El Robinjú De Las Pampas
Algunos pocos rayos de luz de la luna llena se filtraban por entre la espesura del monte. El paisaje era un tanto tétrico, aunque combinaba muy bien con el aspecto de Florencio Valiente, quien vagaba sin rumbo dando vueltas por el añejo pinar.
Se lamentaba Florencio de su miserable vida, y maldecía entre dientes a su amigo "el croto" Ortúzar, que lo había convencido de poner un criadero de bichos bolita diciéndole que estos pequeños insectos serían "el alimento del futuro".
Así había llegado a su lamentable y paupérrima situación, luego que el novedoso emprendimiento (y una vida de vagancia) lo llevara a la quiebra. Ciertamente, lo único que se quebró fue el tirante que sostenía el techo de su precario rancho aplastando las pocas pertenencias que poseía. La idea de poner los "almácigos" de bichos bolita sobre el cielorraso de cartón prensado había contribuido, en gran parte, al fracaso de la empresa.
Hacía varios días que daba vueltas por el campo sin saber que hacer, luego de perder su rancho, su empresa y su china; quien quedó sepultada bajo una tonelada de chapas, tierra y bichos bolita. Lo cierto es que prefirió no comprobar el óbito de su esposa y optó por salir corriendo, temeroso que la Gumersinda sobreviviera al desastre y le hiciera sentir el
rigor de ciento sesenta kilos de mujer enojada.
Esa noche, las fuerzas de Florencio se rindieron al pie de un enorme ombú que se había colado entre los pinos. A poco de haber caído al suelo y en un estado casi inconsciente, sus extenuados sentidos lograron avisarle de un inminente peligro. Un fuerte rugido le sugería que un puma había seguido su rastro. Sacó fuerzas de ese lugar que uno saca fuerzas
cuando el culo apretado le dice que está en peligro y se incorporó para huir como buen Valiente. No llegó a ponerse de pié cuando comprobó que el rugido no era otra cosa que su estómago pidiendo algo que digerir. Hacía tres días que venía alimentándose exclusivamente a mate amargo y hojas de ruda.
Fue en ese extremo momento de su triste existencia, que su mente se iluminó con otra estúpida idea que, a su infradotado entender, haría las veces de salvadora epifanía. Se puso firme, infló el pecho y se dijo para sus adentros: "¡Es hora de cambiar el rumbo!"
Florencio sabía que debía dejar de desperdiciar su vida y, para eso, tendría que poner en práctica las enseñanzas de su difunto padre: aprovecharse del esfuerzo de otros para tener una vida larga y saludable. Con el impulso de un nuevo desafío en el horizonte salió
decidido hacia el viejo camino que lo llevaría no solo a la ruta, sino hacia un
nuevo destino.
A poco de comenzar su caminata, sintió nuevamente unos sonidos que llamaron su atención. Esta vez no era su convaleciente estómago. Los sonidos venían de la lejanía. Como buen baquiano de la zona, Florencio apoyó la oreja contra el suelo para identificar la fuente del sonido, e inmediatamente supo de qué se trataba. Era el paso de un tordillo joven tirando un carro con trescientos kilos de carga y ruedas de peteribí reforzadas.
Rápidamente salió Florencio corriendo hacia la ruta para adelantarse al carro y asaltarlo por sorpresa, a la vez que se quitaba las decenas de hormigas coloradas que se le habían prendido de la oreja cuando la apoyó sobre el hormiguero.
El carruaje llegó a la emboscada de Florencio, donde éste lo esperaba intentando desenganchar su camisa de una rama que amenazaba con quebrarse. Al ver la patética imagen de Florencio enroscado entre las ramas del árbol, el conductor del carro paró y le ofreció ayuda.
- ¡Cállese! – Gritó Florencio. – ¡Esto es un asalto!
Las carcajadas del viajante no se hicieron esperar. Tan grotescas fueron las risotadas que
propinó al improvisado ladrón, que las vibraciones terminaron por romper la rama que sostenía a Florencio. Tal fue la mala suerte para el conductor del carruaje, que la rama golpeó su cabeza y lo mató al instante.
Nunca había sido la intención de Florencio matar al pobre hombre. Pero el daño ya estaba hecho y, aún apesadumbrado por lo que pasó, comenzó a comer de la gran carga de frutillas de exportación que llevaba el carruaje, sólo para poder tomar fuerzas y dar cristiana sepultura al muerto.
Con la boca roja y la panza llena, el involuntario asesino tomó una pala y comenzó a cavar. No tardó más de diez paladas en darse cuenta que estaba intentando hacer una tumba sobre una veta de dura piedra caliza. Así pues, tiró el cadáver del carro y lo dejó a un costado del camino. Después de todo, Florencio no sabía si el buen hombre era cristiano y, no conociendo las costumbres funerarias de otras religiones, prefirió no ofender sus
creencias.
Pasado el contratiempo, Florencio se subió al carro (que en realidad era un carromato viejo tirado por dos percherones más anchos que altos) y decidió dirigirse hacia un poblado a cien kilómetros de allí: Ñandú Chueco.
Tardó poco más de tres días en llegar, y ni bien estuvo en las puertas del pueblo, se le ocurrió otra de sus brillantes ideas. Ñandú Chueco era un pequeño pueblo productor de cebollas y, como tal, solo se alimentaban de ellas y de alguna que otra liebre que cazaban. Cuando Florencio llegó a la plaza central (y única), contó una increíble historia ante los
pueblerinos que lo rodeaban embobados por su maravillosa carga.
Así entonces, el quebrado "bichobolitero" les contaría a los locales que había robado el sabroso cargamento a una maligna corporación exportadora de frutillas y que se los regalaría a ellos para que saciaran su hambre de cualquier cosa distinta a la cebolla. Obviamente, Florencio no daba puntada sin hilo: sabiendo de la hospitalidad pueblerina, pronto se vio rodeado de halagos, regalos y un fogón con
setenta y ocho liebres al asador.
Luego de algunos días de aprovecharse de los agradecidos ñandutences, se dispuso a seguir viaje, no sin antes asegurarse que le regalarían una carga completa de cebollas. Dos días más tarde, llegaría al pueblo de Cururú Popó, donde contaría la misma historia que en el pueblo anterior, pero cambiando frutillas por cebollas. Nuevamente aprovechó la hospitalidad de los lugareños por unos días y partió con un cargamento del producto local: dulce de tuna.
Así fueron pasando los meses y el incansable Florencio viajaba de pueblo en pueblo mientras se tejía una leyenda alrededor suyo: las historias de Florencio Valiente, el Robinjú de las Pampas…
Todo seguiría así por algún tiempo, mientras el falso Robin Hood disfrutaba su fama y los inocentes pueblos lo alimentaban y veneraban como a un Dios. Hasta que cierto día, harto de viajar, Florencio "Robinjú" Valiente decidió volver a su pueblo a tirarse panza arriba para
disfrutar de la pequeña fortuna que había amasado al vender todos los regalos que recibía.
Al llegar a la entrada de su pueblo, vio atónito como el paupérrimo cartel de chapa que recibía a los visitantes había sido reemplazado por un enorme cartel luminoso que cruzaba el acceso con una parpadeante leyenda: "Bienvenidos a Guanacumay, Capital Nacional del Bicho Bolita".
Un tanto ofuscado pero con singular curiosidad, el retirado Robinjú Pampeano se apresuró a entrar al pueblo y dilucidar lo que allí había pasado. Ni bien se fue adentrando por el caserío, las miradas comenzaron a impacientarlo. Sus viejos vecinos lo observaban con una mezcla de asombro, desaprobación y temor. Cuando estuvo en la puerta de la pulpería, Florencio bajó del carro, pero no llegó a apoyar el segundo pie en la calle cuando fue lanzado unos tres metros por un terrible y certero cachetazo. Desde el suelo y aún desorientado, pudo distinguir la enorme figura que tenía adelante suyo: su amada Gumersinda.
Según se enteraría luego, el día que Florencio dejó su hogar, llegó una gran multinacional al pueblo interesada por la cría de bichos bolita. Gumersinda, que había sobrevivido al accidente con los almácigos, pronto supo capitalizar el interés de los gringos e hizo del pequeño emprendimiento de su prófugo esposo, un millonario imperio productivo.
De nada sirvieron las promesas y ruegos de Florencio Valiente cuando su despechada esposa decidió vengarse. Y aunque el directorio de su empresa la convención de no ajusticiar al decadente Robinjú, ella supo darle un destino quizás peor que la misma muerte. Lo nombró encargado de "control de calidad". Y aunque el título no sonara como un castigo, en Gumersinda & Co. el puesto consistía en testear el sabor de cada cosecha.
Así fue que, con el paso de los años, el apodo de Robinjú de las Pampas fue desdibujándose y quedaría en la memoria del pueblo como "el hombre bola de Guanacumay" o simplemente: "el boludo de Florencio".
FIN
Moraleja: Si a tu esposa la aplasta una tonelada de
bichos bolita, verifica que realmente haya muerto.
Otros cuentos y relatos en: www.funeralalacanasta.blogspot.com
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