lastimosamente, en la realidad actual, esas políticas de seguridad para la ciudadanía no se diferencian mucho de las políticas tradicionales de seguridad del Estado y tienden a usar métodos muy represivos. La creciente implementación de políticas de "seguridad ciudadana" en América latina no ha contribuido a bajar el número de crímenes, de delitos y de hurtos. Por su acción constante de fragmentación de las sociedades locales y de exclusión de los "malos ciudadanos", esas políticas de "seguridad" han contribuido más bien a socavar el Estado de derecho y el monopolio de la violencia, los dos pilares principales de la democracia.

Además, el discurso omnipresente en los medios de comunicación sobre la violencia y el crimen en vez de tranquilizar a los ciudadanos ha tendido más bien a debilitar la convivencia pacífica y a sembrar el terror entre la gente.

Las campañas pedagógicas impulsadas por algunos gobiernos locales en El Salvador y la educación y formación académica de los policías en temas de consolidación de la democracia, derechos humanos y procedimientos, no  han permitido aún un mejoramiento importante de la situación de la seguridad en la ciudad. No se nota una buena apropiación de las normas urbanas de seguridad y de convivencia por parte de los habitantes de la ciudad y los policías siguen siendo vistos como abusadores de derechos.

Hoy, la violencia se presenta a veces como el principal contexto del actuar de los individuos y por esa misma razón, la demanda de seguridad privada ha sido creciente durante la última década. Los costos en términos sociales, políticos y económicos de la violencia siguen siendo altísimos, como ya lo hemos detallado en anteriores escritos.

Hasta ahora, los resultados obtenidos por las políticas de seguridad en términos de reducción de la inseguridad y de la tasa de homicidio por arma de fuego, de incremento de la confianza institucional y de fomento de la cultura ciudadana siguen siendo deficitarios. Las políticas de seguridad pública no han logrado diferenciarse suficientemente de las políticas tradicionales derechistas de seguridad del Estado. No se ha podido comprometer suficientemente a las comunidades locales y a la totalidad de los ciudadanos en la búsqueda colectiva de la seguridad y de la convivencia pacífica. La participación y el control de los ciudadanos han sido muy escasos hasta ahora y no han sido considerados todavía como elementos esenciales de la convivencia pacífica y de la política de seguridad pública, particularmente en contextos urbanos.

En un medio en el cual las sociedades latinoamericanas se vuelven cada vez más armadas y frente al fenómeno cada vez más fuerte de privatización de un bien público como la seguridad colectiva, podemos plantear las siguientes preguntas: ¿Cómo implementar en un futuro el control ciudadano sobre las políticas de seguridad estatales, un ejercicio indispensable a la realización del Estado social de derecho? ¿Cómo salir del esquema tradicional de la implementación de políticas represivas que han resultado ineficaces en la realización del objetivo de protección efectiva de los ciudadanos latinoamericanos? Cuando los gobiernos son incapaces de controlar la violencia social de sus ciudadanos, bien por impericia, bien por incapacidad, enfrentan en el corto plazo escenarios de desobediencia civil, con catastróficos resultados, tanto para el Estado como para los conglomerados sociales que la asuman.

3.- El malestar social en la posmodernidad:

Fenómenos tan complejos como el crecimiento de la violencia social, el aumento en el consumo de drogas y la desintegración familiar tienen diversas raíces. Problemas de esta índole no sólo tienen un origen político o económico, sino también poseen causas sociales y culturales diversas.  Una forma de explicar la complejidad a la que nos estamos enfrentando es entender que nuestra sociedad está inmersa en la llamada "época posmoderna", una etapa que se caracteriza por desconfiar de los alcances de la razón humana para comprender la realidad. La posmodernidad es consecuencia, como su nombre lo indica, de la modernidad, una época histórica que daba a la racionalidad humana un alcance desmedido, soberbio. La modernidad, que arranca a finales del siglo XV, consideró que era fácil crear grandes teorías y sistemas, muchos de los cuales se buscaron imponer con dogmas irrefutables. Las consecuencias fueron diversas: desde ideologías omni abarcantes hasta totalitarismos exterminadores.

La reacción de la posmodernidad plantea la única opción de un escepticismo intelectual que renuncia a querer conocer la verdad. Proclama la supuesta incapacidad del ser humano para conocer el aspecto esencial de las realidades que nos rodean. El pensamiento posmoderno es, en buena medida, un pensamiento débil que se traduce en confusión y relativismo. Al desmoronar la comprensión humana universal, la posmodernidad tira también los criterios éticos y políticos. De esta forma quedamos sin asideros ni raíces donde sujetarnos y sin referentes y horizontes hacia donde conducirnos.

Gilles Lipovetsky denomina a nuestra época como la "era del vacío" y apunta:

"Ya ninguna ideología política es capaz de entusiasmar a las masas, la sociedad posmoderna no tiene ni ídolo ni tabú, ni tan sólo imagen gloriosa de sí misma, ningún proyecto histórico movilizador, estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia ni apocalipsis".

Ello desencadena diversos fenómenos como el individualismo y la apatía social, y fugas como el hedonismo y el consumismo irrefrenable.  Hannah Arendt, una de las mujeres más brillantes del siglo XX, explica en su obra Los orígenes del Totalitarismo cómo la desintegración social va avanzando a través de la despolitización y la desmoralización.

"Lo que aquí está en juego sobrepasa, por una parte, la pérdida de capacidad para la acción política, condición central de la tiranía, y, por otra, el aumento de la carencia de significado y la pérdida del sentido común...; lo que está en juego es la pérdida de la búsqueda de sentido y la necesidad de comprensión. Sabemos cómo, bajo la dominación totalitaria, la gente, aunque no lo experimentara como tal, fue conducida muy cerca de esta condición de ausencia de significado...".

Arendt relata cómo en los campos de concentración, a través de un tormento psicológico, se hacía a los presos cavar hoyos para luego rellenarlos, con el objetivo de demostrar lo inútil y pobre que era su vida.

La revitalización del significado de la existencia sólo puede partir, como lo señala Alejandro Llano, desde una nueva forma de comprender la libertad, entendida no como ausencia de vínculos o ruptura, sino, por el contrario, como expresión de auténtico compromiso. Vidas que son capaces de entrelazarse con otras libertades para ensanchar sus horizontes, porque no es en el "yo solitario" donde el ser humano se realiza, sino en el "nosotros", que hace posible vivir la experiencia de convivir y compartir.

Como apunta Václav Havel:

"El nacimiento de un modelo económico y político mejor debe, hoy más que nunca, partir de un cambio existencial y moral más profundo de la sociedad… se trata de algo que sólo puede ocurrir como expresión de una vida que cambia. No se afirma, pues, que la introducción de un sistema mejor garantice automáticamente una vida mejor, sino que a veces sucede precisamente lo contrario; sólo con una vida mejor se puede construir también un sistema mejor".

4.- El malestar social también es sicopático

De manera natural algunas personas tienen habilidades que les hacen fáciles las relaciones, pero a pesar de esta facilidad igualmente pueden sentir en ocasiones cierto malestar.  Habilidades como la empatía, es decir ser capaz de ponerse en el lugar del otro, pueden tener sus efectos secundarios. Si uno percibe fácilmente cómo se sienten los demás, podrá agobiarse con frecuencia debido a que buscará conseguir no molestar, no generar conflicto o evitar que se le tache de algo negativo. Es fácil que a pesar del éxito social los niveles de malestar sean más altos de lo que sería deseable.

Especialmente durante la adolescencia no ser hábil socialmente puede ser muy traumático. En esta época de la vida el grupo se convierte en el referente principal. Ser rechazado es duro y suele tener gran repercusión futura. Por esa razón un adolescente suele estar tan marcado y suele ser tan fiel a su grupo de amistades. La necesidad de aceptación se convierte en algunos casos en la tiranía de la aceptación.

En el continuo de la ansiedad social, podemos valorar desde las vivencias puntuales de ansiedad social hasta la fobia social. Lo primero es común en todas las personas, la fobia es mucho más minoritaria pero relativamente frecuente en la población general, entre un 3 y un 13% según diferentes estudios.  Cuando el malestar se torna bloqueante, es decir, cuando la persona evita recurrentemente situaciones sociales para no estar mal a pesar de desear las relaciones, es entonces cuando se hace necesario poner medios para afrontar el problema. De no ser así este malestar puede ir en aumento y además generalizarse a otras situaciones.

En ocasiones las personas utilizan diferentes estrategias para librarse a corto plazo del malestar, por ejemplo: hablar mucho para evitar silencios incómodos, buscar la compañía de la gente que le dé más confianza dentro de un grupo, callarse para no caer en ridículo, no preguntar dudas para no parecer ignorante… Generalmente lo que más se suele evitar es ser el centro de atención, es por esto que situaciones como hablar en público pueden llegar a resultar muy angustiantes. Si a este hecho le añadimos la preocupación por el evidente sonrojo facial, por el temblor momentáneo en la voz o el pulso; en definitiva, que los demás se den cuenta de su nerviosismo, el temor aumenta. Como en todas las fobias o situaciones que nos resultan incómodas, la tendencia es a intentar evitar el malestar. Esta situación resulta muy útil a corto plazo pero mantiene el problema y no ayuda a resolverlo.

Sociólogos e investigadores sociales sostienen que los nuevos malestares sociales de esta época híper consumista y absolutamente ególatra no son consecuencia de las relaciones de producción, porque se trata de un malestar que no requiere de una lectura social, mucho menos política ya que esa pesadumbre es privada, de cada individuo, de la patología de su desajuste emocional porque no ha sabido estar a la altura del tiempo o el destino. Ello viene a confirmar las estrategias de individualización y patologización de numerosos malestares modernos.

¿Qué ha pasado? Con la posmodernidad se perdió la noción del presente y entonces la realidad se reconvirtió. Y así, poco a poco, los individuos de las sociedades posmodernas fueron abandonando por obra y gracia del relativismo narcisista al nihilismo paralizante, renegando incluso del futuro. Entonces las biografías sociales, como referentes de cultura, se fragmentaron, se editaron los relatos de emancipación social, se le dio más importancia a la estética que a la ética, y la egolatría híper consumista sirvió para justificar, desde las flexibilidades del mercado hasta la contención histórica de nuestros cuerpos. Las viejas solidaridades de clase fueron debilitadas por las estrategias históricas de la protección comunitaria. El espacio vital se remodeló y la deslocalización sirvió para perpetuar las distancias entre los sujetos.

La política, como concepto instaurado a principios del Siglo XX, y como promesa de redención social, ha sido derrotada como arma de combate, y el derecho al ‘yo por encima de todo' ha compensado la creciente despolitización de las relaciones sociales. Pero la felicidad anunciada en la posmodernidad no llega y todo se satura de consejeros, de manuales de autoayuda, de ingenuas utopías que crecen en medio de una progresiva descertificación social. Y entonces los dogmas religiosos se rearman y vuelven a emerger como sustitutos de las convicciones abandonadas por la razón colectiva, que se percibe sepultada entre las páginas de una historia inacabada, porque el viejo conflicto social de clases, aquel que inspiró y animó a las mayorías excluidas, se ha reconvertido en un conflicto global que pretende explicar todas las resistencias. Se despolitizó el conflicto en las sociedades transmutándose en un asunto personal aupado tras la victoria del yo narcisista. Los sindicatos, las agencias de voluntarios, las agencias sociales y los grupos institucionalizados de presión social, han asumido una estrategia de contención del conflicto social, cada vez menos politizado y más blindado en su lectura y posibles alternativas de cambio social real.

Pero el malestar social se transforma en un conflicto que deja víctimas. Muchas aguardan en la larga lista de los centros de salud mental, en los despachos privados de los psicólogos, en los servicios sociales o en el paro puro y duro. Son los que sobreviven, los consumidores de anti ansiolíticos, quienes han somatizado la dureza de una vida sin redes de protección en la fibromialgia social de nuestros días. Y es que las biografías personales se han despolitizado, el sufrimiento se ha des-socializado y se ha reconvertido en un problema absolutamente privado, donde el individuo psiquiatrizado y asistencializado, es aconsejado por psiquiatras, jueces y asistentes sociales, el triunvirato profesional de la contención social que responde a la sodomización asistencial de una nueva lucha de clases: Entre los adaptados sumisos de la posmodernidad y los que no, surge una lectura acrítica donde el malestar social pierde significado político y éste se normaliza y se reintegra al caudal social, ahora como malestar privado.

La privatización del conflicto social está determinada por ciertas posiciones ante el propio conflicto, que básicamente resumen los modelos relacionales con el propio acontecer diario, sus problemas y la forma de transferir responsabilidades entre los sujetos histórico-políticos y las instituciones. Y es que la posmodernidad inauguró una serie de derechos basados en la primacía del yo. Ese yo híper consumista de deseos, satisfacciones y hedonismos individualistas, ajenos a las consecuencias que generan, nos ha eximido de nuestra responsabilidad conductual. Las cosas ocurren, pasan y acontecen sin que ningún sujeto asuma responsabilidades. Los sucesos y las acciones se sitúan en el limbo, sin gravamen alguno. Y es que la experiencia vital carece ya de enseñanzas porque la propia realidad está desdramatizada. Porque la híper individualización ha fagocitado toda lectura crítica y política de la realidad y los sujetos permanecen ajenos a los compromisos. Pero también el Estado, el Gobierno, las instituciones y las administraciones públicas se han inhibido de cualquier responsabilidad transfiriéndola al individuo enaltecido y blindado por los derechos del yo consumista. Las 150 mil víctimas por armas de fuego en los últimos diez años en Venezuela no son responsabilidad de nadie. No tiene responsables porque nadie se hace cargo del drama de todas esas familias, que al final también son víctimas de una inseguridad ciudadana incontrolable e indetenible.

El malestar social se refleja en el sistema de los servicios sociales, públicos y privados, que victimizan las patologías personales haciendo creer al sujeto que es el culpable de su situación. Los paros de larga intensidad, la precariedad laboral, la exclusión social, la pobreza endémica, el incremento de los divorcios, el estrés patológico, y la ansiedad que se vuelve una nueva categoría gnoseológica, que explican los nuevos problemas sociales, que están absolutamente despolitizados en su análisis y significado. Por ejemplo, los Servicios Sociales han inventado herramientas de normativización social como el B.A.E. (la Búsqueda Activa de Empleo) en España; los acuerdos de incorporación y el itinerario de inserción en Italia, como ejemplos de propuestas técnico-burocráticas, totalmente descontextualizadas de la realidad social, pues los sujetos patologizados y desautorizados se ven obligados a desprenderse de su protagonismo histórico para insertarse como instrumento de un programa que lo reduce a un guarismo estadístico.

Ya no interesan las causas que han generado esa pobreza, o el abandono o la desesperación, como si los sujetos hubiesen elegido su propia miseria. Nada se opina sobre las condiciones o las relaciones laborales, sociales, familiares, patriarcales, sexistas o de dominación. Nada se dice en esta posmodernidad sobre las causas reales de la inseguridad; del por qué existen las infraviviendas, o los salarios parciales, tampoco nada se opina sobre los talleres ilegales y las múltiples formas de explotación invisible. Nada. Pareciera que en la posmodernidad sólo interesara generar individuos sujetos a la asistencia pública, seres acríticos que van a la deriva, que no asimilan su naufragio involuntario, a esos para quienes el porvenir es una larga agonía sin desenlace. Son precisamente ellos quienes motorizan el caos social de la desobediencia civil. La espoleta del disparador. Origen y efecto del vórtice social que antecede y sucede, simultáneamente, a la transformación de las estructuras sociales.

5.- La desobediencia civil, manifestación del malestar social:

Existe una definición de desobediencia civil que ha sido ampliamente aceptada, la que propone Hugo Adam Bedau, quien clarifica lo que la desobediencia civil realmente es, con independencia de su justificación ética o política:

"Alguien comete un acto de desobediencia civil, si y sólo si, sus actos son ilegales, públicos, no violentos, conscientes, realizados con la intención de frustrar leyes -al menos una-, programas o decisiones de gobiernos."

En una definición que ha sido seguida por un gran número de autores, como el filósofo moral estadounidense John Rawls en su obra Teoría de la justicia sostiene, reafirmándose en Bedau, que la desobediencia civil es:

"Un acto público, no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno. Actuando de este modo apelamos al sentido de justicia de la mayoría de la comunidad, y declaramos que, según nuestra opinión, los principios de la cooperación social entre personas libres e iguales, no están siendo respetados."

La desobediencia civil busca inducir a un cambio en normas jurídicas o políticas gubernamentales que se consideran ilegítimas a la luz de los principios que rigen la vida social, es decir, que pretende identificarse con los fundamentos constitucionales del Estado democrático para que los cambios se logren a través de una protesta en la que se apela al, sentido de justicia de la mayoría, esto es, a ciertos valores cívicos que son compartidos por los ciudadanos protestatarios. La desobediencia civil vista desde la perspectiva liberal, tiene dos modalidades: directa e indirecta. La primera consiste en la violación colectiva a una norma jurídica que en sí misma es considerada injusta. La segunda es la desobediencia a leyes en sí mismas válidas, con el objetivo de realizar una protesta y plantear opciones, sugerencias y cambios al Estado cuando no existen los medios ni las oportunidades de violar directamente los programas de gobierno o las acciones gubernamentales objetados. Vista así, la desobediencia civil se transforma en, el eje central para la adecuada comprensión de los fundamentos morales de la democracia porque implica la cuestión de la naturaleza y límite de la regla de las mayorías con base en la cual se adoptan decisiones públicas obligatorias en un sistema democrático.

Jürgen Habermas también acepta esta definición de desobediencia civil, pues al referirse a la enunciación de John Rawls hace el siguiente comentario:

"Son irrebatibles las determinaciones fundamentales que se derivan del objetivo de la apelación a la capacidad de raciocinio y sentido de justicia de una mayoría de ciudadanos. La desobediencia civil es una protesta moralmente fundamentada en cuyo origen no tienen por qué encontrarse tan sólo convicciones sobre creencias privadas o intereses propios; se trata de un acto público que, por regla general, es enunciado de antemano y cuya ejecución es conocida y calculada por la policía; incluye propósito de violación de normas jurídicas concretas, sin poner en cuestión la obediencia frente al ordenamiento jurídico en su conjunto; requiere la disposición de admitir las consecuencias que acarrea la violación de la norma jurídica; la violación de la norma que es la manifestación de la desobediencia civil tiene exclusivamente un carácter simbólico: aquí es donde reside el límite de los medios no violentos de la protesta."

Podemos inferir que Habermas considera a la desobediencia civil un acto colectivo, no violento y consensuado, que se desenvuelve dentro del marco constitucional del Estado democrático, en el que se busca... "configurar de una manera no convencional la voluntad política colectiva"... para lo cual los desobedientes deben fundamentar su posición en testimonios que puedan ser objeto de un consenso y no en convicciones privadas de la sociedad, a pesar de que ambos aspectos –consenso público y objetivos privados- puedan coincidir en los objetivos de la desobediencia. Por ello y siguiendo el pensamiento de Habermas, la desobediencia civil no persigue otro objetivo que identificarse con los principios políticos comúnmente compartidos, los mismos que sirven de fundamento a los Estados democráticos.

Esta forma de conducta cívica, a diferencia de otros actos políticamente motivados, no busca la ruptura o reorganización del orden constitucional; los actos de desobediencia civil utilizan la violación de las leyes, en forma simbólica y calculada, para comprometer la conciencia moral de toda la comunidad, forzándola a revisar una cuestión a la luz de sus fundamentos de legitimidad. Por ello, según Habermas, la desobediencia civil desempeña un importante papel innovativo y correctivo en un sistema democrático y la respuesta que el Estado le dé y su capacidad de incorporarla al proceso institucional constituye la prueba de fuego de la madurez democrática que ha alcanzado.

Para otros autores, como Paul F. Power, la desobediencia civil es como una...  "violación de las leyes de un sistema determinado, deliberada, pública y en forma articulada, que busca cambiar las leyes o políticas del régimen, no dañina a la integridad de la persona, que respeta los derechos de otros y que se lleva a cabo dentro de la jurisdicción del Estado para expandir y aplicar la ética democrática." Power la concibe como un método especial de impedimento civil a determinados comportamientos del estado, o frente a específicas legislaciones que vulneran –de acuerdo con la percepción del conglomerado- aspectos vitales y morales, y que ser un acto público, no violento y que busca un cambio político, debe ser situado dentro de los límites de la participación de los ciudadanos en cualquier régimen democrático. Más aún, al ejecutarse la desobediencia civil dentro de la jurisdicción del Estado, lo que se manifiesta en última instancia, por el sometimiento voluntario a las consecuencias legales del acto de desobediencia, es el engrandecimiento y la vigorización de los más altos valores de la democracia. De esta forma, Powell intenta mostrar que la desobediencia civil, en la medida en que se coloca dentro de la jurisdicción del Estado y se ejecuta para producir un cambio en una ley o política, no busca derrocar al gobierno o transformar la estructura social básica, pues este tipo de comportamiento social consensuado debe acometerse en público y satisfacer la obligación de la no violencia, en defensa de los valores políticos fundamentales de la democracia. Para Powell, la manifestación pública de la desobediencia civil pretende incitar una discusión crítica sobre los aspectos vitales para la existencia de la comunidad, y al ser no violenta, manifiesta que "las personas desobedientes respetan los derechos humanos como valores morales y el cambio pacífico como esencial al proceso democrático".

Opuesto a las interpretaciones de Habermas y de Powell sobre desobediencia civil, Joseph Raz sostiene que las definiciones llamadas "estrictas" de desobediencia civil confunden el acto político en sí mismo con las condiciones bajo las cuales la violación al derecho se considera justificada. Raz afirma que las definiciones de Habermas y de Powell lo que en realidad hacen es "señalar una clase de acción política legítima", por lo que su objetivo consiste en desarrollar una definición que sea "valorativamente neutra" y que separe la caracterización de este tipo de actos políticos de su justificación. En esta orientación, Raz considera que "los análisis de la desobediencia civil que favorecen un limitado entendimiento de la expresión tienen sentido únicamente en el supuesto de que exista un derecho a la desobediencia civil". Y por ello se apresura en afirmar que en las democracias, el recurso de la desobediencia civil no sólo es una conducta ilícita, sino moral y políticamente reprobable, por cuanto que en estos sistemas políticos existen vías para la participación política, el control del ejercicio del poder y la reivindicación de derechos ciudadanos.

Si se niega la posibilidad de que exista un derecho a la desobediencia civil, como lo hace Raz, se asume el riesgo, en palabras de Raz, de "volver rutina y una forma regular de acción política" a un acto que se "encentra fuera de los límites legítimos de tolerancia". Para Raz sólo en un Estado no liberal es donde existe efectivamente un derecho a la desobediencia civil, dado que ahí se niega a los ciudadanos el derecho a la participación política.  En los Estados liberales la desobediencia civil tiene que definirse como "una violación del derecho políticamente motivada, bocha ya sea para contribuir directamente al cambio del derecho o de una política o, bien, para expresar la protesta de uno, en contra o para disociarse de una disposición jurídica o de una política". Se trata de una definición amplia de desobediencia civil, como la propuesta por dicho autor, que no explica adecuadamente el fenómeno de la desobediencia legal realizada para desconocer una ley o política gubernamental que sean contrarias a los principios democráticos fundamentales, cuando las vías institucionales de participación política y jurídica están cerradas.

No obstante, la postura de Raz plantea una importante objeción formulada con frecuencia a la desobediencia civil desde el punto de vista de la democracia: ¿Cómo es posible justificar la desobediencia civil si (en una democracia) existen vías eficientes para el intercambio del poder? Cuando Raz considera que la desobediencia civil puede ser tanto violenta como no violenta, confunde este fenómeno con el de la violencia política pero el que los actos de desobediencia civil sean, entre otros elementos, no violentos no hace que se toleren en sí mismos, con independencia de sus causas y finalidades. No obstante, parece un hecho indiscutible que la no violencia es, por lo general, preferible a la violencia, dado que la primera refleja, utilizando las palabras de Karl Popper, "fe en la razón", mientras que con la segunda se corre siempre el riesgo, como lo afirma Hannah Arendt, de que "los medios sobrepasen a los fines que la justifican", volviéndose irracional.

Hay otros autores que si justifican la desobediencia civil en los sistemas democráticos liberales, pero que no consideran que la no-violencia sea uno de sus elementos esenciales. Por ejemplo, Howard Zinn quien afirma que la desobediencia civil "consiste en vaciar intencional y voluntariamente una ley para realizar un propósito vital". Considera que quienes opten por una desobediencia civil "deben seleccionar las tácticas menos violentas para hacer eficaz su protesta y significar su problematicidad", pero no considera que la no violencia o la propaganda sean elementos constitutivos de la desobediencia civil. Por el contrario, considera que en la medida en que la desobediencia civil busca captar la atención de la comunidad sobre una determinada situación, la no violencia de esa desobediencia se convierte en una táctica racional para lograr dicho objetivo, pues será más eficaz que la violencia en atraer la opinión pública a su favor.

Aquí se toma la línea de definición estricta de desobediencia civil propuesta por Bedau. Como se ha dicho, establecer la diferencia crucial entre la desobediencia civil y la violencia política, permite valorar a la primera como una estrategia de transformación social acorde con los fundamentos de las democracias constitucionales. El llamado movimiento de los derechos civiles, precedido por Martin Luther King en los Estados Unidos, precisamente demostró que la desobediencia civil puede ser una forma legítima de resistencia en un Estado democrático. Dirigido a cuestionar situaciones bien determinadas de injusticia bajo los principios constitucionales y no a fracturar la legitimidad del ordenamiento jurídico en su conjunto o a tomar el poder político, el movimiento de los negros no podía ser equiparado con la violencia política, la anarquía o el crimen. Este movimiento de desobediencia civil planteó un nuevo reto moral y político a la democracia norteamericana, y la conceptualización de Bedau es la que mejor permite visualizarlos. En la medida en que la resistencia se manifestó en forma pública, no violenta y sobre el fundamento de consideraciones político-morales, estaba dirigida a instituciones capaces de integrar la crítica, autocorregirse y reformarse pacíficamente.

Es por todo lo anteriormente expuesto que la desobediencia civil se convierte en uno de los recursos más utilizados, pero también uno de los más polémicos, para acometer la lucha de emancipación de los pueblos oprimidos política, económica o culturalmente. Entre otros autores que también teorizado sobre la desobediencia civil hay un acuerdo en que ésta puede definirse, grosso modo, como un acto que, motivado por convicciones de conciencia o principios de justicia, implica:

a) El incumplimiento de un mandato del soberano por parte del agente (carácter desobediente)

b) La aceptación responsable de las consecuencias de dicho acto (carácter civil).

El carácter civil de la desobediencia hace depender directamente de la aceptación voluntaria del castigo derivado de la legislación existente por la conculcación de la ley. Esta disquisición mínima de la desobediencia civil presupone varias cosas: que existe un Estado que emite mandatos; que el individuo está obligado a obedecerlos por su condición de ciudadano; que existe un orden jurídico que establece consecuencias previsibles al incumplimiento de los mandatos; que este orden incluye unos principios de justicia a los que el ciudadano puede apelar; que en virtud de esos principios, el ciudadano puede juzgar que desobedecer civilmente es el tipo de acción más razonable ante las circunstancias. Lo que permite concluir que todo acto de desobediencia civil es un acto de desobediencia a la ley, pero que no todo acto de desobediencia a la ley es un acto de desobediencia civil.

Como hemos leído en párrafos anteriores, hay autores que han defendido la justificación de la desobediencia civil por razones morales, políticas o jurídicas , y  que para que la desobediencia a la ley pueda ser considerada civil en un estado democrático deben preexistir algunas condiciones o requisitos. A partir de ahí se suele establecer un corte radical entre la práctica de la desobediencia civil en sociedades pre-democráticas o proto-democráticas (sociedades en las que escribieron personalidades como Thoreau, Tolstoi, Gandhi y Einstein) y la práctica de la desobediencia civil en sociedades cuya constitución garantiza la democracia representativa y, por tanto, la resistencia legal de los ciudadanos.

De entrada, se exige que las personas o el colectivo que practican la desobediencia civil deban ser conscientes de sus actos y estar comprometidos con la sociedad en que la ejerce. Civil equivale ahí a espíritu cívico. Y en este sentido, el comportamiento del desobediente no estará movido por el egoísmo personal o corporativo, sino por el deseo de universalizar propuestas que objetivamente mejorarán la vida en sociedad. El ejercicio de la desobediencia civil habrá de ser público, en consonancia con la pretensión de quienes la practican de convencer al resto de los ciudadanos de la justicia de sus demandas. El ejercicio de la desobediencia no vulnerará aquellos derechos que pertenecen al mismo bloque legal sobre los que se sostiene aquello que se demanda. De donde se deduce que la desobediencia habrá de ejercerse pacíficamente. Ésta es la segunda acepción de civil: pacífico, no violento. Se exigirá además al desobediente un compromiso de fondo, moral, con los principios político-jurídicos que inspiran el estado democrático, de modo que el desobediente no pretenderá transformar enteramente el orden político democrático ni socavar sus cimientos, sino sólo promover la modificación de aquellos aspectos de la legislación que entorpecen el desarrollo de grupos sociales marginados o lesionados o, en su caso, de toda la sociedad. Civil se equipara aquí a aceptación de las reglas del juego de la democracia.

Condiciones o requisitos tales como el carácter público, no-violento, de último recurso, comprometido y con aceptación voluntaria de la sanción dejan fuera de la práctica de la desobediencia civil no sólo la desobediencia a la ley habitualmente considerada como criminal por el código penal, sino también aquellos actos o actitudes de desobediencia a la ley que en un estado democrático tengan que ver con la conspiración y el sectarismo (por el secretismo de éstos frente al carácter público), con el golpe de estado (que socava el principio de alternancia en el poder por vía electoral, a través del sufragio), con el terrorismo o la revolución (que van contra el carácter pacífico, no violento en principio, de la desobediencia civil).

Algunos de estos requisitos suponen en el agente (individual o colectivo) de la desobediencia civil no sólo la aceptación del principio de obligación política, que se predica para todos los ciudadanos, sino también un concepto de la moralidad (y de la coherencia moral) que está por encima de lo que se suele exigir al conjunto de la población (incluidos algunos de los académicos que teorizan en tales términos sobre la desobediencia civil). Esto se explica, en parte, porque, incluso cuando se defiende la justificación ético-política, no sólo moral, de la práctica de la desobediencia civil se suele tener in mente, a posteriori, la superior moralidad de personalidades como Thoreau, Tolstoi, Gandhi, Einstein o Martin Luther King, en el sentido de considerar que, para ellos, la desobediencia a la ley fue siempre lucha contra la injusticia y que ésta residió siempre en el recurso a principios morales superiores, pre-jurídicos o meta-jurídicos, que son casi intuitivamente identificables por la conciencia de los humanos.  Como detallaremos más adelante, en Thoreau, Tolstoi, Einstein y Martin Luther King hay poca teoría sobre la justificación de la desobediencia civil. La defendieron como una actitud práctica suficientemente justificada, desde el punto el punto de vista moral, frente a situaciones de injusticia que denunciaban.

El Centro, el equilibrio y la controlentropía constituyen los 3 principios organizadores de las sociedades posmodernas; principios que poseen un alcance extraordinariamente general. Se trata de un principio estructurante que introduce un orden determinado en el ámbito donde actúa. En el campo de lo social quien dice orden está diciendo también poder. Todo principio de orden es al mismo tiempo un principio de poder por el hecho mismo de que todo orden conlleva una coerción ejercitada en contra de la entropía que lo amenaza. Existen, por supuesto, distintas formas de coerción, y la que recurre a la policía difiere notablemente de la que resulta de una negociación y de un acuerdo. Sin embargo, ello no excluye el que no existe orden sin coerción, y por lo tanto, que no existe orden sin ejercicio del poder.

Este es el postulado sobre el que se eleva la desobediencia civil, que debe ser concebida como un método legítimo de disidencia frente al poder del Gobierno o del Estado, debiendo ser admitida tal forma de pensamiento e ideología en el seno de una sociedad democrática.

Definimos a la desobediencia civil como la negativa a prestar obediencia a leyes, decretos o normas de algún gobierno o poder estatuido, que a juicio del desobediente no son justas o las considera nulas por contravenir una ley superior (la Constitución, el Libro Sagrado, etc.) o porque contravienen sus valores y su ética. Esta desobediencia ciudadana tiene el fin de ocasionar un cambio en las leyes que contravienen esos preceptos, y se caracteriza por ser un acto público, consciente y creador de conciencia, fundamentalmente político y contrario al status quo. En este marco, la desobediencia civil se transforma en un disparador del caos social, pues en tanto que No-Violencia Activa, se propone como una vía de acción fundamental para el trabajo de transformación social en pos de una sociedad consciente y participativa.

A pesar de ser un derecho ciudadano de reciente data, el uso de la no violencia existe a lo largo de toda la historia, que ha reseñado casos de poblaciones enteras negándose a cooperar con la justicia de una forma valiente y no violenta. Sin embargo, la fusión de la lucha organizada de masas con la no-violencia es relativamente nueva. Se originó en mayor parte con la Satyagraha de Mohandas Gandhi en 1906, a principios de la campaña Sur Africana para los derechos de los hindús. Más tarde, la lucha Hindú para la independencia total del Imperio Británico incluyó un número de campañas no violentas espectaculares. Quizás la más notable fue la campaña de Sal que duro un año, en la cual 100,000 hindús fueron encarcelados por violar las Leyes de Sal de una forma premeditada.

El rechazo a responder a la violencia del sistema social represivo con más violencia es una táctica que ha sido empleada por otros movimientos, como la campaña militante para el sufragio de las mujeres en Gran Bretaña, que incluyó una variedad de tácticas no violentas, tales como los boicots a determinados sitios y productos,  la no-cooperación en circunstancias en las que era esencial la presencia de una mujer, la destrucción limitada de propiedad, la desobediencia de ciertas leyes, las demostraciones de fuerza cívica con  marchas masivas, y hasta llenando cárceles por la disrupción de ceremonias públicas.

También el pueblo Salvadoreño utilizó la no violencia como un elemento poderoso y necesario en su lucha, particularmente durante las dos décadas que van 60 y 70 del Siglo XX, con la participación activa de comunidades de base cristiana, los sindicatos, distintas organizaciones de campesinos, y grupos de estudiantes que llevaron a cabo ocupaciones y sentadas en las universidades, en los despachos gubernamentales, y en las fábricas y haciendas.

Los pioneros de la desobediencia civil

Thoreau, Tolstoi y Einstein fueron tres ilustres desobedientes respecto de sus Estados: preconizaron la desobediencia civil del individuo frente al Estado teniendo como referentes el Estado que formalmente les daba su nacionalidad (EE.UU, Rusia, Alemania) pero también fueron críticos del Estado en general como forma de organización social moderna. Gandhi preconizó la desobediencia civil en la India frente a un Estado colonizador ocupante, Inglaterra, y ese ha sido el modelo, aunque minoritario, de otras luchas a favor de la descolonización. Aduciendo estos ejemplos la desobediencia civil clásica, además de estar vinculada a lo no-violencia, se ha entendido siempre hasta ahora vinculada a un proyecto emancipador libertario. Así fueron leídas las obras de los autores mentados tanto por sus seguidores como por sus detractores. Thoreau ha sido considerado uno de los padres del libertarismo moderno. Y sintomáticamente a Tolstoi se le negó el premio Nobel de la Paz, según argumentaba la comisión académica correspondiente, por su "anarquismo", por su crítica feroz al Estado.

Thoreau:

En el caso de Thoreau la desobediencia civil aparece como una actitud de último recurso frente a la guerra de EE.UU contra México en 1848 y frente a la persistencia de la esclavitud en la sociedad estadounidense. En tal contexto Thoreau ha escrito la primera palabra de la desobediencia civil, siempre recordada:

"Existen leyes injustas. ¿Nos contentaremos con obedecerlas? ¿Nos esforzaremos en enmendarlas, obedeciéndolas mientras tanto? ¿O las transgredimos de una vez? Si la injusticia requiere de tu colaboración, rompe la ley. Sé una contra-fricción para detener la máquina [...] Bajo un estado que encarcela injustamente, el lugar del hombre justo es también la cárcel. Hoy el único lugar que el gobierno ha provisto para sus espíritus más libres está en sus prisiones, para encerrarlos y separarlos del estado, tal y como ellos mismos ya se han separado de él por principio. Allí se encontrarán el esclavo fugitivo, el prisionero mexicano y el indio. Es la única casa en la que se puede permanecer con honor".

Tolstoi:

Algunas décadas más tarde, y al otro lado del mundo, en la obra del viejo Tolstoi la desobediencia civil aparece también como la única actitud moral posible contra la guerra, la educación militarista, el absolutismo y la violencia de un régimen, el zarista, que de hecho seguía manteniendo en la servidumbre a la población campesina rusa. La desobediencia civil tiene en el viejo Tolstoi una dimensión inequívocamente religiosa: se basa en la denuncia radical de las incoherencias y contradicciones de un imperio que se presenta confesionalmente como cristiano y que conculca en la práctica el primer mandamiento de la Ley de Dios. Por eso Tolstoi, al predicar la desobediencia civil, puede llegar a decir que, desde el punto de vista moral, el Estado es peor que cualquier banda organizada de delincuentes.

Albert Einstein:

En el caso de Einstein, que fue un científico con conciencia cívica, la desobediencia civil es presentada en los años de entreguerras como recurso moral contra el militarismo prusiano y contra el racismo que inspiraron el ascenso del nacional-socialismo en Alemania y, más tarde, en los primeros años de la guerra fría, como protesta contra lo que él mismo llamó "el poder desnudo" en la época del macartismo en EE.UU. Todavía en el caso de Luther King, que ha sido el símbolo de la desobediencia civil para amplios sectores del pacifismo contemporáneo, ésta aparece principalmente como una forma de llamar la atención de las autoridades y de la opinión pública ante la discriminación realmente existente entonces para con la minoría negra en Estados Unidos.

Gandhi:

Mohandas Karamchand Gandhi, conocido universalmente como Mahatma (alma grande), fue sin duda uno de los grandes teóricos de la revolución social del siglo XX. Creó un movimiento de resistencia pacífica y desobediencia civil al que él prefería llamar Satyagraha, que significaba en sánscrito, abrazo a la verdad.

Gandhi teorizó  la desobediencia civil, primero en Sudáfrica (1893-1914) dialogando con el viejo Tolstoi, y luego, independientemente, desde una dimensión ético-política, esto es, discutiendo la compatibilidad medios-fines de la violencia revolucionaria en la lucha por la liberación nacional y aduciendo, alternativamente, algunas de las tradiciones morales orientales que preconizan la no-resistencia al mal y la no-violencia frente a la agresión. Para Gandhi la desobediencia civil no es sólo un deber moral en tales o cuales circunstancias, sino un derecho intrínseco del ciudadano. Éste no puede renunciar a tal derecho sin dejar de ser hombre. Y puesto que, a diferencia de la desobediencia criminal, la desobediencia civil no comporta anarquía sino crecimiento social, siempre que el estado reprime la desobediencia civil lo que en realidad está haciendo es tratar de aprisionar la consciencia.

En 1930, Gandhi comenzó una nueva campaña de insubordinación y proclama el no pago de los impuestos. Para los campesinos, era algo totalmente nuevo y por lo tanto, Gandhi tuvo que explicar los principios del Satyagraha aldea por aldea. En su autobiografía, Gandhi describe que el problema principal residía en desembarazar a los agricultores de su miedo y que comprendieran que los funcionarios no eran los dueños, sino los servidores del pueblo. Pero después, cuando el miedo desaparecía, entonces comenzaba un nuevo problema: convencerlos de no caer en agresividad contra los opresores, pues de esa manera se arruinaría el Satyagraha.

Otra de las contiendas de desobediencia civil organizadas por él fue en 1932 contra el poder gobernante, la injusticia social y económica del sistema de castas. Proclamaba la unión entre hindúes y musulmanes. Fue llevado a prisión en dos ocasiones. Una de sus formas de lucha allí era realizar ayunos de gran rigor.

Gracias a la campaña de resistencia civil no violenta organizada por Gandhi contra el gobierno británico de la India, el país alcanzó su independencia en 1947

La propuesta de Gandhi de la no-violencia, la insistencia en la Satyagraha, en la fuerza de la verdad, e incluso la práctica del hartal (suspensión de toda actividad productiva), en la larga lucha por la liberación del yugo colonial, tienen, además de una evidente dimensión político-social, una punta religiosa de fondo que sólo se puede entender como resultado benéfico del cruce de varias tradiciones pacifistas. Muy posiblemente lo mejor de la enseñanza no-violenta de Gandhi haya de verse en la convicción y en la veracidad con que juntó --en un pensamiento configurado al hilo del propio testimonio-- inspiraciones procedentes de las corrientes liberadoras de varias religiones: desde el jain (corriente marginal del hinduismo en la que estaba presente ya la propuesta de abstenerse de realizar cualquier acto que pueda poner en peligro la vida de los otros) hasta el espiritualismo radical y heterodoxo de Tolstoi o la protesta individualista y naturalista de Thoreau, pasando por una particular lectura juvenil del Sermón de la Montaña hecha en Inglaterra.

La Satyagraha de Gandhi empezó siendo protesta contra la imposición de las autoridades que obligaban a censarse a los hindúes, cosa que suponía siempre vejaciones. Para Gandhi, la afirmación de "la fuerza de la verdad" suponía negar el consentimiento a leyes injustas, esto es, desobedecer las leyes, pero sin reaccionar de forma violenta, con independencia del grado de violencia al que fuera sometido el individuo; suponía también aceptar la pena que la autoridad impone o puede imponer por no obedecer la ley (un principio que Einstein rescataría en los tiempos sombríos de la caza de brujas en la Norteamérica de la primera guerra fría). El acento de la desobediencia civil de Gandhi no recae en la negativa a aceptar la autoridad, sino en la discusión sobre la justicia o injusticia de la ley concreta promulgada por la autoridad. Y el criterio para juzgar sobre la injusticia de una ley es el reconocimiento de la incoherencia de ésta con los principios explícitamente proclamados por la autoridad, de manera que será injusta toda aquella ley que considerada particularmente viole el principio del bien público en que se supone que se inspira la legislación.

La teorización de la existencia de un vínculo íntimo entre la desobediencia y la no-violencia era para Gandhi una forma de reconocer la autolimitación de la acción:

"El desobediente debe saber que puede equivocarse. Pero, al acudir a la no-violencia, garantiza que las consecuencias penosas de su equivocación, si ésta se produce, caigan sobre sí mismo, no sobre los otros".

6.- La desobediencia civil como disparador del caos social

Caracterizaciones postmodernas de Estado:

Hasta un par de décadas quizá, entre las corrientes políticas y los analistas sociales se discutía interminablemente sobre el carácter del Estado en la mayoría de los países latinoamericanos; la cuestión aparecía bastante compleja porque no se encontraban muchos referentes en el mundo sobre la forma como se ejercía el dominio político. Hablamos del carácter del Estado y del dominio político en sociedades presuntamente democráticas, pero ‘acaudillada' por un líder que se sustenta en un aparato político único. Hablamos de un Estado fallido, incautado, expropiado, y nos referiremos a cómo la violencia social irrumpe en este tipo de regímenes, y también al caos social que se provoca en las sociedades sometidas a él.

Las acciones de desestabilización y de protesta en contra de leyes, normas y políticas oficiales, comienzan cuando se generaliza la desobediencia civil y entonces se genera otro tipo de manifestaciones de inconformidad, que pasan de la inacción y la pasividad de la resistencia social y política, al colapso institucional que deviene ulteriormente, bien en el derrocamiento del gobierno a partir de una rebelión cívico-militar, o bien con el coup d'état que es  la toma del poder político de un modo repentino y violento, por parte de un grupo de poder, vulnerando la legitimidad institucional establecida en un Estado, es decir, las normas legales de sucesión en el poder vigentes con anterioridad.

El calificativo de ‘Estado fallido' se ha puesto de moda para aplicarlo a regímenes que han manifestado una extrema incapacidad para frenar la violencia social, provenga ésta de opositores políticos o del crimen. Se mencionan los notorios casos de Pakistán, Somalia o de Colombia, a los que se ha agregado el de México y más recientemente el de Venezuela. Como sucede siempre con el uso de conceptos que agrupan distintos elementos comunes de procesos o situaciones distintas, debemos cuidarnos de generalizaciones o imitaciones extra-lógicas.

Desde otra perspectiva, se dice que un Estado también es incautado cuando poderosos grupos empresariales o individuos que poseen y controlan cuantiosas riquezas, no sólo han sido capaces de doblegar a las entidades públicas, sino que las han puesto a su servicio. Se ha llegado al grado de hacer leyes a la medida de intereses privados. Ocurre esta calamidad pública desde las grandes decisiones tomadas en los poderes nacionales y estadales, sobre todo desde la Presidencia de la República, hasta en los Ayuntamientos de las Alcaldías y en las Gobernaciones de Estado,; desde allí se favorece con obras públicas o información privilegiada a fraccionadores con agentes enquistados en las administraciones. Estos llamados poderes fácticos se han incautado del Estado reduciendo su margen de universalidad y haciéndolo retroceder a los tiempos de los gobiernos patrimonialistas, en los cuales se fundía el cacique con el funcionario.

Pero también está incautado un Estado cuando una facción del Gobierno, usualmente el Poder Ejecutivo, aunque fuera democráticamente elegido subsume en sí a los demás poderes que la Constitución les otorga rango de tal, con independencia de gestión e igualdad. Esta circunstancia nos regresa al concepto de ‘Estado fallido', un término que también se emplea para referirse a un Estado que no es efectivo, y no es capaz de aplicar sus leyes de manera uniforme registrando por ende altas tasas o registros de criminalidad, corrupción política, mercado informal, burocracia, ineficiencia judicial, interferencia militar en la política, o poderes civiles no estatales con presupuesto y poder político muy superiores al del Gobierno. Sin embargo, algunos analistas de renombre consideran que el concepto no tiene "una definición coherente", es manipulable políticamente, presenta graves defectos metodológicos, y no permite realizar a efectivos aportes de conocimiento.

No es difícil colegir, por otra parte que ambas caracterizaciones (Estado forajido y Estado incauto)  revelan múltiples vínculos, puesto que una vez subordinado el interés general al interés particular todo puede suceder: Desde concesiones económicas donde se vulnera la autonomía del Estado y se pone en peligro la integridad territorial del país, hasta acuerdos con grupos de narcotraficantes o involucramiento de las fuerzas del orden en las guerras internas de aquéllos.

El colapso institucional desde la perspectiva del coup d'état:

Atendiendo a la identidad de sus autores, usualmente presenta dos formas en el coup d'état: el golpe de palacio o golpe institucional, cuando la toma del poder es ejecutada por elementos internos del propio gobierno, incluso de la misma cúspide gubernamental; el golpe militar o pronunciamiento militar, cuando la toma del poder es realizada por miembros de las fuerzas armadas. El pretorianismo es la influencia excesiva del poder militar en el gobierno civil que en muchos de los casos lo llevan a cabo mediante los golpes de estado o pronunciamientos. Más recientemente se ha usado el término golpe de mercado para referirse a los cambios institucionales producidos por presiones de grupos económicos, utilizando mecanismos de desestabilización y caos en la economía.

El colapso institucional se manifiesta de diversas maneras y modos: El golpe de Estado, el autogolpe y la rebelión cívico-militar son las formas más comunes. Cuando los partidos tradicionales han dejado de tener confianza y credibilidad, la acción de los grupos violentos ligados al crimen organizado cuenta con un sólido esquema de base social que les permite realizar, sin problemas, sus actividades. La represión y la acción violenta en contra de los grupos marginados y políticamente inconformes con el gobierno se transforma en acciones brutales y represivas de policías y sicarios y es por esas razones que muchos ciudadanos optan por la afiliación a grupos criminales o delictivos que operan, con toda libertad, en muchas regiones del país que iniciaron sus actividades con la protección y la impunidad que les brindaban los policías y los grupos de seguridad del gobierno.

Así es como previo al colapso de las instituciones, se protegen los intereses de grupos que controla la política nacional al lado de los policías políticos que son los que garantizan la represión en contra de los grupos protestarios o inconformes y así, ante la confusión de que en los encuentros armados se dan entre fuerzas institucionales y delincuentes, se ocultan las represiones y se puede asesinar a muchos luchadores sociales que operan en las regiones marginadas, con la excusa de que se han eliminado a delincuentes que protegían a otros delincuentes de algunas regiones del país, cuando en realida

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    Andrés Simón Moreno Arreche

    Las acciones de desestabilización y de protesta en contra de leyes, normas y políticas oficiales, comienzan cuando se generaliza la desobediencia civil y entonces se genera otro tipo de manifestaciones de inconformidad, un caos civil que pasa de la inacción y la pasividad de la resistencia social y política, al colapso institucional que deviene ulteriormente enuna rebelión cívico-militar, o bien con el coup d'état.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Monografíasl 07/09/2010 lVistas: 390
    Andrés Simón Moreno Arreche

    Sostuvimos en nuestro ensayo "Venezuela y las Leyes del Caos Social" que la primera fase del auto organización de las sociedades es la llamada ‘Fase Controlentrópica', el primero de los cuatro procesos que dinamizan las estructuras sociales. Para reafirmarse en los distintos colectivos y prologar lo más posible el estadio controlentrópico, las sociedades utilizan diversos sistemas de control social que aquí llamamos ‘disipadores del caos social'. El miedo es uno de ellos.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Monografíasl 30/08/2010 lVistas: 938
    Andrés Simón Moreno Arreche

    El caos como generador de un nuevo orden social es un gran campo de investigación abierto que abarca diferentes líneas del pensamiento Pero, ¿Cómo asociar esta Teoría con los comportamientos sociales, especialmente los que habrán de producirse en la Venezuela bolivariana después del referendo a la Constitución venezolana?

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Monografíasl 30/08/2010 lVistas: 406
    Jorge Benítez R.

    Una exposición argumentativa acerca de la posible interrelación lógica de los conceptos "inicio del universo", "tiempo" y "espacio" como variables intervinientes en mismo proceso generativo, caracteriado como la fase primigenia del universo. Se apoya el análisis en los aportes de filósofos notables como Inmanuel Kant, Xavier Zubiri y Maurice Merleau-Ponty, así como de reconocidos físicos cosmólogos como Roger Penrose y Brian Green.

    por: Jorge Benítez R.l Monografíasl 01/07/2014
    Jorge Benítez R.

    Una análisis crítico de las principales declaraciones y afirmaciones cruciales que conforman la obra "El Gran Diseño", de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, efectuado a partir de los aportes y comentarios de algunos físicos especislistas en cosmología tales como George Ellis, Roger Penrose y Allan Sandage.

    por: Jorge Benítez R.l Monografíasl 01/07/2014 lVistas: 15
    Jorge Benítez R.

    Mediante la utilización de aforismos, se recorre un camino argumentativo y de dilucidación elemental, desde la noción más simple del existir, guiado por la noción de contexto y la relatividad de todas las cosas reales, para llegar a plantear la noción de absoluto como síntesis explicativa de toda posibilidad real de contextualización de la realidad.

    por: Jorge Benítez R.l Monografíasl 19/05/2014
    Jorge Benítez R.

    Se sigue una vía argumentativa para dilucidar el concepto de trascendencia, y su oposición con la tesis de la pura inmanencia, mostrando cómo lo trascendente es parte de la vida diaria y cómo puede impactar, desde su inmaterialidad, a la realidad, a partir de un análisis basado en aportes de Xavier Zubiri y su teoría analítico-filosófica de la realidad, y citas de otro filósofo: Luc Ferry.

    por: Jorge Benítez R.l Monografíasl 19/05/2014 lVistas: 14
    Jorge Benítez R.

    A partir de los aportes de Ernst Casireer, se recorre un camino metodológico de dilucidación para llegar a argumentar la esencia simbólica del pensamiento y de la misma realidad, y su expresión en el lenguaje, con el fin de esclarecer la esencia de lo simbólico como un mecanismo interpretativo de la realidad por parte del sujeto observador de la misma. Se enriquece el texto con citas pertinentes de filósofos como Xavier Zubiri, Ferrater Mora, Paul Ricoeur, Gilles Deleuze, y Ludwig Wittgenstein

    por: Jorge Benítez R.l Monografíasl 19/05/2014
    Jorge Benítez R.

    Una análisis argumentativo de la relación vital entre el pensamiento y la realidad, como contexto en el que se desenvuelve el pensar, y los efectos del pensar sobre la realidad, apoyado en interpretaciones acerca de aportes de filósofos como Xavier Zubiri y José Ferrater Mora, donde destaca el la función simbólica del pensamiento.

    por: Jorge Benítez R.l Monografíasl 19/05/2014 lVistas: 11
    Jorge Benítez R.

    Un análisis interpretativo de los aportes de Blaise Pascal acerca del drama de la vida humana por su ubicación ante dos extremos insondables: el infinito y la nada. Se enfatiza su aplicación para comprender las decisiones del ser humano ante los dilemas éticos.

    por: Jorge Benítez R.l Monografíasl 15/05/2014
    Jorge Benítez R.

    Un análisis interpretativo acerca de la función simbólica del pensamiento humano y su expresión en el lenguaje, contextualizada en la relación entre sujeto y realidad. Se utiliza como punto de partida y apoyo citas y aportes de filósofos como Ernst Casireer, Xavier Zubiri, Paul Ricoeur, José Ferrater Mora y Gilles Deleuze

    por: Jorge Benítez R.l Monografíasl 15/05/2014 lVistas: 21
    Andrés Simón Moreno Arreche

    Pescadores, familiares y caveros dirigieron la mirada hacia la playa para constatar que el peñero "Pampatar" no estaba allí.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Literatura> Ficciónl 13/09/2010 lVistas: 53
    Andrés Simón Moreno Arreche

    Más parecida a una prolongada y sangrienta guerra civil que a una movilización militar, nuestra guerra de independencia tachonó de muertos los sinuosos caminos que entrelazaban pueblos, villorrios y ciudades. Casi 200 años después, un zambo esgrime sus lanzas coloradas junto con la promesa de destruir a sus enemigos.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Noticias & Sociedad> Polítical 09/09/2010 lVistas: 44
    Andrés Simón Moreno Arreche

    Aquel ‘Franklin Brito' de 1802, que para el momento de los acontecimientos era Subteniente del Ejército del Rey, procedió en la misma forma que nuestro Franklin Brito contemporáneo.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Noticias & Sociedad> Polítical 08/09/2010 lVistas: 69
    Andrés Simón Moreno Arreche

    Las acciones de desestabilización y de protesta en contra de leyes, normas y políticas oficiales, comienzan cuando se generaliza la desobediencia civil y entonces se genera otro tipo de manifestaciones de inconformidad, un caos civil que pasa de la inacción y la pasividad de la resistencia social y política, al colapso institucional que deviene ulteriormente enuna rebelión cívico-militar, o bien con el coup d'état.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Monografíasl 07/09/2010 lVistas: 390
    Andrés Simón Moreno Arreche

    En este ensayo nos proponemos examinar qué es y en qué consiste la anarquía como ‘disparador' de caos social; la forma en que las crisis económicas y políticas instrumentalizan la anarquía en los conglomerados sociales, para definir un aspecto crucial del caos social: ¿Dinamiza o frena a las sociedades? También nos adentraremos en el marco histórico para identificar los ‘disparadores caóticos' más comunes y recurrentes de la anarquía en la evolución de las sociedades.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Monografíasl 30/08/2010 lVistas: 819
    Andrés Simón Moreno Arreche

    En este examina qué es y en qué consiste el caos social a partir del análisis de la forma en que las crisis y los conflictos instrumentalizan el caos en los conglomerados sociales, para definir un aspecto crucial en la argumentación de la Teoría del Caos Social.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Monografíasl 30/08/2010 lVistas: 2,167
    Andrés Simón Moreno Arreche

    Junto al miedo y al odio, la mentira se constituye en una de las herramientas más poderosas para la reducción de las entropías sociales, porque la mentira cohesiona a las poblaciones alrededor de un auto de Fe, en torno a las esperanzas manifiestas o tácitas que promueve un líder o la institucionalidad, y porque las masas siempre estarán más dispuestas a probar una y otra vez la miel empalagosa de una mentira que a tragarse el bocado seco de una verdad dolorosa.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Monografíasl 30/08/2010 lVistas: 741
    Andrés Simón Moreno Arreche

    ¿Dónde encaja ‘el odio' como control social? ¿Por qué lo identificamos como un ‘disipador controlentrópico' del caos social? ¿Hasta cuál punto el odio inhibe la entropía social y cuáles son las circunstancias que lo transforman en un disparador de la entropía? En el presente ensayo pretendemos arrojar luces sobre estas cuestiones para imbricar los resultados del análisis del odio a la formulación ulterior de un teorema del caos en la estructura social.

    por: Andrés Simón Moreno Arrechel Monografíasl 30/08/2010 lVistas: 2,787 lComentarios: 1
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