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La Insoportable Densidad Del Ser De: Mónica beatriz gervasoni
Hay algunos momentos como de iluminación, le llamaría yo, en los que uno puede darse cuenta cabalmente, de lo inevitablemente pesada que es la gente. Nosotros mismos podríamos incluirnos, porque de vez en cuando, cedemos ante la tentación de serlo. Aunque, un punto a nuestro favor podría ser que seguramente la salvedad que nos salva, es la de hacerlo sin querer queriendo. Pero hay otros que son pesados de manera absoluta, premeditadamente y fríamente calculada y lo peor del caso que sin culpa alguna. Porque por ejemplo, ¿qué imperiosa necesidad motiva a estos individuos a tocar el timbre justo cuando uno se decidió a someterse a un merecido placer como es un baño de inversión. Inmediatamente después que uno introdujo su dedo gordo del pie en el agua, que logró poner a una temperatura adecuada, tratando de aquietar los nervios de araña pollito que suele tener, ellos que no vienen nunca, en ese preciso instante, se apersonan. Una profiriendo un rosario de improperios, se envuelve en los setecientos toallones que supo conseguir, que manotea justo a tiempo, y rezando para no enredarse en los propios pies, enfoca hacia la puerta. El o la que toca el portero eléctrico en cuestión, o es sorda o pretende que nos lleguemos hasta ahí, en un santiamén, con suspiro incluido y todo. Consideramos la posibilidad de volvernos a cambiar con la ropa que habíamos dispuesto en el cesto para lavar pero deliberamos y reculamos. Es una misión imposible, debido a la insistente presión que ejerce en nuestro timbre, el dedito que inspira que debamos sublimizar nuestro deseo de amputar. Aunque desconozcamos a quien ejerce esa presión reiterada sobre el sensible timbre. Que dicho sea de paso, suena como la sirena del cuartel de bomberos, el de la policía y de todo el hospital comunitario junto y es capaz de en esos sendos minutos destrozar nuestro sistema auditivo entero además de nuestra paciencia, que a esa altura está bastante ofuscada por cierto. Y llega a su punto de ebullición cuando congelados hasta ser solamente una estalactita cualquiera, y sin otra explicación nos hace señas de que se equivocó de botón. Una siente que junta la frustración del increíble Hulk y el instinto asesino de Jack el destripador. Para colmo cuando nos vemos tete a tete con el agua presuntamente a punto para zambullirnos que puede ocurrir, pues, que por la juramento del pesado equivocado de turno, se nos enfrió hasta decibeles indecibles. Otra suelta de improperios y vuelta a empezar. No sin antes arrancar todos los cables de todo aquello que pueda sonar. Bien una lo logró. Pero se olvidó de apagar el celular que por supuesto no tiene cable, pero que ni por las tapas se le ocurrió pensar de traer a mano porque descontó que no iba a sonar. Pues bien, otra vez la erró. Sonó. Una a las apuradas otra vez sale chorreando agua por los cuatro costados, esperando que justo que sale a buscar el maldito aparato no entre su hija y su hijo con su amigos y la vean a una, cuarentona y como Dios la trajo al mundo. Empieza a maldecir su maldita costumbre de no trabar la puerta con la llave de adentro. Bien en esos menesteres y corriendo como una loca llega a encontrar el dichoso aparatito que en ese preciso instante, que puede hacer, pues, si, bingo, dejó de sonar, debajo de la pila de libros que por supuesto ud. Empapó. Y para colmo de males por si fuera poco, la maldición en el correo de voz, que no se hizo esperar. Bueno, ya que no me querés atender hija, nos comunicamos en la otra vida, mamá. Ya a esta altura del partido hemos renunciado a explicarle varias cosas a la madre que la parió. Así que resignadas, nos encojemos de hombros y nos bañamos con el celular puesto. Fantasías animadas de ayer, de hoy y de siempre, presentan otro catálogo de los inoportunos con ganas. Por ejemplo uno se dispone a limpiar el habitáculo en que una y los otros moran y todos los que estaban haciendo otra cosa totalmente distinta con sus vidas, da la casualidad que confluyen justo con sus actividades en el inicio justo de donde ud. Decidió que iba a empezar a juntar la mugre acumulada. Que por supuesto ninguno de esos ocupados, ocupas de su casa, se ocupó en sacar. Otra insufrible coincidencia que parece hecha a medida y a propósito. No importa la cantidad de habitantes que residan en su casa. A todos se les ocurre, como poniéndose de acuerdo, ir al baño en el preciso momento en que ud. Se dispone a hacerlo. “Mami, te avisé que tenía un cumpleaños y que me tenía que bañar”, dice en con algunas variantes su querida adolescente hija. Pero si faltan como cuatro horas responde ud. Azorada. Y si, mami, son las que precisamente necesito. (sic). El otro amo de casa dirá, querida te apuras porque tengo una reunión y una le dice ¿por qué no te acordaste antes? Porque no sabía que ibas a entrar para depilarte, hacerte baño de crema por todo el cuerpo, teñirte, la manicura, pedicura, baño de inmersión, sauna y afines. El nene por si fuera poco dice, mamá, me hago pis. Y la gata pide comida. Ergo, una tiene que entrar al baño como una ladrona que robó, huyó y la pescaron. No hay otra manera. O camuflada de negro en pleno corte de luz. De otra manera a cualquier mortal que se le cruce le dirá que necesita o bien entrar al baño al mismo tiempo que ud. O bien que necesita algo de ud. O a ud. Misma, imperiosamente. Otros inoportunos de siempre son los que quieren charlar en el momento en que uno menos lo espera. Todos los días una está dispuesta a tomarse unos minutos para ver qué tal está el tiempo y a charlar sobre si encontraron los bueyes perdidos de siempre, o a jugar a los meteorólogos a si va a llover o no. Pero hay otros días en los que decididamente necesita entrar a su casa sin más preámbulo que un hola para no ser descortés. Porque si no ni siquiera eso quisiera decir. A veces que una marca el paso un tanto apurada. Lleva flameando a su hijo y toma la recta final, la puerta del edificio en el que vive se empieza a vislumbrar. Apura el paso y zas, la vecina me saluda con ganas de charlar. Está todo bien, son todos buenos vecinos y los quiero mucho a todos y todas. La saludo amablemente mientras pienso la mejor técnica para fruncirme y que no se note que me estoy haciendo pis encima. Mientras una recapitula en algún lado de la memoria, si aprendió en su largo camino algún antídoto para combatir esas insoportables molestias que provoca la insoportable densidad del ser y guay que no nos manden sus maldiciones, Dios nos libre y nos guarde.
Mónica Beatriz Gervasoni morochaurbana Morochaurbana_67@hotmail.com
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Etiquetas del artículo: Ser, Densidad, Insoportable Fuente: Artículos Gratuitos Online de Articuloz.com Acerca del autor:
Mi nombre es Mönica, soy periodista free lance y escritora. He publicado en la revista Uno MIsmo, kiné, clarín, La nación on line, www.enplenitud.com,www.sosperiodista.com, www.gacetillaspopulares.com
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