La Película Que Nunca Vi
No me siento culpable. Si Begoña me hubiera esperado a la puerta del cine, nada de esto habría ocurrido.
Así es que llegué tarde, como siempre.
—Es allí —le dije al acomodador, al divisar la nuca familiar de Begoña y un asiento libre a su derecha.
El cine estaba de bote en bote. En la pantalla, la acción transcurría de noche.
—Hola, cariño —dije a mi chica. Y la besé en la mejilla mientras, como de costumbre, introducía mi mano en su entrepierna.
—¡Aaaahhhhhh! —chilló la otra, como la sirena de una fábrica.
El tipo de al lado se sobresaltó.
—Asun, ¿qué ocurre?
A la tal Asun le había dado un ataque de nervios. Y a mí, el mayor sofoco de mi vida. Me había equivocado de chica.
Antes de que el otro me soltase un guantazo de órdago, me estaba escurriendo de mi asiento.
La bofetada le llegó, como un obús, a un tipo de la fila de delante, que se había girado para saber qué pasaba. Yo, en mis prisas por huir, pisé salvajemente a un señor gordo y me di de bruces con un niño que comía cacahuetes. La esposa del agredido gritó, sin saber a quién:
—¡Salvaje!
El niño arrollado gimió:
—¡Mamá! ¡Mamá!
Un individuo de la fila de atrás se indignó:
—¡A ver si se callan!
De dos filas más allá se oyó:
—¡Que nos dejen ver la película!
Un amigo del que recibió el guantazo se rebulló y pegó a ciegas. También se equivocó de destinatario.
—¡Su puta madre! —se indignó el recién llegado a la trifulca.
—¡Mi niño! —se desesperaba la madre del chaval de los cacahuetes.
—¿Qué pasa allí? —preguntaba otro, gritando.
Un acomodador corría por el pasillo, con un zigzagueante haz de linterna delante de él. Tropezó con un espectador que se había levantado a fisgar. También dijo:
—¡Aaaahhhhhh! —mientras esquiaba sin esquíes por el pasillo central.
Al final se oyó:
—¡Craaaac!
Y otra voz femenina:
—¡Federico, un señor está encima de mí!
—¡Mi niño! —seguía la madre de antes.
—¡Su padre! —se oía dos filas más allá.
—¡Toma, tú! —antes de un sonoro cloc en otro lado.
—¡Que no se oye la película! —llegaba desde el fondo.
Uno de la primera fila de arriba, que se había asomado a ver qué pasaba, cayó con estrépito sobre el patio de butacas.
—¡Desgraciado! —se seguía oyendo abajo.
—¡Mi marido! ¿Qué le hace a mi marido?
—¡La luz! ¡Que den la luz! —entraba en liza otra voz.
—¡Un hombre que vuela! —había gritado uno que vio caer al del gallinero.
—¡Que venga la policía! —intentaba imponer una persona de orden.
—¡Federico, que me violan!
—¡Mi niño!
—¡Maricón!
Cuando llegó la luz, a mí me cogió gateando por el pasillo lateral, muy cerca ya de la puerta de salida. Entre doscientas y trescientas personas se hallaban enzarzadas en un lío fenomenal. El tenue ruido de unas sirenas se aproximaba desde fuera.
Al día siguiente, como si nada hubiese pasado, le dije a Begoña:
—Ya podías haberme esperado en el cine.
—Y te esperé —respondió—. Pero ayer el espectáculo se dio en el cine “Ideal”, al otro extremo de la ciudad. ¿No has visto el periódico?
Me quedé lívido. Así que me había equivocado de película. Un grueso titular del periódico ponía: “Vandalismo en un cine”. Después explicaba: “Cincuenta heridos, tres violaciones, quince carteras robadas y daños por valor de dos millones y medio de pesetas”. En otro destacado, el periódico aventuraba una hipótesis: “Se sospecha de una banda organizada de delincuentes juveniles”. Y acababa con una llamada: “¿Hasta cuándo tendremos que seguir aguantándolo?”
Un sudor frío comenzó a correr por todo mi cuerpo. Inocente, Begoña preguntó:
—¿Vamos otra vez al cine?
Pero yo no he vuelto nunca más.
(Este cuento se publicó por primera vez en el suplemento dominical de El Periódico de Catalunya, de Barcelona, el 10 de octubre de 1987)
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¿Se puede aprender cómo escribir un libro? Aunque muchos crean que la buena literatura viene de las musas, al aprender cómo escribir un libro es un proceso necesario al que todos los autores noveles deberían dedicar el suficiente tiempo para llegarlo a dominar y conseguir llegar al gran público ya sea a través de Internet o a través de las tradicionales editoriales en papel.
(3ª Parte) La Ley de Político Final, es una de las soluciones ante la desconfianza y falta de credibilidad que los políticos tienen ante sus ciudadanos. En forma de novela con pinceladas de ficción, se narran algunos casos que dan pie a esa falta de credibilidad. Se da una solución para resolver este problema y se recuerda a Montesquieu.
(2ª Parte) La Ley de Político Final, es una de las soluciones ante la desconfianza y falta de credibilidad que los políticos tienen ante sus ciudadanos. En forma de novela con pinceladas de ficción, se narran algunos casos que dan pie a esa falta de credibilidad. Se da una solución para resolver este problema y se recuerda a Montesquieu.
(1ª parte) La Ley de Político Final, es una de las soluciones ante la desconfianza y falta de credibilidad que los políticos tienen ante sus ciudadanos. En forma de novela con pinceladas de ficción, se narran algunos casos que dan pie a esa falta de credibilidad. Se da una solución para resolver este problema y se recuerda a Montesquieu.
El género literario de la ciencia ficción es uno de los más seguidos y que goza de más adaptaciones al cine Los libros de ciencia ficción son una gran demanda tanto de millones de personas que se señalan como acérrimos de este género, como para la adaptación a la gran pantalla de muchos de ellos.
Siguiendo este método aprenderás a escribir un cuento en unos cuantos pasos sencillos. Verás que escribir cuentos no es tan difícil como parece. Al contrario, memorizando la técnica y practicando pronto podrías convertirte en experto cuentacuentos.
"El diablo en mi cama"mencionado como uno de los mejores libros del 2011 en el Perú
"Los ciudadanos, muchas veces, no queremos que nos representen personas como nosotros, sino tipos inalcanzables que, vaya a saberse por qué, suponemos que son mejores que nosotros mismos".
"En vez de echarse la culpa unos a otros nuestros políticos deberían decirnos humildemente a los ciudadanos: "Lo sentimos, lo hemos hecho mal".
"Ignorar a los mercados —y, pero aun, intentar "doblegarlos" — es un ejercicio tan inútil como oponerse a la ley de la gravedad".
"Las formas muchas veces son tan importantes como el fondo de cualquier cuestión. Los que tuvimos la oportunidad de conocer al presidente catalán Josep Tarradellas, defensor a ultranza del protocolo institucional y de la cortesía parlamentaria, le oímos decir más de una vez: "En política, cuando se pierden la urbanidad y las buenas maneras también se pierde la razón".
"Hasta hace bien poco, las opiniones y hasta los pensamientos de unos y de otros estaban condicionados por sus respectivas anteojeras ideológicas, como las de los forofos de cualquier equipo de fútbol".
"Si se generalizase de forma arbitraria el referendo como medio directo de acción política, el caos acabaría imponiéndose sobre el sentido común".
"El abandono de las respectivas carreras es el doble que en el resto de Europa, el paro entre los titulados superiores llega al 21% y no hay ninguna universidad española entre las 150 mejores del mundo".
"Nos guste o nos desagrade, aún somos un país de pícaros y trapisondistas, más parecido a la corte de los milagros de Valle-Inclán, que a una sociedad solidaria, equitativa y justa".

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