La Guerra Del Opio:la Prepotencia Del Imperialismo Inglés
Desde épocas antiguas, el consumo del opio (una droga analgésica narcótica que se extrae de las cabezas verdes de la adormidera o Papaver somniferum) fue considerado una panacea universal. Romanos, sarracenos, griegos, árabes, persas e incontables pueblos de la antigüedad, la usaron tanto para usos médicos, como para suicidarse o despojarse de la voluntad. Con el intercambio cultural entre Oriente y Occidente, esta droga fue cultivada en Asia y en concreto en la India desde el siglo VIII de nuestra era. Sin embargo, cuando el somnífero se expandió a China, es cuando el hábito de consumirla se transformó de un hábito común y tolerado, a una decadente adicción que consumía las fuerzas vivas de la nación. He ahí el génesis de las dos célebres guerras del Opio (entre 1839 -1860).
Desde el siglo XVI, cuando los portugueses establecieron la primera colonia en China (Goa), el flujo comercial entre Occidente y la China aumentó exponencialmente. Con el tiempo tanto España (que poseía las Filipinas) e Inglaterra (la India) y otras potencias como Holanda y Francia (en menor grado), alentaron la producción de opio, un alcaloide que en breve convirtió en adicta a la gran mayoría de la población china. Las repercusiones generadas por el estupefaciente se dejaron sentir con una intensidad tal, que el gobierno chino, bajo la dinastía Qing, pensó tomar medidas más drásticas. No era para menos. Un obrero chino, aún el más pobre, gastaba el 40% de su sueldo consumiendo opio, dispendio que representaba en la mayoría de casos, el arruine total de las familias y la consiguiente miseria.
La situación pronto se volvió insostenible. Con la propagación común de la creencia que la droga servía para aliviar todos los males, se calcula que más de 100 millones de súbditos ya consumían el narcótico y un 10% de ellos, ya eran adictos. Esto motivo que China iniciará en 1835 (en realidad las empezó el emperador Yongzheng en 1729) una serie de reformas aislacionistas entre las que se contaban: mínimo comercio extranjero, alto precio para las importaciones, y programas de erradicación del cultivo. El emperador Daoguang asestó con estas medidas un duro golpe a las potencias, sumamente necesitadas en aquel tiempo de comerciar dado los onerosos gastos que las guerras napoleónicas habían generado.
Muy pronto el funcionario principal del emperador y responsable de la ejecución de este nuevo paquete de decisiones, Lin Hse Tsu, se atrajo las iras de la comunidad internacional, impotentes de obligar al emperador a establecer un comercio bilateral pues a criterio del gobernante Qing (esto era verdad en ese momento), las potencias extranjeras no tenían nada que pudiera ser de valor comercial para el Imperio. Inglaterra, a la cabeza de los afectados, asistió entonces a un nuevo escenario donde se les privaba de comprar té (producto fundamental), seda, porcelana, condimentos, entre otras cosas, a no ser que pagaran por ellos en efectivo, es decir, en monedas de plata. El déficit comercial, y las trabas a la llegada de nuevas empresas al país, alentaron a los imperialistas a optar por el contrabando tanto de opio, cacao o maíz, para equilibrar los enormes costos que implicaba el traslado de estas mercancías a China.
La consumación de la prepotencia: La primera guerra por el opio
Sin embargo, ninguna decisión impresionó tanto como la ocurrida en la primavera de 1839, cuando Lin Hse Tsu, tras su llegada a Cantón (Guangzhou), ordenó destruir los principales depósitos de la droga del país y la incineración de 20.000 paquetes de opio que los traficantes extranjeros tenían en la ciudad. Las reacciones airadas de los ingleses, franceses y hasta españoles, involucrados en la confiscación, no tardaron en aparecer. Esa misma semana, el burócrata envió una sentida y respetuosa carta a la reina inglesa Victoria I, solicitándole encarecidamente que prohibiera el tráfico de opio al país por considerarlo un tema que afectaba directamente la salud del pueblo chino. Con seguridad presionada por las inversiones que mantenía la Compañía Británica y Holandesa de Indias Orientales, o por simple imperialismo, la reina descartó sus recomendaciones y alentó más bien, que prosiga el contrabando de opio camuflado entre el té o el tabaco, el denominado comercio China Trade o Far East Trade.
La tensión entre el gobierno chino y los ingleses entonces, llegó a un punto final. No sólo creció el comercio, sino que todas las medidas oficiales dadas por el emperador se convirtieron en letra muerta. Lin Hse Tsu, a mediados de abril de 1839, determinó expulsar a los comerciantes extranjeros, los cuales a su regreso al Reino Unido quejáronse ante la Reina. Aquí inició formalmente la llamada Guerra del Opio. La Reina Victoria, que deseaba extender su presencia más allá de sólo la India, declaró la guerra. Cuando el emperador Daoguang supo de la medida, págole al buen Hse Tsu con el destierro, enviándolo al Desierto de Mongolia, donde murió. Con disgusto, aunque a criterio de sus biógrafos con más temor que decisión, hubo de acceder a una conflagración que sabía de antemano, perdería. Y así sucedió.
Fue una guerra corta, pero dolorosa para China. La enorme capacidad militar de la fuerza naval inglesa destruyó en apenas un mes la resistencia china, modesta y antigua. El emperador hubo de iniciar inmediatas medidas de paz. Así pues, el 29 de agosto de 1842, a bordo del acorazado inglés HMS Cornwallis, se firmó el Tratado de Nankin, de funestas consecuencias para el país oriental. Casi con prepotencia, China debió inclinarse a una serie de prerrogativas abusivas que provocaron la indignación de la nación, sobre todo de su sector comerciante. De acuerdo con el pacto, Inglaterra tendría derecho de comerciar en las 5 zonas de tráfico más importantes de China (Cantón, Amoy, Foochow, Ningbo y Shanghái) y le sería cedida la isla de Hong Kong, un verdadero símbolo nacional, además de una serie de altísimas reparaciones económicas que arruinaron aún más la economía del país.
La Segunda Guerra del Opio: La pérdida definitiva de Hong Kong
China, debilitada y sin capacidad de reacción, se volvió en adelante un juguete en manos de las potencias extranjeras. Pese a las tratativas chinas sobre la erradicación del comercio del opio, éste no fue siquiera debatido y muy por el contrario, el contrabando prosiguió y permitió que hasta naciones aliadas como Estados Unidos o Francia, acentúen sus operaciones. Esto fue la gota que rebalsó el contenido del vaso para un gran sector del país, quienes juzgaban al gobierno como ineficiente, servil y corrupto. Sumido en un amplio descrédito, la turbulenta coyuntura permitió la aparición de un extraño y peculiar fenómeno religioso denominado “Reino Celestial de la Gran Paz”.
Este movimiento, que ya venía tomando forma desde comienzos del siglo XIX, estaba representado por Hong Xiuquan, un fanático cristiano converso, hijo de granjeros y que impedido de ingresar a la burocracia, forma un movimiento religioso-militar que aprovechó la hambruna y xenofobia existente para crecer a niveles gigantescos. Esta insurrección, llamada Rebelión Taiping (1851 - 1864), puso en verdadero jaque al emperador Daoguang, quien sólo bajo el apoyo de las potencias extranjeras y gracias al suicidio de su líder, pudo sofocar el levantamiento. Esta guerra civil, la más sangrienta antes de las Guerras Mundiales, determinó la muerte de entre 20 o 50 millones de personas, y socavó hasta el último resquicio de autoridad del emperador.
Enseñoreados en el país, muy pronto Inglaterra, secundada por Francia, presionó para mayores beneficios. La ignominia y la vergüenza que sentía el pueblo afectaron la sensibilidad del emperador, quien cansado de los apetitos y la arbitrariedad foráneos, quería sublevarse. ¡¡¡Pero no podía!!! Conscientes de su debilidad, Gran Bretaña solicitó mayores libertades, muchas de ellas inconcebibles como legalizar el opio, abolir los impuestos para su comercio, dirimir en la contratación de los esclavos coolies, obtener residencia fija para su embajador, y demás. La infamia y abuso de tales pedidos convencieron a los consejeros de Daoguang de rechazarlas e Inglaterra, una vez más, amenazó con las armas. Fue aquí cuando se produjo el segundo episodio de estas guerras del opio, acaso el menos sangriento pero históricamente, el más significativo.
Aún en plena guerra contra la rebelión Taiping, y luciendo una armada terrestre y marítima anticuada y ridícula, fue poco lo que el país pudo hacer. Inglaterra, apoyada por Francia, con la dirección de James Bruce, 8vo Conde de Elgin, ocupó Guangzhou en 1857, ordenó la destrucción del Yuanming Yuan, el viejo Palacio Imperial de Verano (Pekín) y la toma del fuerte de Taku (actual Tianjin). China, nuevamente tuvo que capitular pero esta vez, pagaría cara su defección. En junio de 1858, China firmó el Tratado de Tianjin, por el cual accedía a todos los requerimientos ingleses, más una serie de compensaciones económicas que a China le era imposible honrar.
Finalmente, todos estos puntos y la ampliación de otros acápites, fueron finiquitados en la famosa Convención de Pekín del 18 de octubre de 1860, por la cual se ponía punto final a las Guerras del Opio e Inglaterra obtenía por 99 años la soberanía de Hong Kong (recién devuelta en 1997), la apertura total del país al comercio extranjero, la legalización del comercio del opio y la preeminencia de los intereses ingleses en la zona. Luego del tratado, China se vio envuelta en una serie de problemas internos y externos entre las que destacan la rebelión Boxer de 1899, la derrota frente a Japón en 1895, y la caída inminente de la Dinastía Ping en 1911. A la larga, todos estos acontecimientos sirvieron de preámbulo para un hecho crucial: El advenimiento del comunismo con Chiang-Kai-Chek a la cabeza.
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