Relatos Sobre La Discriminacion: Brutus
BRUTUS
Así le llamaban todos. Trabajaba en el almacén de una cuchillería de la calle Ancha. De verdad impresionaba. Cejas espesas, mandíbula cuadrada y una notable amalgama de músculos y tendones marcaban su fornida anatomía.
Nadie recordaba su nombre de pila, y a muy pocos le importaba. Trabajaba con eficacia, con esa concentración propia de los solitarios. Respondía con monosílabos, y raramente levantaba la mirada de su trabajo.
No tenía amigos entre sus compañeros y tampoco los buscaba.
Pasaron dos años en los que Brutus vivió encerrado en su universo personal, secreto y privado. Rompió algunos huesos cuando le molestaban, acrecentando su reputación de belicoso. O de loco. Se quedó con el mote de Brutus y se acostumbró a ser tan temido como respetado.
Ñoño se apodaba el nuevo. Venía de Tarazona, un pueblo grande de la comarca. El Ñoño había nacido con un cromosoma extra, copia del 21, llamado síndrome de Down. Ese trastorno genético le produjo un considerable retraso mental, dificultad para desplazarse y unos rasgos físicos particulares, recordando la fisonomía de los mongoles.
Tenía ojos achinados, su lengua colgaba a menudo de la comisura de sus labios y su vocabulario era escaso. Sin embargo, estaba dotado de una sorprendente capacidad de imitación y de un sentido del humor a toda prueba.
Le fueron asignadas tareas muy sencillas, como barrer o transportar paquetes. El Ñoño se esmeraba en su cometido y nadie podía quejarse.
Brutus y el Ñoño tenían un rasgo en común: eran dos fuerzas de la naturaleza. Rozaban el metro noventa, caso excepcional en los que padecen el síndrome de Down, y sobrepasaban los dos quintales.
Por sus diferencias fueron aislados. Del Ñoño, también, más de uno se burlaba.
El propietario de la cuchillería era un hombre bueno, conocido y respetado. La excelencia de su producción le permitía exportarla en gran parte. Consecuentemente, la treintena de empleados beneficiaba de un marco profesional agradable, de un excelente sueldo, y del orgullo del trabajo bien hecho.
Pero el hombre es el hombre, con sus limitaciones…
Para sorpresa de todos, desde los primeros días en la empresa el Ñoño se sintió atraído por la esquiva personalidad de Brutus. Los dos gigantes compartían la parquedad de sus expresiones. Si para Brutus era una práctica voluntaria, para el Ñoño era la consecuencia de su cromosoma en exceso.
Brutus exageraba algunos, y el Ñoño se lanzaba entonces en una serie de aspavientos que causaban la hilaridad de todos.
La llegada de la escultural Sofía rompió el equilibrio.
Regresaba de Estados Unidos, donde había pasado en la prestigiosa Universidad de Harvard su graduación. Morena, guapísima y sin complejos, la hija del propietario irrumpió una mañana en el taller como un súbito torbellino.
Al abrir la puerta de la manufactura la corriente dejó al descubierto unos muslos dorados. La luz también quiso jugar con su juvenil cuerpo dibujando cada parcela, poniendo en relieve la perfección de sus pechos que la gravedad desafiaba, sus caderas sugestivas y la tentación de su vientre nuevo.
Manuel, el encargado del taller, la deseó hasta obsesionarse, pero sus halagos no hicieron mella en Sofía. Tampoco el tiempo que dedicó a explicarle el arte de su trabajo, ni sus toscas tentativas para seducirla.
Sofía solo tenía ojos para el taciturno Brutus, que a la treintena disfrutaba de una vitalidad envidiable.
A los pocos días, incluso el Ñoño comprendió que las cosas habían cambiado. En el taller el ambiente se volvió tenso, y las constantes apariciones de la escultural jovencita acrecentaban el desasosiego. Manuel apretaba las mandíbulas para contener su resentimiento, imaginando mil maneras de vengarse por despecho.
El pasado violento de Brutus le ayudó a encontrar el modo adecuado de resarcirse.
Con mentiras y exageraciones, recordando las palizas propinadas por Brutus cuando se incorporó al equipo, fue creando en el taller un odio intenso hacia su compañero, criticando sus silencios y sus rarezas. Conseguido su objetivo, planificó una estratagema para quitársele de en medio
Una tarde le esperaron al acabar la jornada. Siete pares de fornidos brazos armados con garrotes y varas. Acorralado en un rincón del taller, Brutus se defendió con arrojo. Volaron tortazos, patadas y puñetazos. Crujieron huesos y estallaron dientes, narices y algunos labios.
Pero la fuerza del número fue decisiva. Los garrotes bailaron una macabra danza, y Brutus acabó en el suelo sangrando a borbotones, a punto de perder el conocimiento.
Manuel se disponía a asestarle el golpe definitivo cuando una mano autoritaria detuvo su brazo en el aire, retorciéndolo hasta descoyuntarlo. El Ñoño le había atacado, y en sus ojos se leía una determinación inconcebible.
-¡A Brutus no! ¡Es mi amigo! –clamó el Ñoño con su acento inconfundible de retardado.
La corrección que propinó el Ñoño a sus secuaces fue de las que no se olvidan. Llevó a cabo su tarea sin prisas, golpeando uno a uno con la dureza de un yunque.
Cuando acabó de castigarles se inclinó sobre su amigo y, con su pañuelo arrugado, limpió la sangre que brotaba de sus cejas.
El Ñoño le sonreía, mientras un hilo de baba le caía de los labios.
Sus miradas se cruzaron. Desconcertado, Brutus le devolvió su sonrisa. El Ñoño le ayudó a levantarse.
Su abrazo fue como el choque de dos montañas. Dos corazones grandes y solitarios se habían encontrado complementando sus soledades.
-Me llamo Juan, -le informó Brutus dándole un nuevo abrazo.
Cuando se incorporó el equipo al día siguiente, los que habían sido «retocados» trataron de disimular sus hematomas como mejor supieron. Algunos se maquillaron los ojos y las mejillas, otros pretextaron un estúpido resbalón en el baño, e incluso hubo uno que alegó una alergia inusitada a la carne de gorrino (el animal más perfecto de la Creación como bien se sabe).
Al salir del hospital Manuel presentó su dimisión con el brazo en cabestrillo. Informado de lo sucedido, el dueño la aceptó en el acto, acordando su puesto de responsable al agredido.
El Ñoño fue el padrino de la boda de Sofía con su amigo Juan Belmonte, al que el amor y la felicidad cambiaron. Y la fraternidad con el Ñoño iluminó su alma.
Como ocurre a menudo con los que sufren el síndrome de Down, el Ñoño falleció poco tiempo después de una leucemia imparable. Su amigo Juan le acompañaba cuando tuvieron que separarse.
Todavía se comenta en las cuchillerías esa amistad tan extraña…
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