Las Guerras De Los 30 Años: Final La Intervención Francesa Y La Paz De Westfalia
La lucha militar y religiosa entre católicos y protestantes por la supremacía en la Europa Central (una guerra que ya llevaba 14 años continuados) estaba llegando a su etapa más crucial. La gélida y nublosa mañana del 16 de noviembre de 1632, el protestante Gustavo II Adolfo de Suecia y sus 19,000 hombres, y las fuerzas católicas de Albretch von Wallenstein con casi 25,000 hombres, se encontraban en marcha hacia las llanuras del Lützen, al nordeste de la carretera de Leipzig (actual Sajonia, Alemania) para decidir el curso final de la guerra. Suecia, semanas atrás, había alcanzado una resonante victoria en la batalla de Breitenfield, en la que había muerto el mayor general de la Liga Católica, Johan Tzerclaes, el célebre Conde de Tilly. Felipe II, el emperador de los Estados Alemanes, anhelaba la venganza. Y se jugó incluso su orgullo llamando a Wallenstein, a quien había despedido años atrás.
El avance de las huestes suecas era vertiginoso y contundente. Toda Sajonia, además de Pomerania, Magdeburgo y el Palatinado, habían caído bajo su control. Gustavo II, un verdadero portento de la organización y la estrategia, había iniciado un sistemático saqueo de los bienes católicos y reforzado las posesiones protestantes de tal forma que de perderse esta batalla, la preeminencia evangélica sería inevitable. La víspera, el mayor general del alemán Felipe II, Von Wallenstein, disminuido por la enfermedad de la Gota, había ordenado, con cierta desesperanza, cavar trincheras y establecer el orden final de la batalla y la estrategia. Wallenstein, frente a un enemigo de habilidad superior, sabe que pelear sin mayores refuerzos sería una locura. Pero la cercanía de Suecia lo obliga a aceptar una batalla que no quiere.
A las 2 de la madrugada, Wallenstein envía un mensaje de auxilio al general Gottfried Graf von Pappenheim de Colonia. “El enemigo avanza –escribió -. Apreciado señor, dejad todo lo demás y acudid con vuestras fuerzas y artillería a socorrerme. Podéis estar aquí mañana por la mañana. Él (Gustavo de Suecia) se encuentra todavía en el paso de Rippach”. Pappenhein, para suerte católica, se une a su causa y junto a sus 8,000 hombres salen de Colonia antes de rayar el alba. Hacia las primeras horas de la mañana, los suecos estaban ya en Lützen y sin dar descanso, quieren iniciar el ataque. Sin embargo, la neblina es tan espesa que ambos bandos deben templar sus ánimos pese a estar solamente a metros de distancia. El emperador sueco, tan buen general como hombre impulsivo, da la orden de atacar. El estallido de los mosquetes retumba en la llanura, pero la escasa visibilidad no permite iniciar las acciones a las segundas líneas de piqueros.
El desastre al atardecer
Inesperadamente, las malas condiciones atmosféricas dispersan a las tropas suecas. Su emperador, puesto como de costumbre en los puestos de avanzada, se puso a la cabeza de un regimiento de caballería y se dirige al punto neurálgico del conflicto. La niebla lo pierde unos minutos de su cuerpo de seguridad y en la confusión, choca con una partida de jinetes enemigos que sin saber quien era, disparan sin más. Herido mortalmente en la cabeza y en el cuerpo, Gustavo cae del caballo inconsciente. Cuando logran alcanzarlo sus tropas, presos de la conmoción, ven al rey agonizante y de inmediato, lo retiran del campo de batalla.
La muerte de su amado emperador lejos de intimidarlos, los embargó de un furor ciego. Enloquecidos, las tropas suecas se lanzan en masa hacia el centro de la línea de defensa de Wallenstein quien tras retroceder por el terrible impacto, es casi totalmente quebrada. El combate cuerpo a cuerpo es brutal. Las cargas de caballería y los estallidos de las armas propagan la confusión. Cuando empieza a dispersarse la niebla, ocurre algo inesperado: A lo lejos, se ven llegar las tropas de Pappenheim y sus 8,000 hombres que atacan directamente el ala derecha sueca. Sin embargo, la formación de batalla del enemigo es tan rígida y bien organizada, que los refuerzos son rechazados y el propio Pappenheim muere intentando romperla. Eliminada la sorpresa y aminorada la barrera central, los suecos imponen su fuerza y hacia el final de la tarde, la victoria es completa.
El golpe es para ambos bandos, terrible. Aunque no se tienen estadísticas oficiales de las bajas, se estima que en ambos ejércitos las pérdidas excedieron los 13,000 hombres entre muertos y heridos. Suecia, cuando supo de la muerte de su bienamado rey, quedó petrificada. No obstante, el estacazo que Gustavo infligió a Felipe II fue desgarrador. Suecia había devastado sus tierras, cargado con los inmensos tesoros de los templos católicos, destruido el prestigio invencible de Wallenstein y vindicado el poder religioso y militar de los protestantes.
La derrota inició un nuevo período en la contienda: El de la intervención francesa; la cuarta y última etapa de la guerra antes de la paz de Westfalia. El Cardenal Richelieu, cuyo auspicio económico había generado a la larga la hecatombe habsburgo, no podía sentirse en mejores condiciones. La guerra pudo haber terminado si así lo hubiesen deseado, pero los vencedores perdieron el tiempo en disensiones internas y luchas de poder por el trono sueco y las nuevas tierras conquistadas, vacilaciones que darían tiempo a Alemania para levantar nuevamente su testa. Tan larga y multinacional contienda se vería forzada pues, a una nueva etapa, acaso mucho más sangrienta que las anteriores, en donde el poder político y las múltiples alianzas entre Estados serían práctica común.
Praga, el preludio a Westfalia
Retirado a toda prisa del campo de batalla, Wallenstein, aquel talentoso militar checo, tuvo que regresar a Alemania con las manos vacías y con una derrota lacerante a cuestas. La ingratitud de Fernando II, que se rebeló apenas supo de la derrota, olvidó sus éxitos pasados y apenas vuelto, lo mandó a vigilar, seguro que el viejo guerrero conspiraba contra él. Peligrosamente indefenso, el habsburgo entrevió la necesidad imperiosa de formar alianzas que le provean de un nuevo ejército. Su esperanza pues, recayó en su hijo Felipe (el futuro Felipe III de la Casa de Augsburgo) que había sido coronado ya rey de Hungría, Bohemia y rey de los Romanos.
Esta habilidad diplomática le trajo excelentes resultados. Astuto y persuasivo, supo atraer también los favores del cardenal-infante don Fernando de Habsburgo, dueño de las posesiones españoles habsburguesas en Milán (Italia). Pasado un año de la derrota de Lützen, Fernando II les plantó nuevamente combate. El 6 de septiembre de 1634, en la batalla de Nördlingen, Bernardo de Sajonia-Weimar fue derrotado por las fuerzas combinadas de Hungría, Milán, Bohemia y la liga Católica. La victoria hizo perder en cuestión de meses todo lo ganado anteriormente por Gustavo II Adolfo. Su sucesor, Gustavo de Horn debió emprender la vuelta a Estocolmo profundamente avergonzado. Había subestimado demasiado a Fernando II. Y anhelaba lo más pronto posible, una nueva contestación.
Sin embargo, sus deseos se vieron impedidos momentáneamente gracias a la paz de Praga, firmada por el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Fernando II, y la mayoría de los estados protestantes del Imperio. El acuerdo fue un triunfo para el habsburgo. No era para menos. Hartos todos de tan larga guerra civil, el imperio se había paralizado en casi dos décadas a raíz de tantos enfrentamientos continuos y permitido la intervención de toda suerte de países extranjeros en asuntos netamente habsburgos (Francia, Suecia, Dinamarca, Provincias Unidas, España, Italia, Hungría etcétera). Además, Fernando II infirió, ya muy tarde en realidad, que su proyecto de unificar sus tierras bajo el poder católico era algo imposible, y que la Unidad del imperio era mejor que la dispersión perpetua.
El 30 de mayo de 1635, gracias a los contactos que el luteranista y elector de Sajonia Juan Jorge I había iniciado, un feliz emperador selló el trato. En él se acordó que en adelante, todos los ejércitos alemanes serían uno solo, la vuelta de todas las posesiones a los protestantes ganadas en 1555, la legalización del calvinismo, y el fin de las alianzas entre nobles, sea cual sea su finalidad. Vuelta la calma a su imperio, Fernando II ahora pensó únicamente en reafirmar su nuevo poder. Antes, y en líneas aparte, merece mención especial el asesinato del checo Wallenstein cuando intentaba contactar a los suecos para salvar su cabeza. Descubierto, un capitán de nombre Devereux lo asesinó el 25 de febrero de 1634. Así le serían pagados sus altos servicios prestados a la nación.
La intervención Francesa: El último capítulo de la guerra
El acuerdo de Praga hirió hasta en su fibra más sensible a los gobernantes de los países enemigos al Sacro Imperio. Si ya no existían más luchas internas en el país, el poder de los Habsburgo, ya diseminado por toda Europa, pondría en seguro peligro a las otras naciones. El Cardenal Richelieu, considerándolos excesivamente poderosos, se alió con Suecia y las Provincias Unidas (Frisia, Groninga, Güeldres, Holanda, Overijssel, Utrecht y Zelanda) imperios que observaban con terror cómo los alemanes recobraban su poderío antiguo y extendían su poder militar y comercial. Resolvieron entonces, declararle la guerra.
Esta es la etapa más confusa de la guerra y también la más cruenta. Por muchas razones, los ejércitos de casi todos los países europeos participaron en la contienda, lo que trajo la ruina económica a sus pueblos, muchos sumidos en una miseria espeluznante. Este período de las operaciones generó el nacimiento de distintas sediciones cuya fuerza agotó a los Imperios, que luchaban tanto externa como internamente. Las luchas iniciaron en Francia, gracias a las represalias que España, territorio Habsburgo, iniciaron en la primavera de 1636. Las regiones de la Champaña y Borgoña francesas quedaron destruidas y París, amenazada, fue auxiliada por tropas suecas y sajonas que derrotaron a los habsburgos en la batalla de Compiegne (Francia) en 1637.
La nueva guerra, que recrudeció con los años siguientes, tuvo un pequeño respiro tras la muerte casi sucesiva de sus actores principales. Fernando II, murió el 15 de febrero de 1637; el intrigante Cardenal Richeliu (el mismo de las historias de los mosqueteros) falleció el 5 de septiembre de 1642 y su rey, Luis XIII, expiró un año después. La suma de estas muertes quitó vigor a la contienda, que hubo de seguir algunos años más por el juego de la inercia y la ambición. Las exhaustas arcas de los países germanos y austríacos, pieza central del poder Sacro en Alemania Central, y la enorme dificultad de conseguir nuevos ejércitos, produjeron una creciente incapacidad de defenderse que los Borbones y sus ejércitos aprovecharon al máximo.
En 1645, Fernando III, heredero del Sacro Imperio, vio con preocupación cómo sus fuerzas eran derrotadas en la batalla de Jankau (hoy República Checa) ante las tropas francesas y suecas comandadas por Lennart Torstensson. Con este triunfo, no fue difícil para sus enemigos obligar en 1647 a Maximiliano I, rey de Baviera, a romper su alianza con el Sacro Imperio. Esto prácticamente, marcó el final de la Guerra de los 30 años. Lejanos los tiempos en que fue simplemente una guerra de creencias, ahora se había transformado en un conflicto en el que los intereses territoriales lo eran todo. Con sus últimos ímpetus, un esfuerzo conjunto de las diferentes tierras habsburgas (Austria, España, Italia del Norte y Alemania) no pudo alcanzar la victoria ni en las batallas de Zusmarhausen y Lens. En la bancarrota, y fastidiado por la terrible presión francesa, debió acceder a negociar.
El Final de un largo conflicto
La paz de Westfalia, un tratado cuyas repercusiones fueron decisivas para el futuro del mundo occidental, es como se conoce a dos acuerdos específicos alcanzados en las ciudades de Osnabrück y Münster (Alemania) en 1648, uno el 15 de mayo y el otro el 24 de octubre. Según estos tratados, se ponía fin a la guerra entre los estados beligerantes y se concluía el enfrentamiento que durante 80 años enfrentaba a España con la República de los Siete Países Bajos. Sin embargo, la principal consecuencia directa, fue el debilitamiento de las posiciones de Austria y España y el fortalecimiento de Francia (representada por el cardenal Mazarino) que ganaba numerosos territorios en su frontera oriental, entre ellas, Metz y Alsacia.
No fue el único beneficiado. Brandeburgo, gracias a la mediación de Francia (que pretendía promover una potencia en el norte de Alemania que equilibrase la balanza con Austria) anexionó numerosos territorios y formó el núcleo de lo que en décadas venideras sería el reino de Prusia. También las pequeñas Provincias Unidas lograron el reconocimiento definitivo de su independencia, y Suecia se convirtió en la mayor potencia del norte de Europa, logrando arrinconar a Dinamarca en su espacio continental. Como vemos, el alcance de este tratado configuró nuevamente toda la organización europea. De allí su importancia gigantesca.
Las consecuencias de Westfalia fueron más allá de un simple reajuste territorial. Las vidas humanas y la destrucción material fueron quizás tan grandes, como una guerra Mundial. Durante el curso de la misma, por ejemplo, la población del Sacro Imperio se vio reducida en un 30%. En Brandeburgo se llegó al 50%, y en otras regiones incluso a dos tercios del total. La población masculina en Alemania se redujo a la mitad. En los Países Checos la población cayó en un tercio a causa de la guerra, el hambre, las enfermedades y la expulsión masiva de checoslovacos protestantes. Solo los ejércitos suecos destruyeron durante la guerra 2.000 castillos, 18.000 villas, y 1.500 pueblos en Alemania.
Finalmente, la antigua idea por la cual el Emperador y el Papa podían mediar en los asuntos de toda la cristiandad, fue exterminada, triunfando así la idea de Estado francesa, por la cual se rechazaba la injerencia de poderes extraños en los asuntos internos del reino. El papado quedaba de este modo apartado definitivamente de la participación que venía ejerciendo en las decisiones de la política europea, y el Imperio se convertía en una institución caduca.
Hacer una pregunta
Tras la derrota de los ejércitos protestantes en Sablat, Höchst, y Stadtlohn, Felipe II, nuevo emperador de Alemania, encontró despejado el camino para sus planes. En enero de 1621 se vengó del elector del Palatinado, Federico V, quitándole su condición real para transferirle sus derechos electorales a su aliado Maximiliano de Baviera. Este hecho motivó a Suecia y Dinamarca, países protestantes, a proseguir una guerra que hasta entonces, ya llevaba más de 10 años de iniciada.
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