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El Dador Y El Receptor


 

 

 

 

El Dador y el Receptor

 

Continuando con nuestra línea de trabajo sobre distintos aspectos que hacen a la vida de los hombres, hemos creído conveniente abordar algunos temas referentes a la forma en que se manifiestan en su accionar los contenidos del fruto que supieron saborear nuestros primeros padres en el jardín de Edén.

 

El fruto de la discordia, con que comienza nuestra historia terrenal, estaba expresamente prohibido de degustarlo, al punto, de que la advertencia dada por Dios, al instalarlos en el paraíso, fue terminante:

 

“ Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”

                                                                                              Génesis 2: 17

 

Plantado en el huerto, un árbol, cuyo fruto contenía dos ingredientes, que al ser ingeridos, dotaría a quién lo comiese de la capacidad de conocer toda la ciencia del bien y del mal, es decir, el poder de realizar actos de sublime grandeza a través de la aplicación del bien,  o de cometer la  mayor de las aberraciones, utilizando su predisposición natural de enfrentar los designios de Dios, mediante su inclinación al mal.

 

“Y percibió Jehová olor grato; y dijo Jehová en su corazón: No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud; ni volveré más a destruir todo ser viviente, como he hecho.

 

Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche.”

                                                                                                Génesis  8: 21

 

Esa habilidad inherente a los hijos de Dios, esos polos opuestos que conforman su personalidad, son los ingredientes potenciales que en su estado bruto cada uno de nosotros debe cultivar, al igual que se moldea la arcilla en manos del alfarero, para intentar, con esfuerzo y sacrificio, extraer el máximo desarrollo de sus cualidades y de este modo avanzar en la búsqueda de la anhelada perfección.

 

Cuando el hombre aprende a registrar sus experiencias a través de alguna forma de escritura, plasma en ese registro el entorno que le rodea, y de este entorno, intentará exponer aquellas vivencias, que de alguna manera, ha valorado de tal forma, de que considera, que es de vital importancia, la divulgación de las mismas a su posteridad.

 

Tomemos como ejemplo el escrito del Génesis anteriormente citado, Moisés, a quién se le atribuye el relato, obviamente no ha estado presente cuando Jehová, reflexiona como arrepentido los acontecimientos que desencadenaron el diluvio, donde él admite que ha fracasado en el intento de acabar con la maldad de los hombres a los cuales considera como malos desde su juventud.

 

 

 

 

 

Describe, Moisés, a un Dios que realiza la evaluación de un acto impulsivo, del cual se arrepiente, y para enmendar su supuesto error, se compromete a sí mismo, a no volver a realizarlo más.

 

Moisés nos describe además, que los opuestos han de estar siempre presentes en la vida de los hombres, al poner en boca de Jehová, la promesa, de que tales cosas en la tierra jamás cesarán de ocurrir.

 

Mirado desde el punto de vista crítico, de un lector informado y con sólido criterio, estas expresiones descriptas por Moisés, pueden llevarlo a pensar, de que el autor del Génesis, le ha incorporado a las palabras atribuidas a Jehová una “visión humana” sólo puede ser admisible el reconocimiento de un error a un ser imperfecto y mortal, los Dioses, en su perfección no deberían ser propensos a cometerlos.

 

Lo que ocurre con este relato, y como con la mayoría de los escritos que llegan a nuestras manos, es que el autor, no puede despojarse de su condición humana, al describir los hechos que son motivo de su narración.

 

Pasa lo mismo, que cuando hablamos de las impresiones registradas por los niños pequeños, en sus dibujos y pinturas, ellos describen “lo que ven”  de acuerdo al grado de desarrollo de su percepción en cuánto al entorno que les rodea.

 

El autor del relato, no pierde autenticidad en los hechos que describe, lo que sucede es que él dispone, para describir los acontecimientos, solamente con su capacidad de percepción de los mismos, los rudimentos proporcionalmente limitados, al grado de evolución de su intelecto, en el medio socio cultural en el cual vive.

 

Cuando hablamos de la calidad de nuestra visión, debemos tener muy en cuenta el grado de imperfección de nuestra vista, existe una distancia abismal entre nuestra capacidad expresiva y el contenido esencial de los hechos que intentamos en vano abarcar, sobre todo, cuando lo que se nos pone por delante de nuestros sentidos, no tiene referencias, o comparaciones válidas, en el entorno donde transcurre nuestra existencia.

 

Teniendo en cuenta estas salvedades que mencionamos, cuando leamos escritos, por mas sagrados que estos sean, pensemos que los mismos son expresiones escritas por mortales de carne y hueso al igual que cualquiera de nosotros.

 

Los dioses, sin importar la religión que representen, no nos han dejado nada escrito de su puño y letra, con la salvedad de las tablas de piedra con el testimonio, escritas por el dedo de Jehová, las cuales Moisés destruyó al pie del monte, cuando los israelitas decidieron construir y adorar un becerro de oro.

 

 

 

 

 

 

 

 

No estamos poniendo en  duda de que han existido, y aun hoy existen, profetas que reciben revelaciones, de la misma manera que cada uno de los hijos de Dios, sin importar en que lugar del planeta haya nacido, la religión que profesen sus padres, o la cultura que rija donde habiten, tienen el derecho de orar a su creador, y recibir respuesta a su oración.

 

Lo que debemos tener siempre en cuenta es lo que se menciona en las escrituras:

 

“ Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.

 

Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.”

                                                                                                          Isaías 55: 8 – 9

 

Quién recibe por inspiración palabras que provienen de lo alto, recibe la luz del conocimiento divino, Dios , le dará a saber aquellas cosas que solicita, tal como lo ha enseñado Jesús durante su ministerio, sus palabras fueron:

 

“ Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.

 

Porque todo aquel que pide, recibe y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.

 

¿ Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra ? ¿ o  si pescado, le dará una serpiente ?

 

¿ o si le pide un huevo, le dará un escorpión ?

 

Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿ cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan ?

 

La promesa es muy clara, existe un vínculo muy estrecho entre Dios y sus criaturas, pero está claro que él es un Padre no que no hará nada que nosotros podamos hacer por nosotros mismos, nuestra primera responsabilidad es la de cultivar el amor, y para cultivar el amor, primeramente hay que sembrarlo.

 

“ Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.

 

Y si tuviese profecía y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.

 

Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

 

 

 

 

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza en la injusticia, mas se goza en la verdad.

 

Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

 

El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.

 

Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.”

                                                                                  1 Corintios   13: 1 – 10

 

Cada uno de nosotros posee, al nacer, en su estado de mayor pureza, la semilla del amor, esta semilla nos es entregada por nuestros progenitores celestes, para que la utilicemos en esta nueva etapa de nuestra existencia.

 

El amor, nos ha acompañado desde siempre, de hecho, somos la consecuencia del amor, el Ágape, el grado mas excelso del amor, encendió el Eros en la íntima relación de nuestros padres celestiales, ellos organizaron nuestro cuerpo espiritual, de la misma manera que nuestros padres terrenales, de los cuales son imagen y semejanza, organizaron el cuerpo físico del cual  estamos recubiertos los mortales.

 

Esa semilla, que en estado embrionario, nos es confiada, germinará y dará su fruto de acuerdo a determinadas condiciones, las cuales determinarán, el clima adecuado para su desarrollo, la fertilidad del suelo en la cual sembremos nuestra semilla de amor, se abona con los sentimientos de nuestro corazón, y se nutre en la capacidad de compartirlo, con Dios y con nuestro prójimo.

 

Leamos lo que nos dicen las escrituras:

 

“ Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.

 

El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.

 

En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.

 

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

 

Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.

 

Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros.

 

 

 

 

 

En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.”

                                                                                              1 Juan 4: 7 – 12

 

En la lectura de este último versículo encontramos la evidencia de nuestro linaje divino al que hacíamos referencia; permanecemos en él, y él en nosotros, porque él, nuestro Dios, nos ha concebido y otorgado su Espíritu, tal como nuestros padres, permanecen en nosotros y nosotros en ellos, porque ellos nos han dado de su propia carne y sangre, nuestros cuerpos terrenales.

 

Esta semilla del amor que se nos ha dado, es descrita por Jesús, como “ la palabra de Dios ” a sus hijos , y es con este propósito, que nos habla de la siguiente manera:

 

“ Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar.

 

Y se  le juntó mucha gente; y entrando en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa.

 

Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar.

 

Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

 

Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad la tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

 

Parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.

 

Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cual a ciento, cual a sesenta, y cual a treinta por uno.

 

El que tiene oídos para oír, oiga.”

                                                                                  Mateo   13:  1 – 9

 

Es el amor entonces el nexo entre Dios y los hombres y son los frutos de ese amor los que se deben segar en el trato con nuestros semejantes, es el primer mandamiento de la ley de Dios a sus hijos.

 

“ Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle:

 

Maestro, ¿ haciendo qué cosa heredaré la vida eterna ?

 

El le dijo: que está escrito en la ley ? ¿ Cómo lees ?

 

 

 

 

Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

 

Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.”

                                                                                                          Lucas  10: 25 – 28

 

Comencé este relato, hablando sobre el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, y la constante oposición que encontraría el hombre en este mundo al que han llamado: mundo de probación, luego me he extendido en comentar sobre nuestra relación con Dios.

 

Al hablar sobre la comunicación con Dios, me he referido a los profetas que reciben revelación, así como también, a la capacidad inherente a cada hijo de Dios, de poder establecer una relación directa con su creador, a través de la oración, agregando alguna reflexión, sobre lo esencial que es para nuestra comunicación con los cielos, el desarrollo de nuestra capacidad de amar.

 

Para exponer todas estas cosas, es necesario recorrer un camino que no existe, tal como lo expresara el poeta Antonio Machado:

 

“ Caminante, no hay camino, se hace camino al andar, golpe a golpe, verso a verso ”

 

La pantalla de mi computador estaba en blanco cuando comencé a transitar por la nada, ahora existe un relato sin finalizar, un camino recorrido plagado de señales para los caminantes que vengan detrás, una senda construida con letras, que unidas a otras letras, conforman una palabra, y esa única palabra convoca a las otras que vendrán.

 

Juntas, estas palabras construyen una frase, y ésta frase que ahora existe, se orienta hacía adelante, con la certeza que detrás suyo, vendrán las que aún no existen, no hay un camino, pero las frases darán contenido a una escena que es parte de una visión, de algo que está “ más allá ” de los sentidos, más allá de lo previsible, cuando se unen,  unas  a otras, se construye un relato, el contenido de éste, se transforma en una revelación, una creación del dios, que anida en el intelecto de cada hombre y de cada mujer.

 

Este es el camino que cada uno construye, la brújula orientada a un norte seguro, la que los antiguos llamaron Liahona, una esfera que refleja el amor de Dios, y la fe de sus criaturas, ese instrumento de navegación celestial existe en el comando de control de cada una de nuestras naves individuales, sólo es necesario sintonizar la torre de control que orienta el libre tránsito del pensamiento, cuando tienes esta guía, tu ruta será segura por el universo infinito.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo  que no se puede ignorar, es que nuestros pensamientos, no son los pensamientos de Dios, cuando oigamos su palabra, recordemos que nuestros anhelos, nuestros deseos de justicia, nuestra indignación y preferencias, lo que nosotros haríamos si estuviésemos en su lugar, es decir nuestras propias conjeturas humanas, no deben contaminar el recipiente donde recojamos su enseñanza.

 

Muchos profetas y sus escribas, han sucumbido a la tentación que nos brinda el poder de la palabra, se han sentido con la autoridad de extender la visión recibida de los cielos, reflejando en sus dichos sus propias pasiones y ansiedades.

 

Existen innumerables pasajes de las escrituras, donde las debilidades humanas han conducido el cincel que grabó el relato, reflejando como si fuese un espejo, la imagen del relator que en su afán de ser mas realista que el propio rey, enturbia con su parecer, la cristalinidad y pureza de la fuente.

 

“ Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

 

Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz a la muerte.

 

Amados hermanos míos, no erréis.

 

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, no sombra de variación.

 

El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.

 

Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.

 

Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.”

                                                                                              Santiago 1: 13 - 21

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“ Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre.”

                                                                                              Mosíah  3: 19

 

Hugo W Arostegui
Analista en Gestión de Empresas, Consultor en Economía,Líder Religioso,Teólogo,Administrador de Hospitales
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Fuente: Artículos Gratuitos Online de Articuloz.com
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