El Hombre Que Se Reía Del Amor

Posteado: 17/09/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 218 |

EL HOMBRE QUE SE REÍA DEL AMOR

 

Se llamaba Deogracias.

Deogracias Sanlúcar Sotogrande pero, mira tú por donde, todos le llamaban Manolo y era de Barbate.

Había nacido un poco antes de la guerra civil, cuando todavía Barbate era de Vejer de la Frontera.

Cuando su madre salía de la pobre casa de única planta en la que vivían, para indagar en dónde estaba y gritaba “¡Deooograaaaciaaas!” todos los niños del barrio del puerto respondían riendo “Manolo, Seña Engracia, Manolo”, “Manolo, se toca el bolo. Manolo, se toca el bolo. Manolo, se toca el bolo” y echaban a correr.

“Os voy a dar” completaba la escena la madre de Deogracias blandiendo el atizador.

Pero todo el mundo sabía que no era cierto que les fuera a pegar.

Deogracias, odiaba al nombre que le habían colocado en la pila bautismal como homenaje a un tatarabuelo que había luchado en Trafalgar a las órdenes de Alcalá Galiano y eso que Deogracias Sanlúcar Bajo de Guía, artillero en el “Bahama”, era lo más importante que había existido en la familia y estuvo a punto de ser enterrado en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando.  

Por eso se había apartado, en lo que es posible, de los rapaces de su edad, habiendo aceptado como mal menor que le llamasen Manolo el del Bolo.

Todos los del barrio festejaron la independencia de Barbate respecto de Vejer en  1938 y hubo actos de adhesión inquebrantable cuando tras la guerra civil, en 1940, pasó a llamarse Barbate de Franco.

Deogracias era todavía muy pequeño pero se acordaba.

Su padre, Francisco Sanlúcar Expósito, no quiso que Deogracias anduviese a la mar ni que consumiese su vida en un saladero de mojama, así que en cuanto el niño tuvo edad, y él pudo, lo envió a la escuela de Don Etéreo que daba “permanencias” suplementarias por un módico extipendio adicional.

Don Etéreo Azuqueca Gómez, natural de Jadraque (Guadalajara), que se había quedado por allí de cuando el Alzamiento, era un maestro de los de antes o sea que sabía mucho pero pasaba mucha hambre. Don Etéreo, nombre nada común que se lo había puesto su madre, aunque le tuvo que añadir María para que se lo aceptase el señor cura, porque cuando nació era pequeño y casi transparente, tenía lo que se llama o llamaba “ojo clínico”.

“¡Tiene un ojo clínico!” se decía con admiración.

Entonces.

  1. Ahora no se dice “¡Qué analítica tiene!” porque se estarían refiriendo al paciente y la cosa en cuestión podría ser buena o mala, según las negritas que saliesen.   

Pues bien, el señor maestro Don Etéreo María Azuqueca Gómez, más conocido por “Pedoventoso” por aquello de Etéreo (y es que hay que jorobarse con los motes de los pueblos y los nombres que ponen algunos progenitores que es que parece que los van pidiendo) coligió enseguida que Deogracias estaba hecho para estudiar y se lo dijo a su padre.

- El niño, tiene maneras… – dijo mientras se tomaba el cafelito aguado del bar de Cicerón Aracena Reyes de mote “El Redes” por lo que se enredaba al hablar.

- ¿De qué…? – preguntó Francisco Sanlúcar Estero, álias “El Ijadilla” por el asunto de la mojama, más que nada.

- Pues yo creo que va para cura.

- Para cura de ninguna forma, que lo digo yo…

- Pues ahora con Franco no es mala carrera… - insinuó el señor maestro.

- Otra cosa, señor maestro. Dígame otra cosa.

- Médico. Pero es caro. 

- Ya.

- Claro que…

- ¿Qué…?

- Una cosa intermedia.

- ¿Cuál?

- Practicante. Se ganan bien la vida y es una cosa que se aprende rápido y barato.

- ¿Y eso dónde se estudia?

- Tendría que ir a Cádiz…

- ¡Uy!

- Ya. Pero podría estar de pensión en casa de mi hermana Fuencisla que tiene, a veces, huéspedes, que está la cosa muy achuchada en esta postguerra que Dios nos ha dado.

- ¡Ea, entonces! ¿Cuándo empieza?

- Déjeme que me entere. Yo le avisaré.

Y así, sin consultarle, al igual que le había pasado con su nombre de pila, Deogracias Sanlúcar Sotogrande se vio metido en el camino de lo que se llamaba entonces Señor Practicante, rey de las igualas, príncipe de los pinchazos, sinapismos y cataplasmas, mago del azulado fuego alcohólico purificador de agujas y otros artilugios, miembro de esa perfecta y misteriosa cadena de médico, farmaceútico y practicante.

Es curioso que médico y farmaceútico tuvieran otros nombres tales como doctor, galeno, matasanos o boticario y el practicante no.

La Señá Engracia, nacida Engracia Sotogrande Olivares, lloró cuando su hijo único se dispuso a subir a la camioneta de Felipe “el Bielas” que le llevaría al Puerto de Santamaría, para enlazar allí con la de Julián “el Pijadillas”, mote que se debía a que había jugado en el Portuense F.C. y tenía un regate fino con la izquierda hacia el exterior predecesor de la “bicicleta”, que le dejaría en Puerta de Tierra en Cádiz.

Y no era de extrañar porque Engracia se quedaba sola. Deogracias era su único hijo. La habían desgraciado en el parto y se había quedado sin la posibilidad de nuevos embarazos y el niño se había salvado porque Dios lo había tenido a bien.

Su marido era un hombre y los hombres ya se sabía. Pan, salazón y manzanilla.

Así que Engracia lloró.

- No llore, madre. No llore, que enseguida volveré aquí.

- ¡Hay tantos peligros, hijo! Y yo estaré aquí, sin poder defenderte.

- No se preocupe, madre. Yo me río de los peligros…

- Pero las mujeres…

- De ésas también me río...

Y se rió.

No es que Deogracias fuese de tendencias mariquitas, que es lo más que se podía decir entonces, porque maricón era pecado, homosexual no se conocía demasiado y gay no se había inventado aún. No. Simplemente pasaba de las mujeres como había pasado de sus  amigos del barrio. Quizá la Rosariyo “la trenzas” hubiese podido ser una excepción. Pero Deogracias se había reído también.

La Señá Engracia hizo la señal de la cruz en la frente de su hijo y éste besó sus mejillas. Luego se fue hacia su padre que estaba haciendo de tripas corazón, porque “hombres son hombres” y besó su mano. Paco “el Ijadilla” no pudo contenerse, le dio un fuerte abrazo y a hurtadillas un billete de veinticinco pesetas. “Que no se entere tu madre que va a pensar que te lo gastarás en mujeres” sursurró.

Los amigos de la barriada dijeron adiós con la mano. Manolo el del Bolo se marchaba a Cadiz a estudiar practicante y eso jodía de envidia. Eso saltaba todo el escalafón del barrio, así que allí estaban diciendo adiós, aunque les jodiese. Había que comprobar si aquello era verdad o mentira. Verlo para creerlo.

Cuando la camioneta arrancó, Deogracias se hizo el firme propósito de que en adelante se llamaría Manuel Sanlúcar Sotogrande y que solo atendería por Manuel o, todo lo más, por Manolo. Deogracias quedaba atrás. En la autorización paterna, necesaria entonces para desplazarse a los menores y que luego servía para tener la cédula de identificación, en el poco espacio que quedaba antes del Deogracias puso Manuel y se quedó tan ancho. Manuel Deogracias Sanlúcar Sotogrande. Lo de Deogracias ya lo iría quitando poco a poco.

La vida de Manolo en Cádiz fue manifiestamente cómoda. La casa, que no fonda, de la Señá Fuencisla, la hermana de Don Etéreo, de mote “La Figones” porque durante la guerra había sido cocinera en un bar de la plaza de San Juan de Dios, daba al mar y se comía bien. La habitación de Manolo, al que empezaban a llamar “el Jeringuilla”, tenía jofaina y espejo y el baño al lado, lo que era una ventaja en los días en que se había pasado de fino.

Alguna vez se venía a Cádiz el señor maestro y le traía noticias de su familia, acompañadas de buenas mojamas.

Otras iba él a Sanlúcar y se traía menos noticias y más mojama.

Y es que la mojama de Manolo hacía mella en los paladares de sus compañeros practicantes y había conseguido algún aprobado raspado en determinadas ocasiones.

Lo único malo en aquella vida de estudios, toros y tabernas era la presencia en la pensión de Mariquilla.

Mariquilla Pérez Coto, unas veces “la Pelos” y otras “la Alpujarreña”, dependiendo de quien la llamase, “cuerpo de casa” de la pensión, era una morena de ojos verdes y armas tomar que la había tomado con Manolo.

No es que fuese la mujer de Putifar, porque apenas si le quedaba tiempo con el trajín de la casa al que le sometía la “Señá” Fuencisla, pero en ello andaba.

Manolo se reía y la rehuía, por no decír que huía. Había oido acerca de lo de montarse a una mucama y de los peligros que traía en la España católica – apostólica – romana ese género de acomodamientos. Además, en la escuela, habían empezado a estudiar el tratamiento de las venéreas y la cosa no iba de bromas, que los jeringazos, según había comprobado en las prácticas, estaban a la orden del día y hacían daño.

Y vaya usted a saber cómo estaba “la Pelos” en sus partes pudendas, porque lo del baño no se había inventado ni en la playa.

Y un día, casi sin haberse dado cuenta, se encontró con un pergamino que decía. “Por cuanto S.E. el Jefe del Estado y en su nombre el Ministro… etc, etc. se reconoce a D. Manuel Sanlúcar Sotogrande el título de Practicante…etc.etc.”

Manolo, en otros tiempos Deogracias, se rió de todo y no dudó en pillarse, en femenino, una pea, borrachera, cogorza, curda, juma, melopea, merluza, mona, moña, pítima, tajada, tranca, turca o, en masculino, un pedal, pedo, tablón.

Tenía ya en sus manos el título de aquello que en el reinado de Isabel II, allá por los años 1857, se creó como carrera de Practicante en Medicina y Cirugía, potenciada posteriormente por RR.DD. de 26 de abril de 1901, 31 de enero de 1902 y 10 de agosto de 1904, confiriéndosele la facultad de la asistencia a partos normales. Ya era un profesional liberal que podía prodigarse tanto en el ámbito hospitalario como en el privado, cotizando a Hacienda y atendiendo a sus clientes en su propio despacho, de igual forma que se desenvuelve su superior inmediato, el médico.

Y volvió a Barbate.

La “Señá” Engracia pasó a ser inmediatamente la madre del señor Practicante y Paco “el Ijadilla” el intermediario para cuando sus amigos tenían algún conflicto con las ladillas o con la supuración de pito.

Deogracias ya convertido en Manolo, sin el “Bolo” por supuesto, abrió consulta en un bajo de unas casas nuevas de protección oficial en la calle de General Yagüe esquina a General Moscardó, poniendo sobre la puerta de cristal esmerilado un rótulo que decía “DISPENSARIO” en letras grandes y en más pequeñas y cursivas “Ldo. Sanlúcar Sotogrande” y allí atendía, después de la siesta, de 17 a 19, con su bata blanca, a los casos de vacunas, callosidades, eccemas y otras cosas que no requerían desplazamiento urgente.   

El negocio iba bien porque el pueblo iba bien. La flota atunera no paraba.

Manolo, no tuvo más remedio que contratar a una meritoria para que atendiese en la sala de espera y cobrase las igualas o las visitas, aunque casi todos eran de lo primero.

La meritoria en cuestión se llamaba Socorro Alcalá Jiménez “la Soco” y había terminado la escuela hacía un par de años más lista que el hambre. Ahora estaba estudiando Secretariado por correspondencia. La “Soco” intentaba, vanamente, hacerse con el jefe.

- Don Manué – le seguía con cualquier excusa con un papel en la mano – que la Antonia, la mujé del patrón del “Dios te Salve” no ha pagao la iguala…

Y cosas parecidas.

Manolo, se reía, porque adivinaba las intenciones de Socorrito.

Era muy joven aun y no estaba preparado para el amor.

Además, Socorrito era la novia de Antonio Arribas Alcántara, su más odiado enemigo del barrio, cuando mozuelos, y a la sazón Jefe Local del Movimiento con puesto fijo tras la Virgen en la procesión de fiestas.

No era cuestión de jorobarse por política.

Un día pensó que debía ampliar su radio de acción. Se iba a sepultar en Barbate, como siguiera así.

Se lo dijo a su madre.

- ¡Ay, hijo! ¿Dónde vas a ir que estés mejor que aquí? – lloriqueó un tanto.

- No madre, si no me voy. Me quedaré aquí, al menos por el momento. Voy a dar servicio a los pueblos de al lado…

Y Manolo se compró una moto Guzzi y se lanzó por aquellas carreteras que ni siquiera habían conocido el Plan Primo de Rivera.

Y anduvo por Caños de Meca, Conil, Vejer, La Muela, Zahara, El Almarchal y otra serie de pueblos, cortijos y similares.

No le faltaron proposiciones, no.

Pero era muy joven aun y no estaba preparado para el amor.

Mas…, que dice el señor cura, a veces suele pasar.

Ocurre eso que llaman “improntu”.

Aquella mañana de inicios de verano, entre la panda de “veraneantes”, como se llamaban entonces a los que iban a pasar los maravillosos tres meses de verano, Manolo se fijó, mientras cogía la moto para un aviso, en una quinceañera de falda azul, blusa blanca y cabello moreno, repleto de rizos.

A veces suele pasar.

Esta vez, Manolo no se rió.

Manolo se quedó mirando aquella risa que salía de la morena.

Era bonita aquella risa. Mucho mejor que la suya.

Luego, pensó y arrancó la Guzzi.

La morena miró y saludó con la mano a Manolo mientras se alejaba tras sus compañeros.

Manolo, antes “el Deogracias”, “el del Bolo”, “el Jeringuilla”, se quedó mirando hacia la esquina tras la que había desparecido la morena y se fue a poner la lavativa, irrigación o enema a la Hermana Virtudes de San Francisco del Convento de las Clarisas de Conil de la Frontera.

Cuando volvió del servicio hizo las averiguaciones pertinentes con el Señor Alcalde, Cesáreo Altramuces Salinas, álias “el Salivilla” porque la dentadura le jugaba malas pasadas al pronunciar las efes.

La morenilla en cuestión era una veraneanta de Cádiz y se llamaba Carmela, Carmela Alba de la Bienquista y Gómez del Plantío, más conocida en Barbate como Melita “la Gaditana”.

Y Don Manuel Sanlúcar Sotogrande, el Señor Practicante, antes “el Deogracias”, “el Bolo”, “el Jeringuilla”, pasó a ser sin que nadie se diese cuenta, o sea en la intimidad, Manolo “el ojos tiernos”.

Manolo, demoraba sus viajes para poder ver a Melita cuando iba a la playa y hacía otras cosas de índole amatoria a las que se vé uno obligado involuntariamente cuando se ama en silencio, porque él, oficialmente, seguía riéndose del amor.

Llegó el final del verano y un día Manuel se dio cuenta de que estaba mirando hacia la nada.

“Bien - se dijo -  puedo seguir riéndome del amor”

Dejó los viajes en moto y amplió la consulta con un par de chiquitas de Zahara que habían estudiado manicura y pedicura, respectivamente, también en una academia de enseñanza por correspondencia y se dejó seducir por la amistad de Antonio “el Bananas” que era contramaestre de la motonave “Sil” en la línea “Pinillos” que traía los plátanos de Canarias.

Antonio Bermúdez Jumilla, de mote “el Bananas”, era un cachondo curtido en setenta puertos de los siete mares. O sea infinito, como se decía antes, cuando en un evangelio dice Nuestro Señor a Pedro “Hay que perdonar setenta veces siete”. Cuando atracaba en Cádiz, Antonio se iba para Barbate y ya empezaban a ser famosas las andanzas de Manolo y Antonio.

Y de nuevo el señor Practicante se empezó a reir del amor.

Todo acabó cuando Manolo tuvo un encuentro con Don Acisclo Fontefría y Martínez de la Riva, Procurador en Cortes por la provincia y padre de Margarita y Joaquina y viudo de Ramonita Trigueros Emparanza.

Don Acisclo, de paso por Barbate camino de Tarifa, en donde debía leer el pregón de las Justas Poéticas de La Rosa, tropezó con el practicante porque se le había reventado un callo en el dedo pequeño del pié izquierdo.

Y entablaron conversación.

Margarita y Joaquina, sus hijas, eran buenas pero no agraciadas y Don Acisclo creyó ver en Manolo una oportunidad para colocar a una de las dos. Estudios, negocio seguro y, por lo que pudo colegir, poco mujeriego o, incluso, virgen aún.

Por lo tanto invitó a Manolo, y a su madre claro, a las Justas.

Y cuando Manuel Salúcar Sotogrande salió de Tarifa de vuelta hacia Barbate, lo hizo con su madre, con la mano de Joaquina Fontefría Trigueros y con la firme promesa de un cortijo en Alcalá de los Gazules, promesa que se haría realidad el día de la boda. 

Cosas de la vida, él que se reía del amor.

Lo que ocurrió un par de años más tarde fue que Joaquina, la más agraciada de las dos hermanas Fontefría, o sea la menos fea, la señora de Sanlúcar, de salud quebradiza, falleció antes de que pudiera dejar descendencia. Unas inoportunas tercianas la pusieron bajo la losa del panteón familiar.

Y Manolo, aunque dolorido, volvió a reirse del amor.

La historia no hubiera dado para más si no fuera porque existen las casualidades.

Cincuenta años más tarde, en Madrid, Melita “la Gaditana” entraba en unos grandes almacenes a comprar algo para el cumpleaños de una de sus nietas.

Y en ese diálogo, clienta – dependienta, que unas veces existe y otras no, mira tú por dónde, ocurre que la vendedora Sagrario Azahara Medina resulta ser nieta de Margarita Fontefría Trigueros o sea sobrina – nieta  política de Manuel Sanlúcar Sotogrande.

Melita dice:

- Pues mira tú que yo conozco a Manolo el Practicante.

Y Sagrario, Sagrarito, va y se lo cuenta a su tío - abuelo Manolo, porque las relaciones no se habían perdido, que el practicante había sido un buen yerno para Don Acisclo y había instruido en las artes amatorias a su cuñada Margarita en alguna que otra reunión familiar, eso sí riéndose del amor, hasta que ésta casose con Epifanio Pumares de la Ribera y Fernández de Soncillo, otro Procurador en Cortes, éste por la provincia de Asturias.

Dicen que los “revivals” no son buenos.

No sé.

El caso es que Carmela Alba de la Bienquista y Gómez del Plantío, más conocida en Barbate como Melita “la Gaditana”, y luego en Madrid por Doña Melita simplemente, se había casado, hacía ya muchos años, con Porfirio De la Berzosa Hontanares.

Hombre serio y religioso Porfirio, posteriormente padre y marido ejemplar, había aparecido un día por Cádiz en su calidad de Delegado de Aduanas. Y Carmela no dudó en bailarle el agua a su padre, Jefe de la Delegación Provincial de Extensión Agraria, Don Joaquín Alba de la Bienquista y Tormes, para que invitase al nuevo aduanero a los saraos familiares.

Una vez contraído matrimonio en la Catedral de Cádiz, llamado por más altos destinos, Porfirio llevó a Melita al brumoso norte en La Coruña.

Después de Tarragona, Valencia y Cartegena Porfirio y Melita  recalaron definitivamente en Madrid acompañados de sus dos retoños, ya crecidos, Epifanio y Bienaventurada De la Berzosa Alba de la Bienquista o sea Epi y Ventura, quienes a su vez engendraron, cada uno con su correspondiente por supuesto, a Carlota, Caridad, Carmen, Carolina, Carlos, Carmelo y Carpórforo. Parecía que había una fijación familiar hacia el “car” que, como todo buen crucigramero sabe es el “extremo inferior y más grueso de la entena”.

Melita, añoraba sus playas de Cádiz. Barbate, Sanlúcar, Chiclana, La Barrosa, la Victoria, Conil…

Melita añoraba el sol e incluso los días de levante brumoso...

Melita añoraba las puestas de sol en Bajo de Guía con el Guadalquivir fluyendo majestuoso, los esteros en los caños, las flores de Chipiona…

Melita añoraba los carnavales, las murgas, las doraditas a la brasa, la tortillita de camarones…

Porfirio De la Berzosa Hontanares era hombre serio, religioso, padre y marido ejemplar… pero de tierra adentro. Más parecía un aduanero de Fuentes de Oñoro que de los puertos en donde había estado.

A veces te dejas deslumbrar por los robledales y los hayedos.

Son cosas que se piensan “a toro pasao”.

Y Melita se enteró por “Sagrarito” Azahara Medina, nieta de Margarita Fontefría Trigueros, que Manuel Sanlúcar Sotogrande vivía aun.

Y viceversa.

Fue un aquello “de lo qué pudo haber sido y no fue”.

No pudo existir un “Volver a empezar”, que rodó después Garci, por el simple hecho de que nunca había empezado cosa alguna.

Melita se lo pensó, claro, antes de coger el teléfono.

Pero puede más el retorno a la juventud.

Puede más que el marido, los hijos, el trabajo…

Es recuperar algo que fue tuyo, solamente tuyo, de ninguna otra persona de las que después, o sea ahora, te rodean. Es la curiosidad por saber lo que la vida dió a cada uno.

Melita se lo pensó. No sabía si estaba haciendo bien

- ¿Eres tú, Manolo? – fue lo primero que dijo mientras pensaba, por aquello de la autodisculpa, que Porfirio también, quizá, habría tenido alguna situación igual.

Una vez, y bastantes más, Manolo, Deogracias, Sanlúcar Sotogrande se había reído del amor.

No era seguro que se riese ahora.

 

 

 

 

 

 

 

 

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    deogracias versus manolo

    Ras

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