Las Aventuras De Liberato

Posteado: 03/07/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 103 |

I

 

            Un nene de doce años jugaba en el patio de su casa: extendía una mano hasta la cumbre de un álamo y perforaba con la misma las entrañas del árbol.

            Sus padres se habían ido, una esbelta mujer se haría presente para su cuidado. El muchachito oyó un suave golpeteo en la puerta de entrada. Abandonando el entretenimiento, fue a su encuentro.

            _¿Quién es?

            _Soy Silla.

            _¡Ah, hola!_abriendo la puerta rápidamente_Yo soy Liberato.

            La chica de apariencia treintañera se inclinó para besar al niño en la frente. Este le sonrió, invitándola a pasar, y a dejar sus bolsos (uno de ellos cargado de pepinos) en la habitación de sus padres.

            Un nuevo aroma inundó la casa, el de la joven de ajustados pantalones de vestir negros, quien luego de acomodar sus bártulos, preguntaba dónde se encontraba el baño. Tras una indicación de Liberato, ingresó. Una de las paredes daba a la cocina, donde se encontraba el pujante nenito de piel blanca y largos cabellos negros. Allí, abrió un orificio sin necesidad de herramienta alguna. Acercando su rostro, observaba la escena: paredes amarillas y una persona detrás, más paredes amarillas y una persona detrás, una mujer sentada lamiéndose la mano.

            El imberbe muchacho cerró el hoyuelo.

 

II

 

                El obeso sol hacía que todo objeto se vea pardo. No así dentro de la casa, donde el niño y la dama consumían pepinos y agua mineral. Finalizada la sana merienda, informaba el varoncito que concurrirían a su domicilio dos amigos.

            Silla asintió con la cabeza al tiempo que se incorporaba en el sillón, cruzando sus hermosamente ahuevadas piernas.

            Ante los insistentes golpes, se dio paso a los solicitantes con el fin de evitar que la puerta de entrada quedara hecha pedazos; a guisa de timbre, solían los amigos soltar contra ella bravas pedradas y enérgicas pateaduras.

            La mujer continuaba en el sillón y observaba imágenes provenientes del televisor. Los pequeños hércules formaron una ronda para planificar un juego. Le fue requerida a la asalariada madre momentánea su participación. Presta a la futura infantil diversión, se levantó con celeridad dejando tras de sí un notable hundimiento, rápidamente alisado por un pitagórico que había sido convocado por Liberato y sólo éste pudo ver.

            Sobre una mesa, se colocaron frascos de contenido diverso. En la fémina dominaba la expectación. Esta apoyó su humanidad sobre un banquillo cedido por el rubio Pico, quien con un gesto le indicara que de él hiciera uso. De espaldas a ella, Liberato retiró del interior de un objeto circular una venda de terciopelo gris y la posó sobre los ojos de la que estaba al aguardo. Rodeó lentamente su cabeza y gestionó un nudo.

            La piel de los amigos se veía rugosa, luego escamosa. Aparecieron repentinamente vestidos cual cartujos, aunque ellos parecieron no notar ninguno de estos cambios.

            _Chicos, ¡estoy re ansiosa por saber cómo es el juego!

            _Es sencillo, divertido y pone en acción tu sentido del gusto_comentó Clavo, luego de haber hecho una escarniosa mueca a sus dos socios.

            _Bueno che… ¡Cuánto misterio!… Silla ruega que le enseñen a jugar_profirió la de blancas manos lampiñas. Luego agregó: _me estoy poniendo nerviosa.

            _Vas a beber cada uno de los líquidos que te proveamos. Deberás adivinar de cuál se trata en cada caso_dijo Pico con firme tono.

            _No deberás evitar ingerirlo, sólo pudiendo dejar de hacerlo si es que dieras con su nombre_apuntaló risueño el rojizo Clavo.

            Generado del pulcro inodoro, apareció Mefistófeles, quien proveyó al maravilloso niño de una cuchara sopera de oro. Mostrando tal diablo un gesto de sumisión, desapareció.

            Los amigos, quienes ignoraban ese encuentro, sirvieron en el brillante utensilio un poco de vinagre vencido. Se dio lugar a la degustación y el juicio de la dama fue correcto (exceptuando que estaba vencido).

            Sin que lo pudieran oír ni la muchacha ni sus amigos, Liberato exhortó a algunos seres ya muertos a la práctica de una determinada actividad. El niño milagroso se acercó a la alacena y recibió de unas manos que se extendían, el resultado de tal actividad contenido en recipientes. Las muestras correspondían a Stalin, Hitler, Gargamel, y al payaso Tufo.

            Por orden del joven taumaturgo, juntó Pico la totalidad de las mismas en un solo receptáculo. Preguntó éste de qué clase de líquido se trataba. Ante el silencio del jefe, imaginó el blondo muchacho que su sabor sería insoportable.

            Liberato sostenía la cuchara colmada de materia no sólida, dirigiéndola a los labios de la “baby-sitter”. Se produjo la degustación y luego bebió.

            _Es muy rico, ¿qué es?_, llevándose una mano a los senos consultó_¿es acaso néctar…?

            _Mujer… ¡Debés tomar más!_afirmó Liberato.

            Dejando a un lado la cuchara, se le ofreció seguir con la acción valiéndose del vaso. Ingirió casi un cuarto litro. El resto le fue arrojado de improviso en su rostro y en sus enjutos pantalones.

            _¡Ay chicos!, creo que me manché. Mejor me voy a cambiar… Les pido mil disculpas_sacándose la venda, y sin prestar atención a los jóvenes, se dirigió a la habitación de los padres del increíble niño cerrando la puerta.

            De entre las baldosas, Liberato vio asomar la cabeza del Bosco, quien sobre ella tenía un plato de metal con enormes frutas del jardín de las delicias. El prodigioso muchacho lo tomó. En su mano se hizo martillo. Pico y Clavo estaban muy cerca de Liberato, sin embargo, tampoco notaron ese encuentro. Empezaron a volar trozos de muebles por todas partes, el doceañero había decidido destruirlos. La faz cobriza y teñida de furia. El martillo y la cuchara rebotaban de una pared a la otra. El piano fue derruido a golpes de puño…

            Enhiestos y momentáneamente ciegos los amigos, vestían ahora su ropa habitual en época de estío: pantalones cortos y remeras.

            Sólo Liberato vivenció la siguiente situación:

            Del cielo raso descendió un perrito negro que se mantenía gravitando en el centro del recinto. Lo tomó, lo abrazó. Permaneció así unos minutos. El tierno animalito se retiró con lentitud, elevándose. Lo despidió en medio del desastre, con los brazos en alto, temblando de emoción.

           

III

 

            El rostro de la muchacha estaba demacrado y su pantalón quemado. El genial joven soltó unas carcajadas; simultáneo fue el llanto de la convertida en esperpento y el gesto atónito de los amigos, quienes estaban recuperando la movilidad y la visión pero de un solo ojo.

            _¿Por qué me hicieron  esto?, ¿qué les hice yo?_inquirió ella con angustia.

            De los labios del niño mágico salió una respuesta clara, lacónica:

            _Lo hice porque quise y pude.

            _¡Pendejo de porquería!, ¿qué, te da placer esto?, ¿eh…?

            _Sí. Se me ocurre creer en este momento, al modo de Epicuro, que en el hombre el placer es el bien primigenio y natural. Ahora bien, como podrá notarse, a diferencia de él, no soy afecto a la moderación.

            Sosteniendo carnes colgantes que provenían del lugar donde antes había un rostro:

            _¡Hijo de puta! ¡Vas a pagar por lo que me hiciste, sea en esta u otra vida! ¡Todos van a pagar!

            _¡Ja, ja!, en lo que a mí respecta, ¡ni en esta ni en otra!_ espetó con unos ojos de un admirable marrón claro_no hay ser ni fuerza alguna que pueda derrocar mis designios. Si he de ser castigado, lo sería solo para materializar una posible vena masoquista. El peso de la espada de las leyes ajenas no caerá sobre mí, a menos que yo lo desee. Claro que… Sé que en verdad mi yo está constituido por un mugriento e insoslayable entramado (lo que en realidad sé es que ésta no es más que una interpretación de la realidad como cualquier otra). Mi yo se compone de todo lo que existe a mi alrededor: no hay independencia alguna entre mi ser y el resto de lo que existe. Ni lo que yo llamo propia voluntad es absolutamente mía, sino hija del contexto. Sin embargo, prefiero al menos en este momento, fingir que mi yo está frente al mundo, separado de él, al modo cartesiano.

Sus ahora ex amigos y lo que alguna vez fuera una dama se abalanzaron sobre él. Recordó el episodio entre Flatus y Zémele, con sonrisa torcida procuró la emulación: quienes pretendían atacarlo yacieron fulminados.

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