La Planta
No apareció de repente, no. Al principio era prácticamente imperceptible. Sólo la punta de una hoja asomando levemente por la balaustrada del balcón.
Nadie se había dado cuenta; ni siquiera ella, tan observadora, tan atenta a todo lo que ocurría a su alrededor.
Al cabo de una semana empezaron a llamarle la atención la forma y el color de aquella hoja, el esbozo de tallo que se presumía sosteniéndola. Ella era observadora, ya lo sabemos. Indiscreta, incluso. Casi, casi, chismosa. Además, las plantas le encantaban. Su casa era un pequeño herbolario; su terraza y sus ventanas, minúsculos jardines en los que competían geranios, mimosas, petunias... Hasta una incipiente madreselva comenzaba a desperezarse por la pared trasera de su casa.
Por eso, ella siguió con un interés particular la aparición de aquella planta en el balcón de su vecino, al otro lado de la calle. A los pocos días había establecido una hipótesis:
—Es maría —le espetó a su marido.
—¿Cómo dices? —le respondió éste, absorto en la sección de finanzas del periódico.
—Que creo que se trata de marihuana. Es más: estoy segura de ello.
—No sé a qué te refieres —le replicó el hombre, doblando momentáneamente el periódico y dedicándole toda su atención.
—A la planta de nuestro vecino. El de la casa de enfrente. Estoy segura de que ha plantado marihuana en un tiesto.
—Si tú lo dices... —sentenció el otro, convencido de que su esposa tenía razón.
Él también conocía el carácter despierto y acechante de su esposa. Lo que sucedía es que el tema le traía en principio sin cuidado. Su preocupación estaba puesta en otras cosas más serias: el mercado bursátil, por ejemplo. Era un hombre metódico y riguroso, quizá con poca imaginación. Pero, ¿es preciso tener imaginación cuando se trabaja en el departamento de valores de un banco? Los temas de la cotización en el mercado continuo, las expectativas de los valores tecnológicos, la evolución del mercado de futuros... eran suficientemente delicados para dejar al margen cualquier conato de imaginación, para encararlos con una asepsia absoluta y con un rigor estrictamente cartesiano.
Por eso no le dio más importancia al asunto.
Ni siquiera se preocupó cuando ella, una semana más tarde, insistió:
—Sí, es cannabis. Y tiene muy buen aspecto. Debe producir una mierda muy buena.
Lo único que le desagradó fue la expresión coloquial de mierda, extraída según él del argot de trapisondistas, drogadictos y demás fauna poco recomendable. No le dijo nada a ella, sin embargo, porque estaba apasionadamente enamorado de su mujer e intentaba no disgustarla con observaciones críticas, por livianas que fueran.
Así que guardó silencio.
En los días siguientes había olvidado prácticamente la dichosa planta de marihuana. Para ser precisos, él no se asomaba siquiera a la calle, así que ignoraba lo que pasaba más allá de las paredes de su casa. Pero una frase de su mujer, dos semanas más tarde, logró inquietarle.
—Me gustaría conocer a una persona que es capaz de cultivar cannabis en su casa como si tal cosa.
—No me parece prudente —dijo él.
—¿Por qué? —ella se volvió hacia su cónyuge, sorprendida.
La verdad es que ninguno de los dos conocía al plantador o a los plantadores de la marihuana. Él, debido a su paciente actitud no intervencionista en cuestiones ajenas. Ella, en cambio, aunque sí que lo había intentado, no pudo averiguar nada del dichoso vecino. Todo lo más que había conseguido era avizorar o, mejor dicho, adivinar una vaga sombra, a veces, tras la planta, la única planta que había en aquel balcón a una altura superior a la de su vivienda. Probablemente ella y su marido eran los únicos que podían ver desde fuera la planta, aunque fuese con extrema dificultad. Y ella se había subido incluso a una silla para poder otear desde la ventana más próxima al propietario de la marihuana. No lo había logrado.
Por eso, su expresión le había salido casi del inconsciente:
—Me gustaría conocer a ese tipo.
Él, por su parte, había dicho aquello:
—No me parece prudente.
El silencio subsiguiente lo rompió él. Había quedado en el aire la pregunta de ella: “¿Por qué?”
—Pues porque alguien que planta marihuana en su casa no es una persona de fiar. Alguien así es capaz de hacer cualquier cosa.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó ella, riéndose ante el carácter puritanamente conservador de su marido.
—Eso que he dicho. Que alguien que vulnera la ley en algo aparentemente menor, como es cultivar un producto prohibido, puede acabar vulnerándola en algo mayor.
—¿Como qué? —continuó ella, sin dejar de reírse.
—Pues matando a otra persona, por ejemplo —dijo él, con su adustez habitual, pero con un rictus de seriedad más pronunciado que en otras ocasiones.
—¡Qué melodramático eres! —le respondió ella, acariciando dulcemente su mejilla.
Antes de concluir la conversación, la mujer añadió, con un mohín, al tiempo que salía de la habitación:
—Por cierto: tener o cultivar marihuana para consumo personal no es un delito.
Algo sí habían averiguado del vecino en cuestión. Mejor dicho, lo había averiguado ella, a pesar de que en la casa de enfrente no había un portero al que sonsacarle información. El poseedor de la planta era un hombre. Y vivía solo. Nada más.
Ella no volvió a sacar el tema de conversación de la planta.
Simplemente, un día desapareció. Sí. Ella desapareció sin dejar ni rastro. No acudió a casa a la hora de cenar. Ni durante la noche. Ni al día siguiente. Ni nunca más.
Angustiado por su súbita ausencia, él acudió a la policía a las pocas horas. Comenzó una lenta, pausada y metódica investigación.
—Algo hemos avanzado —le dijo el inspector de policía que llevaba el caso.
Él, cansado, ojeroso, con una perenne cara de insomnio y prematuramente envejecido, asintió, casi mecánicamente.
—Lo único que sabemos es que la tarde de su desaparición acudió a la casa de enfrente. Al parecer, fue en busca del vecino del último piso.
Instantáneamente puesto en alerta, él le contó entonces la historia de la planta de marihuana.
El funcionario policial se asomó a la ventana más próxima, se movió de un lado a otro, se puso de puntillas y acabó por decir:
—Yo no veo ninguna planta.
Efectivamente, la planta que había ido creciendo poco a poco ante los ojos escrutadores del matrimonio —mejor dicho, ante los de ella— había desaparecido. O, al menos, no se la veía por ninguna parte.
Con aquel nuevo dato, las pesquisas se centraron en el domicilio del vecino. Éste había abandonado precipitadamente el inmueble al día siguiente de la desaparición de la mujer. Su piso estaba vacío. Quedaban sólo escasas huellas de su presencia anterior: algunas alcayatas en las paredes, un plato roto en el fregadero de la cocina, un tubo de pasta dentífrica casi acabado en el cuarto de baño, un montón de revistas atrasadas sobre cuidado de plantas, vehículos de motor y chismes de actualidad y poca cosa más. Restos casi arqueológicos del paso fugaz de una vida por aquel habitáculo.
Nada que diera una pista sobre el paradero de ella.
Tampoco eso era totalmente cierto. Un ayudante del inspector se dirigió a él:
—Aquí hay manchas de sangre.
Fueron analizadas y el grupo sanguíneo correspondía al de ella.
No hubo más. El contrato de alquiler del piso estaba a nombre de una persona inexistente. La descripción del inquilino por las pocas personas que le habían visto fue imprecisa y contradictoria. Lo único cierto es que se trataba de un hombre joven. Esquivo y huraño, según los testimonios. Éstos no coincidían en otros datos elementales: ni en la estatura, ni en la complexión, ni en el acento de su voz ni en otras características que hubiesen permitido su identificación. Una empresa de mudanzas reconoció que la habían contratado para recoger el mobiliario de aquella vivienda y echarlo en un vertedero.
—¿Un vertedero?
—No es habitual, claro que no —dijo el encargado de la empresa, a requerimiento de la policía—. Pero es que hay gente muy rara y, si paga, hay que hacer lo que te pide.
Hasta ahí llegaron las averiguaciones al cabo de mes y medio de búsqueda.
—No pierda las esperanzas —le dijo a él el inspector de policía, aunque su rostro desmentía cualquier hipótesis optimista.
—No, por supuesto que no —contestó el hombre, demacrado y macilento, por el que parecía que acabasen de pasar una decena de años dejando un inequívoco estropicio a su paso atropellado por encima de su rostro.
Se cerró el caso. Para ser exactos, quedó abierto bajo el epígrafe de “persona desaparecida” y archivado junto a otros en un indeterminado y vago apartado de “casos pendientes”.
Él, dedicado casi exclusivamente a sus temas bursátiles, aunque sin el interés de antaño, sólo era capaz de repetirse una y otra vez la desgraciada y premonitoria frase que le había dicho a su mujer:
—Una persona que empieza cultivando marihuana puede acabar matando a otro ser humano.
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Al cabo de diez años, dos meses y siete días fue dictaminada oficialmente la muerte de ella. Los plazos legales son perentorios y la legalidad fue cumplida escrupulosamente también en esta ocasión. A partir de aquel momento él era oficialmente viudo.
Para entonces, el inspector que había llevado el caso con tan magros resultados ya estaba jubilado. La falta de resolución de aquel asunto era una espina que llevaba clavada en algún sitio. No en su historial como funcionario, que era impecable. El malestar se producía en algún lugar indeterminado de su conciencia y le aportaba secuelas de frustración, culpabilidad e impotencia.
El ahora viudo lo sabía. Por eso, algún tiempo después acudió al funcionario retirado.
—Quiero enseñarle una carta —le dijo, escuetamente.
Con infinito cuidado, con una delicadeza casi femenina, sacó un manuscrito guardado primorosamente en una carpeta, dentro de un plástico.
—Es de ella —añadió, dándole el escrito.
La carta, redactada en un tono convencional y prosaico, no podía ser más explícita:
“Querido:
“Siento el daño terrible e irreparable que he debido causarte con mi desaparición. Pero todo ha sido tan repentino, tan fuerte y tan dulcemente excitante para mí que no podía hacerlo de otra manera, que no podía explicarte lo que me ha pasado, que no podía dejarte mirando esos ojos tristes de niño abandonado que pones a veces, como si fueses a hacer algún puchero.
“Te dejo, sí. Debo abandonarte porque he conocido al hombre de mi vida, a mi alma gemela. Es alguien que me hace vibrar y me hace sentir como jamás hubiese imaginado que se podía hacer. Es un hombre maravilloso y sensible, carente de ese sentido práctico y concreto que tú posees. Es un artista. Introvertido, solitario, pero con una gran capacidad de amar. Él me necesita más que tú. Tiene un pasado difícil que trata de olvidar y seguramente a mi lado podrá hacerlo. Tú, en cambio, aunque no lo parezca, eres una persona mucho más fuerte que yo y que él y podrás superar mi marcha.
“Perdona, una vez más, esta despedida tan abrupta. Pero no sabía cómo hacerlo. Sin quererlo, fuiste tú el que excitó mi imaginación con aquella frase de que “quien planta marihuana puede acabar matando a alguien”. Me picaste la curiosidad y así fue como conocí a Juan, espoleada por esa tonta frase. Qué quieres que te diga, yo soy así y gracias a ello me ha pasado lo mejor que me podía ocurrir: que me he enamorado por primera vez en esta vida.
“Sí, no te sorprendas. Lo tuyo fue cariño, ternura, pero no esta pasión amorosa que ahora siento. A lo mejor estoy cometiendo una locura, pero pienso que lo más honesto para mí y para ti, para los dos, es que salga de tu vida sin hacerte sufrir más.
“Adiós, querido, no te olvidaré nunca”.
El ex inspector dobló la carta parsimoniosamente y se quedó meditando un rato. Él permaneció mirándole a los ojos, en silencio.
—¿Cuándo la ha recibido? —preguntó el antiguo policía, señalando al escrito.
—¡Oh! Hace algún tiempo.
—O sea, que no es reciente —manifestó con una cierta sorpresa el jubilado.
Volvió a ensimismarse momentáneamente en sus pensamientos:
—Así que finalmente no hubo crimen, sino la simple huída del hogar de una mujer que se enamora de otro hombre.
—No lo ha entendido usted —dijo él, con un deje de pesadumbre y de decepción.
—¿No?
—Claro que no, porque efectivamente hubo un crimen.
—Ahora sí que no lo entiendo.
—Ella fue asesinada el día mismo de su desaparición. El día en que yo recibí esta carta.
El ex inspector parecía no entender, así que él siguió con su relato:
—Aquel día no fue el primero en que se encontró con ese tal Juan. Empezó a verle la misma tarde de mi maldita frase, ésa de que “uno que planta marihuana es capaz de matar a una persona”. ¡Ojalá no la hubiese pronunciado nunca! Ella fue a su casa para conocerle y se enamoró de aquel delincuente. ¡Si hasta tenía antecedentes penales! No me extraña que usase un nombre falso...
Y empezó a llorar, mansamente, como si en ese acto encontrase un alivio que sólo él fuese capaz de comprender. Su interlocutor no le interrumpió, esperando con curiosidad que continuase su explicación. Al poco, él se rehizo y siguió hablando:
—Llevaban ya varios días viéndose a escondidas, viviendo su apasionado romance, amándose desenfrenadamente. Al final, ella no debió aguantar más aquella situación de doblez y me escribió la carta. Si la ha leído, verá que quería dejarme. ¡A mí, que sólo he estado enamorado de ella en toda mi vida y que jamás podré mirar ni siquiera a otra mujer! Por eso, porque vi que su decisión era firme y que estaba determinada a hacerlo pese al dolor que me causaba, no tuve otro remedio que matarla, que matarlos a los dos.
—Pero...
—Me dolió mucho tener que hacerlo —volvió a sollozar, aunque esta vez no interrumpió su relato—, pero no me quedó otro remedio. Fui a su casa y acabé con ellos. Y con la maldita planta de marihuana. Arreglé el traslado de las cosas con una compañía de mudanzas y vacié totalmente la casa.
—¿Y los cuerpos? ¿Dónde dejó los cuerpos?
—Los embalé con los muebles y acabaron con el resto de las cosas en el vertedero. No sé qué habrá sido de ellos porque han pasado más de diez años.
El sorprendido ex policía miraba incrédulo al hombre que apenadamente le estaba contando esta historia. Se la narraba con pesar pero a la vez con la estólida convicción de que lo sucedido había sido inevitable:
—Supongo que por eso no coincidían las descripciones de los pocos testigos a quienes interrogaron ustedes: en realidad éramos dos hombres, el inquilino del piso y yo, que hice las gestiones con la empresa de mudanzas.
—¿A cara descubierta?
—¿Por qué no? Al fin y al cabo, por doloroso que fuera, hice lo correcto. Por eso también les llamé a ustedes a las pocas horas. Les conté casi todo lo ocurrido, salvo que los había matado. Era tarea de ustedes el averiguarlo. Si lo hubiesen hecho, me habría parecido muy correcto tener que purgar mi pena.
Él se levantó. Cogió la carta que aún pendía en la mano del boquiabierto inspector, se dio la vuelta y con despaciosos ademanes se marchó lentamente.
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Yo lo veo muy realista tal y como está el mundo y la gente hoy en día.