La Habitación Nº 13 (Un Cuento Sobre Argentinos Escrito Por Un Español)

Posteado: 02/08/2009 |Comentarios: 1 | Vistas: 356 |

Nunca hice caso a los buenos amigos que me habían prevenido:

—Ese capricho tuyo de mantener a Toby y Boby un día de éstos te traerá un disgusto.

No me preocupé de tales vaticinios. A lo mejor, porque soy un poco irresponsable. Seguramente, porque sólo soy un tipo ingenuo.

El lío que acaba de crear ese par ha sido de órdago. Aunque propiamente no puede decirse que haya sido un problema; al menos, no lo ha sido para mí.

Ustedes ya deben conocer el hecho porque los periódicos han dado profusa cuenta de él. Lo que no saben es que la cosa comenzó de la manera más tonta. La empezó mi madre, sin querer:

—Tienes que ir a saludar a tus tíos, que acaban de llegar de Argentina y llevarlos a cenar a un buen sitio —me dijo.

—¿Qué tíos? —pregunté, con mi despiste habitual.

—Los que viven en Tucumán. Llegan hoy a Madrid y tu padre y yo no estamos en condiciones de recibirles. Les hemos dicho que pasarás a recogerles al hotel y que iréis a cenar. Mañana ya vendrán a casa.

Desde que vivimos en Boadilla del Monte, mis padres han encontrado en la lejanía de la capital la disculpa perfecta para seleccionar y, en consecuencia, para reducir al mínimo sus relaciones sociales. Luego está el argumento de la edad. Y los achaques.

Así que a mí me toca hacerles el trabajo sucio, digámoslo de esa manera. Soy el perfecto hijo único, solterón, para más señas, que no suele tener coartada alguna para poder incumplir los deseos de sus vetustos padres. En compensación, en el chalet a media hora larga de Madrid tengo sitio de sobra para Toby y Boby y para que nadie se queje en demasía de ellos.

O sea, que fui a buscar a mis tíos a su hotel.

En realidad, no era un hotel. Se trataba del hostal Buenos Aires, en la Gran Vía madrileña, a medio camino de la Plaza de España y la del Callao. Llegué tarde, como siempre. Pero, ¿qué puede importarles media hora más o menos a una gente que acaba de cruzar el charco y que debe estar aún en las brumas del jet lag?

Llegué, digo, a las diez y media y me encontré con un recepcionista desbordado por los acontecimientos: mientras atendía agitado a alguien al otro lado del teléfono, una gorda inmensa en bata le explicaba no sé qué en inglés. En éstas, llegué yo preguntándole por mis tíos:

—¿Los señores Carasa?

El hombre me miró implorando una pizca de compasión mientras me respondía:

—Habitación 12; no, no, 13 —al tiempo que sonaba una nueva llamada en la centralita instalada en el minúsculo mostrador.

¡Vaya!, me dije, cuando ya estaba golpeando con los nudillos la puerta número 13, ¡si hasta tienen varias líneas telefónicas!

—Adelante —oí una recia voz varonil.

En la modesta pero pulcra habitación había dos hombres que, en cuanto me vieron, se levantaron de sus camas respectivas y salieron del cuarto conmigo.

—¿Adónde vamos? —me preguntó el mayor de los dos.

Había estado a punto de darles un par de besos a cada uno. Al fin y al cabo es lo que se espera hacer con unos parientes cercanos. El hecho de ser todos varones me inhibió, así que sólo les tendí la mano.

—¿Y la tía? —pregunté.

—Esta vez no hay tía —se río a carcajadas el hombre mayor—. Sólo estamos el pibe y yo.

Miré a mi hasta entonces desconocido primo y después a su padre. Tenían un vago aire familiar, claro, pero no lo suficiente para adivinar el parentesco sólo por su parecido físico.

Cenaron como heliogábalos. ¡Qué bestias! Ya había oído hablar yo de la crisis argentina, pero nunca creí que la cosa llegase a tanto.

—¿Tenés alguna foto de los viejos? —me preguntó mi tío.

—Sí, casualmente llevo una encima.

No era bastante reciente, pero sí resultaba muy clara. Estábamos los tres: mis padres, sentados, y yo, de pie, detrás de ellos. Era una foto de estudio, por supuesto, hecha por un profesional de la calle Goya.

—Está muy bien, francamente bien —dijo admirativamente mi tío y le pasó la foto a su hijo quien, tras mirarla detenidamente, se la devolvió.

—¿Y la dirección? —preguntó el padre— Mejor me la escribís en la parte posterior de la foto.

Lo hice.

—Más tarde pasaremos a verlos —me comentó el señor Carasa, con una melancólica sonrisa, mientras se guardaba la foto—. Vos no tenés que preocuparos de nada más.

Así, abruptamente, se acabó la velada. No habíamos tenido oportunidad de hablar de la familia. Ni siquiera de la actualidad argentina, con lo que nos gusta ese tema a los españoles. Apenas unos lugares comunes sobre lo cambiada que está Madrid, lo caras que se han puesto las cosas en España y que donde esté una mujer española que se quiten todas las demás. Se lo comenté más tarde a mis padres:

—Un rollo. Y mi primo ni abrió la boca en toda la noche.

—¿Qué primo?

—Pues... el primo. Vino en lugar de la tía.

—Pero, ¿cómo?, ¿que no ha venido Angelines?  —se incomodó mi madre.

—Allí había solamente dos hombres —me justifiqué—, el mayor, que supongo sería mi tío, y el otro, su hijo, el pibe, o sea, mi primo.

Mis padres se miraron asombrados:

—No sabía que existiese un pibe, como dices —se encaró conmigo mi madre—, porque Alberto y Angelines han tenido siempre dos hijas muy guapas, que yo sepa.

Las dos de la madrugada no es hora demasiado propicia para evitar el desconcierto, sobre todo si uno ha comido y bebido de más. Así que decidimos dejar la solución del enigma para el día siguiente.

No tuvimos tanto tiempo porque los acontecimientos se precipitaron, como ya conocen ustedes por los periódicos. Pero la versión de la prensa ha sido parcial, con desconocimiento de algunos hechos fundamentales que sólo los sabemos de primera mano sus protagonistas. Lo mejor, para no liarnos, será seguir un estricto orden cronológico de lo sucedido.

Tras habernos acostado, el siguiente hecho concreto ocurrió hacia las tres y media de la madrugada. Aunque mis padres y yo estábamos dormidos como ceporros, Toby y Boby armaron tanto escándalo que no sólo nos despertaron, sino que seguramente hicieron lo propio con los vecinos de varios municipios colindantes.

Espabilado por el estrépito, di las luces del jardín y me puse a correr gritando:

—¡Toby! ¡Boby! ¿Qué pasa? ¡Venid aquí! ¡Dejad de ladrar de una vez!

Mis dos preciosos pit bull no me hicieron ni caso mientras se ensañaban inmisericordemente con sus presas, dos hombres maltrechos y cubiertos de sangre.

—¡Dios mío! —exclamé, estupefacto, al descubrir que los intrusos a los que habían atacado despiadadamente los perros eran nuestros parientes argentinos.

—¡Tío! ¡Primo! —les llamé, desconsoladamente.

—Pero, ¿qué dices? —me interrumpió mi padre, que venía jadeando tras de mí— ¿Quiénes son estos asaltantes?

—¡Nuestros parientes! —contesté, asombrado, al ver la cara de estupefacción e incredulidad de mi padre.

—¡Qué parientes ni qué leches! ¡Yo no he visto a estos delincuentes en mi vida!

Entre las luces, el ruido y el acompañamiento cada vez más próximo de las sirenas policiales, los vecinos se fueron animando y se atrevieron a acercarse al jardín. Pronto aquello semejó una verbena. Una ambulancia apareció para llevarse los heridos. Antes, unos fotógrafos —¿de la policía?—hicieron fotos de los delincuentes, de los perros, a los que yo ya había atado con correas, y hasta de los curiosos. Otros tipos tomaban huellas y hacían moldes y, por último, llegó otro hombre al que los demás trataban con mucho respeto y que me enteré que era el juez.

Antes de poder evitarlo, alguien me obligó a entregarle los perros, lo que no resultó tarea fácil. Para congraciarse conmigo, el hombre me hizo una confesión:

—Ya sabemos quiénes son esos tipos. ¡Para que luego digan que la policía española no se entera de nada!

—¿Quiénes son? —preguntó mi madre, que apoyada en mi padre no había abierto la boca hasta entonces.

—Pues Lagardere y El Pibe, dos sicarios argentinos encargados de ajustes de cuentas.

—¡Dos asesinos profesionales! —dije yo, acertando por primera vez en toda esta historia.

Mis padres tienen gran entereza. No en vano empezaron sus negocios con una modesta pescadería en Vallecas. Opinan, con razón, que yo les he salido blando y aturullado, al no haber tenido que enfrentarme a la vida con la rudeza de ellos:

—¡Ya nos explicarás qué hacían aquí esos dos tipos! —me increpó mi madre.

—¡Y ya se lo dirás también mañana a la policía, que ésa es otra!  —apostilló mi padre.

—Creía que eran nuestros parientes —farfullé—, con los que he cenado tras recogerlos del hotel.

—¿Y qué hacían aquí? —insistió mi madre.

—No sé. Yo les di nuestra foto y la dirección.

Clareaba ya el día y nosotros estábamos cada vez más confusos.

—Mañana hablaremos —sentenció mi padre, cabreado por llevar tantas horas sin dormir.

Antes de que pudiésemos hablar al día siguiente —el mismo día, horas después, para ser más exactos—, sonó insistentemente el timbre de casa, para malhumorar todavía más a mi padre, vuelto a despertar por el nuevo e inoportuno visitante.

No era un visitante, sino dos: los tíos Alberto y Angelines.

Venían excitados, queriéndose quitar uno a otro la palabra de la boca.

—¡No sabés lo que nos ha pasado!

—¡Un loco, un auténtico orate!

—¡Dejáme a mí que lo explique!

—¡No, que yo lo haré mejor!

Al final pudimos saber toda la historia. Mis tíos, en la habitación número 12 del Hostal Buenos Aires, recibieron una visita nada más dejar yo el hotel con mis falsos parientes. Era un chico de mi edad, con mirada febril y pelo ensortijado. Sin haberles saludado siquiera, les entregó una foto.

—Estos dos son.

Mis tíos, ajenos a las costumbres españolas no sabían si el intruso pertenecía a alguna secta redentorista y los de la foto eran dos santones de su liturgia.

—Lo siento, pero no nos interesa —había dicho educadamente mi tío Alberto.

El otro se puso furiosísimo, tanto que los argentinos llegaron a temer por su vida.

—¡Así que ahora no les interesa! ¡Después de haber cruzado el Atlántico y de haberse embolsado 150.000 euros!

Mis tíos creyeron que estaba auténticamente loco. El visitante agarró por la pechera al pobre tío Alberto y lo arrojó sobre la cama. Los gritos de tía Angelines, más penetrantes que una sirena de bomberos, atrajeron a los otros huéspedes y al botarate del recepcionista. En medio del guirigay, el loco se calmó de repente y salió corriendo.

—Lo peor no es eso —comentó Angelines—. Lo peor es que al irse juró que se la pagaríamos y me ha parecido que nos ha seguido hoy hasta aquí.

Miré hacia la puerta y efectivamente vi semioculto a un joven como el que acababan de describir mis tíos. ¡Y yo sin mis perros! Pero justamente, en aquel momento, apareció por detrás de él uno de los policías de la víspera. La vida, está visto, es un cúmulo de casualidades.

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    Comments on this article

    3
    Juan Roldán 03/08/2009
    No sé qué pensaría un argentino del cuento, ni sé si están bien empleados los modismos idiomáticos. A mí, como ciudadano madrileño y que conozco la geografía de Boadilla del Monte, me ha divertido bastante la historia
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