Jacinto Leyes: Crítico De Circo
Jacinto Leyes era un joven estudiante de una acomodada familia del pueblo de Tres Arbustos. En realidad en Tres Arbustos consideraban "acomodado" a cualquiera que no anduviera descalzo y comiera más de dos veces por semana, ya que el pueblo era bastante pobre.
Jacinto repartía su tranquila (muy tranquila) vida entre su casa y la facultad donde hacía tres años estudiaba. Tres años llevaba ya estudiando los programas de las carreras a ver si se decidía por alguna.
Cierto día, mientras miraba la cartelera de la facultad con la boca semiabierta y su típica cara de tonto, encontró sentido a su vida. Muy dentro suyo, y escondiéndolo de sus padres, el joven Jacinto siempre había soñado con ser malabarista de circo. Cuando vio en el colorido
afiche que el "Maravilloso Circo de Pekín" se presentaría en su pueblo, decidió luchar por sus sueños dejando de lado las presiones del estudio impuestas por su padre.
Cuando el circo llegó a Tres Arbustos, Jacinto fue decidido a buscar su destino mostrando sus habilidades al dueño del itinerante espectáculo.
La constante práctica a escondidas bajo el viejo sauce llorón de su casa no había rendido frutos. Tantos huevos destrozados contra el suelo, tantas mandarinas aplastadas cual sapo en el pavimento, tantos días de acabar con los brazos dislocados de tanto practicar malabares… Todo había sido en vano. Don Eustaquio Torrejón, el dueño del circo (que lo único chino que tenía era el pochoclero), había desbaratado sus sueños de un plumazo, o más bien de un zapatazo, que dejaría para siempre una pequeña molestia en el cúbito dorsal de Jacinto.
El pobre muchacho volvió a su casa destruido. No podía soportar la idea de ver sus anhelos aplastados en el piso como la reseca hojarasca de otoño o como la bosta del alazán pisoteada por los chanchos. Su corazón fue secándose y su psiquis malográndose hasta el punto que solo le quedaban dos opciones para descargar su creciente odio. Se convertiría en asesino serial o en la otra cosa en la que se convierten los fracasados llenos de resentimiento: Crítico.
Se inclinó por la segunda opción, y ni bien tomó la decisión de ser crítico circense, su espíritu se llenó de una renovada energía alimentado por la sed de venganza.
Así fue pues, que Jacinto consiguió una vieja máquina de escribir y compró una pipa, que según él, le daba un aire más intelectual. Pronto comenzaría a escribir sus críticas de los espectáculos circenses que llegaban al pueblo, y luego de varios envíos infructuosos, el periódico local comenzó a publicarlas.
Al principio las críticas eran un tanto tibias aunque muy malintencionadas. Por ejemplo sobre el "Circo Continental de Tracualeufú" escribió: "Un espectáculo bastante pobre. El único momento que la gente aplaudió fue cuando la ambulancia entró a llevarse al payaso ‘pituto' cuando este cayó desde la cuerda floja sobre el lomo de lo que intentaba ser un elefante. La
climatización deja mucho que desear puesto que la lona no llega a cubrir ni la mitad del techo de la carpa, y al caer la primera helada vespertina muchos espectadores terminaron inconscientes por la hipotermia. Nada que decir sobre los malabaristas, ya que no hicieron nada que pueda denominarse malabares. El resto del show no fue menos patético que el comienzo y lo único original que tenía este circo era el sabor de los pochoclos que se asemejaba bastante al sabor de la caca de conejo."
Así seguiría la línea de las críticas durante casi dos años, período en el cual las notas de Jacinto Leyes se convertirían en una columna fija de "Malos Tiempos", el periódico
sensacionalista local.
La carrera de Jacinto tendría su punto de inflexión el día que regresó al pueblo el "Maravilloso Circo de Pekín". Ese día el joven crítico supo que tendría su venganza. Ese día Jacinto dejaría escapar sus mas bajos sentimientos con cada letra que presionaba en su vieja máquina de escribir derrochando maldad como si sus dedos estuvieran gobernados por el mismísimo Belcebú.
El día de que el circo de Don Torrejón hizo su primera función, Jacinto se presentó con sus mejores galas, su humeante pipa y unos aires de grandeza que jamás se habían visto en Tres Arbustos. El crítico se presentó a ver el espectáculo, pero su crítica ya estaba escrita desde el mismo día en que supo el circo volvería a su pueblo. Al día siguiente del estreno, se pudo leer en su columna en el "Malos Tiempos":
"El Circo de Pekín: una verdadera cagada".
"Quizás el dinero peor malgastado de mi vida. Hubiera preferido pagar para que me violen y
torturen Atila y los Hunos. Dos leones anémicos, un payaso alcohólico y cinco boludos saltando en la cama elástica con la misma gracia con la que mi octogenaria abuela se pedorrea en su mecedora. Me he reído más en la misa del padre Esculapio cuando se hace el boludo y va señalando con la ostia a todos los cornudos del pueblo. Por unos instantes me ilusioné pensando que el Circo tenía un enorme elefante que caminaba en dos patas hasta que me di cuenta que el elefante no era otro que Don Eustaquio Torrejón, el corrupto y degenerado viejo que regentea a estos diez pobres infelices con los ojos maquillados como chinitos. Estimado lector: ¡No se deje estafar! Quédese en su casa contándole las patas a los bichos bolita que se va a divertir mas."
Fue tal el impacto que causó la columna de Jacinto, que a partir de ese día se convertiría en una celebridad. La gente del pueblo esperaba con ansiedad el periódico del domingo para poder leer la crítica de Jacinto Leyes. Los dueños del periódico estaban enloquecidos con su periodista estrella que había llevado la tirada dominical de trescientos ejemplares hasta
la increíble suma de cuatrocientos treinta y dos periódicos.
Al poco tiempo, la columna semanal de Jacinto Leyes sería replicada en varios pueblos vecinos como Totora Seca, Ningunué, Paraje Muerto, Venado Rengo y Ni Pajonales.
Durante años la crítica de Jacinto seguiría la misma línea que había tomado aquel día y solo bastaba leer los títulos de su columna para ver la cruel malicia con la que el famoso crítico escribía sobre cada circo que llegaba al pueblo:
"El Circo delRatón Tito: tan divertido como comer bosta de toro"
"Los Payasos del Circo Pirulín: tres afeminados que querrán comerse cada niño que entra en
la carpa"
"Circo Universal: un universo de pelotudos y psicóticos"
Así seguiría Jacinto escribiendo y disfrutando de su fama hasta aquél fatídico día en que llegara al pueblo "El Circo de Pepe y Pipo".
Como de costumbre, al día siguiente del estreno, "Malos Tiempos" publicó la columna de su crítico estrella. La realidad era que el espectáculo no había sido nada malo y, de hecho, hasta había robado alguna sonrisa a Jacinto. Quizás esta había sido la razón por la cual ese día había escrito la crítica más oscura y maligna de su vida.
Por una razón moral y ética jamás se podría reproducir la última columna de Jacinto Leyes. Lo que sí se puede mencionar es que en su nefasta crítica había puesto especial énfasis en los payasos Pepe y Pipo, dueños y principales animadores de aquel espectáculo.
Lo que Jacinto no sabía era que los payasos Pepe y Pipo eran dos hermanos sicilianos que, como él, estaban llenos de odio y resentimiento. La única diferencia es que los hermanos Corleone habían elegido el camino del asesinato en serie para aplacar el dolor de sus atormentadas mentes.
Al día siguiente de publicada la columna llegó una misteriosa carta de despedida al periódico firmada por Jacinto Leyes donde decía que no estaba dispuesto a seguir viviendo en un pueblo mediocre y que se iría a recorrer el mundo para conocer los más famosos y gloriosos espectáculos circenses.
Así concluía la carrera de Jacinto en Tres Arbustos sin que el pueblo nunca más supiera de él. Muchas fueron las conjeturas que se tejieron alrededor de su partida hasta que luego de algún tiempo comenzó a correrse un rumor que nadie se atrevería a verificar.
Se decía que cuando el Circo de Pepe y Pipo llegó al pueblo de Tacuara Flaca, uno de sus leones cayó enfermo en la veterinaria de Don Gervasio Fuentes. Y luego de una larga y dolorosa agonía el león murió sobre la mesa de operaciones. Sin saber el motivo de la muerte del enorme felino, Don Gervasio lo abrió para hacerle la autopsia y en su estómago
encontró una pipa y una mano cerrada conteniendo una nota en su interior que decía:
"Este león raquítico no va a tener fuerzas ni para masticarme…"
FIN
Más cuentos y relatos en: http://funeralalacanasta.blogspot.com/
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