Tené Cuidado

Posteado: 01/12/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 74 |

Una mañana, volviendo del supermercado de los chinos, me topé con la vecina del departamento "E" (la vecina de al lado), una señora de 82 años, viuda y madre de una lejana hija soltera, que le dio por nietos dos perros enormes y adorables que una vez cada dos semanas oigo en su visita familiar; después de tener la acostumbrada charla donde ella me dice lo sola que se siente, lo bueno que era "el gordo" su marido, en paz descanse, y que ella se las arregla sola -aunque al decir eso se le llenen los ojos de lágrimas- después de yo poner mi cara de angustia y ¿no se por qué?, contener el abrazo que me provoca, nos despedimos y ella entró a su departamento de 1 habitación, antes de entrar yo al mío me llamó la atención el sonido de la llave contundente dándole dos vueltas al cerrojo de arriba y dos al de abajo. Yo miré la hora, no pasaban de las 11 de la mañana y pensé:

-estamos en un edificio de 9 pisos, en el 6o. y encima nuestros departamentos están al fondo... ¿por qué cerrará con tanto afán a esta hora?

Seguí metiendo las compras al la cocina mientras calificaba, con una sonrisa condescendiente, de paranoia senil el acto de guardarse en una caja fuerte, así fuera apenas el medio día y estuviera rodeada de vecinos amigables y ya conocidos.

Hace veinte días se mudó al departamento una chica francesa. El 2 de noviembre (día de muertos) le dimos la bienvenida a la nueva compañera de departamento, la citamos una noche antes de que se mudara oficialmente para hacerle preguntas pertinentes sobre el estilo de vida que llevaba, sus gustos al convivir, las reglas básicas de la casa, administración de los espacios, etc. etc. Una chica delgada de cabello castaño oscuro, 28 años, con aspecto firme y seguro, blanca, de facciones angulosas.

Una vez sellado de O.K. le dimos las llaves del departamento esa noche sabiendo que en algún momento del día siguiente llegaría con sus maletas y se instalaría. Ninguna de las dos al día siguiente tuvo la suspicacia de decirle a la otra la sensación de grave error por haberle concedido las llaves de casa a una ilustre desconocida, al final no se le puede llamar de otra manera a una mujer que llega a contactarte por medio de la compañera de la amiga de una amiga, cuando la compañera está en Francia y la amiga de la amiga no sabe de ella más que comparten nacionalidad, como si eso fuera suficiente garantía.

Total, a eso de las 19.30 horas ya cuando estábamos lo suficientemente nerviosas como para pensar que el destino de esas llaves podía ser cualquiera que nuestra imaginación influenciada por C.S.I. pudiera pensar, Celia, la desconocida, llegó para instalarse en casa, la primera semana transcurrió tranquila, estaba en casa mucho tiempo porque no tenía trabajo, salía a buscar, ofrecía dar clases de francés, alguno que otro posible estudiante la contactó pero no se concretó más que un trabajo de recepcionista en un hostal que tenía dos sucursales: Palermo y Corrientes con Callao.

Sin embargo no era lo laboral sino lo amoroso, lo que la había motivado a dejar su romántica patria para venir al caótico y pasional Buenos Aires.

Su visceral relación con un argentino nació a primera vista cuando ella vino en un viaje de turista y conoció al porteño apasionado, de inmediato decidieron aventurarse en un viaje juntos, que según se cuenta fue maravilloso, la joven francesa tuvo que volver a su ciudad de tejas en el techo y calles angostas y separarse dolorosamente del adolorido novio, pero la relación cyber siguió en la distancia, hasta que ella decidió renunciar a su trabajo, juntar sus cachivaches y venir a vivir con él junto al río de la plata.

Bastaron tres días, sí tres, para que ella saliera de ese departamento con sus mismos cachivaches, asustada por un ataque de celos que el melodramático argentino armó con bombos y platillos, la nueva modalidad sería, seguir juntos sin tanta distancia, pero sí con la suficiente para que ella pudiera descansar de tanta pasión, rodó de hostal en hostal hasta que afortunadamente para ella, y no tanto para mi, entramos en su escenario, su conocida le dijo que tenía una amiga que tenía a su vez una amiga que vivía aquí en Buenos Aires y esa amiga vivía con una mexicana amiga de un par de pelotudas que alquilaban una habitación, de modo que nuestra amiga le dio nuestro teléfono a  su amiga y así sucesivamente.

Senillosa 156 se convirtió en el nuevo refugio de una francesa que, ya a esta altura, estaba segura que el porteño no era el hombre de su vida y quería separarse de él pero no tenía el corazón, ni la capacidad de hacerlo, así que de inicio sabíamos que la relación no solo era caótica, sino que el adolorido era dependiente y posesivo, aunque a primera vista: simpático a secas. Celia con su muy buen español entonado en francés, nos fue contando a cuenta gotas las características de la defectuosa relación y sus dudas sobre volver a su país, dejando las esperanzas de hacer algo más en un país de habla hispana (cosa que parece le llama la atención) y matar de una vez por todas y de tajo las ilusiones que tuvo con el hombre pensó en algún momento sería para ella.

Si le preguntamos a él seguro que piensa distinto porque todo parece indicar que ella sí es la mujer de su vida y que hará todo por no dejarla ir, con esto en mente la invitó, cumpliendo 13 días de estancia en mi hogar, a pasar un fin de semana en San Antonio de Areco (un pueblo minúsculo en donde la vida corre tan lento que la estatua de San Antonio, patrono de la Iglesia del pueblo, se cambia de brazo al niño por el aburrimiento), fuéronse, ella amablemente me avisó con un mensaje que no volvería hasta la noche del domingo y sí, volvió aburrida por su luna de hiel y con el anuncio de que había extraviado sus llaves en aquel pueblo desolado, con pena y dolor nos pidió por favor que al día siguiente le prestáramos un juego para sacar sus copias. Una vez más, extendimos el brazo y le dimos las llaves a la ya no tan extraña francesa.

El miércoles que siguió, la chica tomó valor, respiró profundo y le dijo a su chico, una vez más, que necesitaba un tiempo, que no la buscara en unas semanas, él a regañadientes y no sin ahorrarse un par de lágrimas, aceptó.

Ella, disfrutando por primera vez de su provisional y artificial soltería, salió con unos amigos a tomar unas cervezas y a tocar bongó.

Él la llamó a casa cada 45 minutos desde las 21.30 hs. para hablar con ella, cada 45  minutos yo contestaba y le decía lo mismo: "no Fabián, no está, yo le digo, sí, sí, ciao" Ya cuando llamó por cuarta vez y me despertó, pidió categóricamente que le dejara un mensaje diciendo que estaba sumamente preocupado porque no le atendía el celular (yo diría sumamente encabronado) que lo llamara no importando la hora (así de paso se enteraba a qué maldita hora había llegado la zorra -seguro pensó-), ya un poco enojada yo también, le dije que dejaría el mensaje y listo.

Ella llegó no tan tarde, pero sí contenta y relajada, atributos que se le quitaron ipso facto porque llamó al fulano para despreocuparlo, después él volvió a marcar dos veces más para decirle: nada... Un poco obsesivo, cuenta ella que su pachanga sin él lo había dejado descontento.

La tarde siguiente a las 19 hs. aproximadamente la desvelada extranjera trabajaba en el hostal de calle corrientes, cuando sonó su celular anunciando un mensaje de texto, lo sacó del pantalón, presionó "leer" y el mensaje abrió:

Remitente: Fabián. / Texto: "tené cuidado."

Supongo que ella levantó la ceja tanto como yo cuando me lo contó. "Cuidado de qué?" envió ella sin tener respuesta... y el sol se ocultó, terminó su jornada de trabajo y vino a casa.

Habrá sido la media noche cuando las tres nos fuimos a dormir y afortunadamente no nos dio sed en la madrugada, porque teníamos una visita inesperada (no era Moria Casán, tampoco se le ocurrió a Copi).

Con las luces de los edificios de enfrente y el ruido sutil de las reuniones de viernes por la noche de los vecinos, alguien se paseó por la sala oscura, se empinó en el sofá blanco para alcanzar los enchufes y desconectar la laptop y las bocinas del ipod, supongo que tuvo que hacer a un lado el violoncello porque estaba justo en medio; con cuidado tomó el estuche que estaba detrás del atril y lo anotó a la lista, lo que no puedo adivinar es en qué momento abrió la heladera y qué se sirvió, porque cuando dieron las 6.30 am. Celia se despertó, duchó y vistió para ir a trabajar y, cuando se dirigía a la puerta de casa, las encontró abiertas de par en par las dos. Ella sin avisarnos este detalle y sin preocuparse por nuestro estado, terminó por irse al trabajo. El botín fue: todo mi dinero en efectivo que estaba sobre el escritorio, mi compu, mi ipod con sus bocinas, mi cámara Reflex Vivitar (alias Camila), un telefoto, y otra cámara profesional que estaba también en el estuche. Si nos ponemos minuciosos, se llevaron justo lo que puede cargar una sola persona sin llamar mucho la atención.

La incógnita perpetua será si ese alguien tenía la complicidad de la extranjera francesa, que según esto dormía como nosotras, mientras recibíamos la visita.

Sobra detallar la sorpresa, coraje, miedo y terribles imaginaciones que tuvimos cuando salió el sol y nos dimos cuenta de la tranquila invasión a nuestro espacio, privacidad, seguridad, etc, y del riesgo que corríamos mientras dormíamos.

La french, por su parte, pasó desde la indignación porque pensáramos que su novio hiciera eso, hasta el ataque de pánico pensándose tan estúpida por estar tan ciega. A las 18 hs. del mismo sábado y ya con unos tequilas encima fuimos a enfrentar al acusado a su casa, no estaba, pero confirmó un compañero suyo que había salido en la madrugada, había vuelto y a las 9 am se había duchado e ido. Entonces C dijo: “esto es lo único que me faltaba para confirmar que sí fue él”.

A las 21 terminó de hacer sus maletas, anunció que se iba al día siguiente en el primer vuelo a París, pero que por miedo no se quedaba en casa, se iba con Ana (otra conocida francesa suya que nos había acompañado todo el día). Y yo, de nuevo con la ceja levantada dije: “claro, aquí estamos tus taradas que se quedan en su casa sí o sí, sabiendo que el psicópata de tu novio piensa que estás aquí y puede venir a intentar abrir la puerta” (por su puesto la cerradura ya era otra), no se si fueron los tequilas, el agotamiento, ¡¿o qué?! Pero no solo la dejamos ir sin decirle nada, hasta el taxi le paramos debajo de la lluvia, que ese día no paró de caer.

Al día siguiente, no solo seguía en la ciudad de Bs. As., también llamó avisándonos que ella estaba segura de la inocencia de su novio y que estaba súper avergonzada

V.- ¿Avergonzada con nosotras Celia?

Celia- Ah, no, no… con Fabián, por haberlo acusado así. Estamos aquí abajo en café de la esquina de su casa, por favor bajen para que lo escuchen y vean en sus ojos que dice la verdad.

V.- Ay no querida, mira… yo con que tú estés tranquila (y con el animalito contenido entre tus brazos, pensé), y ya hayas decidido qué creer, yo ya me quedo tranquila y bien, ya yo le di carpetazo a esto y bueno, es una pena.

Todavía me sorprendo de cómo las cosas pasan, todavía reviso este relato y me vienen mil ideas psicópatas a la cabeza, hay unas teorías que indican que ella estaba entrada de todo y que fue parte clave de que todo terminara bien. De que se asustó estoy segura, porque cuando volvió a casa y vio a la policía en el departamento, se puso palidísima, le pude sentir las ganas de desaparecer, le regresó el peso al cuerpo un poco cuando uno de los oficiales nos dijo “mirá no se puede hacer nada”  y después nos aconsejó que juntáramos amigos y que lo fuéramos a amedrentar…

Entre ir o no ir, entre culpar y no culpar, entre eliminar la opción obvia y tirarme a la pileta de las demás opciones aterradoras, entre el día y la noche y los días que siguen pasando, ahora me veo a mi saliendo de casa a las 10 am, dando media vuelta, pararme frente a la puerta blanca de mi departamento, levantar el brazo y darle dos vueltas a la cerradura de arriba y dos a la de abajo.

Me pregunto ahora, ¿quién será la persona que me mire con una sonrisa condescendiente, cuando escuche mi llave contundente amurallar mi departamento de día y de noche?

Tené Cuidado…

V.

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