El Escritor De Cuentos

Posteado: 26/06/2009 |Comentarios: 6 | Vistas: 754 |

Antero Ruigómez ganó su primer premio literario cuando estaba cumpliendo la mili obligatoria, hace más de treinta años. El capellán castrense había tenido la idea de organizar un concurso de relatos entre los reclutas. Pensaba el buen hombre que ésa sería una manera de tener entretenidos a los muchachos y reducir así la frecuencia de sus actos masturbatorios, de los que tenía noticia por el confesionario.

            Pese a los denodados esfuerzos del sacerdote y a una prédica más propia del marketing que de una acción pastoral convencional, sólo se presentaron seis aspirantes al premio.

            Los relatos de cinco de los participantes eran de una ingenuidad y de una estolidez absolutamente previsibles. La temática, vulgar; la estructura, ramplona; la realización, infantil. ¡Qué podía esperarse de unos soldados de reemplazo sin otro interés cultural que la anatomía de las mozas del pueblo vecino!

            Sólo una narración, la de Antero Ruigómez, destacó meridianamente del resto. El suyo era un relato maduro, bellamente concebido, literariamente perfecto. Hasta el capitán Charro de la Mano, un salmantino austero y exigente, que había compaginado una licenciatura en filología hispánica con la carrera militar, no tuvo otro remedio que reconocerlo.

            Al acabar la mili, Antero reemprendió su trabajo como administrativo de la caja de ahorros de su pueblo, que era su oficio. Pero siguió escribiendo.

            La fortuna le sonrió en seguida, porque ganó el siguiente premio al que se presentó: otro concurso de relatos breves, organizado por los contertulios de una cafetería de Monforte de Lemos. No es que el galardón fuese notable, pero el haberlo conseguido reforzó en Antero la incipiente idea de profesionalizarse como escritor de cuentos. Así, al acabar su jornada de imposiciones y reintegros, comisiones y depósitos, libranzas y trasferencias, el aspirante a literato se encerraba en la biblioteca del pueblo, leyendo todo lo que encontraba en su anárquica exploración de textos, y por la noche se ponía a escribir.

            Continuó enviando todo tipo de relatos a los concursos de los que tenía noticia. Le ayudaban en su quehacer “La Estafeta Literaria” y otras publicaciones especializadas de la época. Y siguió ganando premios. Desde Mondoñedo a Arrecife, no hubo prácticamente concurso de cuentos que no ganase Antero Ruigómez.

            Pasó entonces a la siguiente fase de su bien planificada carrera literaria y dejó la caja de ahorros, con disgusto de su madre, que no veía muy clara del todo la afición de su hijo por las letras:

            —¿De dónde habrás sacado tú esa manía...? Porque lo que es de tu padre y de mí no ha sido, que ni tiempo de leer hemos tenido.

            Antero tranquilizó a la perpleja mujer:

            —Se trata sólo de una excedencia en la Caja, mamá. Si las cosas me salen mal siempre podré volver.

            Él no pensaba hacerlo, por supuesto. Necesitaba más tiempo para sus incursiones librescas y necesitaba también una biblioteca con un fondo de volúmenes mucho más amplio que el que tenía la del pueblo.

            Se fue a la capital. Pasaba el día en la biblioteca central, con una voracidad lectora que admiraba a los empleados del establecimiento. Y por la noche escribía y escribía. Cada semana enviaba relatos a varios premios y prácticamente no había semana en la que no consiguiese alguno.

            Para su sorpresa, algún crítico comenzó a fijarse en él. La primera vez fue como consecuencia de la recopilación de cuentos galardonados en un importante certamen organizado por la empresa constructora Pilares y Hormigones, S.A. Luego, el crítico literario del diario “El Progreso”, de Lugo, al observar la reiteración del nombre de Antero Ruigómez como ganador de varios concursos en la provincia.

            Metido de lleno en su carrera literaria, Antero practicó un insólito monocultivo de género: sólo escribía narraciones breves. Muchísimas, es cierto, pero ninguna de ellas podía considerarse siquiera como una novela corta. Así, a lo largo de los años.

            No es que obtuviese con ello un reconocimiento público. Tampoco le importaba. Más bien, lo rehuía. Practicaba una especie de deliberado aislamiento monacal. No concedía entrevistas periodísticas ni radiofónicas, no salía en televisión; el gran público no conocía su rostro.

            Es verdad que cada vez eran más los críticos y los especialistas literarios que le citaban. Sus relatos empezaban a reproducirse, de acuerdo con los derechos que les correspondían a los organizadores de los concursos en los que era premiado. Y Antero se había convertido, de largo, en el escritor más laureado de España. Sólo en su género exclusivo, el de cuentos, claro, pero al fin y al cabo era el autor vivo con más premios literarios en su haber.

            Como en este mundo hay gente para todo, algún estudiante de filología le llamó, queriendo hacer un ensayo sobre su obra. Nuestro escritor de cuentos, siguiendo con su actitud huraña y con su adustez habitual, ni tan sólo le contestó. Célibe impenitente, nada más tenía tiempo para leer y escribir, leer y escribir.

            La suya comenzaba a parecer una obsesión enfermiza: cuantos más concursos ganaba, mayor era la necesidad compulsiva que sentía de escribir todavía más relatos.

            Su existencia literaria era conocida por un número de personas cada vez más amplio, gracias al goteo incesante de premios y a la creciente aparición de críticas sobre sus obras que, la verdad, nuestro hombre no leía jamás: por desdén, por falta de tiempo o por otras ocultas o personales razones que jamás se encargó de explicitar. Un día, incluso, el incontestable gurú de la crítica literaria, Carlos María Alcázar, le dedicó una elogiosa página entera en el suplemento cultural de “ABC”. Era la consagración.

            Las críticas, no obstante, comenzaban a ser cada vez más depuradas, más profundas, más precisas. Ya no se trataba de genéricas valoraciones de cada obra concreta, del reconocimiento de la categoría literaria de una u otra de ellas. Se empezaban a establecer comparaciones, a hacer análisis pormenorizados, a hilar más fino, en definitiva. Un crítico de “Qué leer” opinó de un relato suyo que tenía “la irónica intertextualidad de los mejores cuentos de Chéjov”.

            Hubo quien lo comparó con Ignacio Aldecoa o llegó a rastrear influencias del primer Luis Goytisolo. Otros, más cosmopolitas, se decantaron por su parentesco con la melancolía de clásicos rusos como Pushkin o Gogol. García Tréllez, de “El País”, creyó apreciar una remota afinidad con autores “malditos” del XIX, como Alejandro Sawa.

            Más prolijo fue el primer ensayo, breve, eso sí, como correspondía al género analizado, que apareció sobre una selección antológica de textos de Antero Ruigómez. Lo escribió un profesor de instituto de Burgo de Osma que se sorprendía de “la diversidad estilística y la variedad de tratamiento literario que es capaz de dar el autor a un relato u otro”. El docto profesor castellano de enseñanza media concluía: “Parece que en Antero Ruigómez coexisten en difícil armonía distintos personajes, como si el doctor Jekyll y mister Hyde se disputasen con otros copartícipes de su misma corporeidad quién de ellos acaba llevándose el gato literario a su personal talego”.

            A pesar de la prosa un tanto barroca del catedrático soriano, insinuaba en ella una cierta esquizofrenia literaria de nuestro autor; quizás, incluso, una esquizofrenia a secas.

            El bueno de Antero permanecía ajeno a estas consideraciones y, consiguientemente, inmune a la carga crítica que conllevaban, entre otras razones porque, como ya sabemos, no las leía. Es más, el hombre cada vez tenía menos tiempo para cualquier cosa que no fuese escribir. A la creciente proliferación de concursos, se unían las peticiones específicas que recibía de editoriales y de revistas, para colaborar en compilaciones de relatos y con narraciones veraniegas en los periódicos de tirada nacional. Hasta una infumable publicación titulada “Amor anal” se permitió solicitar cuentos suyos.

            Tan agobiado estaba nuestro solitario escritor en dar abasto a la creciente demanda a la que satisfacer que un día cometió una torpeza imperdonable, un despiste fatídico. No cambió los nombres de los personajes del relato. Y, lo que es peor, no escogió una narración desconocida tras haberla rastreado por publicaciones casi clandestinas, después de haber buceado en añejos textos o buscado obras de escasa circulación en el momento en que se editaron.

Como un principiante imprudente, al cabo de tantos años de impostura, no se le ocurrió otra cosa que enviar al concurso más importante de España “La casa Tellier”, de Guy de Maupassant. Al menos no lo había hecho en francés; estaría bueno. Pero el escándalo entre los miembros del jurado fue inconmensurable. ¡Antero Ruigómez era un plagiario! Para ser más precisos, se trataba de un falsario que había mantenido engañados a lectores y críticos durante más de treinta años.

Inicialmente, nadie quiso dar crédito al descubrimiento. ¿Cómo era posible que un escritorzuelo de provincias hubiese podido engañarles? ¡A ellos, no, por supuesto! Eso les habría pasado a otros...

Pero una vez producido el primer descosido de la trama, éste pronto se convirtió en un desgarrón mayúsculo al descubrirse más falsificaciones. Ruigómez llevaba escritos más de tres mil relatos y obtenido cerca de cuatrocientos premios. Y ni una sola de sus obras era original. El escritor de cuentos había fusilado a ignotos autores orientales, a narradores de sagas nórdicas, a contadores de la diáspora sefardí o de la tradición literaria árabe, a oscuros escritores serbocroatas, a marginados profesionales de la literatura de cordel, a harapientos escritores andinos... Pero también a gente tan consagrada como Mark Twain, la Condesa de Segur, Leopoldo Alas o Vargas Vila. Nada se había resistido a su voracidad lectora y a su implacable apropiación de la literatura ajena.

La estupefacción del mundo literario fue absoluta.

Tras evidenciarse la monumental estafa, Antero Ruigómez concedió, por fin, la primera entrevista de su vida. Preguntado cómo se encontraba al haber sido descubierto su engaño, contestó tranquilamente:

—Pues me siento muy feliz. Por fin he logrado hacer algo que es genuinamente mío y que nadie me podrá quitar ya.

—¿Qué es? —inquirió el periodista, perplejo por la respuesta.

—Pues que me he convertido en el mayor estafador literario de la historia, el número uno de los impostores. Me ha costado toda una vida el conseguirlo y eso es algo que ya nadie podrá superar, por mucho que se empeñe.

Como corroboración de lo perspicaz de su análisis, ese mismo día firmó los derechos de una película sobre su vida, una editorial le pagó una millonada por la antología de los textos plagiados y su comparación en paralelo con los originales y fue fichado como contertuliano del programa televisivo “Crónicas marcianas”.

Tras más de treinta años de concienzudo trabajo oscuro y sacrificado, la vida le sonreía por fin, como nunca hubiese imaginado, a Antero Ruigómez, de profesión, como todo el mundo sabe ya a estas alturas, escritor de cuentos.

 

 

 

 

 

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    Comments on this article

    4
    Norma Aristeguy 20/02/2010

    Me parece un cuento sumamente original, y sin embargo muy real.
    Me pregunto cuántos plagios leemos a diario los que acostumbramos a hacer de la lectura una disciplina, y reconocemos a un autor encimado en las palabras de otro.
    Aunque Unamuno no creía en el plagio, según él cuantos más lo repitieran, más grande era la herencia que dejaba, yo pienso que es injusto, que se lo puede citar y aclarar el nombre del autor. Entonces es diferente.
    Pero más allá de todo esto, el cuento está perfectamente relatado y se hace ágil y entretenido.
    Saludos.
    Norma aristeguy

    3
    Edmundo Ortiz 12/09/2009
    El cuento es hoy día un género literario en alza, tanto por el número de practicantes como por el de lectores. A lo mejor tiene que ver con las prisas del mundo contemporáneo, como viene a decir el articulista. No lo sé con exactitud, pero lo de su auge es un hecho cierto y comprobado.
    5
    El profesor Kalikatres 22/07/2009
    El humor y la autocrítica son la mejor vacuna contra la vanidad y creo que eso es lo que hace el autor. La mitad de los que escriben historias son unos plagiarios y la otra mitar unos imbéciles. ¿Hay algún escritor que valga la pena? Si. El resto. ¿Que cómo se come eso? En ello radica precisamente la ironía.
    6
    LVIII 06/07/2009
    El problema de la creación y el de la vanidad supera a todas las demás...

    Un apretón de manos Doctor.
    4
    María Antonia Lombardero 01/07/2009
    A mí tambie´n me ha gustado aunque cita a muchos autores que no conozco. Muy bueno
    3
    A. González 26/06/2009
    Me he divertido mucho con el cuento y me ha parecido además muy autocrítico. No estoy acostumbrado a ver esta clase de ironías entre los escritores de este país.
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