Las Guerras De Los 30 Años: Parte 2 La Intervención Danesa
Tras la absoluta derrota de los ejércitos protestantes en las batallas de Sablat, Höchst, y el desastre de Stadtlohn, el camino para los planes de Felipe II, nuevo emperador de Alemania, se hallaba despejado. Haciendo gala de un odio ciego y una intolerancia rayana en lo indignante, lejos de conciliar a las partes, aprovechó su ventaja para imponerse con crueldad. En enero de 1621, actuando bajo un sentido plenamente contrario al derecho constitucional, se vengó del elector del Palatinado, Federico V, quitándole su condición real para transferirle sus derechos electorales a su aliado Maximiliano de Baviera, en pago a su importantísimo apoyo militar en la guerra contra los protestantes.
Obrando en la total oscuridad, organizó una ilegal reunión en la ciudad de Ratisbona, en la que efectuó la transferencia de poderes. Fuera del hermano de Maximiliano, elector de Colonia, la desaprobación hacia su medida provino de todos los sectores de la alta nobleza alemana. Incluso el rey de España, Felipe III, que conocía la importancia de pacificar y no suscitar más enconos, estuvo en contra de la medida. Felipe II, quizás envanecido por su astucia y los triunfos conseguidos, no se detuvo ante nada. Ante la oposición nacional, soslayó el reparo del Colegio Electoral y el 23 de febrero de 1621, Maximiliano quedaba investido de los títulos nobles del vencido. Las protestas no se hicieron esperar. Sajonia y Brandeburgo, los otros electores católicos del Colegio, desconocieron el nombramiento. Pero ante viento y marea, Felipe II no dio su brazo a torcer.
El dominado mundo protestante se sintió profundamente afectado por tal bravuconada. En adelante, las futuras elecciones de los emperadores tendrían cuatro votos católicos y ello significaba en la práctica, la mayoría absoluta y la supremacía católica. No solamente eso. La decisión también afectaba directamente sus intereses en cuanto a propiedades eclesiásticas. Maximiliano podría disponer de todas ellas sin problemas, haciéndose del poder de dos arzobispados y más de 120 abadías. Con las leyes aceptadas en la Paz de Augsburgo, esto también significaba que los hombres que vivían bajo sus territorios deberían cambiar de fe, o en caso contrario, abandonar sus pertenencias y emigrar. El inminente peligro motivó a calvinistas y luteranos a buscar el amparo de Chiristian IV, rey de Dinamarca, quien siendo luterano, aceptó encantado la idea.
La alianza anti-alemana.
Sin embargo, el soberano guardaba tras las motivaciones políticas, un bien estudiado cálculo político. Desde hacía décadas, Dinamarca y el reino de Suecia veían con gran codicia el desarrollo de los prósperos estados germanos circundantes al mar Báltico; anexarlos, sería una inyección espectacular a la economía del país (ya en ese momento el más rico de la región) y el rey no quería desperdiciar la ocasión. Además, las fuerzas militares de Felipe II eran bastante inferiores a la suya y dada su última mala relación con los demás países de Europa, no podría esperar gran ayuda. Si eso no fuera poco, la oportunidad de hacer triunfar la religión luterana en la región, era muy atractiva. Así pues, gracias al dinero que el Cardenal Richeliu, primer ministro del rey francés Luis XIII, había destinado más el financiamiento de su propio peculio, reclutó una fuerza de 20,000 hombres.
La noticia dejó conmocionado a Felipe II, que no atinó en principio sobre qué hacer. Luego del enorme gasto de la guerra ulterior y el regreso de los mercenarios españoles a su tierra, su escaso ejército no podría hacer frente a una oleada militar de mercenarios experimentados. Cuando la situación parecía más desesperada, ocurrió algo imprevisto. El Conde Albrecht von Wallenstein (1583-1634) católico aventurero checo que disfrutaba de gran riqueza, ofreció al emperador un ejército de 80,000 hombres sin pago alguno, salvo que se le permitiera nombrar a sus propios oficiales y quedarse como botín lo que puedan saquear de las ciudades vencidas. Fernando, incrédulo al inicio, aceptó en seguida la oferta, otorgándole el título de Duque de Friedland. Entretanto, Chiristian IV, sin saber del apoyo de Wallenstein, se dirigía a toda prisa hacia Alemania. No podía ni sospechar lo que se avecinaba.
Inesperadamente, el imperio alemán tenía otra vez un ejército capaz de hacer frente a las fuerzas de un país al que todos los enemigos de Alemania habían dado su apoyo. Inglaterra, donde reinaba Jacob I, enemistado con España, había recibido información de los problemas graves que padecía Germania y deseaba explotar al máximo aquella situación. Del mismo modo, el Cardenal francés Richeliu, que ansiaba romper el peligroso cerco del imperio Habsburgo tanto al este como al sur, concertó esfuerzos con Jacob I y Christian IV para formar una alianza anti-alemana. A último momento, se le unieron también las Provincias Unidas (Frisia, Groninga, Güeldres, Holanda, Overijssel, Utrecht y Zelanda) que también anhelaban frenar el avance de Fernando II. Con tal reunión de fuerzas, los daneses lanzaron en 1626, el grueso de su expedición.
La segunda fase de esta guerra, la de la intervención danesa, estuvo marcada muy pronto por el desastre. A poco de llegar, el infortunado rey danés fue preso de una serie de circunstancias históricas que le arrebataron el apoyo que había esperado recibir. Jacob I, rey de Inglaterra, no pudo concretar su apoyo tras conocer la resistencia de su proyecto en el Parlamento, Richeliu se vio amenazado por las revueltas de los hugonotes (el movimiento protestante francés) y las Provincias Unidas solas, no podían prestar gran ayuda, salvo financiera. Así las cosas, la catástrofe para los daneses era inevitable.
Von Wallenstein, el general que mandaba las fuerzas de Felipe II, derrota al ejército de Ernest Von Mansfeld (aliado de Christian IV) en la batalla del Puente de Dessau (1626) y el general y Conde de Tilly, derrotó a los daneses en la batalla de Lutter. La debacle pronto descorazonó a los protestantes; de ahora en adelante, el centro de las operaciones se haría en dirección a las tierras danesas, reino que Christian IV, tardíamente, ordena evacuar. Muerto Ernest Von Manfeld a finales de ese año, Wallenstein marcha sin obstáculos hacia Mecklemburgo, Pomerania y finalmente la propia Jutlandia, pero no puede tomar la capital danesa en la isla de Seeland por carecer de una flota. Entonces optó por sitiar Stralsund, el único puerto beligerante del Báltico con instalaciones para construir una flota que pudiese tomar las islas danesas. Sin embargo, el costo del sostenimiento de las operaciones de Wallenstein era desorbitado, por lo cual debe renunciar a la empresa y con la victoria, debe volver a Alemania.
El problema Wallenstein y la paz de Lubeck
La desastrosa campaña danesa socavó hasta la última esperanza de la comunidad protestante. A principios de 1629, preocupado por la posibilidad de perder el trono y el país, el rey Christian IV es prácticamente obligado a iniciar negociaciones de paz. La paz de Lubeck, firmada el 7 de junio de 1629, le brinda la posibilidad de conservar su reino pero afecta a los demás países, todos embarcados en sendas luchas de dominio religioso y territorial en el que claro está, Alemania había triunfado. Luego de la calma, dicen, viene la tempestad. Eso paso también para Fernando II, alarmado ante el creciente poder de su máximo general Wallenstein, ganador de la guerra.
El poder de su fuerza militar, consistente en 125,000 hombres, alarma a la nación. Para alivio del país, Wallenstein licencia a sus fuerzas aunque en la práctica, basta simplemente una orden suya para reunirlos otra vez. Fue tal la proporción que la figura de este militar llegó a alcanzar, que Fernando II, ya convertido en un juguete en sus manos, usa sus últimas fuerzas para lograr un viejo anhelo católico: La devolución de las tierras usurpadas desde 1555 por los protestantes. Sin embargo, antes debe darle legalidad a la operación. Si antes surgieron voces desaprobatorias a sus medidas, ésta vez nadie osaría hacerle frente. El 6 de marzo de 1629, el emperador promulga su edicto de restitución por el cual todas las riquezas obtenidas por los protestantes en más de medio siglo, regresaban a poder católico. El Protestantismo, impotente y al borde de sus ímpetus, estaba herido de muerte.
Muy pronto el problema Wallenstein tomaría proporciones enormes. No eran ya pocas las voces que acusaban, falsamente en realidad, al checo de concertar con otros príncipes alemanes para hacerse del poder. El temor derivado por la enorme fuerza militar que poseía, llevó a Fernando II a cometer una maniobra arriesgada: Destituirlo. Cuando el checo se entera de la decisión, inesperadamente, no profiere queja alguna, dispersa a su ejército y se retira así, sin más. Tal extraño comportamiento, que hacía notar la fantasía de las imputaciones, fue pronto lamentado por el emperador. Wallenstein, un aventurero capaz de las mayores empresas por dinero, era ambicioso sí, valeroso e interesado, también, pero no deseaba el poder. Sabía perfectamente que éste, tan volátil y lleno de responsabilidades, no valía nada sin un ejército. Y él lo tenía.
La falta de poder militar suficiente hizo que Fernando II anhelara la vuelta del guerrero En momentos de una nueva conjura forjada desde Francia nuevamente por Richeliu, su presencia era de suma necesidad. El Cardenal francés de Luis XIII había atraído a una causa común a Suecia y Polonia, en entonces enfrentadas, para salvaguardar su independencia religiosa a fin de luchar contra la amenaza al protestantismo: Alemania. Gustavo II de Suecia, y Segismundo III de Polonia, firman finalmente la tregua en Altmark (entonces Polonia) el 26 de septiembre de 1629. Y Suecia, financiada con dinero de varios países implicados, inicia sus operaciones a comienzos de 1630.
Una vez libre de Wallenstein, el ejército, como antes de la guerra con Dinamarca, pasó nuevamente al poder de la Liga Católica. Maximiliano, y el Conde Tilly, recuperaron sus cargos dirigenciales pretéritos. Sin embargo, la coyuntura que se avecinaba, mucho más peligrosa que la danesa, fue descuidada por Fernando II, que creyó que la sólida posición alcanzada y la eliminación del poder protestante, eran garantía suficiente. Estaba profundamente equivocado. No solamente la enorme cabeza de la hidra evangélica estaba viva, sino que también se enfrentarían esta vez a un enemigo temible: Gustavo II. Excelente militar, de gran educación, excelente jinete y atleta, temperamental pero justo hasta la severidad, fue un revolucionario de la estrategia y la organización. Aquí inicia la tercera etapa de la guerra: La intervención sueca.
El Preludio a Lutzen
Gustavo II, apenas al desembarcar en Pomerania (Polonia), había aprendido del error de Christian y no pensaba fiarse de ninguna ayuda extranjera. Completamente solo, el sueco se dio mañana suficiente para avanzar sobre antiguos territorios protestantes sin sufrir excesivas bajas. Casi sin recursos, en medio de una población hostil, sus fuerzas lograron quebrar en poco tiempo toda Pomerania y enfilaron baterías hacia la zona de Magdeburgo, la cual tomaron en julio de 1630. El próximo objetivo de Gustavo fue, previsiblemente, el Palatinado. La lucha fue cruenta, pero el mayor oficio de los suecos se hizo de la plaza en menos tiempo de lo previsto. Incluso el Conde de Tilly, mientras trataba de vadear el río Lech, muere en la operación. Descabezados, Fernando II siente una humillación física tras llamar nuevamente a Wallenstein, quien sin hacerse de rogar, vuelve al campo de batalla.
No obstante, el llamado del formidable general traería una serie de condiciones que sólo la necesidad imperial haría aceptar. Wallenstein, aunque sereno, petrificó al orgulloso emperador solicitándole absoluto e condicional dominio del ejército, completa sumisión del emperador a sus órdenes militares, inmediata revocación del Edicto de Restitución y conservar para sí la dignidad de elector. Se aceptaron todas sus condiciones y el checo volvió a figurar como “general de los mares Báltico y Oceánico”
Para entonces, el emperador sueco, y sus casi 60,000 hombres, habíase apoderado de los principales tesoros de las Iglesias Católicas e iniciado una guerra de desastre tal, que para el invierno de 1632, la situación se volvió casi insostenible. Wallenstein, informado ya del escenario siguiente, convocó nuevamente a las fuerzas que antes le acompañaron pero la reunión de aquellas era empresa tediosa y tiempo era lo que menos se poseía. Wallenstein entonces hizo llamar urgentemente al comandante del destacamento de Colonia, el general Pappenheim, llegando a reunir al menos de este modo fuerzas relativamente superiores La mañana invernal del 16 de noviembre de 1632, ambos ejércitos se encontraron finalmente. La batalla de Lutzen, estaba a punto de empezar y con su resultado, se decidiría el curso definitivo de la Guerra de los 30 años. Todos los países de Europa estaban a la expectativa.
Hacer una pregunta
El tercer y último capítulo de esta guerra prolongada. La lucha militar y religiosa entre católicos y protestantes por la supremacía en Europa estaba llegando a su final. En 1632, el protestante Gustavo II Adolfo de Suecia y las fuerzas católicas de Albretch von Wallenstein, se encontraron en Lützen (Alemania) listas para decidir el curso final de la guerra. Sin embargo, la inesperada intervención francesa marcaría un último aliento a un conflicto que para ese entonces, ya tenía 14 años de durac
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El tema que nos ocupa hoy es aportar otra faceta con miras a despejar el pretendido contubernio o grado de complicidad o silencio entre la Iglesia y el III Reich, una vez más desde el desafortunado mal gusto de la obra El Vicario de Rolf Hochhuth dirigida a desacreditar la figura de Pio XII, hasta el dudoso rigor histórico de las paginas de “El Papa de Hitler” del amateur John Cornwell (síntesis de los anteriores y algo más), hemos de dar cuenta de la fábula de uno y otro lado para gloria y loor de la Verdad. No por que ésta requiera de tan pésimo defensor sino por simple estética de la realidad histórica.
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