Mostrando Emociones: La Ira
"Calma. Tranquilo. El chaval no ha hecho nada. No tiene la culpa. No castigues al mensajero". Pol puso los codos sobre la mesa, entrelazó los nudillos y observó al chico mientras este aguardaba su respuesta de pie, en silencio. Cambiaba el equilibrio de una pierna a otra, esquivando su mirada. Un chico nuevo, del barrio. Un granujilla de medio pelo que buscaba ganarse su sitio. Pol suspiró profundamente.
-Vamos a ver. Donde están.
-Yo… no sé. El Napi me dijo… me dijo que se las llevaron y…
Pol observo como el chico temblaba. Era patético, a su edad tenia mas agallas que él.
-Sí, se las llevaron, me lo has dicho. Se toparon con el maldito gilipollas y se las llevaron. Ahora dime quien. Dónde. Y porqué el puto Napi no está aquí contándomelo.
-Él… él tenía miedo. Creía que te enfadarías y me pidió que yo… que yo…
Malditos niñatos. Eso le pasaba por confiar en críos. Lamentablemente, para vender eran necesarios. Pero estaban tan verdes que le asqueaba. Esos pequeños petulantes creían saberlo todo y era él tenía quien pagaba sus errores. Empezó a golpear insistentemente la mesa con su índice. Inclinó la cabeza sin dejar de mirarle. Notaba como empezaba a dolerle la sien. "Calma. No te busques más problemas. Es malo para los negocios". De buena gana le quitaría ese estúpido tartamudeo a patadas.
-Quien. – repitió tomándose su tiempo en cada silaba. – Donde.
-Yo… El Napi… Es que, verás…
-¡Olvídate del puto Napi! ¡Es a ti a quien hablo, joder! ¿Quieres ser un hombre? ¡Pues compórtate como tal! ¿Quién tiene las putas pastillas?
La mesa siguió temblando unos segundos después de golpearla. La nariz le aleteaba al ritmo de su pesada respiración. Sentía como los latidos de su corazón golpeaban su pecho mientras la sangre fluía a su cabeza, hinchándole las venas en la frente. ¿Cuándo había golpeado la mesa? La culpa era del maldito crío que tenía delante. Seguía ahí de pie, temblando. Incapaz de dar una respuesta coherente. Se levanto lentamente de la silla, las manos sobre la mesa. Aquel chico la había fastidiado completamente y ni se daba cuenta.
-Es que él… el… no pudo hacer nada, y yo… El Na…
Los papeles de la mesa volaron. La lámpara sonó ruidosamente vibrando contra el suelo. Su pie topo con una pata de la mesa. La silla cayó ruidosamente hacia atrás. Se abalanzó sobre el chico, cayendo sobre él. Gritando sin oírse, le golpeó en la cabeza con el pesado cenicero de cristal. Una, dos, tres, cuatro veces. Una voz en su interior seguía susurrando: "Calma. Tranquilo".
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Es demasiado evidente, que los historiadores, al realizar el relato de los hechos, han recurrido con exceso a una conducta frívola y permisiva al pretender justificar las acciones de sus protegidos, cuando el análisis objetivo nos mueve a la censura, lo mejor es amparar al protagonista, con la ayuda inestimable de sus dioses. Lo que nos orada la conciencia, es el gusano del mandato divino, se nos dice que los caminos de los dioses no son los del hombre, que el cumplimiento de los fines previstos en el dogma, justifica con creces el procedimiento adoptado.
Estoy aquí de nuevo. Sí. Para desnudar el alma entera sin que te des cuenta. Para que pienses que es otro capitulo de la novela, o para que hagas caso omiso de todo lo que mis letras desvelan. Quizás para decir las mismas cosas de siempre. Tal vez para mentirme como lo he querido hacer. De más estará decir todo lo que es necesario, o lo que es preciso. Sin embargo, voy decirte todo y no voy a decirte nada a la vez.
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