Relatos Sobre La Discriminacion: Facundo

Posteado: 29/10/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 2,798 |

Facundo era un niño en el que la naturaleza se ensañó con sus combinaciones. Inocente criatura que pagó un alto precio porque la genética así dispuso. Sus padres le amaron con toda su alma a pesar de las dificultades.
Los primeros años fueron muy duros en casa. Educación especializada, aprender cada sílaba y cada palabra, enseñarle a concentrarse y hasta el más simple gesto que puebla lo cotidiano. Una lucha constante junto a sus padres, conscientes de que su paso en la vida sería como el brillo de una cometa.
Aprendió con Amor todo lo que le fue posible. Y creció como un niño más, aunque a muy pocos parecido. Al cumplir los diez años su situación se agravó bruscamente. El dilema que se planteó en su momento fue terrible: hospitalizarle hasta su adiós, o compartir lo posible en casa.
El Amor de sus padres venció las incertidumbres. Facundo se quedaría en su hogar mientras su corazón latiera.

Aunque le costaba caminar, paseaba con su papá por el barrio cuando el clima lo permitía. La primavera era hermosa y el campo resplandecía.
En un prado acotado, unos niños de su edad se divertían jugando al fútbol. Facundo se agarró al cercado, observando los dos equipos. Los amarillos ganaban a los azules por dos a cero.
Con las manos firmemente agarradas al alambrado, el corazón de Facundo dio un vuelco.
-Papá, ¿crees que me dejarán jugar un poquito?
A su padre le temblaron los labios. Un niño como Facundo, tan frágil, no solía ser admitido ni integrado en ningún sitio. Pero si conseguía convencer a esos chicos, le daría a su hijo la sensación de ser parte de un grupo. Nunca había sido el caso y el momento era oportuno.
En el descanso del tiempo reglamentario, Facundo y su papá penetraron en el campo y se acercaron al banquillo. El capitán del equipo azul lucía una cinta roja en el brazo.
-¿Podría jugar mi hijo con vosotros aunque solo sea un momento? –preguntó el papá, consciente de que estaba pidiendo mucho.
El capitán, apenas mayor que Facundo, buscó a su alrededor una ayuda que no vino. Después se volvió hacia ese niño tan peculiar que le observaba fascinado.
Sus miradas se cruzaron. No supo ni quiso romper el hechizo.
-Serás un espléndido suplente. Entrarás al final del partido para rematar a esos amarillos. ¡Cuento contigo, amigo! ¿Cómo te llamas?

-Facundo. ¿Y tú?
-Martín.
Y tomándole por el hombro, le condujo a la bolsa en la que guardaba el material de su equipo. Le ofreció una camiseta azul ya sudada, unas medias a rayas y los pantalones negros que completaban su atuendo.
Facundo se vistió prontamente ayudado por su padre, que le sonreía emocionado. En sus ojos brillaba una felicidad intensa.
Los jugadores de los dos equipos observaron al suplente. Le costaba desplazarse. Sus rasgos eran inconfundibles y sus gestos algo torpes. La simpatía que Facundo transmitía era comunicativa. Los jugadores de ambos equipos lo vitorearon.

Los amarillos ganaban a los azules en cada partido, y en la primera mitad del tiempo reglamentario se habían cumplido los vaticinios. Pero al empezar el segundo tiempo algo cambió en el encuentro.
Alas nuevas habían surgido en las piernas de esos niños. El equipo azul combatía con brío. Cada pase era perfecto, y su primer gol arrancó gritos de júbilo al público seducido.
El capitán se volvió hacia el banquillo, desde el que Facundo seguía el partido. Le saludó con un gesto. La presencia del nuevo suplente traía suerte a su equipo. ¿O quizá fuera otra cosa?
Cuando faltaban cinco minutos para acabar el tiempo reglamentario, los azules empataron con un cañonazo del capitán desde el centro del terreno. La respuesta de los amarillos fue inmediata. Una lucha se entabló para ganar el encuentro. Voló alguna patada, y un defensor amarillo empujó a un jugador adverso dentro del área de su portería.
-¡Penalty! – chillaron al mismo tiempo dos decenas de gargantas. El silbido del árbitro sentenció lo que era justo.
Martín se regocijó por lo que estaba sucediendo. Por primera vez desde hacía mucho tiempo la victoria estaba a su alcance. ¿Por qué ganaban ahora contra todas las predicciones? Un instante de reflexión fue suficiente. El capitán se dirigió hacia el banquillo. Facundo le vio acercarse y su corazón latió muy fuerte.
-Te necesito, amigo. El penalty será tuyo.
Facundo se puso en pie ayudado por Martín. Le costó llegar hasta el sitio decisivo, mientras las miradas de todos le veían acercarse. El azul de su camiseta ondeaba al viento, como si sobre ella soplara la más dulce de las brisas. Facundo sonreía tímidamente. Su corazón galopaba.
Los jugadores del equipo adverso se relajaron nada más verle. Sería muy fácil detener su tiro a puerta. Quizá su disparo ni siquiera llegara hasta la fatídica línea blanca.
El capitán se acercó a su jugador y le tomó de los brazos.
-¡Suéltale una patada al balón con toda tu alma! ¡Métela en el ángulo, Facu!
Maravillado por estar en el terreno y formar parte del equipo, Facundo calculó la trayectoria que debía imprimir a la pelota. La distancia no era grande, pero para él era un mundo. Doce pasos eran mucho cuando las piernas te tiemblan.
Pegó una patada poderosa, pero no fue suficiente. El balón se acercó a la portería sin fuerza. La victoria se escapaba.
El portero amarillo sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo. No aceptaría un vergonzoso empate en circunstancias semejantes. No sería digno de su equipo. Los azules merecían la victoria. Cualquiera de sus jugadores podría haberle vencido con un penalty ajustado. Sin embargo, el capitán azul había designado a Facundo conociendo el resultado. El triunfo les pertenecía.
El portero se tiró al suelo en el lado opuesto. El balón pasó apenas la línea de cal delimitando el marco.
El árbitro aceptó el gol y silbó el final del encuentro.

Con los brazos en alto, Facundo exultaba. Los jugadores de ambos bandos y el público le aplaudían como al héroe del partido. Los azules se precipitaron hacia él para felicitarle. Facundo fue llevado a hombros alrededor del campo. Por primera vez, Facu se sintió el protagonista.
La llegada a casa de la mano de su padre fue memorable. Su madre se precipitó hacia su hijo y le estrechó entre sus brazos. A Facundo se le caían las lágrimas de felicidad. Se abrazaron todos emocionados, compartiendo el privilegio del instante. Para su hijo, el recuerdo sería imperecedero. Había sido el héroe de la jornada, aplaudido y aclamado.

Facundo no sobrevivió al verano. Se fue una mañana tras despertarse, con su papá y su mamá teniéndole de la mano.

Toda sociedad será juzgada por la manera en que trata a los menos afortunados.

José SPITZER-YSBERT

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