Nacido en 1981 en Donostia. Licenciado en Bellas Artes e Investigador becado por la Universidad del País Vasco. Desde 1997 he expuesto mi obra en diferentes países expresándome a través de diversos medios que tiendo a entremezclar, y he colaborado en diferentes colectivos artísticos.
Ahora los dos bebemos en su cuarto de hotel y ahora los dos nos despistamos, y el pan del sándwich se nos ha quemado en la tostadora. Parece que hoy nos iremos sin cenar, reía Julio preocupadamente.
…como te decía, la preparación de arepitas de yuca es bien sencilla (…) …finalmente vas tomando cucharadas del tamaño que desees y vas echando en el aceite bien caliente, dejando que se doren. Debes cuidar con mucho cuidado para que no se vayan a quemar. Y recuerda…
Para los admiradores de Julio Cortazar, aquí dejo una experiencia real que sólo a su lado puede tenerse:
Era el 17 de septiembre de 2007. Quizá algunos años antes. Estábamos en el cuarto de hotel después de comer el jamón y un poco de queso sin pan. Habíamos continuado con el whisky por un rato y hablábamos sin interrupción en un lenguaje cada vez más guiado por el movimiento de las manos y la exageración de lo irracional en los argumentos. Julio se levanta para ir al baño y, a su regreso, no recuerdo a cuenta de qué se nos ocurrió la idea de formar allí mismo un laberinto.
…antiguamente cuando no había música de cable la gente cantaba sus canciones. Antes los hombres solían silbar en la calle, yo lo recuerdo. Podías enlazar las melodías esquina con esquina en Banfield a través de cruces aleatorios, hacer tu propia composición. Lo que ahora mismo sucede es diferente: hay música por todas partes, música de cable, se entiende. También ahora puedes jugar a enlazar los flecos que oyes, unir la música de un establecimiento con la del siguiente y hacer una línea larga de sonido, de pequeños fragmentos unidos. Yo no critico negativamente nuestra época, vos sabés que no soy un nostálgico, nunca me refugié en esos recuerdos que guardo y me gusta guardar. Pero es cierto que no parece tener mucho sentido unir esos fragmentos de música hoy en día cuando esa música en uno y otro establecimiento es la misma, generada por la misma empresa. Es fácil entonces ahora como antes jugar a perderse en la ciudad, aunque aburrirse de este juego vista la situación resulta aún más sencillo...
…conocí a un hombre en Tokio que hacía música utilizando los fragmentos de sonido que él mismo grababa en las calles. Escuché las melodías de los manifestantes unidas al ruido de la ciudad en obras; las voces en coro en un estadio de deporte yuxtapuestas a los pitidos del semáforo o a los ritmos de un videojuego, al bullicio en un centro comercial o al silencio en un cementerio para animales. Está claro, siempre existen otros caminos, che. Y escucha…
De modo que mientras Julio continuaba hablando y yo entonces le escuchaba fuimos moviendo, desplazando fuera de la habitación, uno a uno todos los muebles y objetos. Ahí estaban las manchas de la pared, y un entramado de finas grietas que subían indecisas y bajaban yéndose de lado a lado. Recuerdo que nos preguntamos si haría falta retirar aquella aparatosa lámpara o bastaba con cubrirla con una sábana blanca. Era una lámpara de esas que por suerte ya no se hacen pero te las encuentras en pisos de alquiler y hoteles de ciudad como éste.
Cuando Julio tapó la ventana con una manta lisa y miramos a nuestro alrededor en el cuarto de hotel vacío, observamos de lo solos que habíamos quedado: y ante nosotros, vimos alzadas las cuatro paredes del laberinto. Picados por la curiosidad queríamos al principio ver lo que había en su interior. ¿Cómo entrar? preguntó Julio estúpidamente. Esa no era la pregunta. Entonces: ¿cómo salir?; y en ello llegamos a darnos cuenta –y uno se da cuenta demasiado tarde- que por muchísimo tiempo nos había tenido el laberinto bajo su dominio.
Julio y yo reíamos. Era bonito hablar, y ahora reír, con Julio en su cuarto de hotel; pero incluso en aquel momento, la pregunta persistía en nosotros: cómo salir del laberinto. Reíamos quizá por desconsuelo y quizá también por efecto del whisky, Julio ¿qué haremos ahora? Si al menos aquí hubiera una silla podríamos buscar su otro lado, darle la vuelta y distraernos. Era demasiado obvio que la puerta no era una salida para nosotros, bastaba con acercarse y girar el pomo para escapar de la habitación de hotel. Ambos lo sabíamos: el laberinto nos acompañaría allá, a cualquier rincón de la ciudad. Veíamos que el laberinto albergaba más en sí mismo de lo que en un primer vistazo se le cree capaz.
Y entonces le cogí la mano y le puse en pie. Abrimos la puerta y salimos de la habitación de hotel, y del mismo hotel. Ahora era extraño caminar con Julio por Madrid de noche. Las calles estaban repletas de objetos que lentamente se desplazaban de un lado al otro, cuando al fin llegaban a lo que parecía su destino, su dirección cambiaba buscando otra meta, uniendo lugares aleatorios. Julio sacó una nota del bolsillo con la dirección de un pub de jazz directo. A él le apetecía y a mí también. Mientras lo buscábamos sin seguir las indicaciones Julio hablaba de la Argentina, de Buenos Aires, me decía que en una próxima carta me enviaría en una nota el nombre de un restaurante donde comer arepitas de yuca. Decía que estaba un poco escondido, lo encontrarás por sorpresa, che.



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