La Armada Invencible: El Desastre De La Armada Española

Posteado: 08/07/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 1,179 |

A comienzos de 1588, el rey de España, Felipe II de Habsburgo, había estado madurando desde hacía algún tiempo la idea de un ataque a Inglaterra, nación donde gobernaba la “Reina Virgen” Isabel I, de espinosa relación con el país. El proyecto, a diferencia de otras opiniones, no estaba destinado en principio a castigar los ataques piratas (como los de Francis Drake), sino a cimentar un dominio español geo-político y religioso en Europa. Felipe II, años atrás, ya había iniciado sus ataques contra el protestantismo apoyando la resistencia irlandesa y atacado Holanda, también país protestante, poniendo en serios aprietos el papel del imperio en el continente. Sin embargo, fue la ejecución de María Estuardo, la reina católica de Escocia, la que decidió la construcción de una marina especial: La Grande y Felicísima Armada Española.

 

Los preparativos empezaron en realidad, 2 años atrás. Preocupado por el éxito de un ataque naval y desembarco de soldados en suelo inglés, el rey Felipe II consultó con diferentes voces autorizadas de la época. Una de ellas, la del marino más reputado de su nación, Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, considera que el proyecto naval no sólo es factible, sino que dado el difícil momento de la corona inglesa, es muy fácil. Infortunadamente para España, el experimentado marino muere en plena preparación del proyecto asumiendo el mando, inexplicablemente, el inexperto y descalificado marino Duque de Medina-Sidonia, Señor Alonso de Guzmán. Hasta hoy, se desconoce porque Felipe II le encomendó tal enorme responsabilidad.

 

Por aquel entonces, aunque en una escala mucho menor de lo que se ha pretendido mostrar, el asalto de los piratas ingleses constituía ya un incómodo problema. En abril de 1587, el célebre marino Francis Drake, Jhon Hawkins y Carlos de Effingham Howard, conde de Nottingham y almirante mayor de la Armada Inglesa, llevaron a cabo una exitosa aunque mediana expedición a tierras españoles. Atacaron la bahía de Cádiz, destruyeron algunas fortalezas en Algarbe y cañonearon parte de la flota que el entonces vivo Álvaro de Bazán tenía anclada en Lisboa, capital de Portugal y en aquel entonces, país vasallo de España.

 

Un lamentable descuido

Pese a retrasar por algunos meses el ataque español, hacía el 20 de mayo de 1588 la Grande y Felicísima Armada Española (llamada después por los ingleses “La Armada invencible”) zarpaba desde Portugal con una fuerza militar consistente en 130 buques, 8.253 marinos, 2.088 remeros y 19.295 soldados. Contrario a lo que es comúnmente observado, si bien los números citados constituyen el balance de un altísimo número de efectivos, la Armada Invencible bajo ningún aspecto tenía el aspecto monstruoso que las crónicas inglesas especialmente, han querido hacer creer. Volviendo a los acontecimientos en lado español, apenas puestos a la mar, las dificultades organizativas y climáticas se hicieron evidentes.

 

Por ejemplo, el 22 de julio, frente a la costa de La Coruña, el gran flujo de buques y la mar encrespada dispersaron el grueso de navíos a tal punto, que demoró más de un mes reunirlos. El duque de Medina-Sidonia, sincero en su incapacidad pero adicto total del rey español, no tuvo reparos en presentarse como el menos idóneo para el encargo pero nuevamente fue mantenido por el Rey, quien quizás confiaba en que un hombre tan leal, nunca diría no a una orden, fuese la que fuese. Las tormentas, cada una más difícil que la predecesora, generaron el desgaste y fallas de varias unidades. El día 28, ante la preocupación del rey, éste fue notificado del siguiente hecho: Cuarenta barcos se habían separado demasiado del grueso de la flota y no se tenía más noticias al respecto.

 

Fue justamente este factor el que despertó la alarma inglesa. Desgraciadamente para los españoles, su amplio desvío de la ruta original permitió que un barco inglés, el “Golden Hind”, pudiera avistar la presencia enemiga. Thomas Fleming, comandante de aquel buque, rápidamente dio la alarma. Justamente de ese momento, se cuenta una anécdota (no muy creíble) que involucra al famoso Francis Drake. Dícese que cuando la “Grande” alcanzaba la altura de Fowey, y los faros costeros ingleses ya anunciaban su presencia, el experimentado marino que en aquel momento estaba jugando a los bolos, dijo: Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles.

 

Cierto o no, el hecho siguiente fue que los ingleses no pudieron hacerse a la mar para entablar la defensa pues el tiempo y el mar se mostraba en contra. Además, la subida de la marea y la brisa en contra de los ingleses favorecía a los españoles, que navegaban a barlovento y con viento a favor. Inexplicablemente, Medina-Sidonia, contra los consejos de sus demás comandantes, ordena no atacar hasta que la flota estuviese completa. Según los historiadores, la inoportuna decisión, que desperdició una magnífica oportunidad de destruir la Armada Inglesa, sólo puede entenderse de la fidelidad extrema de Guzmán, que no deseaba desautorizar las órdenes del rey.

 

La conflagración directa tuvo que esperar hasta el día 31, fecha en que la flota inglesa (que constaba de 226 embarcaciones de menor tonelaje, aunque similar en número de cañones) inicia tímida y fugazmente sus ataques contra los buques enemigos. Los españoles, cuya superioridad es notoria, pierden sólo dos naves ("San Salvador" y el “Nuestra Señora del Rosario”). Los ingleses, sin importar las dos bajas infligidas, entienden el peligro inmediato que se avecinaba. El mayor tonelaje y tamaño de los barcos españoles les da la sensación de enfrentarse a una Armada Invencible y propagan apenas al retorno, las impresiones de la lucha. La reina Isabel, enterada, ordena resistir y potenciar las defensas costeras.

 

Las Gravelinas y el desastre.

Sin embargo, lo que no hicieron las armas inglesas (como ilusoriamente siempre se ha creído) lo hicieron las condiciones atmosféricas. El 2 de agosto, a la altura de la ciudad francesa de Les Gravelines (Noroeste de Francia y Sureste de Inglaterra), ambas Armadas tienen su primer cruce real de fuegos. Teniendo solamente la inmensidad del mar adelante, con un frío glacial penetrando en cada embarcación, los ingleses decidieron luchar con todo lo que poseían. Así, intentan vaciar todo su potente arsenal para buscar el punto débil pero como sucedió días antes, el gran tonelaje de los buques de la Gran Armada apenas sufre mella. Los británicos, sin poder ocultar su pavor, emprenden la fuga. De regreso nuevamente en sus puertos, la noticia de aquella “Armada Invencible” rebasa pronto todos los pronósticos. Isabel II, muy preocupada, busca la manera de ganar tiempo.

 

Por el lado español, paradójicamente, no interpretaron la huida inglesa como una victoria, sino tan sólo como una escaramuza más. La Grande y Felicísima Armada Española aguardaba una ciertamente inexistente mayor represalia enemiga y por ello, habían previsto atacar en masa. Además, si ahora tenían un nuevo objetivo, ya no era la Armada Inglesa en sí, sino la captura de Francis Drake, culpable de una serie de ataques a territorios y colonias españolas. El resultado del choque mencionado en las turbulentas aguas del Canal de la Mancha arrojó unas 300 víctimas por parte española, frente a unos 200 muertos por el lado inglés. Pero lo peor aún estaba por comenzar.

 

De las aguas bravas pronto pasaron a las tormentas y después, a las tempestades. Ingleses y españoles, tuvieron de pronto suma urgencia de recalar sus naves en puertos seguros mientras mejoraba el tiempo. Los ingleses, que sólo esperaban un milagro, habían visto añadidos a sus problemas una serie de disturbios por el incumplimiento de los pagos que la Corona debía realizar a los marinos. Así las cosas, Isabel I esperaba lo peor. Por su parte, Felipe II, sin conocer a fondo la situación, esperaba que para fines de agosto, el desembarco ya se hubiese hecho posible. Eso nunca ocurrió.

 

Ante la necesidad de encontrar aguas más calmas, los navíos españoles, muchos ya muy distantes de los demás, se fueron más al norte, concretamente al Mar del Norte y el Mar de Irlanda. Esa fue su perdición. Uno tras otro, los navíos españoles naufragaban devastados ante la atmósfera demencial. Miles de españoles perdieron la vida tratando de rodear las costas y salvajes arrecifes de Inglaterra, buscando un lugar donde anclar. Incluso, los que consiguieron salvarse nadando hacia las costas, fueron rematados por pobladores locales (el episodio de Carlos de Amésquita en 1595 es una feliz excepción). De las 130 embarcaciones que zarparon, sólo regresaron 66 navíos  y 10,000 hombres perecieron. Se cuenta, dudosamente, que cuando el rey Felipe II supo lo ocurrido, exclamó: Yo envié a mis naves a pelear contra los hombres, no contra las tempestades, cita difícil de aceptar merced a su carácter lacónico y más bien distante.

 

La Inglaterra de Isabel no supo de su victoria hasta pasado algún tiempo. La catástrofe española había sido tan fragmentaria y dispersa que los vencedores no pudieron calcular su magnitud y temieron que los navíos se hubieran refugiado en realidad en un puerto seguro. Las pérdidas inglesas también fueron grandes, aumentadas por la peste que se difundió entre marinos y soldados. Algunos meses más tarde, en abril de 1589, Isabel, dándose cuenta del significado de la ruina de la "Invencible", quiso sacar partido de ello atacando a Lisboa para instaurar a don Antonio de Portugal, prior de Crato, en el trono. Pero la expedición fue un total fracaso.

 

Finalmente, el desastre de la Armada Invencible no significó una derrota española. A la larga, la preponderancia de este país en el escenario internacional motivó que Inglaterra firmara un tratado favorable hacia Felipe II en 1604, aunque eso sí, no pudo impedir la independencia de Portugal, la recuperación de Francia como potencia europea y la reposición protestante en los países Bajos. 

 

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