Dentro De Taxis Y De Poleras

Posteado: 17/07/2010 |Comentarios: 0 | Vistas: 37 |

Dentro de taxis y de  poleras

           

                         (Dedicado a mi sobrino Adrián quien fue el inspirador de este relato)

 

     La semana pasada  estuve en  Buenos Aires, y entre otras actividades me dediqué  a perder tiempo  andando de acá para allá  metido en taxis.  Otro  viaje más  donde  vuelvo  a  corroborar la diferencia entre las magníficas fotos de los hoteles por Internet con  la triste  realidad de las habitaciones. Otro viaje  en el que vuelvo a  corroborar el original espécimen que es el taximetrista argentino con sus  infinitos conocimientos deportivos , sitios clandestinos donde  comprar barato  ropa de marca, y  por sobre todo, lo empapados que  están  en   política y  absolutamente  pendientes de  la vida del  presidente, senadores  y cada uno de los gobernadores provinciales.

  La  primera  regla de oro  que cumplen siempre es recibir al pasajero con   la radio a todo volumen,  no importa quien  quede sordo. Puede ser  música,  algún relato futbolístico,  o  esas  profundas polémicas  entre panelistas aportando temas  de real trascendencia para la sociedad,  como  los sentenciados  en Showmatch y el rival  de Ricardo Fort  en su última pelea.

  La segunda regla  que respetan con solemnidad es el bocinazo a cualquier automovilista  que cometa el mínimo error  o se demore más de medio segundo para  salir del semáforo. Para ellos las cebras de las esquinas son señales que indican:

 "Acelere por favor, si mata a alguien quédese tranquilo que fue culpa del peatón, usted nunca va a ir preso"

   La cantidad de años  al volante, lejos de haberles dado calma y paciencia para enfrentar  la jungla de cemento, los ha convertido en polvorines listos  a explotar ante el  menor conflicto. Tanto el  dale boludo  como  el  apurate  pedazo de pelotudo son  moneda corriente, digamos un billete de cinco pesos, y vociferados  a diestra y siniestra cada jornada laboral con  absoluta naturalidad, como quien  saluda con un  buen día o al llegar  a  su hogar pregunta  qué hay para cenar. Todas las  palabrota son válidas, no hay ninguna que se inhiban de espetar  ni siquiera cuando llevan clientes del sexo femenino.

  

    Salí de  la terminal de Buquebus  y paré un taxi.  Todo mi equipaje era  una  valija mediana y le  había metido  poca ropa  ya que  iba sólo por dos días, pero también  para ver si sirven de algo los consejos de Don  Borges.

El taxista si bien se bajó,  saltaba a la vista que lo hizo de mala gana.  Abrió el  baúl y,… ¡oh sorpresa!:

         Tal vez hubiese  lugar  para un bolso deportivo o una "chismosa"  de almacén con medio quilo de kiwi a  lo sumo.                                          

   Mi valija hizo su  mejor esfuerzo, pujó y pujó cual  parturienta al final de la  semana cuarenta, pero sin  la mínima posibilidad de ingreso, pues  una garrafa de gas ocupaba más de la mitad del espacio. El sector izquierdo lo cubría un balde lleno de herramientas, la campera de abrigo a la derecha, y en el centro  la rueda auxiliar completamente lisa y desinflada.  Valija  al  asiento delantero, y en caso de pinchar,  tragedia  absoluta.

   Al  entrar sentí  en el ambiente   un  penetrante olor  a grasa  de auto mezclado con el  de  muchos  cigarrillos negros. Me tapé la nariz  para que se me impregnara lo menos posible,   y me puse a observar  en el interior algunos  elementos decorativos que pretendían  ayudar al vehículo a estar  mejor  "tuneado".

     Del espejo retrovisor colgaba el clásico rosario, y  un diablito vestido con camiseta   roja  portando  un símbolo  en su pecho  con  la sigla C.A.I.  Sobre el tablero, un pequeño portarretrato imantado con tres fotos de  esposa e hijos, y debajo la frase:

"NO CORRAS PAPÁ, TE ESPERAMOS".

Busqué a mis espaldas  y sólo estaba el plumero, pues  el leoncito que mueve  la cabeza   de seguro se escapó a Sudáfrica a encontrarse  con  Zakumi, la mascota oficial (¿se habrán conocido chateando en Facebook durante el mundial?).

   Y ya  nos acompañaba en los parlantes  el potente sonido de bandoneones,  luego el  piano  y  al final   ingresó el grupo de violines, mientras el cantante  se esforzaba por imitar  a Julio Sosa   aunque con escaso éxito.

     Sólo  para que bajara los decibeles  traté  de abrir el diálogo con la infalible pregunta  de cómo anda  la cosa  en el gobierno.

Tarea cumplida, bajó la perilla.

(Varios segundos de silencio, parecía  estar eligiendo la mejor respuesta)

 

_"Mire maesstro, la corrupción  de esste paíss  se ve en todos ladoss, dessde lo más alto hassta lo máss bajo. A  loss políticos tendrían  que meterlos presos a todosss, acá el sisstema essta  repodrido.

Él era peronisssta a muerte, pero arrepentido de haber votado a esta manga de  chorrosss. Y no solamente conocía la cantidad que  llevaba  robada el gobierno  actual, sino que también  lo  saqueado  por los últimos tres  anteriores. Hablaba  con   la seguridad  y   firmeza  de quien domina  los números, como si un  espía   dentro  La Casa Rosada  le  hubiese mostrado  documentos clasificados.  Cuando le pregunté  si tenía informes concretos, respondió con naturalidad que había elaborado  un ranking  de desfalcos:

     _Los Kirchner  se chorrearon  quinientosss  paloss.

_ ¿Usted me habla de millones de,… pesos?( puse voz de tontito)

_¿Ma qué pesosss?, ¡DÓLARESSS  MAESTRO!!!  contestó, al tiempo que juntaba las yemas de todos los dedos de su mano derecha.

_¿Y Menem? , pregunté con falso tono de interés.

_Mil  palos.

_ ¿De la Rúa?

_  No,  ¿ese essstúpido  qué se va a afanar? No llegó ni a cincuenta paloss.

¡Asombroso!!   Me respondía  con la velocidad del Sheriff  al desenfundar su arma contra los forajidos  en aquellos épicos duelos  del Lejano Oeste.

Quedé pasmado, pensativo.  Bueno al menos De la Rúa   tenía  valores  morales,  era  de códigos y  con ética.  Comparado con los otros dos, cincuenta millones no es nada ¿verdad?

  Y  el tipo  manejaba las cifras al  centésimo. Menem  no se había  robado  ni novecientos ni mil doscientos, la justa habían sido  mil  millones  exactos, ni un peso más ni un peso menos. Llegó a mil millones y paró. Stop, hora de retirarse.

  

               Me devanaba los sesos, ¿cómo un simple trabajador de  taxi  pudo  acceder a  datos tan precisos y actualizados?  Este hombre era oro en polvo para la  CIA,  y  yo el único privilegiado  con quien  compartía  sus intimidades. De haber tenido un grabador en ese momento dejábamos  a Watergate como simple chusmerío de Intrusos, como lío entre vecinos.

     En mi mente el lado salvaje se moría de ganas de acusarlo de fantasioso e infantil,  aunque preferí guardar silencio porque había venido a disfrutar, no a calentarme. Pero  con el tráfico  porteño deteniéndonos  a cada minuto esto iba para largo, así que  busqué  cambiarle abruptamente de tema.

      Esa mañana  temprano en el barco había estado hojeando el diario,  por lo que  un par de  mis neuronas  olvidaron  almacenar  la palabra piqueteros.   Acá si yo pagaba el viaje, él debería  gastar  algo de saliva en cosas que me agradaran a , no a él.    Él y sus  juicios no  eran importantes. Sólo los míos lo eran.  Acá se iba a hacer mi voluntad

  Con voz firme y autoritaria  pedí  que opinara  sobre Botnia y  ese  amor  devoto que  le profesa el pueblo de Gualeguaychú. 

Contestó  algo breve, aunque  nunca voy a saber qué fue, pues  justo se iniciaba  en la radio  un nuevo dos por cuatro  a cargo de Gardel y  su team de guitarristas.

      Él tampoco oyó mi pregunta o comprendió cualquier  otra cosa, porque  casi sin tomar aliento se  largó a disertar  sobre el  grave mal  que  causa  la diabetes.  Punto. Fin del diálogo, el tema Botnia terminó antes de empezar.   Sacó la jeringa  y sin pasarme ni  un poquito de alcohol   me vacunó  en frío.  Necesitaba conversar de diabetes, era  su hora de terapia y  no había tenido con quien desahogarse. Alguien lo iba a escuchar, alguien  le oficiaría de esponja absorbente. Lamentablemente me tocó estar en el momento equivocado, en el taxi equivocado,…… y perdí como en la guerra.

    Nunca podré entender  con claridad si él o qué pariente tuvieron, tienen o tendrán exceso de azúcar en sangre, pero encontraron  EL remedio casero  aconsejado por un tal  Riverito.  Lo  más maravilloso de  Riverito   era que, habiendo estudiado  abogacía (y conste que menos de  dos años),  igual  lo consultan  hasta  profesores  de medicina.  

    La receta milagrosa y simple del  casi procurador  parece ser el alpiste, ese mismo alpiste que integra la dieta de los pequeños gorriones y tantas otras aves.  

        Siguiendo las directrices  del gurú,  ingiere todas las mañanas en ayunas una cucharada  sopera de alpiste y  la ayuda a bajar con agua sin gas. De esa manera  concluyó, se le  habían  regularizado  los valores en sangre y ahora en cada  comida  ya puede entrarle a los dulces con           firmeza,   sin tener  cargo de conciencia:

  Tortas, flanes, chocolates, alfajores,  variedad de mermeladas  y como si estuviera frente a  la pizarra de La Cigale, nombró más de veinte sabores  de helados.  Despacio y relamiéndose  me paseó  por  todo el bolillero  postreríl, justo a mí  que los médicos no me permiten ni mirarlos fijo.   Pero era tarde para reproches,  la baba ya me caía a borbotones, tenía nublada la vista y mis  ojos   entrecerrados.

   Apareció de no sé donde  la imagen de  mi  cuerpo en una piscina  olímpica  llena de  chocolate derretido, chantilly,  y almendras flotando por toneladas. Mientras  nadaba  pecho lentamente, iba  dando suaves brazadas y abriendo la boca cada  treinta segundos,  metiéndome a piacere crema, luego chocolate,  y cada tanto  mezclaba  el brebaje con las almendras.

    De alguna manera y contra mi voluntad volví  a la realidad,  le pregunté si conocía el   famoso postre  Martin Iron de añeja tradición británica, a base de cuartirolo cheese and sweet of membrillo (hice el mejor esfuerzo para pronunciar  la palabra membriiou en inglés cerrado).

        No se inmutó y  ni  contestó,  él continuaba concentrado en su mundo,   yo era un árbol, un poste de luz, lo que le  dijera  resultaba irrelevante.

Contó   que había empezado a darle también alpiste a losss pibesss  en el desayuno (me  los imagino a diario con  la energía  y el entusiasmo para ir  a la escuela).

           ¡Qué increíble! ¡Lo ignorante que fui  todos estos años! ¡Entonces los creadores de la Diaformina son unos chantas  de cuarta!

  Cada  dos o tres frases  volvía a la carga con Riverito, que Riverito esto, que Riverito aquello. A  decir  verdad  había trascurrido menos de quince minutos  y  ya me fastidiaba Riverito. Pero  más  por la devoción  del  relato  que por interés,  traté de hacerme la película de como sería este  chamán  Riverito:

¿Una criatura intergaláctica caída  en La Pampa dentro de  algún meteorito?  ¿o un experimento secreto  de la NASA?  Seguro que sus  células estarían formadas  por un coctel de ADN de los doctores: House, Selby  Scholl y  hasta Cándido Pérez

   Estuve a punto de preguntarle cuando partiría "nuestro"

 amigo Riverito al Instituto Pasteur para integrarse a la cátedra de endocrinología, y  si pudiera conseguirme el teléfono  para ofrecer mis servicios de agente literario. Había vislumbrado el gran negocio de  dirigir el lanzamiento  a nivel  mundial del tratado:

" THE DIABETES AND THE ALPISTE" (by the great little Rivero)

                                                                                                                                     El hombre seguía  tan compenetrado que  las  manos le  empezaron  a temblar y  sudar, en su cuerpo se iba produciendo una metamorfosis ¿No estaría ya poseído por el demonio azucarero? ¿Qué pasaría si  ingresaba  en trance y se ponía a flotar  en el aire  en  posición horizontal, como Linda Blair en el exorcista? Acá nos matábamos sin previo  aviso, luego  aparecíamos  en Crónica,   acompañados de  esa infaltable y estridente marcha musical que meten morbosamente  cada vez que hay  una desgracia.

  No había como pararlo, las  palabras fluían  cual  catarata  del Niágara y su lengua descansando menos que el ingenio popular, arengándome  en creciente y   descontrolada idolatría. La  misma idolatría  que el pueblo se ha habituado a profesarle  a San  Maradona  y a otros tantos  mortales argentinos sólo por saber cantar, bailar o  adquirir fama  contando intimidades  frente a cámaras  y en revistas de nivel  periodístico cero. Queda claro que el monoteísmo no es el fuerte de nuestros vecinos.

  

     En ese momento  recordé  hace  años  el encuentro con un  "yuyero" de feria barrial,  quien como la mayoría en su ramo  se había autoproclamado autoridad en diabetes, aunque un sexto sentido me decía que era  el  típico  timador de la más alta alcurnia. Lo  confirmé  en poco tiempo al probar  sus pócimas  mágicas de  repulsivo olor y  peor sabor. Tras  dos semanas  incluyendo  varios litros con el  almuerzo y  la cena,  sólo logré que me saliera bruto sarpullido en la cintura tipo culebrilla,  fuerte diarrea ya se sabe dónde,  y azúcar hasta por las rodillas.     Posteriormente  la culebrilla  me la intentó curar una bruja,  quien  luego de desnucar una gallina  la agarró del cogote  y anduvo revoleándomela  por sobre  la cabeza,  al tiempo que ni sé cuantas veces me eructó en la cara con  un aliento a  cebolla  y  resaca de vino   patero  o tetrapack. Al final, ya sin ideas  como seguir,  balbuceó en portuñol fronterizo que el trabalho que alguien me había hecho por envidia   fue de los más complicados que hubiera  enfrentado, pero ella  con esmero  había logrado destrabalharlo. No sólo  me sacó  el mal de ojo sino  también  cien dólares. Por cien más ofreció leerme la borra del café y tirarme los buzios. Me escapé corriendo.

  

         Mientras  él taxista seguía con   su monólogo, volví a  usar  ese sofisticado mecanismo de evasión que aprendí  hace tanto, haciendo que  en mi  cabeza su voz  fuera bajando  intensidad  de a poco,  al tiempo  que iba subiendo  el de varios pensamientos llegados  uno atrás  del otro en fila india:

   Entonces,  ¿qué  sucede con  esos laboratorios suizos, alemanes  y americanos   que gastan incalculables fortunas al estudiar  gran variedad de enfermedades, que  además contratan a los mejores investigadores  del mundo  buscando soluciones para millones de insulinodependientes en los cinco continentes?

       ¿Y si  llamo  a ROCHE  para  explicarles  que hasta hoy  han perdido el tiempo con  costosos, largos e innecesarios  ensayos? Les aconsejaría  consultar a otros  colegas científicos por si   tuviesen   en casa  algún  canario o zorzal campestre, una cotorrita atorranta, que sé yo, serviría  incluso un jilguero que anduviera afónico o hasta mudo.  Que les hicieran  a las mascotas  la curva de glicemia para  confirmar  las extraordinarias propiedades del alpiste. Sencillo, sin misterios. La llave para el premio Nobel.

     

              Por fin  el chofer se aplacó y guardó silencio  durante escasos segundos,  tiempo suficiente para pasarle un aviso  y pedir que se detuviera en la siguiente esquina. Faltaban   dos  cuadras  para llegar  al hotel pero  no lo  aguantaba más.

 

Cuando  descendí  y el taxi partió, mis ojos quedaron fijados a la publicidad sobre la marquesina  de un comercio. Quise distraer la mirada  hacia otro lado pero no podía, me encontraba fascinado, hipnotizado,  y al instante retrocediendo en el tiempo abruptamente, como si pisara el acelerador a fondo dentro de la  coupe  Delorean  en "Back to the Future".

  El cartel rezaba la palabra VANLON  y  mostraba a su lado  una pequeña letra®, clara advertencia que   la marca estaba registrada y  pobre a quien se le ocurriera  vender algo con dicha etiqueta.  Debo  decir que desde  que tengo uso de razón y hasta ese momento  había   estado  convencido que el nombre del  producto  era Banlón con be larga,  por lo tanto este anuncio  me  confundía por completo, me  había  jaqueado culturalmente.

    Para quien no la conozca, Banlón  era una fibra  fácilmente estirable  usada en gran variedad de prendas. Apareció enseguida  a mi  memoria el Crofil seis,  también otra  fibra  pero hecha por Sintéticos Slowak, y  la  tan afamada tela Bonding que nunca entendí cómo,  cuando y por  qué  alguien decretó que debía ser  usado como  sinónimo de ómnibus y el resto de los rioplatenses lo acatamos mansamente.
 Pero volviendo al Banlón o Vanlón,  como sea,  se había iniciado un  torrente de recuerdos vinculados al nombre, a esa época de grandiosa  nostalgia.

   Allí estaba  la imagen de  aquella señora   llamada China,  amiga de mi madre y con quien  compartió la infancia, pero ella  había emigrado  a Buenos Aires  en su adolescencia.  Supongo  que en las primeras décadas del siglo XX   estaría de moda ponerles este nombre a las hijas, el mejor ejemplo lo dieron don Zorrilla y su esposa. (A veces me pregunto  si no caminarán por las calles de Pekín algunas mujeres cuyo nombres de pila sean "Uluguasha" o "Algentina".)

    En fin, lo importante que la China y mi madre  continuaban   la amistad, y a la vez  su esposo  dirigía una fábrica de ropa  para ambos sexos, donde  todo lo que producía era a base de Banlón. En cada viaje de mis padres a   la vecina orilla se encontraban con esta pareja  y jamás olvidaban   comprarles algo para traer de regalo, aunque  también intuyo que  para  "darles una mano".

 Invariablemente regresaban con  decenas de  poleras para  mí,  para  mis hermanos, primos y tíos, y sin importar si mis padres iban dos, tres o diez veces al año, en casa  ya sabíamos que  volverían con el infaltable paquete de poleras.  Nunca  me llegó esa  tan necesaria bermuda  floreada para estrenar algún verano  en la  Mulata, ni siquiera la sunga atigrada  para poder  pavonearme frente a las chicas por  la  orilla de la Ramírez.  Y menos que menos  la campera Astronauta , los mocasines de Guido, o aquel añorado pantalón Edu oxford  con  piel de durazno, donde la gente hacía  más de tres horas  de quilométricas colas en la puerta  de Eduardo Sport  para  tener el privilegio, el honor  de adquirir uno. 

          Igualmente soy un eterno agradecido por  cada regalo que recibí y jamás quise desairar a mis padres con quejas   nimias. Lástima que nunca llegaron a  comprender  que todo  ese grupo de codiciada indumentaria eran herramientas indispensables  para cualquier joven que pretendiera  obtener patente de camba.

 En mi familia la polera fue el eterno abanderado,  la llama olímpica,  el presente insignia, la nave nodriza  de las pilchas que ya sabíamos estarían en primera plana  ni bien  se abrieran las  valijas. Así el vasto ajuar de mi ropero lo componían:

       El vaquero Far west,   en cuya  grifa trasera  le  pintaba  encima con drypen    la palabra LEE, pero siempre me quedaban  las tres letras muy desprolijas, movidas,  y  de tamaño  completamente diferente a las originales. Tres calzoncillos  Gino Paoli y cuatro BVD idénticos a los que  promocionaban los jóvenes  alcanza pelotas en el  Estadio.  El par de Incalcuer   todoterreno suela de goma, aquellos veintiúnicos  championes Funsa  regalo de Reyes que debían  resistir como mínimo  hasta  fin de  año,  y treinta poleras de Banlón en gran gama de colores, varias de las cuales  en invierno supieron  oficiar de pijama.  Dejemos constancia que  para mí cualquier vestimenta hecha de Banlón era algo  altamente prestigioso, un plus de elegancia, le daba al  usuario  absoluta  jerarquía. No tenía  ni comparación con   la  vulgar  fibra de camisas Porex, esas que al ponértelas en pocos minutos  ya sentías  como que  te estabas  dando  un baño María, o habías recibido un  rabioso golpe de aliento  de la esposa de Burro, el  fiel compañero de Shrek.

    El Banlón era el Banlón, el género de la high society, sólo for  the Carrasco people and other  pocos elegidos. Con ese original  argumento quería  siempre mi madre lavarme el cerebro, venderme un buzón, convencida que yo  carecía  de criterio propio y  al salir  de paseo  o a una fiesta  me daría  igual encajarme desde un hot pant hasta un poncho patrio.

   Pero aún así, con mi vestuario tan limitado y condicionado por mis padres, hubo  cierto secreto que  supe guardar con especial celo y jamás  saqué a la luz. Hoy tantos  años después estoy  arrepentido, porque de  haberle  notificado al esposo de la China  en tiempo y forma, tal vez le habría ayudado a  escapar de una  catástrofe económica que a la larga igualmente se produjo.

Mis dos hipótesis  son:

A) En esa época a pesar de mi corta edad,  podía ser que mi  cuello  fuera  deforme,  mucho más  ancho que el del resto de la población mundial. Nunca quise  hacerlo público, evitaba siempre llamar la atención y  que la gente se quedara  observándome como si  estuvieran frente  al  casero  clandestino de NotreDame.

 B) Lo  más probable que   causó  la debacle de la empresa  fue que el molde  de poleras medía  tres centímetros menos de los necesarios  en la sección del cuello, para que  cualquier traquea dejara pasar libremente  oxígeno a los pulmones. Y  aunque no viene al caso  hacer alusiones bíblicas, igual creo que sería más factible que un pecador entrara al reino de los cielos a que  alguna cabeza de homo sapiens pasara por  ese agujero. 

           Ni bien   lograba  el  arduo objetivo de entrar en la polera,   ya  me  sentía  cual  pajuerano  paseando solito y despreocupado por Londres, noche negra, sin luna ni estrellas. De pronto entraba al clásico callejón  superoscuro, donde  nunca falta esa espesa niebla que anuncia crimen inminente, y  además  logra asustar hasta al más machote de los machotes  londinenses. Allí caía en  las garras de algún estrangulador  profesional que justo  estaba cubriendo el  turno de la madrugada.

 

      Llegué caminando al hotel, subí a la habitación, tiré la valija adonde cayera y bajé de inmediato. Paré otro taxi. Al  abrir la puerta  ya me aguardaba la radio   a todo   volumen.  No iba a dejar pasar mucho rato  en preguntarle  al  chofer por la corrupción en el gobierno,  y por supuesto, como no podía ser de otra manera si había algún pariente diabético en la familia, pues  él tenía el privilegio de llevar como  pasajero  a uno de los pocos habitantes del planeta conocedor del remedio económico, natural  y fundamentalmente,  de-fi-ni-ti-vo  sin necesidad de fármacos. Y si  el hombre se  me habría   querido escapar con otro tema, le cerraba el paso tirándole  con la completa información que poseo de las cantidades que  han robado sus  propios gobernantes en los últimos años. 

 

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    taxis y poleras

    Ras

    ¿No os ha pasado en muchas ocasiones que de repente un tema se implanta en tu vida en un momento determinado y en los siguientes días como por azar o por arte de magia lo empiezas a comentar con un montón de personas significativas tuyas? Es como una casualidad que se repite. Me ha pasado estos días con el tema de reivindicar que el frigorífico no es una despensa.

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    Un viaje por los salones recreativos de principios de los 90, donde no falta ni uno de los diferentes personajes que pululaban alegremente por aquellos antros donde nos dejábamos las pagas.

    por: Gabriel Morenol Arte&Entretenimiento> Humorl 13/02/2012 lVistas: 11

    Es mi primer artículo publicado aquí y no conozco demasiado bien como se hace. Este es un relato de humor, sobre un báño de limpieza espiritual.

    por: Franl Arte&Entretenimiento> Humorl 24/10/2011 lVistas: 29
    Javier Concha

    Un artículo sobre el cómic y el vídeo que tanto ha dado que hablar en los últimos meses.

    por: Javier Conchal Arte&Entretenimiento> Humorl 14/09/2011 lVistas: 26

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    por: rabidfishl Arte&Entretenimiento> Humorl 23/08/2011 lVistas: 21

    Las peripecias de Florencio Valiente para superar una vida un tanto paupérrima.

    por: rabidfishl Arte&Entretenimiento> Humorl 09/08/2011 lVistas: 34

    En la cama podríamos descubrir que algo está fallando en la pareja, pero no hay que ignorar las señales que insinúan que su marido puede estar "en otra cosa" en vez de pensar en usted. Aquí brevemente les brindo cómo saber que perdió su interés, aunque no necesariamente por "otra". El alma masculina se centra en tres o cuaro temas : comida, bebida, fútbol y la siesta y es tarea agotadora tenerlo fuera de esos parametros. Seas la que tu seas a cuidar a tu alma gemela, antes que se quede dormido.

    por: Víctor Michelónl Arte&Entretenimiento> Humorl 27/07/2011 lVistas: 35

    Una reflexión jocosa sobre el sueño y sus beneficios, y el rendimiento en el trabajo, comparando las horas laborales en España con el resto de europa, así como lo que nos distraé

    por: Luis Denis Crispínl Arte&Entretenimiento> Humorl 04/07/2011 lVistas: 62

    Esta anécdota sucedió de esta manera, así me la contó su protagonista. Espero les guste

    por: Jorge Rozencvaigl Arte&Entretenimiento> Humorl 30/08/2010 lVistas: 42

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    por: Jorge Rozencvaigl Arte&Entretenimiento> Humorl 31/03/2010 lVistas: 46

    Espero que a algún hombre más en este mundo le toque hacer los mandados

    por: Jorge Rozencvaigl Arte&Entretenimiento> Humorl 01/09/2008 lVistas: 65

    Cuando cuento anécdotas, siempre sucedieron así, sin exageraciones. Esta es una de ellas y se refiere a una emergencia gástrica que tuve cuando iba a la escuela

    por: Jorge Rozencvaigl Arte&Entretenimiento> Humorl 08/06/2008 lVistas: 390 lComentarios: 1

    ¿Es realmente divertida la Feria artesanal o el asunto es ir a perder un poco el tiempo?

    por: Jorge Rozencvaigl Arte&Entretenimiento> Humorl 01/05/2008 lVistas: 3,538 lComentarios: 2

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    por: Jorge Rozencvaigl Arte&Entretenimiento> Humorl 05/04/2008 lVistas: 561

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