Tengo una hija adolescente y ahora qué hago, II o
Todo lo que ud. Siempre quiso saber sobre su hija adolescente y no se atrevió a preguntar. Pues por su salud mental, entonces, no pregunte.
Ergo, adivine. Anticípese. Tome nota que, todas las preguntas, para su ejemplar adolescente, son un pecado. Y a todas contestará: menos indaga Dios y perdona. O una versión más agresiva, porque tiene todos los matices sus contestaciones sépalo UD, entonces le espetará con otra cuestión: ¿qué sos de la CIA, de la GESTAPO?, ¿o alguna otra organización que se me escape? Ahora eso sí, a cambio, proteja su intimidad porque ella le demandará saber hasta de qué color son sus calzones, como si fuera una cuestión de vida o muerte. Todos volvemos a aterrizar a la edad de los por quès. El más chico la estrena, la adolescente las reedita y la veterana las replantea…
De vez en cuando, puede pasar, en la dimensión desconocida a la que toda la familia ha entrado con el arribo de la adolescencia, que la polla en cuestión, en alguno de sus ataques, transformará al hermano menor y a su mascota, de asociación ilícita frente a UD, en sus enemigos íntimos. Por ende, trate por todos los medios de no sumarse a la lista en un vano intento de conciliar posiciones. Delirium tremens que alguna que otra vez intentamos las madres. Soldado, mamá, que huye, sirve para otra batalla. Manual práctico de supervivencia para madres de hijos pequeños, hoja III. A vuelta de página hallará más instrucciones sobre cuando los demás se tornan en el blanco perfecto de la fábrica de acné, que aunque no practique box, pronto todos palpitarán que tiene un derechazo perfecto. Que de diez que le tira a la mejilla del energúmeno hermano, once aciertan. Y el marrano grita como si la sirena de los bomberos estuviera al lado de todas las orejas, inclusive la del felino que huye a otros lados de la casa más pacíficos.
Desestime inquirir ¿por qué los pasatiempos adorados de su otrora beba se convertirán en pequeñeces infantiles. Ella ya no está para esas cosas. Las películas de Disney se transformarán en nimiedades aunque no pueda evitar mirarlas de reojo cuando su hermanito las mire.
Usa un vocabulario que la única que le queda es que siga mirando con cara de espantapájaros feliz que entiende todo y encima festeja el chiste. Porque sino quedará retrógrada de 1810. Prefiera ese porque cuando no se enoja, usa otro capaz de poner violeta hasta el camionero más mentado
Las carcajadas del no se lo que quiero pero lo quiero ya, suenan como despertar del gallo a sueldo junto con el quiquiriquí de su esposa la gallina y con los decibeles capaces de romperles los tímpanos a cualquiera.
Desestime inquirir y discernir por qué habitan en ella amores que matan. La portadora de no sé que me pasa pero me pasa ahora, tiene ataques de amor y odio a su hermano. O séase, o lo abraza, estrujándole hasta el jugo cerebral porque le dio por el amor, o lo estruja, agarrándolo del cuello porque el zatrapo le agarró algo de su exclusiva propiedad en dichos momentos. Profiere tales gritos capaz de inquietar hasta el mismísimo Dalai Lama pudiendo retumbar por las paredes las siguientes frases celebérrimas: te voy a aplastar el cerebro y el más chico acota: no, gracias…
Desista de preguntarle al éter porque de seguro es el único que tal vez responda por qué el lema preferido de su hija, esa extraña conocida, es No molestarum largum vivirum est, porque le aseguro que será viceversa. Ambas estarán insoportables. UD y ella, así que jamás se le ocurra imaginar que el horno podrá estar para bollos. Prohibido molestar será la frase que las una de aquí a que se le pase el escozor adolescente.
Tampoco intente comprender por qué todas las cosas son de vida o muerte. El amor es para toda la vida…el odio es rencoroso y asì…
Asuma que hasta que el novio se la rapte compartirá cartel, digo espejo, con su hija. No la sorprenda que le espete córrete del espejo. Esto no pasaría si tu hijo, dice ella, tu hermano, corrijo yo, no le hubiera dado un bollo al espejo… bueh. Quien dijo que no podíamos compartir el espejo. Aunque mis y se mira las dos pares de proporciones prominentes de adelante y mira sin respeto que las mías no son ni un cuarto. Y la parte de atrás, ejem, que decir, este ídem…
El tono del por qué guardé tan bien y no la escondí mejor, la foto de bebe cuando era desnuda, será más que elocuente bandera de riesgo de someterme a la ira iracunda de los Dioses…
Jamás dude de por qué habla gritando como si la madre estuviera a tres kilómetros de distancia de sus narices ya es forma parte de su manera nueva de ser.
Tampoco insista en saber cuando está de un humor de perros y patos sueltos, a ver, cómo decirlo, susceptible. Seguramente una esfervecencia hormonal será la culpable. Y un exceso de testosterona cerca también.
Por más que investigue jamás le confesará que a la fiesta que organizó con su permiso y anuencia, no vendrán cinco como le juró por los Santos Evangelios, sino que serán cincuenta. Cuando ud. Indague, con los bolsillos exprimidos y cara de los sándwich no van a alcanzar, el o ella dirán de lo más inocente y bueh, ma, se me escapó un cero.
Cuando vocé no esté de puro trabajar como una burra, nomás y llegue reptando con la idea de apropiarse de su somier de tres kilómetros y vea una invasión de chicos y chicas sobre su somier más el benjamín de la familia, atrincherado detrás de su última almohada de ex impecable blanco y que ahora luce pequeños rastros de su infante, no pregunte si eso es V, invasión extraterrestre, serie antigua televisiva que ud. Veía en sus años mozos. Es nada más ni nada menos que su prole más su vástago y más todos los amigos de la más grande incluidos sus chaperoncitos en un vano intento porque no hagan más de lo que pueden hacer a la edad de los trece años, o sea, nada pero en su cama, exactamente ubicada en la geografía de su dormitorio. Quedaría muy poco maternal poner una calavera cruzada con tibias en la puerta y un cartel extra indicando prohibida la entrada al dormitorio de la madre sopena de torturas varias.
Tampoco insista en saber por qué demonios las cosas que deben permanecer tapadas jamás lo están y sus respectivas tapas desaparecieron de los lugares donde solían frecuentar. Tampoco se extrañe que la cucha del perro o la del gato, esté sembrada de cosas que ud. No debe ver. Con tal mala fortuna que oh casualidad es la única que las limpia por ende, la única destinataria de hacerlo.
Antes de seguir la pista de las elucubraciones de los trece años que tiene enfrente, échele la culpa a cupido cuando le pide que vaya a buscar una gaseosa descartable y vuelva media hora después a buscar el envase retornable que jamás llevó consigo a la hora de hacer el mandado.
Si todavía es corajuda y se niega a permanecer en las más ignotas de las ignorancias de su vástago/a que adolece, sepa que tendrá adosadas un par de canas extras. Que ya no serán las que aportan los años, blanco furioso, sino verde y si se descuida violetas, hágale caso al manual de supervivencia de madres en peligro de extinción y meta violín en bolsa o en su defecto haga mutis por el foro, la adolescente, su familia, los vecinos y probables y plausibles parejas más la fauna de mascota que supo conseguir, le estarán eternamente agradecidos.
Mónica Beatriz Gervasoni
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