Zopilotes En La Calle

Posteado: 24/10/2009 |Comentarios: 1 | Vistas: 91 |

Esa noche no pude dormir a pesar de que había consumido un litro de whisky.  Deambulaba dentro de mi habitación sin darme cuenta de la fotografía de Cortázar pegada en la pared, sin darme cuenta de las 259 páginas de apuntes dispersos que colgaban de aquella pared, y si vi algo de eso, no vi las tachuelas que sujetaban todas esas cosas y palabras, nunca vi nada esa noche, era como estar con los ojos abiertos y ciego sin serlo, era como andar con el piloto automático sobrevolando tierras desconocidas.  Qué horrible es saber que estás ahí, que estás aquí y que no puedes ver nada a tu alrededor aunque reconoces el sitio y la hora y, unos instantes después el vuelo te lleva por otras latitudes de tu mente y ya no te acuerdas de lo que pensabas y percibías hace unos segundos, pero al rato, retornas al punto de referencia anterior o trasanterior o al posterior o te sitúas en algún lugar que condensa todos esos momentos y lugares, y cuando esto sucede una vez, les aseguro que seguirá sucediendo infinitamente.  De esta manera, empiezas a perderte en el tiempo y en el espacio y dentro de todos los significados posibles  que se derraman, brincan y desentierras por doquier.  Cuando llegué a este lugar y momento, me di cuenta que estaba loco, y me pregunté: ¿Loco? ¿Desquiciado y me doy cuenta de ello? ¿Puedo pensar sobre mi condición de locura mientras estoy demente? ¿Y si lo hago me volveré reloco? Sin embargo, lo hice, seguí dándome cuenta que una parte de mi se comportaba como siempre lo había hecho o sea como un hombre perturbado por algún problema grave, pero otra parte de mi observaba a ese loco actuar, y me decía:  "ese soy yo, y ahora me doy cuenta de lo que ven los demás cuando estoy en crisis".  El hombre que veían los demás era vulnerable emocionalmente y de ideas fijas, quizás, potenciadas por el licor. Me di cuenta que cada vez que retornaba a ese hombrecillo alcohólico experimentaba un mayor grado de satisfacción y placer, porque al continuar con la bebida conseguía aliviar mi tristeza y mi soledad, y lo mejor de todo era que podía conversar conmigo mismo mientras miraba la televisión y cuando escuchaba una canción, y ese otro mío era el Observador, ese que me alentaba a seguir bebiendo, riendo, llorando, gritando, y caminando sin parar cada vez que me acogía la ansiedad.  Al principio, dormía porque estaba ebrio, pero al cabo de una semana me despertaba cada dos horas y debía de volver a beber más, pero los tiempos entre la vigilia y el sueño se acortaron a tal punto que ingresé en un estado alterado de la consciencia, entonces, ya no sabía si estaba vivo o muerto, pero opté por caminar y caminar por toda mi casa y por todo mi patio sin parar hasta que retornaba a la mesa en donde se encontraba la botella de mi amado whisky, por dicha había comprado 24 botellas y de esta manera no tuve que salir de mi casa durante muchos días, de todos modos, no podría soportar la presencia de otros humanos y mucho menos el ruido y la luz, ni la oscuridad de la calle, ni la ausencia, solamente dentro de mi casa me sentía casi seguro y este sentimiento aumentó con el paso de los días o mejor dicho, logré sentirlo cuando entré en ese mundo raro.  Allí, experimenté que no había dolor, no sentí miedo, no sentía ansiedad ni angustia, no sentía nada, era como si caminara sin cuerpo, aunque miraba mi contorno físico, pero me desplaza como si fuese una conciencia ambulante.  Pero en una ocasión, llegué al sofá de mi sala y me acosté.  Súbitamente un montón de cuervos negros se posaron sobre el lomo del sillón y me observaban y yo también, creo que no me asusté pues me llamaba la atención su presencia real, era espontáneamente maravilloso, pero una mano fuerte y grande emergió cerca de mis talones y los sujetó, luego empezó a jalarme hacia abajo.  El hundirme me hizo sentir miedo por un instante y me dije: "maldito satanás no me vas a llevar, no me voy a dejar llevar".  Inmediatamente luché y luché contra esa fuerza siniestra que me consumía la vida y me safé.  Logré ponerme de pie al mismo tiempo que mi corazón latía muy rápido.  Caminé hasta la botella de whisky y bebí largo hasta que me calenté la boca, la garganta y el estómago.  Y me dije: "casi me lleva el maldito", pero no pudo.  A partir de ese momento, cerré todas las puertas de mi casa y no volví a salir, hasta que desperté acostado en mi cama una mañana, y digo que era de día porque percibí la luz del sol que entraba por la ventana. Me levanté sintiéndome mejor, como si retornara a ser el mismo que era antes de caer al infierno.  Lo malo era que sentía una resaca terrible y me temblaban las manos pero no la consciencia, era como si me hubiese quitado un gran peso de encima, era como si ese viaje hubiere sido condición indispensable para retornar a la vida.  Verifiqué la hora en el reloj de pared y vi que eran las 7 de la mañana, entonces me propuse beber hasta que fuesen las 12 mediodía.  Mientras tanto, puse música en televisión y me entretuve cantando y llorando y soportando la ansiedad por beber, y creo que dormí. Desperté a las 7 de la noche, todo estaba oscuro de nuevo y el televisor me invitaba a bailar y cantar, pero sentí una inminente sed, así que agarré el litro de whisky y bebí un buen poco, lo suficiente como para entonarme de nuevo y no tener los nervios de punta. Abrí la puerta que da al patio de mi casa y miré el cielo lleno de nubes y una garúa refrescó mi cara, así que me desnudé y caminé por todo lado hasta empapar toda mi carne y ensuciar las plantas de los pies con barro y zacate. Me sentía aliviado, casi feliz, casi libre.  Ingresé de nuevo a mi casa y cerré la puerta.  En mi habitación había un olor a ropa vieja, a sudor viejo, a sufrimiento pintado en la pared, y me tiré en la cama.  La televisión se convirtió en mi mejor amigo al mismo tiempo que bebía con calma y en menor cantidad que ayer, y me dormí.  Pero tuve un sueño:  había una cuesta asfaltada y muy perpendicular, la cual empecé a subir y alrededor habían casas viejas y de madera, era de noche, no llovía y al llegar a la cima me topé con muchas bolsas de basura de color verde y negro tiradas a mi derecha y a mi izquierda y sobre ellas muchos zopilotes saboreando su contenido, pero no sentí miedo, ni siquiera me miraron, era como si no se me percibieran o como sino les interesase en absoluto, así que fijé mi vista hacia adelante y observé una calle ancha y limpia y asfaltada de negro.  Sentí paz, había regresado del infierno, de nuevo estaba en casa.  Al día siguiente, desperté mucho mejor, desayuné frutas y hasta bebí un café. No bebé licor. Me bañé. me vestí y salí de mi casa.  Caminé por la ciudad sin miedo, aunque un poco extrañado de tanta basura y ruido. Hablé con un amigo y me preguntó que dónde estaba y le respondí que estaba paseando fuera de la ciudad de San José.  Me invitó a un café. Después caminé y caminé por toda la ciudad buscando un zopilote, pero solamente encontré bolsas de basura de color verde y negro. Esperanzado en encontrarlos mañana, regresé a mi casa y me tomé una cuarta de whisky para poder dormir pura vida, como siempre lo había hecho. En mi memoria siempre recupero a ese observador que conocí dentro de mí, siempre deseo que llegue otro momento igual para experimentar no estar vivo y reconocerlo en el instante, realmente es maravilloso e inolvidable. Ahora bebo lo acostrumbrado, pero me hacen falta los cuervos y los zopilotes. Fin.

 

 

 

 

 

 

 

 

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    Smith 28/10/2009
    Conozco mucha gente alcoholica que tiene una forma de vivir asi, y otros que no se consideran enfermos de alcohol viven asi y trabajan, incluso, estudian y tienen familia. Un fanatico de AA reprocharia su articulo, pero es un cuento, asi que seria tonto. Algunas personas viven muertas y sus apegos pueden ser el dinero, la pornografia y la tecnologia. Para reflexionar.
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