La Magia De Las Palabras Complemento

Posteado: 23/05/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 348 |

La Magia de las Palabras: Complemento.

 

El Génesis de los génesis:

 

Hagamos un nuevo vuelo con la imaginación y convoquemos al mago de las palabras para que, una vez captada la visión, ellas nos vayan descubriendo nuevos horizontes.

 

La historia es una madeja de sucesos que puede deshilvanarse a través de muchas puntas, cualquiera de esas puntas nos conducirá al corazón del ovillo, dejemos que nuestras manos jalen de uno de estos hilos y veamos hacia dónde nos conduce.

 

“Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas.

 

Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años.

 

Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos.

 

Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.”

                                                                                                          Génesis 6: 1 – 4

 

 

 

 

 

En alguna otra ocasión nos hemos referido a este pasaje de las escrituras, en él, el escriba con su magia de palabras, nos habla de los hijos de Dios y de las hijas de los hombres, nos cuenta de la presencia de gigantes, como también nos dice que éstos hijos de Dios, escogieron a las más bellas y se allegaron a ellas, y que éstas les concibieron hijos.

 

El relator no se esfuerza demasiado en dar explicaciones, nada nos dice sobre quiénes eran estos hijos de Dios, no nos da la genealogía de los gigantes, ni si las hijas de los hombres, aunque lo damos por supuesto, sean descendientes de Adán y de Eva.

 

Existe un libro, atribuido a Platón, que nos cuenta una hermosa historia, algunos dirán que es una fábula, otros que es fruto de la magia expresiva del gran filósofo, el cual había logrado dar vida a un mito que nos revela los orígenes de la tierra, la gran civilización creada por los dioses, su vínculo con los humanos, y el destino de sus descendientes, un mito, una fábula, una leyenda, quizás … leamos estos dos escritos de Platón.

 

Al comienzo de este relato, quizás antes de que se haya convertido en un tema, expresamos:

                                                            

“De hecho, la historia universal registra a lo largo de los siglos el invalorable aporte de diversos personajes, que han dejado una huella muy profunda, verdaderos paradigmas, moldeadores de conductas, ejemplo de virtudes que han sobrepujado la propia trascendencia de sus creadores, personajes idealizados por la pluma de los magos de las palabras que les han dado vida, figuras épicas, homéricas, dioses y semi dioses, santos y mártires, ángeles y demonios, que desafían el tiempo y permanecen para siempre, inmortales, en la conciencia colectiva de la humanidad.”

 

El paraíso perdido:

 

Timeo:

 

“Existe en Egipto, dice Crítias, en el delta en cuya punta el Nilo se divide, un distrito llamado saítico, cuya ciudad principal es Sais, patria del rey Amasis.

 

Los habitantes honran, como fundadora de su ciudad, a una diosa cuyo nombre egipcio es Neite y su nombre griego, por lo que dicen, Atenas.

 

Ellos gustan mucho de los atenienses y pretenden tener con ellos, cierto parentesco.

 

Habiendo sido su viaje extendido hasta esta ciudad, Solón me contó que fue recibido con grandes honras, después que, siendo un día interrogado sobre la antigüedad, los sacerdotes más versados en la materia, descubrieron que ni él, ni ningún otro griego tenía, por así decir, cualquier conocimiento.

 

 

 

 

 

En otro día, queriendo demostrarles a los sacerdotes lo que sabía de la antigüedad, se puso a contarles todo lo que se sabe entre nosotros del período más remoto conocido.

 

Les habló de Foroneu que fue, dicen, el primer hombre, el de Níobe.

 

Después, les contó como Deucalión y Pirra sobrevivieron al diluvio.

 

Estableció la genealogía de sus descendientes y tentó, distinguiendo las generaciones, contar cuántos años ya había pasado desde aquellos acontecimientos.

 

Entonces, uno de los sacerdotes que era muy viejo, le dijo: Ah, Solón, Solón, ustedes los griegos son siempre unos niños, ¿Será que no existen viejos en la Grecia?

 

A esas palabras, preguntó Solón: ¿Que me quiere decir con eso? Ustedes son tan jóvenes de espíritu respondió el sacerdote, pues no tienen en el espíritu ninguna opinión antigua basada en una vieja tradición y ninguna ciencia encanecida por el tiempo. Es esa la razón.

 

Hubo con frecuencia, y frecuentemente todavía habrá, destrucciones de hombres causadas de diversas maneras; las mayores por el fuego y por el agua, y otras menores, por mil otras causas.

 

Por ejemplo, lo que se cuenta también entre ustedes al respecto de Faetón te, hijo del Sol, que teniendo un día atravesado el carro de su padre y no pudiendo mantenerlo en el camino paterno, quemo todo lo que estaba sobre la tierra y murió fulminado por un rayo.

 

Tiene, es verdad, la apariencia de una fábula; más la verdad encubierta es la de que los cuerpos que circulan en el cielo alrededor de la tierra se desviaron de su curso y que una gran conflagración, que se produjo a intervalos, destruyó lo que está en la superficie de la tierra.

 

Entonces, todos aquellos que vivían en las montañas y en los lugares elevados y áridos perecen más de prisa que los que viven a la orilla de los ríos o del mar.

 

Nosotros tenemos el Nilo, nuestro salvador habitual que, en esos casos, también nos preserva de esas calamidades con sus transbordamientos.

 

Cuando, al contrario, los dioses sumergen la tierra bajo las aguas para purificarla, los habitantes de las montañas, vaqueros y pastores, escapan de la muerte, mas aquellos que habitan en sus ciudades son arrebatados por los ríos para el mar.

 

Entre nosotros, ni en estos casos, ni en los otros, el agua jamás cae de las alturas para los campos.

 

Acontece lo contrario, ellas suben naturalmente, siempre venidas de abajo.

 

 

 

 

Es cómo y porqué razones se dice que es entre nosotros que se conservan las tradiciones más antiguas.

 

Mas, en realidad, en todos los lugares donde el frío o el calor excesivo a eso no se oponen, la raza humana subsiste siempre, mas o menos numerosa.

 

Así, todo lo que se hace de bello, de grande, o de notable, en cualquier campo, sea entre ustedes, sea aquí, o en cualquier otro país de que hayamos oído hablar, todo eso se encuentra aquí consignado, por escrito, en nuestros templos desde tiempos inmemorables, y así se conservó.

 

Entre ustedes, al contrario, y entre los otros pueblos, mal dominan la escritura y todo lo que es necesario para efectuar los registros, y nuevamente, después del intervalo normal de tiempo, torrentes de agua del cielo descargan sobre ustedes como una enfermedad y no dejan sobrevivir sino a los iletrados y a los ignorantes; de modo que ustedes se encuentran de nuevo en el punto de partida como jóvenes, no sabiendo nada de lo que pasó en los tiempos antiguos, ni aquí, ni entre ustedes mismos.

 

Pues las genealogías de sus patriotas, que usted recitaba hace poco, Solón, no difieren mucho de las historias que las madres cuentan a sus niños.

 

En primer lugar, ustedes se recuerdan apenas de un diluvio terrestre, en cuánto que hubo muchos antes de aquel.

 

Después, ustedes ignoran que la más bella y la mejor raza que se vio entre los hombres, nació en su país y que de ella desciende usted y toda su ciudad actual, gracias a un pequeño germen que escapó al desastre.

 

Ustedes ignoran porque los sobrevivientes, durante muchas generaciones, murieron sin dejar nada por escrito.

 

Sí, Solón, hubo un tiempo en que, antes de la mayor de las destrucciones operadas por las aguas, la ciudad que hoy es Atenas fue más valerosa en la guerra y, sin comparación, la más civilizada sobre todos los aspectos.

 

Fue ella, dicen, que realizó las más bellas cosas e inventó las más bellas instituciones políticas de que oímos hablar debajo del cielo.

 

Solón me contó que oyendo aquello, fue tomado de espanto y pidió, insistentemente a los sacerdotes para que le contaran exactamente, y de inmediato, todo lo que se decía respeto a sus conciudadanos de otrora.

 

Entonces, el viejo sacerdote le respondió: No tengo razón para recusar, Solón, y voy a contarle en consideración a usted y a su patria, y sobretodo, para honrar a la diosa que protege su ciudad y la nuestra y que las educó e instruyó, la suya, que ella formó primero, mil años antes que la nuestra, de un germen tomado a Tierra y a Hefestos, y la nuestra en el período siguiente.

 

 

 

Desde el establecimiento de la nuestra, transcurrieron ocho mil años: y es el número que registran nuestros libros sagrados.

 

Es por tanto de sus conciudadanos de hace nueve mil años que voy a exponerle rápidamente sobre las instituciones y lo más glorioso de sus hechos.

 

Retornaremos a ver todo en detalles y ordenadamente, una y otra vez, cuánto podamos, con los textos en la mano.

 

Compare en primer lugar sus leyes con las nuestras.

 

Verá que un buen número de nuestras leyes actuales fueron copiadas de aquellas que estaban, entonces, en vigor entre ustedes.

 

Es así que, de inicio, la clase de los sacerdotes es separada de las otras.

 

Lo mismo ocurre con la de los artesanos, donde cada profesión tiene su trabajo especial, sin interferir con las otras, y la de los pastores, los cazadores, y los labradores.

 

En cuánto a la clase de los guerreros, sin duda usted se dio cuenta, que, entre nosotros, ella está igualmente separada de todas las otras, pues la ley les prohíbe ocuparse de cualquier otra cosa que no fuese la guerra.

 

Agréguele a eso la forma de las armas, escudos y lanzas de que nos servimos antes que cualquier otro pueblo de Asia, teniendo aprendido a usarlos con la diosa que primero les enseñara a ustedes.

 

En cuánto a la ciencia, sin duda observa con que cuidado la ley de ella se ocupó aquí, desde el comienzo, bien con el orden del mundo.

 

Partiendo del estudio de las cosas divinas, ella descubrió todas las artes útiles a la vida humana, hasta las artes adivinatorias y la medicina, que cuida de nuestra salud, y adquirió todos los conocimientos a ella relativos.

 

Fue esa misma constitución y esa orden que la diosa estableciera entre ustedes primero, cuando fundó su ciudad, habiendo escogido el lugar donde usted nació, porque previó que su clima suavemente templado produciría hombres de alta inteligencia.

 

Como ella amaba, al mismo tiempo, a la guerra y a la ciencia, dirigió su preferencia para el país que debía producir los hombres más semejantes a ella misma y fue ese país al que ella primero pobló.

 

Y ustedes eran gobernados por esas leyes y por otras mejores aún, superando a todos los hombres en todos los tipos de mérito, como se podía esperar de descendientes y discípulos de los dioses.

 

 

 

Guardamos aquí, por escrito, muchas grandes acciones de su ciudad, que provocan admiración; mas existe una que trasciende todas las otras en grandeza y heroísmo.

 

En efecto, las inscripciones en monumentos dicen que su ciudad destruyó en otros tiempos una inmensa potencia que marchaba insolentemente sobre la Europa y Asia entera, venida de otro mundo situado en el océano Atlántico.

 

Se podía entonces atravesar ese océano, pues había una isla delante de aquel estrecho que llaman Las Columnas de Hércules.

 

Esa isla era mayor que Libia y Asia juntas.

 

De esa isla, se podía entonces pasar para las otras islas y de estas ganar todo el continente que se extiende en frente a ellas y costea ese verdadero mar.

 

Pues todo lo que esta dentro del estrecho de que hablamos parece un puerto cuya entrada es estrecha, en cuánto que lo que está después forma un verdadero mar y la tierra que lo cerca tiene verdaderamente todos los requisitos para ser llamada un continente.

 

Ahora, en esa isla Atlántida, reyes habían formado una grande y admirable potencia, que extendía su dominio sobre la isla entera y sobre muchas otras islas y algunas partes del continente.

 

Además de eso, para este lado del estrecho, de nuestro lado, dominaban a Libia hasta Egipto, y a Europa hasta Tirrena.

 

Ahora, un día esa potencia, reuniendo todas sus fuerzas, tentó conquistar de un solo golpe su país, el nuestro, y todos los pueblos situados más allá del estrecho.

 

Fue entonces, Solón, que el poderío de su ciudad hizo sobresalir a los ojos del mundo su valor y su fuerza.

 

Como ella llevaba ventaja sobre todas las otras por su coraje y por todas las artes de guerra, fue ella que tomó el comando de los Heléenos.

 

Mas reducida sólo a sus fuerzas por la defección de las otras, y colocada, así, en la situación más crítica, venció a los invasores, erigió un trofeo, preservó de la esclavitud a los pueblos que aún no habían sido sometidos y devolvió generosamente la libertad a todos aquellos que, como nosotros, habitamos en el interior de las Columnas de Hércules.

 

Mas, en los tiempos que siguieron, hubo temblores de tierra e inundaciones extraordinarias y, en un período de un solo día y de una sola noche nefastos, todo lo que ustedes poseían de combatientes fue tragado de una sola vez para dentro de la tierra, y la isla Atlántida, habiéndose hundido en el mar, también desapareció.

 

 

 

 

Es por que, todavía hoy, aquel mar es impracticable e inexplorable, siendo su navegación perjudicada por su fondo limoso y muy bajo que la isla formó al hundirse.”

 

Crítias:

 

“Antes de todo, acordémonos de que, en suma, nueve mil años trascurrieron desde la guerra que, según las revelaciones de los sacerdotes egipcios, estalló entre los pueblos que habitaban mas allá de las Columnas de Hércules y todos aquellos que habitaban de este lado.

 

Es esa guerra que me ocupa ahora contarles en detalle.

 

Del lado de acá, dicen que fue nuestra ciudad, que tuvo el comando y sustentó toda la guerra; del lado de allá fueron los reyes de la isla Atlántida, isla que como dijimos, era antiguamente mayor que Libia y Asia, más que, hoy, tragada por temblores de tierra, dejó un fondo limoso intraspasable, que impide el pasaje de aquellos que navegan de aquí para el mar abierto.

 

En cuánto a los numerosos pueblos bárbaros y a todas las tribus griegas que existían entonces, la secuencia de mi narración, en su desarrollo, si así puedo decir, los hirán conociendo, a medida que vayan surgiendo.

 

Más es preciso comenzar por los atenienses de aquellos tiempos y por los adversarios que tuvieron que combatir, y describir las fuerzas y el gobierno de unos y de otros.

 

Y entre los dos, es a nuestro país que cumple dar prioridad.

 

En otro tiempo, los dioses dividieron entre sí la tierra entera, región por región, y sin disputa.

 

Pues no sería razonable creer que los dioses ignorasen lo que convenía a cada uno de ellos, ni que, sabiendo lo que mejor conviene a cada uno, los otros intenten apoderarse justamente de esa parte, creando discordia.

 

Por lo tanto, habiendo obtenido en esa justa repartición la porción que les convenía, poblaron cada cual su región y, cuando ella quedó poblada, nos crearon, a nosotros, sus rebaños y crías, como los pastores crían sus propios rebaños; más sin violentar nuestros cuerpos, como lo hacen los pastores que llevan sus rebaños a pastar a golpes de chicote, sino colocándose, por así decir, por detrás, de donde el animal es más fácil de ser dirigido.

 

Ellos gobernaban usando la persuasión y dominando, así, al alma según su propio designio.

 

Era así que conducían y gobernaban cualquier especie mortal.

 

 

 

 

En cuánto que los otros dioses organizaban los diferentes países que la suerte les había asignado, Efectos y Atena, que tienen la misma naturaleza, por que son hijos del mismo padre y por que comparten en el mismo amor a la sabiduría y a las artes, teniendo ambos recibido en común nuestro país, como una porción que les era propia y naturalmente apropiada a la virtud y al pensamiento, en ella hicieron nacer de la tierra a personas de bien y les enseñaron la organización política.

 

Sus nombres fueron conservados, mas sus obras perecieron por la destrucción de sus sucesores y por el pasar de los tiempos.

 

Porque la especie que siempre sobrevivía era, como les dije antes, la de los montañeses y la de los iletrados, que sólo conocían los nombres de los dueños del país y poca cosa sabían de sus acciones.

 

Esos nombres, ellos los daban de buen grado a sus hijos, más, de las virtudes y de las leyes de sus predecesores, nada conocían, salvo algunos datos imprecisos sobre cada uno de ellos.

 

En la penuria de las cosas necesarias en que quedaron, ellos y sus hijos durante varias generaciones, sólo se ocupaban de sus necesidades, sólo trataban de si mismos, no se preocupaban con lo pasara antes que ellos en los tiempos antiguos.

 

Las narrativas, las leyendas y la pesquisa de la antigüedad surgen en las ciudades al mismo tiempo que el bienestar, cuando ven algunos hombres son provistos de las cosas necesarias para la vida, más no antes.

 

Es así como los nombres antiguos fueron conservados sin recordar sus altos logros.

 

La prueba de lo que digo es que, los nombres de Cécrope, Erectéia, Erictónio, Erisícton y la mayoría de los nombres antes de Teseo, cuya memoria se guardó, son precisamente, aquellos que servían, cuando hablaban a Solón, los sacerdotes egipcios, cuando le contaron sobre la guerra de aquellos tiempos.

 

Y lo mismo aconteció con el nombre de las mujeres.

 

Además de eso, la apariencia y la imagen de la diosa, que los hombres de aquellos tiempos presentaban en armas, conforme a la costumbre de su tiempo, en que las ocupaciones guerreras eran comunes a las mujeres y a los niños, significan que, entre todos los seres vivos, machos y hembras, que viven en sociedad, la naturaleza quiso que fuesen, unos y otros, capaces de ejercer en común la virtud propia de cada especie.

 

Nuestro país era entonces habitado por diferentes clases de ciudadanos que ejercían sus oficios y extraían del suelo su subsistencia.

 

La clase de los guerreros, no obstante, separada de las otras desde el comienzo por hombres divinos, habitaba aparte.

 

 

 

Tenía todo lo necesario para la alimentación y educación, más ninguno de ellos poseía nada suyo.

 

Pensaban que todo era en común entre todos, más no exigían de los otros ciudadanos nada además de lo que les bastaba para vivir, y ejercían todas las funciones que describimos ayer, hablando de los guardianes que imaginamos.

 

Se decía también, en lo que se refiere al país, -y esta tradición es verosímil y verídica-

En primer lugar que era limitado por el istmo que se extendía hasta Citerón y de Parnaso, de donde la frontera descendía cerrando a Oropia por la derecha y costeando el río Asopo a la izquierda, del lado del mar.

 

En seguida, que la calidad del suelo no tenía igual en el mundo entero, de forma que el país podía alimentar un numeroso ejército dispensándolo de los trabajos de la tierra.

 

Una fuerte prueba de la calidad de nuestra tierra es que lo que de ella hoy nos resta puede rivalizar con cualquier otra por la diversidad y por la belleza de sus frutos y por la riqueza de sus pasturas propias para cualquier especie de ganado.

 

Más, en aquellos tiempos, a la calidad de estos productos se sumaba una prodigiosa abundancia.

 

¿Qué pruebas tenemos de esto y que resta del suelo de entonces que justifique nuestra afirmación?

 

El país entero avanza lejos del continente para el mar, y de ahí se extiende por un promontorio, y sucede que la orilla del mar que lo envuelve es de una gran profundidad.

 

Por eso, durante las numerosas y grandes inundaciones que ocurrieron durante los nueve mil años – pues este es el número de años que transcurrieron desde aquellos tiempos hasta nuestros días- el suelo que se deslizó desde las alturas en esos tiempos de desastre no depositó, como en otros países, un sedimento notable y, deslizándose siempre sobre el contorno del país, desapareció en la profundidad del mar.

 

Por esa razón, como sucedió en las pequeñas islas, lo que resta en el presente, comparado con lo que entonces existía, parece un cuerpo descarnado por la enfermedad.

 

Todo lo que había de la tierra gorda y blanda se deslizó y no resta más que la carcasa desnuda del país.

 

Más, en aquellos tiempos, el país intacto tenía, en lugar de montañas, altas colinas.

 

Las planicies que tienen hoy el nombre de Felo eran cubiertas de tierra gorda.

 

 

 

 

Sobre las montañas, había grandes florestas, de las cuales aún  hoy existen testimonios visibles.

 

Si, efectivamente, entre las montañas, hay algunas que no alimentan más que a las abejas, no hace mucho tiempo de que allá se cortaban árboles capaces de cubrir las más vastas construcciones, cuyas vigas todavía existen.

 

Había también, mucha cantidad de árboles frutícolas y el suelo producía forraje que no acababa más para el ganado.

 

El suelo recibía también las lluvias anuales de Zeus y no perdía, como hoy, el agua que se escurre de la tierra desnuda para el mar.

 

Como la tierra era entonces espesa y recibía el agua en su seno, y la mantenía en reserva en la arcilla impermeable, dejaba escapar en las cavidades el agua el agua de las alturas que había absorbido, y alimentaba, en toda parte, fuentes abundantes y grandes ríos.

 

Los santuarios que existían otrora dan testimonio de lo que les estoy diciendo.

 

Esa era la condición natural del país.

 

En el se crearon culturas, como se podía esperar, por verdaderos labradores ocupados únicamente en su trabajo, amigos de lo bello y dotados de una felicidad natural, disponiendo de una tierra excelente y de un agua muy abundante, y favorecidos en su cultura, por el suelo, por estaciones templadas.

 

En cuánto a la ciudad, así es como era organizada en aquel tiempo.

 

Primero, la acrópolis no estaba entonces en el estado en que está hoy.

 

En una sola noche, lluvias extraordinarias, diluyeron el suelo que la cubría, la dejaron desnuda.

 

Temblores de tierra se venían produciendo al mismo tiempo que la caída de agua prodigiosa, que fue la tercera antes de la destrucción que ocurrió en la época de Deucalión.

 

Pero antes, en una otra época, era tal la grandeza de la acrópolis, que ella se extendía hasta el Erídano y el Iliso y comprendía a Pnix, y tenía por límite el monte Licabeto, del lado que queda frente a Pnix.

 

Ella era enteramente revestida de tierra y, excepto en algunos puntos, formaba una planicie en su parte más alta.

 

 

 

 

 

 

Fuera de la acrópolis, mismo al pie de sus vertientes, estaban las habitaciones de los artesanos y de los labradores que cultivaban los campos vecinos.

 

En la parte alta, la clase de los guerreros, quedaba sola en torno al templo de Atena y de Hefestos, después de haber cercado la planicie con un único cinturón, como se hace un jardín en una única casa.

 

Habitaban en la parte norte de esa planicie donde habían organizado alojamientos comunes y resguardos de invierno, y tenían todo lo que convenía a su género de vida en común, sea en materia de habitaciones, o de templos, con la excepción del oro y la plata, pues no hacían uso de esos metales, en ningún caso.

 

Atentos en mantener un justo término medio entre la fastuosidad y la pobreza servil, mandaban construir casas decentes, donde envejecían con sus hijos y los hijos de sus hijos, y las pasaban a otros como ellos.

 

Cuando, en el verano, abandonaban como es natural, sus jardines, sus gimnasios, sus refugios, era para el sur que marchaban.

 

En el lugar de la acrópolis actual, había una fuente que fue derrumbada por los temblores de tierra y de la cual restan finos filetes de agua que corren por las proximidades donde ella se localizaba.

 

Más ella proporcionaba, entonces, agua abundante a toda la ciudad, agua igualmente saludable, en el invierno y en el verano.

 

Este era el tipo de vida de aquellos hombres que eran, al mismo tiempo, los guardianes de sus conciudadanos y los jefes confesos de los otros griegos.

 

Cuidaban criteriosamente que el número, tanto de hombres como de mujeres, todavía en condiciones de tomar las armas, fuese tanto como sea posible, el mismo, esto es, cerca de veinte mil.

 

Así es que eran esos hombres, y así era que administraban, su país y a Grecia, invariablemente de acuerdo con las reglas de la justicia.

 

Eran famosos en toda Europa y en toda Asia por la belleza de sus cuerpos y por las virtudes de toda especie que adornaban su alma, y eran los más ilustres de todos los hombres de entonces.

 

En cuánto a la condición y a la primitiva historia de sus adversarios, si no perdí la memoria de lo que oí contar cuando todavía era un niño, es la que les voy a narrar ahora, para compartir este conocimiento con ustedes, buenos amigos que son.

 

Antes, no obstante, de entrar en el asunto, tengo todavía un detalle a explicar, para que no queden sorprendidos al oír nombres griegos aplicados a los bárbaros.

 

 

 

 

Ustedes sabrán la causa.

 

Como Solón pensaba en utilizar esta historia en sus poemas, el inquirió sobre el sentido de los nombres y lo que encontró fue que los egipcios, que fueron los primeros en escribirlos, los habían traducido a su propia lengua.

 

El mismo, retomando por su cuenta el sentido de cada nombre, los traspuso y transcribió para nuestra lengua.

 

Esos manuscritos de Solón estaban con mi abuelo y aún permanecen conmigo actualmente, y desde niño que los aprendí bien.

 

Si, por lo tanto, oyeren nombres parecidos con los nuestros, que eso nos les cause ninguna sorpresa, pues saben la causa.

 

Y ahora, veamos de qué manera comenzó esa larga historia.

 

Ya dijimos, a propósito del sorteo que los dioses hicieron, que ellos dividieron toda la tierra en lotes mayores o menores según los países y que establecieron, en su honra,

Templos y sacrificios.

 

Así fue que Poseidón, habiendo recibido en el reparto la isla Atlántida, instaló los hijos que tuvo de una mujer mortal en un lugar de la isla que les voy a describir.

 

Del lado del mar, se extendía por la isla entera, una planicie que dicen que era la más bella de todas las planicies, fértil por excelencia.

 

Más o menos en el centro de esa planicie, a una distancia de cerca de cincuenta estadios, se veía una montaña uniformemente de pequeña altitud.

 

En lo alto de esa montaña, habitaba uno de aquellos hombres que, de origen, eran del país, nacidos en la tierra.

 

Se llamaba Evenor y vivía con una mujer de nombre Leucipa.

 

Tuvieron una única hija, Clito, que acababa de alcanzar la edad núbil cuando su padre y su madre murieron.

 

Poseidón se enamoró y se unió a ella, fortificó la colina donde ella habitaba, recortando su contorno por medio de cinturones hechos alternadamente de mar y de tierra, los mayores envolviendo a los menores.

 

Trazó dos de tierra y tres de mar y los redondeó, a partir del medio de la isla, de donde estaban todos a la misma distancia, de forma de constituirse en un pasaje intraspasable a los hombres, pues, en aquel tiempo, aún no se conocían ni los navíos ni la navegación.

 

 

 

 

El mismo embelleció la isla central, cosa fácil para un dios.

 

Hizo surgir del suelo dos nacientes de agua, una caliente y la otra fría, hizo que la tierra produjera alimentos variados y abundantes.

 

Fue padre de cinco pares de gemelos machos, los crió y dividió toda la isla de Atlántida en diez partes, atribuyó  al más viejo del primer par, la casa de su madre y todo el lote de tierra de sus alrededores, que era el más vasto y el mejor.

 

Hizo de él rey sobre todos sus hermanos y , de éstos, les hizo soberanos, dándole a cada uno un gran número de hombres a gobernar y un vasto territorio.

 

A todos les dio nombres.

 

El más viejo, el rey, recibió el nombre que sirvió para designar a la isla entera y el mar que se llama Atlántida, por que el primer rey del país, en aquella época, tenía el nombre de Atlas.

 

El gemelo nacido después de él, le dio a que ocupara la extremidad de la isla del lado de las Columnas de Hércules, hasta la región que hoy se llama Gadírica, que se llama en griego Eumelo y en dialecto indígena Gadiros, palabra de donde la región, sin duda, tomó su nombre.

 

El segundo par tuvo por nombre, Anferes y Evaimon.

 

Del tercer par, el más viejo tomó el nombre de Mneseos y el más mozo el de Autóctono.

 

Del cuarto par, el primero fue llamado Elasipo y el segundo Mestor.

 

Al más viejo del quinto par, se le dio el nombre de Azaes, y al más nuevo, el de Diaprepes.

 

Todos los hijos de Poseidón y sus descendientes, habitaron el país durante muchas generaciones.

 

Reinaban sobre muchas otras islas del océano, y como ya dije, extendían los límites de su imperio, al lado de acá, dentro del estrecho, hasta Egipto y Tirrena.

 

La raza de Atlas se torno numerosa y mantuvo las honras del poder.

 

Como el más viejo era el rey y transmitía siempre el cetro al más viejo de sus hijos, conservaron la realeza por muchas generaciones.

 

Adquirían riquezas inmensas, tales como nunca se vieron en ninguna otra dinastía real y como no se verá seguramente en el futuro.

 

 

 

 

Disponían de todos los recursos de su ciudad y de todos los que precisaran sacar de la tierra extranjera.

 

Muchas cosas les venía de afuera, gracias a su imperio, más era la propia isla la que les proporcionaba la mayor partes de las cosas para su uso.

 

En primer lugar, todos los metales, sólidos o fundibles, que son extraídos de las minas; y, en particular, una especie que no poseemos más sino solo el nombre, pero que era entonces más que un nombre y que se extraía de la tierra en muchos lugares de la isla, el oricalco – el más precioso, después del oro, de los metales entonces conocidos.

 

La isla producía, también en abundancia, todo lo que la floresta proporciona de materiales para los trabajos de los carpinteros.

 

Ella nutría, de forma igualmente harta, los animales domésticos y los salvajes.

 

Hasta mismo una raza de elefantes muy numerosa era allí encontrada.

 

Pues la isla ofrecía una pastura copiosa, no solamente a todos los otros animales que pastan en las márgenes de los pantanos, los lagos y los ríos, o en las florestas, o en las planicies, más todavía a aquel animal, que por naturaleza, es el mayor y al más voraz.

 

Además de esto, todos los perfumes que la tierra alimenta actualmente, en cualquier lugar que sea, que provengan de raíces o de hierbas, o de la madera, o de jugos destilados por las flores y los frutos, ella los producía y los nutría perfectamente; y también los frutos cultivados y los secos, de los cuales nos servimos en nuestra alimentación, y todos aquellos de que nos servimos para completar nuestra dieta, y que designamos con nombre general de legumbres, y esas frutas leñosas que nos proporcionan bebidas, alimentos, perfumes y aquella fruta que tiene escamas y es de difícil conservación, hecha para nuestra diversión y nuestro placer, y todos aquellos que nos servimos después de las comidas para el alivio y la satisfacción de aquellos que sufren de peso en el estómago, todas estas frutas, aquella isla sagrada, que veía entonces el sol, los producía magníficos, admirables, en cantidades infinitas.

 

Con todas esas riquezas que extraían de la tierra, los habitantes construían templos, los palacios para los reyes, los puertos, los astilleros marítimos, y embellecían todo el resto del país en el orden que voy a narrarles.

 

Comenzaron por lanzar puentes sobre las fosas de agua del mar que cercaban a la antigua metrópolis, para hacer un pasaje para afuera y para el palacio real.

 

Ese palacio ellos lo tenían erigido desde el origen, en el lugar por dios y por sus ancestrales.

 

 

 

 

 

 

Cada rey, recibiendo de su sucesor, incrementaba en algo para su embellecimiento y ponía todos sus cuidados en superar lo hecho por su antecesor, tanto que hicieron de su morada un objeto de admiración por la grandiosidad y belleza de sus obras.

 

Perforaron, del mar hasta el cinturón externo, un canal de tres plectros de ancho, cien pies de profundidad, y cincuenta estadios de extensión.

 

Hicieron una entrada en este canal, como en un puerto, para los navíos venidos del mar, y prepararon una embocadura suficiente para que los mayores navíos en el pudiesen penetrar.

 

Y todavía, a través de los cinturones de tierra que separaban los de agua de mar, cara a cara con los puentes, abrieron canales lo suficientemente largos para permitir que una triera pasase de un cinturón para el otro, y por encima de esos canales, pusieron techos para que se pudiese navegar por debajo; pues los parapetos de los cinturones de tierra estaban bastante encima del nivel del mar.

 

El mayor de los fosos circulares, el que se comunicaba con el mar, tenía tres estadios de ancho, y el cinturón de tierra que lo seguía tenía otros tantos.

 

Los dos cinturones siguientes, el de agua tenía un ancho de dos estadios y el de tierra era además igual al de agua que le precedía; el que contornaba la isla central tenía sólo un estadio.

 

En cuánto a la isla donde se encontraba el palacio de los reyes, tenía un diámetro de cinco estadios.

 

Revistieron de un muro de piedra el contorno de la isla, los cinturones y los dos lados del puente, que tenía un plectro de ancho.

 

Pusieron torres y puertas en los puentes y en todos los lugares donde el mar pasaba, y sacaron las piedras que necesitaban del contorno de la isla central y debajo de los cinturones, del lado de afuera y de adentro; había piedras blancas, negras y rojas.

 

Construían zanjas dobles cavadas dentro del suelo y cubiertas por un techo de la propia roca.

 

Entre esas construcciones, unas eran de un solo color, y otras fueron entremezclando piedras, de manera de hacer un tejido variado de colores para placer de los ojos; dieron les así, un encanto natural.

 

Cubrieron de bronce, a modo de revestimiento, todo el contorno del muro que cercaba el cinturón más externo; de estaño fundido, el del cinturón más interno, y al que cercaba la propia acrópolis de oricalco con reflejos de fuego.

 

 

 

 

 

 

El palacio real, dentro de la acrópolis, fue arreglado como les voy a narrar:

 

En el centro de la acrópolis, había un templo consagrado a Clito y a Poseidón.

 

Su acceso era restringido y era rodeado por una cerca de oro.

 

Fue allá que, en el origen, ellos concibieron y dieron a luz a la raza de los diez príncipes.

 

Era para allá también que se venía todos los años de las diez provincias que habían compartido entre si, para ofrecer a cada uno de ellos, los sacrificios habituales.

 

El templo del propio Poseidón tenía un estadio de largo, tres plectros de ancho y una altura proporcional a esas dimensiones; más tenía en su aspecto cierto aire de bárbaro.

 

El templo entero, del lado de afuera, era revestido de plata, menos los acroterios, que eran de oro; en el lado de adentro, la bóveda era enteramente de marfil esmaltado en oro, en plata, y en oricalco.

 

Había allá estatuas de oro, en particular la de dios, de pie sobre un carro, conduciendo seis caballos alados, era tan alto que su cabeza tocaba la bóveda.

 

Después, en círculo alrededor de él, cien sirenas sobre delfines, pues se creía, entonces, que eran en número de cien.

 

Más había todavía muchas otras estatuas consagradas por particulares.

 

En torno del templo, en el exterior, se elevaban estatuas de oro de todas las princesas y de todos los príncipes descendientes de los diez reyes, y muchas otras estatuas dedicadas por los reyes y por particulares, sean de la propia ciudad, sea de los países de afuera  sometidos a su autoridad.

 

Había, también, un altar cuya grandiosidad y cuyo trabajo estaban de acuerdo con todo este aparato, y todo el palacio también era proporcional a la grandeza del imperio, así como los ornamentos del templo.

 

Las dos nacientes, una de agua fría y otra de agua caliente, tenían un caudal considerable, y eran, ambas, maravillosamente propias para las necesidades de los habitantes, por la virtud  de sus aguas y el placer que causaban.

 

Ellos las cercaron de construcciones y de plantaciones de árboles apropiados a las aguas.

 

Construían en todo el alrededor estanques, unos a cielo abierto, otros cubiertos, destinados a los baños calientes de invierno.

 

 

 

 

Los reyes tenían los suyos aparte, y los particulares también.

 

Había otros para las mujeres, otros para los caballos y otros para los animales de carga, cada cual dispuesto según su finalidad.

 

Ellos llevaban el agua que de ellos corría para el bosque sagrado de Poseidón, donde había árboles de todas las esencias, de tamaño y belleza divinos, gracias a las cualidades del suelo.

 

Después la hacían escurrir para los cinturones exteriores, por los acueductos que pasaban sobre los puentes.

 

Allí edificaron numerosos templos dedicados a otras tantas divinidades, muchos jardines y muchos gimnasios, unos para los hombres y otros para los caballos, siendo éstos últimos, construidos aparte en cada una de las dos islas formadas por los cinturones circulares.

 

Entre otros, en el medio de la isla mayor, había sido reservado un lugar para el hipódromo, de un estadio de ancho, que se extendía a lo largo de todo el cinturón, para destinarlo a la corrida de caballos.

 

En vuelta del hipódromo, había, de cada lado, casetas para la mayor parte de la guardia.

 

Los guardias que inspiraban más confianza tenían su guarnición no menor a dos cinturones, que era también lo más próximo a la acrópolis; y para aquellos que se distinguían entre todos por su fidelidad, habían destinado barrios en el interior de la acrópolis, en torno de los propios reyes.

 

Los arsenales estaban llenos de trieras y de todos los elementos necesarios para las trieras; todo perfectamente preparado.

 

Así es como todo estaba dispuesto alrededor del palacio de los reyes.

 

Quién atravesase las tres puertas externas encontraba un muro circular que comenzaba en el mar y que, en toda su extensión, distaba cincuenta estadios del cinturón mayor y de su puerto.

 

Ese muro vino a cerrar, en el mismo punto, la entrada del canal del lado del mar.

 

Era enteramente cubierto de casas numerosas y apretadas unas contra las otras.

 

El canal y el puerto mayor vivían llenos de navíos y de mercaderes venidos de todos los países del mundo, y de la multitud se elevaban, día y noche, gritos, tumultos y ruidos de toda especie.

 

 

 

 

 

Acabo de darles una noción bastante fiel de lo que me dijeron, tiempo atrás, sobre la ciudad y el viejo palacio.

 

Ahora, me falta tentar acordarme sobre cual era el carácter del país y su organización.

 

En primer lugar, me dijeron que todo el país era muy elevado y quedaba a pique sobre el mar; pero que, en vuelta de toda la ciudad, se extendía una planicie que la cercaba y que era, a su vez, cercada de montañas que descendían hasta el mar; que su superficie era unida y regular, que era oblonga en su conjunto, que medía, de un lado, tres mil estadios, en el centro, subiendo del mar, dos mil.

 

Esta región quedaba, en todo el tamaño de la isla, expuesta al sur y al abrigo de los vientos del norte.

 

Se orgullecían, entonces, de las montañas que la cercaban como mayores en número, en tamaño y en belleza que todas las que existen hoy.

 

Ellas encerraban un gran número de ricas aldeas, de ríos, de lagos, y de praderas que producían pasturas abundantes a todos los animales domésticos y salvajes, y árboles numerosos y de esencias variadas, ampliamente suficientes para todas las especies de obra industrial.

 

Entonces, esa planicie fue, gracias a la naturaleza y a los trabajos de un gran número de reyes en el transcurso de muchas generaciones, organizada tal como voy a decirles:

 

Ella tenía la forma de un cuadrilátero, de aspecto general rectilínea y oblonga.

 

Lo que le faltaba en regularidad había sido corregido por un foso cavado en su contorno.

 

En cuánto a la profundidad, el ancho y el largo de ese foso, es difícil de creer que tuviese las proporciones que se atribuyen, si consideramos que era una obra hecha por la mano del hombre, sumado a otras obras.

 

Es preciso, entonces, repetir lo que oímos decir: El fue cavado con la profundidad de un plectro, su ancho era, uniformemente, de un estadio y, como extensión abarcaba toda la planicie que llegaba a diez mil estadios.

 

Ese foso recibía los cursos de agua que descendían por las montañas, daba vuelta a la planicie, y sus dos extremidades terminaban en la ciudad, de donde la hacían salir para el mar.

 

De la parte alta de la ciudad partían canales de, aproximadamente, cien pies de ancho, que cortaban la planicie en línea recta desembocaban en el foso cerca del mar; entre uno y otro, había un intervalo de cien estadios.

 

 

 

 

Ellos se ingeniaron para hacer que la madera descendiera flotando de las montañas para la ciudad, y para el transporte, por barco, de otras producciones de la estación, gracias a otros desvíos navegables que partían de los canales y hacían la comunicación, oblicuamente, de unos con otros y con la ciudad.

 

Noten, que había, todos los años, dos cosechas, porque en el invierno utilizaban las lluvias de Zeus, y en el verano las aguas que guardaba la tierra y que se sacaba de los canales.

 

En cuánto al número de soldados que la planicie debía proporcionar en caso de guerra, estaba decidido que cada distrito era diez veces diez estadios, y había, en total, seis miríadas.

 

En cuánto a los hombres a sacar de las montañas y del resto del país, su número, por lo que me dijeron, era infinito; ellos habían sido todos distribuidos por localidades y aldeas en esos distritos, sobre la autoridad de sus jefes.

 

Ahora, el jefe tenía orden de aportar para la guerra la sexta parte de un carro de combate, en el sentido de hacer llegar la fuerza efectiva a los diez mil; además de eso, dos caballos y sus caballeros, una pareja de caballos, sin carro, con un combatiente armado de un pequeño escudo y un conductor de los dos caballos llevado detrás del combatiente, más dos hoplitas, arqueros y funderos en número de dos para cada especie, soldados de infantería leve lanzadores de piedras y dardos en número de tres mil para cada especie, y  cuatro marineros para proveer a mil doscientos navíos.

 

Era así que había sido pactada la organización militar de la ciudad real.

 

En cuánto a las otras nueve provincias, cada una tenía su organización particular, cuya explicación nos demandaría mucho tiempo.

 

El gobierno y los cargos públicos habían sido ajustados, en origen, de la siguiente manera:

 

Cada uno de los diez reyes en su distrito y su ciudad, tenía todo el poder sobre sus hombres y sobre la mayoría de las leyes; castigaba y condenaba a muerte a quién quería.

 

Más, la autoridad de uno sobre el otro en sus relaciones mutuas era regulada por las instrucciones de Poseidón, tal como les habían sido transmitidas por la ley, y por las inscripciones gravadas por los primeros reyes en una columna de oricalco colocada en el centro de la isla en el templo de Poseidón.

 

Era en ese templo que se reunían, a cada cinco o seis años, alternadamente, concediendo la misma honra al par y al impar.

 

 

 

 

 

En esa asamblea, deliberaban sobre los negocios comunes, se averiguaba si alguno de ellos había infringido la ley y lo juzgaban.

 

En el momento de formular el juzgamiento, se daban, primeramente, unos a otros, el sostén de su fe de la siguiente manera:

 

Había en el cinturón del templo de Poseidón toros en libertad; los diez reyes, dejados a solas, pedían a dios para que les ayude a  capturar a la víctima que le fuese agradable, después de lo cual se disponían a la caza, con bastones y lazos corredizos, sin hierros.

 

Llevaban entonces a la columna el toro que habían capturado, lo degollaban ante el capitel y dejaban correr la sangre sobre la inscripción.

 

En la columna, además de las leyes, estaba gravado un juramento, que profería imprecaciones terribles contra los que desobedeciesen.

 

Entonces, cuando habían ofrecido el sacrificio de acuerdo con sus leyes, consagraban todo el cuerpo del toro.

 

Después, llenaban de vino una tinaja, en ella tiraban, en nombre de cada uno, un coágulo de sangre y llevaban el resto al fuego, después de purificar la columna.

 

En seguida, sacando el vino de la tinaja con tazas de oro, hacían una libación sobre el fuego, jurando que juzgarían de acuerdo con las leyes escritas en la columna y que castigarían a cualquiera que hubiese las hubiese violado anteriormente, que en el futuro no infringirían voluntariamente ninguna de las prescripciones escritas y no ordenarían y no obedecerían a un mandamiento sino de acuerdo con las leyes de su padre.

 

Cuando todos habían asumido ese compromiso, por si mismos, y por su descendencia, bebían y consagraban su copa en el templo de dios.

 

Después, se ocupaban de la comida y de las ceremonias necesarias.

 

Cuando llegaba la oscuridad y el fuego del sacrificio se había extinguido, cada uno se vestía con una túnica azul oscura de la mayor belleza, se sentaban en el suelo, en las cenizas del sacrificio donde habían prestado juramento y, durante la noche, después de apagar todo el fuego del templo, eran juzgados o juzgaban, si alguno acusase a otro de haber infringido alguna prescripción.

 

Una vez formulados los juzgamientos, cada uno los escribía, cuando volvía la luz, en una

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