Breve reseña de las características religiosas de la antigua civilización egipcia

Posteado: 21/05/2009 |Comentarios: 1 | Vistas: 2,760 |

Aspectos religiosos: La Cosmogonía egipcia.

“No son los proyectos de los hombres los que se realizan, sino la voluntad de Dios” Ptahotep [NACK 1996:110]

En la vida religiosa de los egipcios, nos sale al encuentro una caótica multiplicidad de nombres y figuras de divinidades. Esto se debe a que antes de la unificación del reino, cada una de las “tribus” que poblaban los oasis del Nilo tenían su propio dios protector y de que además, la religión egipcia descansa sobre una multiplicidad de potencias divinas, ya que estos creían que el alma separada de la materia actúa como rectora de la existencia orgánica. Estas almas viven en todas las cosas y todos los seres vivos y son la causa de los fenómenos naturales.
“Los egipcios son los más religiosos de los hombres”, decía Heródoto. La creación del mundo- Como la mayoría de los pueblos primitivos, también los egipcios intentaron explicar el origen del universo, que se puede resumir la explicación de esta manera: Decían que al principio solo existía el Océano. Del caos de las aguas inmensas surgió el mundo coordinado. Un huevo emerge del mar, y de él nace el dios solar, Ra. Tiene cuatro hijos: Sju y Sefnut, Geb y Nut. Geb, el dios de la tierra, tiene la forma de un hombre tendido, que corresponde al estrecho y largo del valle del Nilo; sobre su espalda crecen plantas. Nut es levantada al espacio encima de su marido y se convierte en la diosa del cielo, que se inclina sobre la tierra. Geb y Nut son luego los padres de las dos parejas de divinas Osiris e Isis, Set y Nephtys. Así, pues, el mito cosmogónico egipcio no trata de la creación del mundo de la nada, sino de una separación y ordenación del caos. De este mito de la creación surgió la concepción de la enéada, un grupo de nueve divinidades, y de la tríada, formado por un padre, una madre y un hijo divinos. Sin embargo, la más importante enéada fue la de Ra y sus hijos y nietos. Este grupo era venerado en Heliópolis, el centro del culto al Sol en el mundo egipcio. Como ya hemos dicho cada una de las ciudades de Egipto tenían su grupo de dioses, distintos de los de las ciudades vecinas. En Menfis el dios principal se llamaba Ptah; en Tebas, Amón; en Heliópolis, Ra; en Abydos, Osiris; en Denderah, el personaje principal era la diosa Hathor. Aunque el único dios importante que fue venerado de manera constante fue Ra, jefe de las deidades cósmicas, de quien los primeros reyes egipcios se proclamaban descendientes. Eran efectivamente un pueblo que se ocupaba mucho de su religión. El dios principal de ellos era el dios- sol, al cuál imaginaban de distintas formas y le atribuían diferentes nombres; entre ellos: Ra, a quien representaban como un rey majestuoso, (en la imágen junto a Osisris) vestido a la manera del Faraón. Lleva a la cabeza el disco solar coronado por una serpiente, símbolo del fuego devorador del sol del estío. Boga a través de los aires en una barca conducida por vigorosos remeros. En cuanto se alza en el horizonte, “los rayos vivos de sus ojos penetran en todos los seres y le dan fuerzas” [112:1996]. Va de pie en la cámara de su barca, y desde allí combate y derrota a todos sus enemigos. Todas las noches desciende detrás del horizonte y efectúa el mismo recorrido por el mundo subterráneo. Su salida y puesta, de exactitud matemática, su curso anual, que nada puede influenciar, hacen de él el símbolo del orden universal, el celador del Derecho y de las relaciones entre las criaturas humanas. [GRIMAL, 1996: 158] La casa sacerdotal de Ra vio como aumentaba gradualmente su influencia en la corte, hasta que en la V dinastía se convirtió en costumbre asociar el nombre del faraón con el del dios. Según la leyenda los soberanos descienden de Ra, por lo cuál llevan el título real: Hijo de Ra. Se le representa también montado en un carro del que tiran chacales. Ra desbancó al primitivo dios Atum. Horus, es un guerrero victorioso que todas las mañanas aparece en el horizonte en figura de hermoso joven, éste cruza el cielo y combate contra el demonio de la oscuridad, Set, que devora la luz. Todos los días lo vence, pero Set recobra sus fuerzas y la lucha se repite al día siguiente. Horus, también representado como el dios- halcón, alcanzó una elevada jerarquía ya en el primer período monárquico. La altura a la que vuela tuvo expresión en su nombre que significa, “el de las alturas”, y condujo a la institución de un dios del cielo.
Se propago la tradición que cada rey era la encarnación terrena del dios, y el nombre Horus se convirtió en uno de los títulos reales. Estos dioses no vivían solos, cada uno tenía su mujer y su hijo. La diosa era una divinidad del cielo, y se le representaba con dos cuernos encima de la cabeza y en medio de ellos apareciendo el disco solar. El dios- hijo era representado, por lo general, como un niño. Además de estas divinidades celestes, los egipcios adoraban a los dioses y las diosas de las cosechas y de las mieses que hacían el suelo fecundo, el dios del Nilo, las diosas- lunas, y los demonios maléficos de la noche que se representaban en forma de gatos o leones. Se adoraba a los dioses benéficos para pedirles salud y abundancia en las cosechas, y a los dioses malos para calmar su cólera. Pero cuando todos los egipcios se hubieron reunido en una nación los habitantes de cada ciudad adoptaron los dioses de las demás ciudades, y se formó una religión común en todo el país a todo el país, de la que eran sus dioses principales Osiris e Isis. Según la leyenda, Osiris, adorado primeramente en Abydos, era el dios de la luz, dios bienhechor, enemigo de su hermano Set, demonio de la noche. Osiris salía por la mañana “del Océano del cielo”, y brillaba durante el día. Por la noche su hermano Set, a causa de sus celos, le mata a traición y le despedaza. Su mujer Isis lora sobre su cadáver, luego lo entierra, Osiris, no puede volver a reinar en los cielos. Entonces Osiris enterrado recibe las almas de los muertos, este es el tribunal de Osiris. Set, cubre la tierra de tinieblas y terror, y es así que el hijo de Osiris y de Isis, el joven Horus, sale del horizonte en busca de su tío y venga a su padre. Muchas ciudades pretendían tener en su santuario, uno de los pedazos del cuerpo de Osiris. En todo Egipto se celebraba anualmente una fiesta en honor del dios. En ese día, las mujeres lanzaban gritos y se arrancaban el pelo en memoria de as lamentaciones de Isis. En Sais, los sacerdotes representaban en un lago sagrado las escenas de la vida de Osiris, su muerte y su resurrección. Heródoto asistió a estas representaciones, pero estaba prohibido contar lo que allí sucedía.

 

Animales Sagrados- Los egipcios representaban también a sus dioses con cuerpo de animal y cabeza humana. La Esfinge, imagen de Harmakhis, es un león con cabeza humana. Es más frecuente que el dios tenga cuerpo humano y cabeza de animal. Horus tiene cabeza de gavilán, Thot de ibis, Anubis de chacal, Ptah de toro, Isis es una mujer con cabeza de vaca, Sekhet, mujer con cabeza de leona. De esta suerte, un mismo dios podía ser representado de cuatro maneras: Horus, por ejemplo, con forma de gavilán o con forma de hombre, o de gavilán con cabeza humana, o de hombre con cabeza de gavilán. Adoraban también los egipcios a ciertos animales que consideraban divinos: el león, el cocodrilo, el buey, el carnero, el chacal, el gato, el gavilán, la ibis, el escarabajo. De estos animales, algunos solamente eran adorados en todo Egipto, y otros eran sagrados nada más que para los habitantes de determinadas provincias. Los habitantes de Tebas adoraban a los cocodrilos, pero los habitantes de Elefantina los mataban. El hipopótamo no era considerado divino más que por los habitantes del Alto Egipto. Estos animales eran sagrados y era un crimen hacerles daño. En los santuarios se mantenía un animal vivo al que los fieles iban a adorar. Una de las fuentes, un doctor de la Iglesia cristiana, Clemente de Alejandría, se burlaba de esta costumbre;

“Si entráis en un templo, un sacerdote se adelanta gravemente, entonando un cántico, y levanta un velo para mostraros al dios. ¿Qué veis entonces?, un gato, un cocodrilo, una serpiente, o algún otro animal. El dios de los egipcios aparece, es un animal silvestre que se revuelca en un tapiz purpúreo”. [Clemente de Alejandría en: SEIGNOBOS: pp. 46]

En Tebas y en Shodú, los sacerdotes tenían un cocodrilo domesticado. Les ponían en las orejas anillos de oro o de porcelana y en las patas brazaletes. El viajero de Estrabón, que vivía en tiempo de Jesucristo, se refiere así a su visita al cocodrilo de Shodú; “Nuestro huésped cogió tortas, pescado asado y una bebida hecha con miel, y luego nos condujo al lago. El animal estaba tendido a la orilla. Los sacerdotes se le acercaron, dos de ellos le abrieron la boca y otro echo en ellas primero las tortas, luego el pescado y por último el brebaje. El cocodrilo se lanzó al agua y fue a tenderse a la otra orilla. Otro extranjero llegó con la misma ofrenda que nosotros, y los sacerdotes la cogieron, dieron la vuelta al lago, se apoderaron otra vez del cocodrilo y le hicieron tragar la ofrenda del mismo modo”. [Ibíd.: pp. 46]

En Mendes se adoraba a un macho cabrío; en Heliópolis un ave de paso. Los griegos la llamaban fénix.

El buey Apis- En Menfis, el animal sagrado era el buey Apis. Es el signo preferido de la fecundidad del ganado y de la fuerza: pisotea a sus enemigos. No era un buey común, tenía que ser negro, ostentar en la frente una mancha blanca en forma triangular, en el lomo la figura de un águila, en la lengua un ala de escarabajo, y los pelos de la cola habían de ser dobles. Se decía que nacía de un rayo caído del cielo. Cuando aparecía un Apis, los sacerdotes, después de haber reconocido las señales que ostentaba, lo instalaban en una capilla próxima al templo de Ptah y le rendían culto. Según las inscripciones en los templos, no debía vivir más de veinticinco años, pero si el animal llegaba a esta edad los sacerdotes, con gran ceremonia, lo ahogaban en una fuente sagrada, lo enterraban en un sarcófago de granito y luego buscaban otro. Culto de Amón- Cuando Tebas llegó a ser capital de Egipto durante la XI dinastía, el dios de esta ciudad, Amón, tuvo el más grande de todos los templos y fue considerado el principal de los dioses. Los sacerdotes lo representaron como un ser perfecto, eterno y todopoderoso, que ha creado todo y no ha sido creado, “el padre de los padres, la madre de las madres”. Decían que los demás dioses habían sido creados por él, o que eran el mismo dios con otro nombre. Frecuentemente se lo designaba con varios nombres a la vez, Amón- Ra- Harmakhis. Los sacerdotes cantaban en honor de Amón himnos en los cuales se ensalzaba su poder. Se lo representa bogando por el cielo en su barca. Los remeros son las almas de los hombres virtuosos, un dios va de pie en la proa, armado con una lanza, y otro dios va al timón. Posteriormente la figura de Amón se fusionó con la de la ilustre divinidad solar Ra, para constituir un ser divino, el dios solar Amón- Ra, que bajo la mascara de Amón reinó hasta el fin de la época faraónica. Solo con la destrucción de Tebas por los asirios, se produjo el ocaso de este culto, y Osiris pasó a la categoría de dios máximo. Embalsamamiento de cadáveres- Los egipcios creían que cuando un hombre muere algo de él continúa viviendo. Este algo lo llamaban el doble y lo imaginaban como una especie de sombra o fantasma, semejante al cuerpo, que se podía ver, pero no tocar. Lo llamaban también alma y lo representaban en forma de gavilán con cabeza humana, que salía volando de la boca en el momento de la muerte. Pensaban que el alma o doble, tenía a su vez la necesidad de un cuerpo, y por esta razón era necesario que se le prestara un servicio a su cadáver para impedir la descomposición del mismo. Heródoto se refiere a como se procedía: “Hay en cada ciudad, embalsamadores de profesión. Cuando los parientes del muerto llevan el cuerpo al embalsamador, este les muestra modelos pintados de madera y les pregunta cuál quieren. Hay tres clases de precios diferentes, representando el modelo más caro al dios Osiris. Cuando los parientes han convenido el precio, se van, pues el embalsamador trabaja en su casa. ”En el embalsamamiento de primera clase, empieza por sacar el cerebro haciéndolo pasar por las narices con un hierro encorvado y disolviéndolo con un líquido que hace penetrar en la cabeza. Luego abre el costado, saca por la abertura los intestinos, los lava con vino de palma, los espolvorea con aromas machacados. Enseguida llena el vientre de mirra, canela y otros perfumes y lo vuelve a coser. Así preparado, el cadáver es metido en sal sosa por espacio de setenta días. Pasados estos, es lavado y fajado con vendas de tela untadas de goma. Se les devuelve entonces a los parientes, que mandan a hacer una caja de madera de la forma del cuerpo humano, en la cual se mete al muerto, colocándolo en una sala de pie, apoyado en la pared. ”Para el embalsamamiento de segunda clase, se inyecta con una jeringa resina de cedro en el vientre del cadáver, sin hacer abertura ni sacar los intestinos, y se tapona para impedir la salida del líquido. Luego el cuerpo permanece setenta días en sal sosa, y cuando se saca se suelta el líquido que sale del vientre arrastrando consigo los intestinos que ha disuelto. La sosa ha devorado las carnes, no queda del cuerpo más que la piel y los huesos. El embalsamador devuelve el cadáver sin envolverlo. ”El embalsamamiento de tercera clase es el utilizado por los pobres. Se inyecta solamente en el cuerpo un líquido y se mete el cadáver en sal sosa”. [Heródoto en: Ibíd.:pp. 149] Los cadáveres así preparados son momias. Estas están metidas en cajas de madera adornadas con pinturas, cajas que reproducen la forma de las estatuas del dios Osiris. Culto a los muertos- Creían los egipcios que el doble del muerto conservaba las mismas necesidades e iguales sentimientos que el individuo vivo, que hasta tenía la necesidad de ser alimentado, vestido y alojado. Los pobres se contentaban con enterrar las momias en la arena. Los ricos les preparaban un alojamiento, la morada eterna. La tumba era como una casa, o, por lo menos, como una habitación. En tiempo de las primeras dinastías, el muerto habitaba en una especie de casa llamada mastaba. Durante la IV dinastía se encontró este abrigo insuficiente y se alojo el muerto en una pirámide. Hay cerca de Menfis toda una ciudad de pirámides, alineadas unas como las casas de una calle, y las otras dispersas. En las más majestuosas están enterrados los reyes, en las otras que le siguen en tamaño y majestuosidad, están enterrados grandes personajes, ya que se necesitaba ser muy rico para poder construir una pirámide. Comúnmente la tumba es un subterráneo construido bajo la arena o en la roca. Delante hay una capillita que se abre al exterior. Cuando se penetra en ella se ve en el fondo una losa de piedra puesta de pie, que semeja una puerta cerrada. Al pie hay una mesa baja de piedra, en la cual se depositan las ofrendas. Esta capilla es la única parte de la tumba en donde tienen derecho a entrar los vivos, todo lo demás pertenece al muerto, y no se quiere que se pueda mostrar. Por eso no se ha hecho puerta que conduzca a su morada. Detrás del muro del fondo de la capilla, comienza un corredor estrecho y oscuro, donde se han puesto las estatuas del muerto. Hay en ocasiones más de veinte y están destinadas a sustituir la momia en caso de que sea destruida: son otros tantos dobles del muerto. En un rincón se abre un pozo construido con hermosas piedras talladas o excavado en la roca, de doce o quince metros de profundidad, a veces de treinta. En el fondo del pozo, un pasillo pequeño conduce a la verdadera morada del muerto, que es una cripta labrada en la roca. En medio se alza un sarcófago de piedra rojiza, negra o blanca. Allí reposa el muerto en perpetuo silencio. Obreros que han bajado al pozo le han depositado y han puesto a su lado grandes vasijas de barro encarnado llenas de agua, dátiles, trigo, cuartos de buey; luego han tapiado la entrada del pasillo y llenado el pozo con piedra partida mezclada con arena o tierra regada con agua. De esta manera, nadie puede bajar a la cripta. Al enterrar al muerto, se habían puesto a su lado provisiones, porque se creía que las necesitaría en el más allá. Pero había que renovar estas provisiones, y como no era posible bajar a la tumba, se depositaban en la capilla que estaba abierta. Se llevaban frutas, grasa e incienso, y se quemaba todo para que el olor entrase hasta las estatuas. Mas tarde, los egipcios creyeron que no era necesario ofrecer al muerto objetos materiales, que bastaba rogar a un dios bienhechor que se los diese. Creyeron también los egipcios que bastaba dar al muerto la imagen de los objetos. Las paredes de las capillas están cubiertas de pinturas que representan todo lo que se le quería hacer llegar al difunto. Se ven campesinos que labran, siembran y cosechan el trigo, obreros que hacen vestidos y calzados, carpinteros, albañiles, juglares y bailarines. Se ve al muerto a la mesa con su mujer, o de caza en el desierto, o pescando en las lagunas cubiertas de papiros. En la capilla se reunían en días determinados los descendientes del muerto, y allí hacían una comida fúnebre, a la que se suponía asistía su antepasado. A los reyes se los adoraba del mismo modo que al dios. Los faraones muertos tenían sacerdotes encargados de guardar su capilla y de celebrar las fiestas funerarias. Juicio de los muertos- Llegó un tiempo en que los egipcios dejaron de creer que el alma permanece en la tumba donde se ha colocado el cuerpo. Pensaron que todas las almas iban a reunirse bajo tierra, en el sitio donde se pone el sol. En aquel país subterráneo, el reino del Oeste, reinaba el dios Osiris, y en él no admitía las almas hasta después de haberlas juzgado. Al dejar el cuerpo, el alma se internaba en las galerías oscuras, para luego ser transportada en una barca por un río subterráneo. Encontraba al paso demonios de horrible figura que trataban de hacerla pedazos, pero los dioses, Anubis, (el dios de los muertos, representado con cabeza de chacal y cuerpo de hombre, que en el culto de los muertos cuida del embalsamamiento de los cadáveres, y es siempre el celador de los cementerios; también uno de los dioses más importantes del más allá), y Thot, (dios de la sabiduría y de la división del tiempo; patrón de los escribas, en el reino de los muertos oficiaba de intérprete, representado con cabeza de ibis), la guiaban y defendían. Estos dos intervienen en el juicio de los muertos. Llegaba, el muerto, al fin ante el tribunal. Osiris lo presidía, rodeado de cuarenta y dos asesores, encargados de comprobar si el muerto había cometido alguno de los cuarenta y dos principales pecados. Los cuarenta y dos asesores también representaban, todas las ciudades de Egipto. Se situaban las acciones del juzgado en la balanza de la justicia, y según fuesen pesadas o ligeras, el alma era condenada o absuelta. El alma condenada caía en un sitio horrendo y era azotada, combatida por la tempestad, atormentada por escorpiones y serpientes, y acabada por ser aniquilada. El alma que se había justificado pasaba todavía por otras pruebas, adoptaba nueva forma (de gavilán de oro, de fénix, de loto, etc.). Había de escapar a los espíritus malvados, que tomaban forma de cocodrilos o de serpientes. Al fin era admitida en la compañía de los dioses y llevaba eternamente una existencia feliz, a la sombra de los sicomoros en un ambiente refrescado por las brisas del Norte, comiendo a la mesa con Osiris platos preparados por una diosa y respirando perfumes divinos. Querían los egipcios que el alma, en el momento que pasaba a ser juzgada, pudiera defender su causa ante Osiris. Colocaban entonces, al lado de la momia, en el féretro, un librillo, el Libro de los muertos, en que se indicaba todo lo que el alma debía decir a Osiris, y hacer para mantener a los demonios alejados.

Había de dirigirse a Osiris en estos términos:

“¡Homenaje a ti, Señor de verdad y de justicia! He venido a ti, oh dueño mío, para contemplar tus perfecciones. Conozco tu nombre y el de los cuarenta y dos dioses que están contigo.” [Libro de los muertos: capítulo CXXV] Luego debía justificarse: “No he cometido ningún fraude contra los hombres. No he atormentado a la viuda. No he mentido ante el tribunal. No he sido holgazán... No he hecho lo que es abominable para los dioses. No he quitado las provisiones o las vendas a los muertos. No he alterado las medidas a los granos. No he usurpado la tierra. No he vendido con pesas falsas ni falseado la balanza. No he cazado los rebaños sagrados en sus pastos, ni cogido con red las aves divinas, ni pescado los peces sagrados. No he cortado un canal. No he rechazado al dios en su procesión. ¡Soy puro, soy puro, soy puro!” [Ibíd.] Debía el alma repetir las mismas frases cuarenta y dos veces a los demás dioses, y luego enumerar sus buenas acciones: “Se ha conciliado a Dios por su amor, ha dado pan al que tenía hambre, agua al que tenía sed, vestidos al que estaba desnudo, barca al que se veía detenido en su viaje. Ha ofrecido sacrificios a los dioses, comidas fúnebres a los muertos. Libradle, no habléis contra él ante el señor de los muertos, porque su boca es pura y sus manos son puras”. [Ibíd.] Casi todas las tumbas, a partir de la IX dinastía, poseen un ejemplar de este libro. Muchas veces se reproducían pasajes de él en las paredes, estatuas incluso en los féretros.

 

 

 

Bibliografía



-BOTTÉRO, J, CASSIN y E. VERCOUTTER, J. Los imperios del Antiguo Oriente III. Editorial Siglo Veintiuno, México, Argentina, España, 1972.

-GRIMAL, Nicolás. Historia del Antiguo Egipto. Akal Ediciones, Madrid España, 1996.

-HERÓDOTO. Heródoto; Libro II. Texto revisado y traducido por Berenger Jaime, Volumen II, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid- Barcelona, MCMLXXI, 1971.

-Libro De Los Muertos. Editorial de Ciencias Sociales, 1979, La Habana.

-NACK, Emil, Egipto y el próximo oriente en la antigüedad, Alianza Editorial.

-SANMARTÍN, Joaquín. SERRANO, José Miguel. Historia Antigua del Próximo Oriente. Akal Textos, Madrid España, 1998.

-SEIGNOBOS, Charles. Historia universal: Historia Antigua. Oriente y Grecia. Editorial Juan Carlos Granda, Buenos Aires, Tomo I, 1973.

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