Historia: Las Guerras Médicas La Lucha Por La Supremacía Entre Oriente Y Occidente
Los hombres podrán cansarse de comer,
de beber e incluso de hacer el amor;
pero no de hacer la guerra.
Proverbio griego
Escasos hechos en la historia han sido tan decisivos para el futuro de la humanidad como los tres episodios de las llamadas Guerras Médicas entre Grecia y Persia, ambos representantes más que de ilustraciones diferentes, de formas contrarias de sentir el mundo. El primero, era amante de las libertades individuales, las manifestaciones artísticas y la democracia; el segundo, partidario de la tiranía, la guerra y la supresión de la voluntad de los hombres a un solo poder: el del Rey de Reyes. El curso final de estas batallas, de traslúcido resplandor helénico, permitió a Oriente y Occidente desarrollarse en forma paralela prácticamente, hasta nuestros días.
Veamos el desarrollo de estas confrontaciones. Hacia el siglo V a.C, el más grande y poderoso imperio del mundo era el Persa. Caldeos, sumerios, babilonios, asirios, medos, semitas, fenicios, egipcios y hasta hindúes, vivían bajo el dominio del llamado Rey de Reyes, Darío el Grande, el heredero de imperio que empezaba en los territorios del Asia Menor, y que se perdía en las profundidades de la India, más allá de todo lo que parecía imposible. Ese enorme imperio, había fijado sus ambiciones en las colonias griegas en Asia Menor, importantes ciudades cuyo comercio floreciente era el más rico del mar Egeo. Una vez conquistadas, Darío en principio, se portó muy tolerante con los griegos. Pero tratando de cortarles sus libertades, pasó muy pronto a ponerles una serie de trabas comerciales. Así, apoyó el comercio fenicio en detrimento del suyo y cerró todo contacto con los mercados egipcios, del Mar Negro, y la rica Síbaris, ciudad vital para su comercio de tejidos.
La coacción comercial generó de inmediato el resentimiento heleno. Pero tan lejos de sus hermanos de Grecia Continental, era poca la ayuda que podían esperar. Sin embargo, el ambicioso tirano de Mileto, Aristágoras, aprovechó ésta conmoción para movilizar a las ciudades jónicas contra el Imperio Persa, en el año 499 a. C. Los atenienses respondieron enviando algunos barcos y hombres mientras que Esparta, el otro gran estado helénico, al no tener posesiones o intereses en esas zonas, sencillamente declinó. Llegada la ayuda griega, el envalentonado Aristágoras se lanzó al ataque logrando liberar momentáneamente la zona de la presencia persa.
Darío, que en ese momento se hallaba en Persépolis, la capital persa, montó en cólera y lanzó una ofensiva selectiva pero de largo alcance que tras seis años de resistencia, triunfó. La venganza de Darío fue terrible. Incendió las ciudades griegas, capturó y asesinó a sus habitantes y finalmente vendió a los sobrevivientes como esclavos. Darío no se conformó con eso. Así que encargó a su sobrino Artafernes iniciar una ola de represalias y boicots al comercio y a cuanta embarcación griega se aproximara al mar Egeo. Los persas habían ganado la primera partida. Es aquí donde empiezan las llamadas médicas.
Los únicos alarmados con esta situación parecían ser los atenienses. Temístocles, el notable general ateniense, quería convencer a su pueblo sobre la necesidad de construir una poderosa marina pues eran conscientes que en un momento determinado, el curso de las acciones se desarrollaría por mar. Sin embargo, otro gran hombre griego, Milcíades, tenía una opinión contraria y estimaba que la lucha debería ser por tierra y no por mar. Mientras ambos no se terminaban de poner de acuerdo, Darío, que deseaba castigar a Grecia por sus ofensas, atacó. Tras destruir Eretria, se embarcó a la aventura de conquistar Atenas. Sin embargo, antes debía descansar su gigantesco ejército en tierras griegas y lo hizo cerca de los actuales campo de Maratón, donde se entabló la lucha.
La batalla era desigual pero eso no amilanó a los griegos. Sin acobardarse, Mílciades astutamente estudió a su enemigo. Sabía que su fuerza reposaba en la caballería y en los arqueros de modo que cuando ambos bandos se avistaron y las flechas persas cubrieron el cielo, los griegos aprovecharon para romper con sus enormes y pesadas lanzas de combate las débiles líneas de infantería persa. El ataque logró romper el cerco causando un impacto tan profundo, que los persas iniciaron una enloquecida retirada hacia sus embarcaciones ancladas en el cercano mar Egeo. Hasta allí los siguió la armada griega, cuyo resonante éxito fue una seria advertencia para Darío. Luego de la victoria, se cuenta que el heraldo ateniense Filípides, célebre por recorrer largas distancias, fue enviado a Atenas en cuanto culminó la batalla para informar sobre la feliz victoria. Tras decir “Hemos vencido”, murió. Aquí se termina el primero de los tres asaltos de esta larga batalla entre Occidente y Oriente.
La segunda guerra Médica: La gesta de Leonidas y sus 300
Lo ocurrido en Maratón dejó una muy severa lección al hasta entonces orgulloso Rey de Reyes. Los hechos le habían demostrado que una nación de hombres libres, pese a no tener la fortuna y los medios logísticos de su rival, sabrían hacerles frentes con más coraje que ninguna otra nación. Darío entendió que este aparentemente indefenso pueblo de filósofos, artistas, poetas, escritores y demás, era capaz de todo si se amenazaba su libertad. Por ello, al regresar sus fuerzas militares a casa, se cuidó de no entrometerse con Europa hasta que estuviera lo suficientemente listo. Diez años pasarían para que ello ocurra.
Después de la batalla de Maratón y ante la muerte de Darío, el nuevo Rey de Reyes era Jerjes, su hijo y sucesor. El poderoso persa había sido instruido por su padre sobre la importancia de vengarse de aquella pléyade de hombres occidentales y ahora, ya todo un adulto, sólo tenía en mente eso. Quería llevar la invasión a toda Grecia, engullirla de un solo bocado, rápido y sin rodeos. Para ello reunió gigantescas tropas traídas desde los confines de su inmenso imperio (entre los que se encontraban la terrible y famosa división de los diez mil inmortales), elefantes, magos, arqueros, infantería pesada y ligera, cuerpos de caballería, miles de barcos, etcétera. Jerjes, en una de las operaciones más grandes de la historia militar, no escatimó gastos ni recursos para su ambiciosa empresa pues estaba seguro de triunfar. Lo que pasaría después, sin embargo, destrozaría cualquier lógica.
Preparativos
El rey de reyes partía de Sardes en la primavera del 480 A.C., movilizando acaso el ejército más poderoso del mundo. Al desembarcar en tierras griegas, ordenó construir dos gigantescos puentes sobre el Helesponto por donde pudieran pasar sus ingentes tropas con armas y bagajes. Aquí nos detenemos un momento para aclarar la cantidad de efectivos del mismo. Según Herodoto (considerado el padre de la Historia) él hace mención a un ejército compuesto por casi seis millones, cifra que por mucho tiempo se consideró veraz. Empero, investigadores actuales desestiman los cálculos antiguos y más bien creen que debido a la complicada logística que semejante número necesitaría (para cuando hubiesen llegado a las Termopilas las últimas tropas, el punto de partida recién estaría a la altura de Sardes) la cifra total bordearía un máximo de 250 mil persas, una cifra realmente considerable para la época.
Mientras esto sucedía del lado persa, la desorganización en los griegos cundía. Sólo un ateniense, Temístocles, pudo prever la catástrofe y pidió, nuevamente, que el gobierno ateniense le apruebe la construcción de una poderosa flota naval, so pretexto de una inminente invasión persa. En cuanto a los espartanos, estos se mostraron turbados ante el ingente número de tropas persas que ya se hallaban sobre territorio griego. El desaliento era gigante puesto que jamás se había visto tamaña fuerza militar. Jerjes, que empezaba a distribuir su ejército en el terreno, ordenó crear puesto de abastecimiento de víveres en Macedonia y Tracia. El grueso de sus tropas, por deducción, debería establecerse allí, acto que hizo que todos supusieran que el desfiladero conocido como las Termópilas sería para Jerjes sería paso más pronto y rápido para ir desde Tesalia hacia Grecia central. Los persas, que avanzaban sin contratiempos por el norte, asolaron toda Grecia del norte aunque sin emplear muchas energías en ello pues eran conscientes que las principales ciudades se encontraban en la Grecia continental y peninsular. Y hacia allí querían apuntar.
Leónidas, rey de Esparta e hijo de Anaxandrides (quien decía descender del mismísimo Hércules), se percató de este movimiento y pronto cayó en cuenta que Jerjes, a diferencia de Darío, no buscaba sólo venganza sino más bien, someterlos a todos. Leónidas decidió entonces adelantárseles. Pese a ello, enfrentó obstáculos desde el primer momento ya que además de la adversa profecía de las pitonisas, Esparta se hallaba en las sagradas fiestas de descanso llamadas Carnias. Leónidas, que ya no quería perder más tiempo, reunió a los 300 mejores guerreros de su patria (con sus respectivos 600 hoplitas pues cada guerrero iba con sus dos sirvientes). Por fortuna, se le unió un grupo de guerreros voluntarios de las ciudades griegas y así, según Herodoto, estaban divididos en 500 hombres de Tegea, 500 de Mantinea, 120 de Orcómeno y 1.000 hoplitas del resto de Arcadia (400 de Corinto, 200 de Fliunte, 80 de Micenas, 700 tespios, 400 tebanos, 1.000 focidios y todos los locros)
Si bien cada fuerza contaba con su propio general, todos se pusieron al servicio de Leónidas gracias a la destreza y fama que tenían los espartanos a la hora de pelear. En total llegaron casi a sumar 5 mil hombres, una cifra diminuta frente al soberbio ejército persa. Una vez llegado Leónidas a las Termópilas, se reunió con los que ya estaban allí y se prepararon para resistir lo más que pudiesen. Jerjes consideraba ridículo enfrentarlas así que decidió esperar que ellos solos, al ver sus enormes fuerzas, se retiraran pacíficamente. Después de cuatro días y sin ver que los griegos se movieran de sus posiciones, al quinto día antes de atacar, mando un mensajero para invitarlos a salir. Cuando éste invitó a estos hombres a entregar sus armas, Leónidas le dijo con furia: ¡Ven y cógelas! Allí se inició este increíble capítulo de la historia de la humanidad.
La batalla de las Termopilas
Hay que admitir, basándonos en lo que contó Herodoto, que entre las filas griegas cundía el temor. No obstante, Leónidas, quien era un hombre experimentado en cientos de batallas, los reanimaba y les hacía ver que es indispensable resistir por el bien de sus pueblos. Deseando que se le sumen más hombres, Leónidas envía mensajeros a los distintos estados griegos para que vengan a ayudarlos pero lamentablemente, ello nunca ocurriría. Las primeras oleadas de persas vinieron con entusiasmo y suficiencia a supuestamente destrozar a aquellos necios combatientes pero se encontraron con una fiera resistencia donde cada ataque hacía verdaderos estragos. Una y otra vez fueron rechazados; el combate se prolongó durante todo el día. Jerjes sencillamente no lo podía creer.
Los combates continuaron con denuedo. La oscuridad era la única tregua que consentían sus fuerzas y la naturaleza. Luego de los primeros ataques, Jerjes envía al segundo día a sus famosos 10 mil Inmortales. En un épico rebate, los griegos traban combate con aquellas fuerzas de élite, resistiendo admirablemente y aprovechando exitosamente su fuerza organizada y conjunta ante las fuerzas dispersas e inconexas de Jerjes. Para hacer más efectiva la cacería, los griegos simulaban retiradas y luego arremetían sorpresivamente infringiendo cuantiosas perdidas a los persas. El segundo día, con un balance alto de persas derrotados y humillados, la arrogancia de Jerjes había culminado. Como jamás en su vida, estaba en frente de unos guerreros que hacían de las diferencias numéricas, una completa nada. Jerjes decidió atacar en serio.
Una y más veces, las ofensivas persas fueron retiradas. Fila tras fila, los persas se estrellaron contra las lanzas y escudos espartanos sin que estos cedieran un centímetro. De esta forma, a pesar de la grave desventaja numérica, Leónidas y sus hombres se opusieron a las oleadas de soldados enemigos con un número mínimo de bajas, mientras que las pérdidas de Jerjes (aunque minúsculas en proporción a sus fuerzas) suponían un golpe para la moral de sus tropas. Durante las noches, Leónidas solía decirles a sus hombres: “Jerjes tiene muchos hombres, pero ningún soldado”. Lamentablemente, cuando Jerjes empezaba a sentirse abatido, recibió la infame ayuda de un hombre a quien la historia compara comúnmente con Judas: El traidor Efialtes.
Hijo de Euridemo, y de patria Meliense, el felón pidió ser atendido por Jerjes, alegando conocer un modo sobre cómo derrotar a los resistentes griegos, previo pago de un dinero. El rey de reyes accedió, y Efialtes, quien luego sería asesinado en Tesalia por Atenades de Traquinia, le declaró que en los montes existía una senda que iba hasta las Termópilas y que tal sendero daba exactamente a las espaldas de la resistencia. El rey de reyes no podía ocultar su excitación con el secreto revelado y al día siguiente mandó a sus fuerzas a la cumbre del monte, lugar en el cual mil focenses que ayudaban a Leónidas, cuidaban la retaguardia. La muerte era inminente. Sin embargo los testimonios que Herodoto recogió afirman que la mayoría de griegos abandonaron el lugar por expreso pedido de Leónidas para que puedan ser más útiles en otras batallas; en cuanto a él y los que quedaban de sus trescientos, decidieron quedarse allí pues su juramento de guerreros así se los ordenaba. La noche previa a su muerte, Leónidas le dijo a sus hombres: “Espartanos, desayunen bien, porque esta noche cenaremos en el Hades”.
Todo estaba consumado. Poco a poco, frente a una lluvia de flechas (los persas no querían enfrentarlos cuerpo a cuerpo) y la arremetida de múltiples armas y proyectiles persas, fueron cayendo con honor. Hacia el final de la batalla y una vez caído Leónidas, se produce una batalla inútil por su cuerpo. Así perecieron aquellos valientes símbolos de la defensa de la libertad en contra de la opresión. En su honor, en el lugar de la batalla se colocaron estas inscripciones: “contra tres millones pelearon solos aquí, en este sitio, cuatro mil Peloponesios”. El otro era más especifico para los espartanos: “habla a los lacedemonios, amigo, y diles que yacemos aquí obedientes a sus mandatos”.
Jerjes, que no pudo ocultar su admiración por tan gigante muestra de valor, pese a quedar más tranquilo, no pudo evitar preguntar: “¿son todos los lacedemonios restantes, soldados tan bravos como estos?”. Después, ordenó cortar la cabeza de Leónidas y la clavó en un palo como señal de alerta para los griegos. Sin embargo, la resistencia de Leonidas no fue en vano. El mundo occidental, se lo agradecería incluso, hasta hoy.
Después de las Termópilas
Los griegos retrasaron el avance persa por unos cuatros o cinco días, demora que dio a los demás griegos el tiempo suficiente para poder reorganizarse y recuperar fuerzas, Con todo, lo más importante fue el notable ejemplo de valor y esperanza que brindaron los caídos a todos los griegos libres. Pese a ver destruidas inicialmente Esparta y Atenas, los helenos lograrían asestar derrotas terminantes a los persas tanto en la batalla por mar de Salamina, como en la lucha por tierra de Platea. Una segunda batalla marítima, Micala, asestaría el golpe final para los persas, quienes en adelante verían derrumbados sus sueños de occidente. Con la victoria, los helenos se erigieron ante el mundo como una gran potencia mundial, mientras Persia iniciaría una lenta decadencia que Alejandro Magno terminaría sellando al anexarse el imperio completo.
El sacrificio de los griegos tuvo además, amplias repercusiones en la Grecia de la Antigüedad. Tal fue su fama que hasta el día de hoy es considerado como uno de los ejemplos máximos de sacrificio ante una tarea imposible, en la cual unos pocos valientes se opusieron a la maquinaria de guerra más poderosa conocida, y dieron sus vidas luchando por su tierra, su honor y su libertad. Es una de las batallas más memorables, decisivas y célebres que presenció el mundo, comparándosela tal vez con los Campos Cataláunicos, el sitio de Numancia, Cannas, el Sitio de Cartagena de Indias, la Batalla de Qadesh o más recientemente, el Desembarco de Normandía. Es ahí donde radica su enorme importancia y valor. Que la gloria sea con aquel que no muere.
La Tercera Guerra Médica
Durante esta época los atenienses y los espartanos fundan la Liga Ático-Délica en memoria de la symmaquia, que tendría como principal objetivo el proteger a Atenas y las colonias jonias del Asia Menor. Esta liga estaría totalmente comandada por Atenas, llevando así las directrices en todos los aspectos posibles, por lo que de esta manera se convierte en el mayor pueblo de Grecia política, económica, social, cultural y militarmente, sobrepasando a la propia Esparta.
En este momento Temístocles es mal reconocido por el pueblo ateniense y es exiliado, de modo que huye a las fronteras del Imperio Aqueménida, y allí se pone bajo el mando del nuevo soberano persa, Artajerjes I, que junto a sus influencias y el acérrimo odio que ambos sentían por la cultura griega, se decide avanzar hacia las costas griegas para someterla definitivamente bajo el dominio persa.
Cimón, hijo de Milcíades, enterado de las intenciones de Artajerjes I, avanza hasta la actual Turquía y derrota al ejército persa en la batalla del río Eurimedonte en el 465 a. C.
Tras esta gran victoria, Cimón decide que se debe de nuevo promulgar la amistad y paz con el pueblo espartano, pero los atenienses no consideran esa opción de igual manera y los destierran por orden de Efialtes, cuyo mandato no duró mucho y fue sucedido por Pericles, que dominó Atenas durante casi todo el siglo V a. C. Pericles continua la guerra contra Persia, en la que destacan dos decisiones que realizó, la primera la de solicitar a Cimón] su vuelta del destierro y la segunda, la firma de un tratado de paz con Artajerjes I, el cual lo acepta, llamado Paz de Cimón en el 448 a. C. que estipula ciertas condiciones para ambos pueblos y que es presidido por éste, razón por la que fue mandado de vuelta del exilio, aunque realmente demostrado que fue presidido por Calias, ya que en el año del tratado, Cimón ya había muerto, por lo que se piensa fue realizado en su honor y recuerdo.
Las guerras médicas llegan a su fin mediante las condiciones impuestas por los griegos a los persas, a saber:
Obligación a los persas de desistir definitivamente en su conquista y expansión a Grecia.
No volver a navegar por el mar Egeo
Se les permite comerciar con las colonias griegas de Asia Menor.
Hacer una pregunta
Culminadas dos de las tres guerras médicas entre el mundo heleno y Persia, un nuevo orden se había instaurado en el mundo occidental. Los griegos, victoriosos, entraban a su edad de Oro de la mano de Pericles. Sin embargo, el gran ascenso de Atenas motivaría el recelo del otro gran estado griego, Esparta, que le declararía la guerra.
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