Las Guerras De Los 30 Años: Parte 1 La Dispersión De La Cristiandad
La Europa Feudal, aquel período histórico que permitió la imposición extrema de la Iglesia Católica y su lógica restrictiva, intolerante y hasta fanática, retrasó en siglos el avance humano. La fe, regida bajo una casi insoportable carga de sacramentos, determinó a la larga, la aparición crítica de varios pensadores, religiosos y políticos, que intentaron revitalizar el Cristianismo primitivo. El poder excelso y artístico del Renacimiento, el avance de la Ciencia y las humanidades, la era de la conquista de nuevos e impensados territorios y la decadencia del Escolasticismo, generaron en el hombre un nuevo sentimiento, valor y personalidad que lo inclinó al saber y al abrazo de los libros. De ese cúmulo de hechos, nació la llamada Reforma Protestante y años después, por un efecto infinito de concatenación de causas y efectos, el estallido de la Guerra de los 30 años. Abordemos este complejo asunto.
La reforma protestante es con seguridad, el preámbulo perfecto de esta larga serie de guerras (no necesariamente religiosas) que entre los años 1618 y 1648 atrajeron a su centro de gravedad prácticamente a toda Europa. La Reforma Protestante, impulsada sobre todo por Martín Lutero y Juan Calvino, líderes posteriores del Luteranismo y Calvinismo respectivamente, fueron con sus pro y contras una verdadera renovación de la fe en Cristo y un durísimo golpe a la Iglesia, la cual hubo de responder tardía y apresuradamente con La Contrarreforma, aquella nueva serie de medidas dogmáticas, administrativas, autoritarias y represivas, que dividió aún más al mundo cristiano.
Muy pronto el Luteranismo, y en menor medida el Calvinismo, ganarían adeptos. Sin embargo, es importante decir que la propagación de éstas doctrinas se debió más a intencionalidades políticas y vindicaciones territoriales, que a la fe en sí. Veamos por qué: El poderoso imperio Sacro-Romano Germánico (construido por Carlomagno desde el año 962) tenía una organización económica y social que favorecía, a veces con excesivo descaro, a la alta nobleza, poderosos señores cuyos reinos autónomos eran absolutamente contrapuestos a la pequeña nobleza, formada por los nobles más pobres y los segundones de las grandes casas nobiliarias.
Un golpe duro a la Iglesia: La reforma
Ésta clase social, arruinada por las guerras y las ambiciones de la aristocracia, estaba siempre en continuo acecho de procurarse nuevas tierras. Cuando brotaron los nuevos aires renacentistas y humanistas, interesadamente, fueron los primeros en adherirse y financiarlos. Tenían una razón fundada: Cualquier evento que socavara la autoridad de la Iglesia, les servía para enrostrarles su tarea espiritual y la contraproducente forma con la que acaparaban nuevos feudos. La aparición de Lutero les brindó una sensacional oportunidad de enfrentar al clero sin ser castigados con la excomunión. A principios del siglo XVI, el poder del movimiento fue recogido y protegido por aquellos señores que los inculcaron en sus tierras. El asunto llegó a ser tan grave, que en 1521 el emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico (que también reinó en España como Carlos I entre 1500–1558) hubo de convocar a la Dieta de Worms y en 1530, la Dieta de Augsburgo para conciliar a ambas doctrinas. Su esfuerzo fue inútil.
No era para menos. La Iglesia, cuya decadencia moral y eclesiástica era evidente, había llegado al extremo de vender indulgencias, un documento que se adquiría para supuestamente eximir el paso del alma por el purgatorio. Esta práctica indignante y alevosamente embaucadora, fue denunciada por Lutero, quien denunció la estafa iniciando así, la guerra entre ambas partes. El luteranismo comenzó entonces un proceso agresivo de catequización en Europa, fundado principalmente en desconocer a la Iglesia Católica como única opción y medio religioso, la difusión del contenido de la Biblia (antes reservada solamente al clero), la no adoración de imágenes y santos, y el desconocimiento de la mayoría de sacramentos cristianos salvo el bautismo y la eucaristía. El emperador Carlos V, católico acérrimo, ordenó su persecución. La Iglesia, por su parte, lo excomulgó. Muerto Lutero en 1546, el crecimiento de esa fe y la rebeldía de los nobles compelieron a Carlos V (pese a ganar la batalla de Mühlberg en 1547) a aceptar las condiciones de los nobles rebeldes y en 1555 firmó la paz de Augsburgo.
El tratado fue un verdadero triunfo para el luteranismo y los nobles. Según esa paz, cada príncipe alemán podía profesar la religión que quisiera sin que el emperador lo pudiese impedir pero eso sí, todos los vasallos de un noble tenían que tener la misma religión. Además, se estableció el principio por el cual si un príncipe que ocupaba un cargo eclesiástico pasaba al luteranismo, perdería sus derechos de legar sus títulos por herencia o apropiarse de los bienes del obispado o abadía que ejerciera. Esta cláusula a la larga, generó mucha polémica entre los luteranos pues era visible el alto costo de cambiar de religión. Aquella medida controversial motivó la continuación de las diferencias y con los años, sería el punto de partida de la Guerra de los 30 años.
Un estallido predecible: La revuelta de Bohemia
Después de la firma de la Paz de Augsburgo, los resentimientos entre luteranistas y católicos aumentaron significativamente. Muchas veces teniendo que vivir mezclados y en una misma ciudad, los roces entre ellos se volvieron algo común. Ambas doctrinas, intolerantes y fanáticas, anhelaban la supremacía pero sin alguna iniciativa armada, esto era imposible. Quienes más se inclinaban por esta opción eran los nobles germanos luteranos, impedidos de adoptar su religión por el alto costo que ello implicaba. Sólo en Alemania, existían más de 360 príncipes que en secreto, buscaban conspirar contra el rey, que generalmente, era católico. Vistas así las cosas, el estallido del conflicto era ya inevitable. El 20 de marzo de 1619, la muerte del emperador reinante, Matías (que no dejó herederos) precipitó los acontecimientos.
Fallecido el emperador, el Colegio Electoral se reunió el 22 de marzo en Frankfurt para decidir quien debía ser el nuevo rey. Era el órgano dominador del Imperio y sin su consentimiento, el futuro emperador no podía convocar reuniones (Dietas), establecer impuestos, concertar alianzas o declarar la guerra. Estaba integrado por 3 electores católicos de Maguncia, Colonia y Tréveris, los electores calvinistas de Bohemia, del Palatino y Brandeburgo, y finalmente, el elector de Sajonia, de religión luterana. Felipe II, fue finalmente elegido por una mayoría católica en detrimento de Maximiliano I de Baviera, católico más capacitado y tolerante a las prácticas religiosas. Tras su elección, la preocupación se extendió como reguero de pólvora a todo el mundo protestante, que conocía perfectamente los ideales del nuevo emperador. Aquí se prende la chispa de la famosa guerra de los 30 años.
Felipe II era un ferviente católico. Por ello nunca pudo ocultar su desprecio por la aristocracia luterana o calvinista y sus excesivos apetitos de poder. Resistido, la situación se volvió más tirante cuando la nobleza de Bohemia, enterada ya de sus intenciones, se declaró en abierta insubordinación. Éste fue el hecho final de una larga serie de rivalidades entre religiones cristianas (a las que había de añadirse ulteriormente el Calvinismo), entre las que se contaban los violentos sucesos de Donauworth (Baviera) en 1606, y las formaciones de las ligas de Unión Evangélica o protestante, y la Liga Católica, para la lucha común.
Los bohemios proclamaron como rey a Federico V del Palatinado y desconocieron a Fernando de su autoridad real. El habsburgo, furioso, calma sus ímpetus y decide enviar pacíficamente a dos consejeros católicos (Martinitz y Slavata) hacia el Castillo de Hradcany (hoy Praga). Cuando los funcionarios llegan al lugar, la nobleza checa arroja a las autoridades católicas del Palacio Real por una de las ventanas, aunque sin daños graves. Este hecho, conocido como la Segunda Defenestración de Praga (la anterior, ocurrida 200 años antes terminó con la vida de 7 consejales), fue el punto de quiebre en las relaciones de ambos. La audacia ocurrida en Bohemia pronto fue imitada en los demás estados protestantes, cuyas clases nobles también se rebelaron.
La ascensión de Felipe II y la primera fase de la guerra
El nuevo emperador Felipe II pronto comprendió que sin un ejército, sus días en el poder estarían contados. Por ello decidió buscar nuevos aliados a la causa católica. Así, demandó su ayuda a Maximiliano, único príncipe católico germano con un ejército regular. El 8 de octubre de 1619, éste accede a socorrerlo bajo la condición que le permitiera adueñarse de Bohemia y se le concediera voz electoral en el Consejo Electoral. Felipe accedió de buena gana. Para reforzar su posición, el emperador fue hábil y se atrajo las simpatías de Juan Jorge de Sajonia, que también detestaba a los calvinistas. Sin embargo, ningún apoyo fue tan decisivo como el que recibió del emperador de España, Felipe III, también de la casa de Habsburgo, quien le apoyó con 18,000 soldados.
El apoyo al nuevo emperador pronto significó un duro revés para los protestantes, que buscaron desesperadamente la búsqueda de aliados. Sólo el Calvinista Federico V del Palatinado (actual Renania, Alemania) aceptó. Hacia mediados del año 1620, los ejércitos de ambos bandos estaban listos. Por un lado, estaba el ejército de la Liga Católica, compuesto por 25,000 hombres (comandado por Maximiliano de Baviera, Johan Tzerclaes, Conde de Tilly, y el Conde de Bucquoy), dirigiéndose a la frontera austríaca; mientras que Ambrosio Spinola Doria, mercenario al servicio de España, partía a Flandes con otros 24,000 para someter el Palatinado. Por el lado protestante, el conde Enrique de Thurn de Bohemia y sus 12,000 hombres, preparaban la resistencia.
El 10 de junio de 1620, el primer ejército referido, que ya había capturado las diversas cartas que los bohemios habían enviado a Sajonia para obtener ayuda, traba combate en la Batalla de Sablat, ganándola. El impacto de la derrota sacude a los bohemios, que pierden inicialmente toda comunicación con Praga pero se las ingenian para componer su ejército. Sin embargo, muy pronto queda al descubierto el pacto entre el reino alemán de Sajonia, Austria y Bohemia, y el ejército católico corta definitivamente sus líneas de comunicación, aislándolos. En inferioridad numérica, los protestantes deben trabar una batalla que no desean (en Colina Blanca, Praga) donde el ejército bohemio al mando de Christian de Anhalt, príncipe de Anhalt-Bernburg, es derrotado estrepitosamente. El desastre, ya inevitable, se completa con la exitosa toma del Palatinado por el católico mercenario Spínola.
Al borde del colapso, la unión de la Liga Evangélica reflexiona seriamente en abdicar a la lucha. Pero Felipe II, dejándose llevar por sus iracundias pierde una valiosa oportunidad y en vez de mostrarse prudente y conciliador, ve en la debilidad de los enemigos el pretexto perfecto para dominarlos aún más. Haciendo evidente su odio a los protestantes, inicia una serie de persecuciones que apoyadas por la Inquisición, terminan con la vida de miles de hombres, incluso mujeres y niños. La demencia de lo que se supone un hombre piadoso e instigado por los ideales cristianos, defraudan severamente a los protestantes que sacan fuerzas de flaqueza para tramar una nueva conjura.
Exasperados por la opresión, sus líderes reunidos en alguna arcana plaza de Bohemia buscan reorganizar la lucha hacia el emperador. Los voluntarios, que ya se cuentan por miles, se integran a los remanentes del ejército derrotado en Montaña Blanca liderados esta vez, por el calvinista y general Ernest Von Mansfeld, un fanático que bien ha merecido su apelativo del “Atila de la Cristiandad”. Vigoroso, refinado y convencido que en la doctrina de Calvino se hallaba la verdad, jura vengar las afrentas recibidas por los católicos. Felipe II, que cree asegurada la victoria, recibe tarde la noticia de la conformación de un nuevo ejército. En ese momento, la cabeza de la hidra nuevamente se ramifica y piensa planear una nueva ofensiva. En la primavera de 1622, se reúnen Christian, duque de Brunswick, Jorge Federico, margrave de Baden Durlach y Mansfeld. Su consigna era clara: O la victoria, o la derrota.
Fue finalmente lo segundo. Su ejército de casi 20,000 hombres fue aniquilado en la batalla de Höchst (hoy Alemania) y en agosto de 1623, Christian de Brunswick fue aplastado por el Conde Tilly en Stadtlohn (actual Westfalia, Alemania), donde sólo un tercio del ejército de 21.000 hombres de Mansfeld consiguió escapar de la batalla. Sin suministros, ni recursos humanos, ni financiación, el ejército de Mansfeld se dispersó finalmente en 1624. La derrota definitiva y la conquista de la región del Palatinado dieron a Felipe II la coyuntura necesaria para gobernar a sus anchas. Las últimas cadenas que moderaban su vanidad, se rompieron años antes (1621), cuando en aras de cumplir sus compromisos con sus aliados, pisoteó los estamentos de la organización política de su país. Es aquí cuando la guerra, que en principio fue sólo de Alemania, pasó a convertirse en una guerra continental.
Hacer una pregunta
El tercer y último capítulo de esta guerra prolongada. La lucha militar y religiosa entre católicos y protestantes por la supremacía en Europa estaba llegando a su final. En 1632, el protestante Gustavo II Adolfo de Suecia y las fuerzas católicas de Albretch von Wallenstein, se encontraron en Lützen (Alemania) listas para decidir el curso final de la guerra. Sin embargo, la inesperada intervención francesa marcaría un último aliento a un conflicto que para ese entonces, ya tenía 14 años de durac
Tras la derrota de los ejércitos protestantes en Sablat, Höchst, y Stadtlohn, Felipe II, nuevo emperador de Alemania, encontró despejado el camino para sus planes. En enero de 1621 se vengó del elector del Palatinado, Federico V, quitándole su condición real para transferirle sus derechos electorales a su aliado Maximiliano de Baviera. Este hecho motivó a Suecia y Dinamarca, países protestantes, a proseguir una guerra que hasta entonces, ya llevaba más de 10 años de iniciada.
Culminadas dos de las tres guerras médicas entre el mundo heleno y Persia, un nuevo orden se había instaurado en el mundo occidental. Los griegos, victoriosos, entraban a su edad de Oro de la mano de Pericles. Sin embargo, el gran ascenso de Atenas motivaría el recelo del otro gran estado griego, Esparta, que le declararía la guerra.
Articulo que hace un analisis sobre los crimenes contra homosexuales, la complicidad de las autoridades, los derechos de las personas de opcion sexual distinta, las injusticias contra los homosexuales, homosexuales famosos y de renombre en la historia de la humanidad. Un llamado a la conciencia, a los politicos, para que legislen y garanticen los derechos de estos grupos humanos, que viven un holocausto, a vista y paciencia de la policia de todo el mundo.
Donde sea que uno apunte en el mundo musulmán, está el enceguecido adoctrinamiento que busca la conversión o sumisión al Islam, o la destrucción de los infieles. Esa condición es intratable por medios diplomáticos; la única opción es la guerra.
A pocos meses de la celebración del Centenario del Nacimiento del Poeta del pueblo el que oficialmente se ha denominado Año Hernandiano( 1910-2010). Proyectamos un rayo para vindicar su bonhomía en cuanto a libertad, justicia e igualdad, para esparcir aún más su espíritu valeroso de entrega
El tercer y último capítulo de este gran suceso histórico. Tras la infructuosa toma de Madrid, Franco comprendió que el futuro de la guerra estaba en cimentar su poder en el país y no solamente en conquistar la ciudad. El 31 de marzo de 1937, las fuerzas franquistas iniciaban la ofensiva final. Los republicanos, cercados por ambas flancos, debían resistir. La hora final por el futuro de España había llegado.
Porque los judíos no creen en Jesus? Voy a tratar de sintetizar los puntos de esta interesante pregunta y que han sido expuestos en una excelente forma por el Rabi Shraga Simmons
El tema que nos ocupa hoy es aportar otra faceta con miras a despejar el pretendido contubernio o grado de complicidad o silencio entre la Iglesia y el III Reich, una vez más desde el desafortunado mal gusto de la obra El Vicario de Rolf Hochhuth dirigida a desacreditar la figura de Pio XII, hasta el dudoso rigor histórico de las paginas de “El Papa de Hitler” del amateur John Cornwell (síntesis de los anteriores y algo más), hemos de dar cuenta de la fábula de uno y otro lado para gloria y loor de la Verdad. No por que ésta requiera de tan pésimo defensor sino por simple estética de la realidad histórica.
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La mayoría de los que vivimos en países latinos conocemos, hemos conocido o hemos tratado alguna vez con alguien de apellido León. Es un apellido digamos conocido aunque hay que reconocer no de los más habituales comparados con otros mucho más utilizados como ser Gomez, Gonzalez, Rodriguez, Lopez u otros.
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Este artículo hace un análisis al sistema socio-político de nuestro país, y presenta la realidad actual de México.
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Tras el triunfo en el año 1071 de los turcos selyúcidas en Siria y Palestina y la toma de Jerusalén, el Islam se hallaba a casi un paso de ingresar a Europa. Alejo Comneno, emperador de Bizancio, pidió ayuda al papá Urbano II quien en el famoso Concilio de Clermont, organizó la Primera Cruzada (1096-1099) bajo el lema: Deus vult! (¡Dios lo quiere!).
Escasos hechos en la historia tan decisivos para el futuro de la humanidad como los 3 episodios de las llamadas Guerras Médicas entre Grecia y Persia, representantes de formas contrarias de sentir el mundo. El curso final de estas batallas, de traslúcido resplandor helénico, permitiría a Oriente y Occidente desarrollarse en forma paralela prácticamente, hasta nuestros días.
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Tras la derrota de los ejércitos protestantes en Sablat, Höchst, y Stadtlohn, Felipe II, nuevo emperador de Alemania, encontró despejado el camino para sus planes. En enero de 1621 se vengó del elector del Palatinado, Federico V, quitándole su condición real para transferirle sus derechos electorales a su aliado Maximiliano de Baviera. Este hecho motivó a Suecia y Dinamarca, países protestantes, a proseguir una guerra que hasta entonces, ya llevaba más de 10 años de iniciada.
Desde épocas antiguas, el consumo del opio fue considerado por distintas culturas occidentales como una panacea universal. Sin embargo, cuando el somnífero fue introducido por mercaderes ingleses en China, es cuando el hábito de consumirla se transformó en un decadente problema social que el emperador Daoguang decidió terminar. He ahí el génesis de las dos célebres guerras del Opio (entre 1839 -1860).
Desde 1588, el rey español Felipe II de Habsburgo había estado madurando la idea de un ataque a la Inglaterra de la “Reina Virgen” Isabel I, de espinosa relación con el país. Para el efecto, mandaría crear una poderosa flota naval de 130 embarcaciones que avistadas en puertos ingleses, provocaría el pavor del Imperio. La Grande y Felicísima Armada Española estaba ya en aguas británicas, dispuestas a tomar el país. Había llegado la hora de defenderse.
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