La Atlántida: Relato de lo que pudo ser
Habíamos sido convocados para escuchar una conferencia que sería dictada por uno de los investigadores más destacados del siglo XIX, en todo lo relacionado con el estudio de las antiguas culturas, hoy desaparecidas, cuyo legado, por su trascendencia, permanece, desde sus orígenes, en el pensamiento colectivo de toda la humanidad.
La responsabilidad de darnos a conocer la personalidad de nuestro disertante recayó, como no podía ser de otra manera, en el sacerdote astrólogo egipcio, Shulem.
Ignatius Loyola Donnelly, nació en Filadelfia, en el año 1831, era hijo de humildes emigrantes irlandeses, que habían venido al nuevo mundo en busca de oportunidades que les resultaba imposible lograr en su patria.
Su padre había abandonado sus estudios para sacerdote y se instaló con una pequeña tienda, su sacrificada esposa cuidaba de los niños y el comercio, mientras él se inscribía en la escuela de medicina.
Una vez obtenido su título en medicina, el padre de Ignatius se dedicó al ejercicio de su profesión, con tan mala fortuna, que transcurridos unos dos años, uno de sus pacientes le contagió de tifus, causándole la muerte.
De manera que la infancia de nuestro disertante transcurrió en medio de grandes penurias y dificultades financieras.
Cuando la muerte de su esposo, la señora Donnelly, estaba embarazada de seis meses, no obstante, se mantuvo firme en la conducción del hogar, no volvió a contraer matrimonio, y se esforzó por inculcar en sus hijos el deseo de superación, poseedora de un firme carácter, implantó una férrea disciplina en el seno de su hogar.
Ignatius, se graduó en una prestigiosa escuela de enseñanza superior, deseoso de satisfacer los anhelos de su madre, dedicaba largas horas a la lectura y demostraba poseer un sorprendente talento como escritor.
Tres años más tarde, se graduó como abogado, más tarde se dedicó a la política, trasladándose con su esposa al Estado de Minnesota, donde llegó a ocupar el cargo de Vicegobernador.
Tres años más tarde ocupó un escaño en el congreso de los Estados Unidos.
En el año 1870, después de leer la novela de Julio Verne, “veinte mil leguas de viaje submarino” quedó tan impresionado con su lectura que dedicó el resto de su vida al estudio de la ciudad descrita por Platón al escribir los relatos de Timeo y Crítias sobre la civilización de los atlantes.
El resultado de sus estudios, que le han llevado a recorrer distintos lugares del mundo, cotejar una enormidad de documentos, comparar culturas, razas, religiones, y costumbres de las distintas civilizaciones, culminó con la publicación de un libro al cual tituló, La Atlántida: El Mundo Antediluviano.
Este libro se publicó en el año 1882, ha sido traducido en varios idiomas, lideró las ventas de libros en América y Europa por varios años, y su autor fue nominado como miembro de la Asociación para el Desarrollo de la Ciencia.
Este es apenas un brevísimo resumen de la proficua labor investigativa de nuestro disertante, nos explica Shulem, creo que ahora le podemos conocer un poco mejor, agrega, mientras invita al doctor Ignatius Donelly, a dar inicio a su disertación.
Mis estimados amigos, esta conferencia que voy a iniciar, tiene como objetivo el de poder exponerles algunas conclusiones, a las cuales he llegado, luego de una exhaustiva labor de investigación.
Algunas de mis afirmaciones, tengo la seguridad, de que les resultarán absolutamente nuevas, y, quizás, por qué no, algo difícil de digerir por un sistema digestivo aún no fortalecido como para soportar nutrientes tan fuertes y poderosas.
“Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido.”
Hebreos 5: 12
Como ya han tenido la oportunidad de leer los escritos de Platón, los cuales recogen la experiencia de Solón, un embajador griego que estuvo recorriendo el antiguo Egipto, y los testimonios aportados por Timeo y Crítias, para no ser tan recurrente, no abundaré en detalles que ya han sido suficientemente conocido por ustedes.
De manera que abordaré mi exposición planteando una serie de puntos en los cuales expreso mi sincera opinión con relación al tema que nos convoca en el día de hoy, cosa que hago con mucho agrado, con la finalidad de aportar algunas concepciones que a mi modesto entender, dejará absolutamente probado, lo siguiente:
1) Que antiguamente, en medio del océano Atlántico, en frente a la entrada del Mediterráneo, existía una isla que era el resto del continente atlántico y que fue conocida con el nombre de Atlántida.
2) Que la descripción de esa isla dejada por Platón, no es en absoluto un mito, como mucho tiempo se le consideró, ni tampoco una fábula fantástica, sino que constituye una verídica historia, prehistórica.
3) Que la Atlántida fue la propia tierra donde el hombre, por primera vez, se elevó por encima de la barbarie y alcanzó altos grados de civilización.
4) Que la población de la Atlántida, en el transcurso de innumerables siglos, desarrolló una nación numerosa y potente, cuyo excedente de población pobló de razas civilizadas las márgenes del golfo de México, las del Mississípi, las del río Amazonas, del océano Pacífico, de América del Sur, y por otro lado, el mar Mediterráneo, las costas de Europa Occidental, el Mar Negro y el mar Caspio.
5) Que la Atlántida no era otra cosa que el mundo antes del diluvio, como el Jardín de Edén o el Paraíso, como los Jardines de las Hespérides, o Los Campos de Eleusis, o Los Jardines de Alcino, del Ombligo del Mundo, como el Olimpo o Asgard, las tradiciones de los pueblos antiguos; todos, constituyen el recuerdo de un país donde los hombres, hace siglos y siglos, vivían en felicidad y paz.
“El temor del Señor cayó sobre todas las naciones, por ser tan grande la obra del Señor que cubría a su pueblo.
Y el Señor bendijo a la tierra, y los de su pueblo fueron bendecidos sobre las montañas y en los lugares altos y prosperaron.
Y el Señor llamó Sión a su pueblo, porque eran uno de corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos.”
Moisés 7: 17 – 18
6) Que los dioses, las diosas y los héroes de los antiguos griegos, de los fenicios, los hindúes, y la mitología nórdica, no eran otra cosa que, los reyes, las reinas, y los héroes de la Atlántida, y que los actos y hechos que les atribuye la mitología, no es más que la añoranza confusa de acontecimientos prehistóricos reales.
7) Que la mitología de los egipcios y del Perú constituía la primitiva religión de los atlantes, que consistía en la veneración del Sol, como símbolo del Dios todopoderoso.
8) Que las herramientas y otros utensilios de la Edad de Bronce, en Europa, provenían de de la Atlántida, y que los atlantes fueron los primeros en trabajar el hierro.
9) Que en la Atlántida era el lugar donde residieron primitivamente todos los troncos étnicos arianos o familias indo-europeas, como las razas semíticas, y talvez también la raza turaniana.
10) Que la Atlántida fue aniquilada por un terrible cataclismo natural, que sumergió en el mar a la isla entera, hasta el nivel de los más altos picos (constituyendo esos picos actualmente las Azores) con caso todos sus habitantes.
11) Que solamente algunos individuos escaparon en navíos o en jangadas.
Ellos llevaron a los pueblos establecidos en las costas orientales y occidentales del océano la noticia de la pavorosa catástrofe, cuya memoria persistió hasta nuestra época entre muchos pueblos de los dos continentes, bajo la forma del recuerdo de un diluvio universal.
Apoyándonos en una infinidad de datos recogidos en las más diversas fuentes, haremos un intento, según el resultado de nuestras pesquisas, reconstruir el cuadro general, tan fidedigno como nos sea posible, de lo que era la humanidad pre-diluviana, y hacer a Atlántida renacer delante de nuestros ojos.
El reino de Atlántida, en el sentido estricto de la palabra, era constituido, como sabemos, por una gran isla, en torno de la cual se difundía, a lo que parece, tanto al este como al oeste, semejante a piedras señalizadoras, entre Europa y América, un gran número de pequeñas islas.
En la isla principal, se elevaban montañas volcánicas, que subían hasta los alisios superiores, y cuya cumbre eran cubiertas de nieves eternas.
Al pie de esas montañas, se extendían elevadas praderas en las cuales vivían los reyes con su corte.
Debajo de esa región de elevadas praderas, se encontraba la gran planicie de Atlántida.
De las montañas centrales descendían cuatro ríos, cada cual siguiendo la dirección de un punto cardinal, para el norte, para el sur, para el este, y el oeste.
El clima era el clima actual de las Azores, suave y agradable, el suelo, volcánico y fecundo, era, en sus diversos niveles, propio para la producción tanto de frutos de los trópicos, como de las zonas temperadas.
La población primitiva era constituida por, a lo menos, dos razas diferentes; una, morena oscura o bronceada, semejante a las poblaciones de América Central, a los beréberes o a los egipcios, y una raza blanca, semejante a los griegos, a los godos, a los celtas y a los escandinavos.
Entre los diversos pueblos, ocurrieron numerosos conflictos raciales por la conquista de la supremacía.
La raza de color oscura parece haber sido de menor estatura, como lo indica la pequeñez de sus manos; la raza de color clara era mucho más alta.
De ahí surgieron las leyendas griegas relativas a titanes y gigantes, como también se puede observar en los relatos bíblicos sobre el Génesis:
“Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos.
Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.”
Génesis 6: 5
Los habitantes de las islas canarias, eran hombres de elevada estatura.
Como los objetos fabricados en la edad de bronce revelan una raza humana que tiene la mano pequeña, y como, por otro lado, la raza que poseía los navíos y la pólvora para los cañones, tomó parte en la guerra contra los gigantes, se puede concluir que la raza de piel oscura era más civilizada, que era la de los que trabajaban los metales y proporcionaba los navegadores.
El hecho de que costumbres análogas y una concepción análoga de vida hayan dominado las dos márgenes del océano, hace suponer su origen común.
El hecho de que la explicación de muchos usos constatados en los dos continentes no pueda ser encontrado sino en América, indica que había en América una población primitiva que, en sus migraciones, transportó con ella sus enceres, más olvidó sus orígenes, la ocasión en que fueron constituidos.
El hecho de que los animales domésticos y las producciones agrícolas más necesarias sean nativas de Europa y no de América, nos podría indicar que una población americana primitiva, que emigró, de alguna manera, de América para Atlántida, era desprovista de civilización y que solamente en principio se produjo en Atlántida el florecimiento de la civilización.
En una época todavía más reciente, las relaciones de los atlantes con Europa fueron más frecuentes y más regulares que con América.
En lo que se refiere con respecto a los animales domésticos de gran porte, era ciertamente mucho más difícil transportarlos en los barcos carentes de cubierta como los de aquel tiempo, de Atlántida para América, por sobre una gran extensión de mar, que de Atlántida para Europa, lo que podía realizarse por etapas hasta la costa de España, pasando por aquel grupo de islas, ahora sumergidas, que se encontraban enfrente a la entrada al mar Mediterráneo.
Puede también haber acontecido que el clima de España y de Italia haya sido más favorable al desenvolvimiento del centeno, del trigo, y de la avena, que al maíz, en cuánto que la atmósfera más seca de América convenía mejor a este último.
Todavía actualmente, el trigo y la cebada son relativamente poco cultivados en América Central, en el Perú y en México, y no lo son en las zonas bajas de esos países.
Por otro lado, se cultiva relativamente menos maíz en Italia, en España y en Europa Occidental, cuyo clima lluvioso no es favorable a esa planta.
Como vimos anteriormente, tenemos todas las razones para creer que, en tiempos muy remotos, el maíz ya era cultivado en las regiones secas de Egipto y de China.
Así como la ciencia lingüística, basándose en la presencia o ausencia de ciertas familias de palabras en las diversas lenguas derivadas de la lengua ariana primitiva, tornó posible una reconstitución de la historia de las migraciones de los arianos, del mismo modo, vendrá el día en que la comparación metódica y cuidadosa de las palabras, de las costumbres, de las artes, de la concepción de vida existente en las dos márgenes opuestas del océano Atlántico permitirá la constitución de un esbozo aproximadamente exacto de la historia de Atlántida.
El pueblo de Atlántida avanzó muy lejos en los progresos de la agricultura.
La existencia del arado en Egipto y en el Perú muestra que ese instrumento también era conocido en la Atlántida.
Y como los cuernos de Baal demuestran la alta estima en que era tenido el ganado, debemos también admitir que los atlantes tenían, desde hacía mucho, ultrapasada la fase en que el arado era empujado por el hombre (como en Egipto y en el Perú, en los tiempos antiguos, en Suecia, en tiempos ya históricos), para llegar a la fase en que el arado es arrastrado por un caballo o, por lo menos, por bueyes.
Fueron ellos los primeros en criar el caballo como animal doméstico y es también por eso que el dios del mar, Poseidón o Neptuno, tiene un carro tirado por caballos, como Platón, nos lo describe.
Poseían carneros y producían lana; criaban también cabras, cachorros y puercos.
Cultivaban el algodonero y también fabricaban tejidos de algodón, cultivaban el maíz, el trigo, la avena, la cebada y el centeno, el cáñamo y el lino, y talvez también la papa.
Construían grandes acueductos y conocían la irrigación artificial de la tierra.
Tenían un alfabeto, trabajaban el zinc, el bronce, la plata, el oro, y el hierro.
Cuando la población de ese país, después de un largo período de paz y de progreso, comenzó por fin a tornarse excesiva, enviaron al este y al oeste, hasta los confines del mundo, grandes expediciones colonizadoras.
Esto no fue obra de algunos años, sino más bien de siglos enteros, y la situación que se creó entre estas diversas colonias, debe haber sido, mas o menos, la misma que existió más tarde entre las colonias de los fenicios, de los griegos, o de los romanos.
Los colonos se mezclaban con las poblaciones primitivas o autóctonas de los diversos países colonizados, y los cruzamientos de pueblos que se reprodujeron en los tiempos históricos deben haber ocurrido en el transcurso de millares de años antes, dando origen a nuevas razas y a nuevas lenguas.
El resultado fue que las pequeñas razas primitivas fueron modificadas en el sentido de un aumento en su estatura, y que el color de su piel pasó, insensiblemente, del blanco más claro al negro más oscuro, por una serie de mudanzas intermedias.
Bajo muchos aspectos, el imperio de Atlántida se asemeja a lo que ha sido Inglaterra como Imperio Británico, o la British Commonwealth.
La Atlántida podría presentar la misma, sino mayor variedad de razas que el Imperio Británico actual.
Ella tuvo colonias, como las tuvo Inglaterra, en Asia, en Europa, en África, en América, y, como Inglaterra, extendió su civilización hasta los confines de la tierra.
Ya en el siglo II y en el siglo V de nuestra era, vimos poblaciones inglesas llegar a las márgenes de Francia y de Armónica para allí constituir colonias donde se le dio continuidad a la nacionalidad y a la lengua de la madre patria, pueblo de origen atlántico.
Podemos suponer, de la misma forma, que hubo expediciones colonizadoras camitas de Atlántida para Siria, Egipto y los países Beréberes.
Si imagináramos hoy una inmigración maciza de highlanders escoceses, de galeses o irlandeses, abandonando todos juntos el suelo de las Islas Británicas y trasplantando para nuevas patrias la civilización inglesa, tendremos una imagen exacta de lo que sucedió como consecuencia de las expediciones colonizadores de los atlantes.
Inglaterra, con su civilización de origen atlántica, poblada por razas provenientes de un mismo tronco, revive, en los tiempos modernos, el imperio de Zeus y de Cronos.
Es así, como vimos Troya, a Egipto y a Grecia tomar las armas contra el tronco primitivo, como vimos también, en los tiempos modernos, la Bretaña francesa y las colonias americanas separarse de Inglaterra, lo que no impidió que las particularidades raciales permanecieran comunes, más rompieron los lazos de unidad política.
En lo que hace a la religión, la Atlántida ya había alcanzado todas las concepciones elevadas y fundamentales que, sea cual fuere en la práctica su influencia real, constituyen, no obstante, las bases teóricas de casi todas las religiones modernas.
La concepción de lo divino ya se conocía lo suficiente como para que los atlantes reconociesen la existencia de una gran y primitiva causa primera general y todo poderosa.
Reencontramos el círculo de un dios único en el Perú y en el Egipto primitivo.
Los pueblos de esos países consideraban a el Sol como un símbolo poderoso y el instrumento de un dios único que se manifestaba a través de él, y a su voluntad.
Una concepción tan elevada sólo podía ser fruto de una elevada civilización.
La ciencia moderna ha dejado patente, el hecho irrefutable, de cuánto depende la vida entera de la Tierra de la presencia del Sol.
Entretanto, el pueblo de Atlántida fue mucho más lejos.
Los atlantes creían que el alma humana es inmortal y que resucitará en su envoltorio corporal.
En otros términos, ellos enseñaban la doctrina de la resurrección y la vida eterna.
Es por este motivo, que ellos embalsamaban a sus muertos.
Los atlantes tenían una casta sacerdotal organizada. Su religión era pura y simple.
Vivían sobre un régimen monárquico. Tenían rey y una corte.
Tenían jueces, crónicas, monumentos conmemorativos cubiertos de inscripciones, minas, fundiciones y fábricas, tejedurías, molinos para granos, barcos y veleros, conductos de agua y canales, y astilleros.
Tenían procesiones, estandartes, arcos de triunfo para sus reyes y héroes.
Construían pirámides, templos, torres y obeliscos y conocían la brújula y la pólvora.
En una palabra, gozaban de una civilización casi tan elevada como la nuestra.
Les faltaba apenas la imprenta y las invenciones basadas en el vapor, la electricidad y el magnetismo.
Se cuenta que Deva Nahusha visitó las colonias más lejanas de la India.
Un imperio, que se extendía de las cordilleras hasta el Hindustán, talvez mismo hasta la china, debe haber sido, en todo caso un imperio de fabuloso poder.
En sus grandes ferias y mercados, se debían encontrar el maíz del Mississípi, el cobre del Lago Superior, el oro y la plata de México y de Perú, las especies de la India, el zinc del País de Gales, el bronce de España, el ámbar del Báltico, el trigo y el centeno de Grecia, de Italia y de Suiza.
No es de extrañar que la caída de ese poderoso pueblo primitivo, el súbito desbordamiento de sus tierras sobre la superficie del océano, en medio de pavorosos temblores de tierra y a cataclismos atmosféricos, tenga dejado impresiones indelebles en la imaginación de la especie humana.
Supongamos que, en nuestro tiempo, las Islas Británicas enteras, con todos sus habitantes y todos los tesoros de su civilización tuviesen la misma suerte y que fuesen tragadas por el mar hasta casi la altura del pico de las más altas montañas de Escocia, que choque terrible sufrirían las colonias inglesas y mismo la humanidad entera.
Admitamos todavía que, como consecuencia de ese acontecimiento, el mundo fuese llevado a caer nuevamente en la barbarie universal, y que hombres como Guillermo el Conquistador, Ricardo Corazón de León, Alfredo el Grande, Cronwell y la Reina Victoria no sobreviviesen en la memoria de las nuevas generaciones a no ser transformados en dioses o demonios.
De cualquier forma, el recuerdo de la enorme catástrofe en la cual habría desaparecido súbitamente a la madre patria, el centro del mundo, jamás podría desaparecer de la memoria de los hombres.
Ese recuerdo subsistiría, más o menos fragmentariamente, en todos los países de la Tierra, primero bajo una forma de narración de carácter histórico verídico, después, con el pasar de los tiempos, como leyenda, como tradición, como fábula, como cuento.
El recuerdo de tal acontecimiento sobreviviría a los millares de transformaciones del mundo, menos profundas y menos terribles; sobreviviría las dinastías, las naciones, las religiones y las lenguas.
El recuerdo de semejante acontecimiento perduraría hasta el fin de los tiempos, en cuánto hubiese hombres sobre la Tierra.
La ciencia todavía mal comenzó su misión de reconstruir el pasado y de edificar la historia de las civilizaciones olvidadas de los pueblos antiguos.
En ese trabajo, ningún estudio podría ser más interesante ni más atrayente, y ninguno ofrecería a la imaginación más horizontes, que la historia de este pueblo desaparecido, la verdadera historia de la humanidad antes del diluvio.
Esos hombres fueron los inventores de todas nuestras artes, de todas nuestras ciencias.
Fueron los creadores de todas nuestras concepciones fundamentales sobre la ciencia del mundo y sobre la vida.
Fueron los primeros civilizadores, los primeros navegantes, los primeros colonizadores de la Tierra.
Su civilización ya era una civilización antigua cuando la de los egipcios comenzaba.
Su imperio databa de miles de años antes de que se pudiese hablar de Babilonia, Roma o Londres.
Ese pueblo desaparecido, fue el de nuestros precursores.
La sangre de aquellos hombres corren por nuestras venas, las palabras de que nos servimos eran, en su forma primitiva, la que se oían en las ciudades, en los palacios y en los templos de Atlántida.
Todas las particularidades de las razas, de los troncos étnicos, de las creencias, todas las memorias de nuestro pensamiento, nos llevan, en último análisis, a la Atlántida.
Podríamos expresar aquí el voto de que las naciones civilizadas modernas encuentren, al fin, un objetivo interesante para los cruceros generalmente inútiles de sus barcos de guerra.
Se debería examinar la posibilidad de retirar del fondo de los mares por lo menos algunos restos de esa civilización desaparecida.
Algunas partes de lo que fue la isla Atlántida, por ejemplo, aquello que los mapas ingleses llaman de Dolphim bank, yacen a apenas algunas centenas de brazas debajo de la superficie.
En las proximidades inmediatas al archipiélago de las Azores, la exploración metódica del fondo del mar, llevaría ciertamente a algunos resultados interesantes.
Se han organizado en épocas diversas, y con grandes gastos, expediciones para recuperar algunos millares de piezas de oro naufragadas en un trasatlántico.
¿Por qué no se puede hacer lo mismo para intentar llegar a las maravillas desaparecidas de Atlántida?
Una única tabla conteniendo inscripciones, extraída de las profundidades donde yace la Atlántida de Platón, tendría para la ciencia infinitamente mas valor, para la humanidad civilizada un interés mucho más conmovedor que todo el oro que los españoles de antaño robaron de los peruanos y que todos los documentos, por más preciados que sean, que se encontraron en el suelo de Egipto y de Caldea.
¿No podríamos indagar también si las así consideradas monedas fenicias que se encontraron en Corvo, una de las islas Azores, no serían originarias de Atlántida?
¿Es posible que el gran pueblo fenicio, cuya importancia fue tan capital en la fundación de colonias, haya visitado estas islas desde el inicio del período histórico y las haya, en seguida, dejado desiertas, como los portugueses las encontraron al descubrirlas?
Nosotros mal comenzamos a comprender el pasado.
Hasta unas centenas de años el mundo todavía nada sabía de Pompeya y de Herculano, nada del vínculo lingüístico que une a las naciones indo-europeas, nada de lo que significa la enorme cantidad de inscripciones dejadas en las tumbas de Egipto y de Babilonia, nada de las civilizaciones admirables reveladas hoy por los monumentos en ruinas de Yucatán, de México, de Perú.
Más hoy, llegamos al luminar de la ciencia y los progresos de nuestro conocimiento se desenvuelven rápidamente.
Si comparamos la ciencia adquirida en las últimas centenas de años al desolado desierto del pensamiento tecnológico de la Edad Media, quién puede dudar que, dentro de cien años, nuestros grandes museos no estén adornados con las estatuas, las armas, los utensilios y las joyas de la Atlántida sumergida, que nuestras bibliotecas posean traducciones de las instrucciones de Atlántida, esclareciendo, con la luz de nuevos conocimientos, todo el pasado del mundo y del género humano, dando la solución de todos aquellos misterios que los pensadores e investigadores de nuestro tiempo procuran todavía en vano penetrar.
Estimados amigos he llegado al fin de esta exposición, si en el transcurso de la misma, mis palabras les han aportado, aunque más no fuese, una mísera pizca de curiosidad e interés por lo que ante vuestra mente he desplegado, mi labor estará bien recompensada.
Quizás, lo más valioso de todo este extenso relato, no se encuentre, precisamente, en la veracidad o no, de los acontecimientos narrados.
La riqueza expresiva de los autores citados, los mundos por los cuales nos han permitido incursionar, trasciende por lejos, cualquier tipo de valoración empírica.
La magia de las palabras, nos ha provisto de lo más hermoso de sus creaciones, la oportunidad de poder convocar en un paréntesis de tiempo, todo el aporte de grandes pensadores, que gustosamente nos han expuesto sus vivencias, sin importarse del calendario, de los dogmas, las doctrinas, de lo que ha sido o debió haber sido, para simplemente decirnos que la Gloria de Dios es la Inteligencia, y que esa chispa divina brilla en el intelecto de todas sus criaturas.
Hugo W. Arostegui



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