El Actuario De Seguros
Desde pequeño había demostrado una capacidad especial para las matemáticas.
A otros niños de su edad les daba por hacer colecciones de cromos, jugar al fútbol o seguir las peripecias de sus ciclistas favoritos. Él, en cambio, se entretenía solucionando problemas de números. Su padre, empleado en una modesta papelería de barrio, en seguida confió en él para que le ayudase con las cuentas y otras sencillas operaciones aritméticas de la tienda.
Si hay destinos que parecen predeterminados, uno de ésos era el suyo. Así que, en vez de estudiar bachillerato, el chico se matriculó en la rama de comercio, alternativa escolar que existía en la época para aquéllos que, por falta de capacidad o por exigencia laboral a corto plazo, se especializaban en la actividad mercantil.
Más tarde, cuando a otros compañeros les daba por chicolear, ir de bailes e intentar meter mano a unas muchachas entonces firmes defensoras de una virtud impuesta por la intransigencia moral imperante, él se quedaba en casa resolviendo cuestiones de series, combinaciones aleatorias, teoría de los juegos y otras variaciones matemáticas.
Lo pasaba bomba.
Su honesto y previsible padre no tuvo que preguntarle qué quería hacer en la vida, ya que sus pasos iban obviamente encarrilados desde un principio. Al acabar los estudios de peritaje mercantil, el chico siguió las sucesivas etapas académicas y obtuvo los títulos de profesor y de intendente mercantil. Entonces sí que su padre se vio obligado a inquirir:
—¿Y ahora qué?
—Quiero ser actuario de seguros.
Si hay alguna profesión en la vida que no requiere imaginación alguna era la que él había escogido. Su actividad se rige por tablas actuariales perfectamente calculadas y previamente establecidas. Sólo hay que hacer unos cuantos números para conocer la incidencia estadística de los siniestros a cubrir y fijar luego las correspondientes tarifas y el coste de la póliza de cada usuario. Lo más alejado, por consiguiente, de elaboradas y complejas operaciones matemáticas, de una alambicada utilización de los conocimientos estadísticos y de aquellos estudios de investigación operativa en los que nuestro joven se había hecho un auténtico experto.
La respuesta que acababa de oír, extrañó por consiguiente al padre, ya que su hijo había demostrado hasta entonces una imaginación nada común. Por ejemplo, con los datos más inusuales y recónditos de los corredores que participaban en la Vuelta Ciclista a España, antes de que comenzase cada edición era capaz de prever los resultados finales de la competición. Como mucho, fallaba en uno o dos nombres de los diez primeros en la clasificación general.
Otra de las aficiones del muchacho consistía en acercarse por el instituto meteorológico, donde se había hecho amigo de uno de los dos únicos profesionales que tenían plaza fija en la institución. Con las informaciones que aquel hombre le proporcionaba, podía pronosticar con un ligerísimo margen de error la situación atmosférica de los próximos días, previsión que aportaba luego a su amigo, que era quien se llevaba todo el mérito. ¡Quién iba a creer, si no, que un chico de quince años fuese capaz de semejantes vaticinios!
En general, a lo que dedicaba pues su ocio el futuro actuario de seguros era a la anticipación del futuro, a la predicción, a la prognosis, o como quiera que se llamase aquello. Por eso, la elección de un trabajo tan rutinario como el que acababa de mencionar resultaba algo contradictorio. Sin embargo, tenía una explicación:
—Es para que me quede más tiempo libre para otras cosas.
—¡Pero si ésa es una tarea enorme y desagradecida! ¡Además, el negocio de los seguros es algo incierto, en el que hay que estar todo el día buscando clientes por una modestísima comisión en un mercado muy duro y restringido! —le explicó su preocupado progenitor.
No era ése el plan de nuestro joven matemático:
—Ya sé, papá, que las compañías del sector explotan a sus agentes y que una vez que el comisionista ya ha asegurado a sus familiares y amigos se le echa, debido a que no tiene forma de encontrar más clientes.
Una vez más, el hijo del dependiente de la papelería demostraba un conocimiento y una preparación para la vida nada usuales. Su padre no tuvo necesidad de explicarle que, una vez agostado el campo de actuación de un agente de seguros, las empresas fichaban a otro que aportase nuevos parientes y conocidos para ampliar y renovar el mercado. Y, así, sucesivamente. Su hijo lo sabía mejor que él:
—Yo pienso crear mi propia compañía y elegir mis propios clientes.
Lo realizó tal como lo había dicho.
Y se hizo millonario.
Aunque parezca mentira, no le resultó nada difícil. Su punto de partida fue tan sencillo como una ecuación de álgebra de segundo grado: tenía que ofrecer pólizas a mitad del precio que lo hacían otras compañías del sector y realizarlo a cambio de prestaciones que a éstas no se les ocurriese dar, entre otras razones, porque no les resultaban rentables.
Ante ofertas tan tentadoras como las que presentaba, y que las demás empresas aseguradoras no podrían efectuar ni aunque sus directivos fuesen pillados in fraganti abusando de una menor, muchos clientes dejaron las anteriores compañías con las que trabajaban y suscribieron pólizas con él.
—Se va a arruinar en cuatro días —dijo un conocido corredor del ramo.
—Sí, en cuanto comience a pagar las contingencias que cubren sus contratos —le contestó, ufano y condescendiente, uno de sus colegas.
Pues no.
El éxito de la nueva correduría de seguros consistió en que nunca tenía que pagar a sus clientes. Para ser exactos, sólo pagaba a uno por cada cuatro que lo hacían las demás empresas del sector. Sus asegurados sufrían menos accidentes de coche, les ocurrían menos incidencias domésticas o, simplemente, tardaban mucho más tiempo en morirse, según cuál fuese la modalidad del seguro suscrito.
Todo obedecía a una razón. Según los cálculos en los que nuestro nuevo empresario era un genio, él sólo cubría pólizas de vida para jóvenes que preveía que llegarían a nonagenarios, aseguraba los coches de conductores que nunca tendrían un accidente y firmaba el seguro del hogar con personas que jamás dejarían un grifo abierto o provocarían un cortocircuito al poner la lavadora. Así, pues, ingresaba menos dinero que sus competidores, al ser más baratas sus pólizas, pero también, y sobre todo, tenía que desembolsar una cantidad infinitamente menor que aquéllos. Lo único imprescindible era que en sus fórmulas matemáticas introdujese todas las variables necesarias y que sus cálculos fuesen precisos y rigurosos.
El tiempo libre que le dejaba tan lucrativo negocio lo dedicó en seguida a continuar haciendo sus previsiones estadísticas.
Por ejemplo, introducía grandes series de números premiados con anterioridad en el Gordo de Navidad y la distribución espacial que habían tenido en el tiempo esos décimos. No podía prever con exactitud, lógicamente, qué número iba a ser el afortunado en el próximo sorteo. Eso hubiese resultado imposible. Pero sí que calculaba con absoluto rigor la localidad en que iba a caer el primer premio.
Empezó a hacer públicas sus predicciones y a obtener cierta notoriedad por ello. Sus contadas pero decisivas apariciones en televisión eran seguidas con interés, sobre todo después de que un año hubiese afirmado que el Gordo caería en un ignoto pueblo leridano llamado Sort, suerte, en castellano. Con mayor precisión que los lanzamientos de la NASA, aquel 22 de diciembre el primer premio aterrizó en el hasta entonces desconocido pueblecito próximo al Pirineo catalán.
Con todo, nuestro hombre no pretendía hacerse famoso como si se tratase de una pitonisa ni nada parecido. En primer lugar, porque él no era ningún adivino ni hallaba las respuestas de futuro en las entrañas de las aves, como los augures de antaño, sino en algo tan científico y exento de pasión como la estadística. Lo único que le diferenciaba del resto de los mortales era que él introducía en sus prospecciones y en sus análisis una serie de variables que los demás despreciaban o, simplemente, desconocían.
Un buen día leyó que el escritor austriaco Stefan Zweig, muerto en 1942, había predicho con exactitud la fecha de su fallecimiento. Según aquel autor de brillantes biografías históricas, todas las personas tenemos una especie de flujo vital, como una corriente interna que nos mantiene vivos y que, en cuanto se agota, condiciona ineluctablemente la fecha de nuestra muerte.
—Vaya —se dijo el actuario de seguros, en voz alta—. Es lo que yo vengo calculando desde hace un montón de años sin saber que este tipo había llegado a la misma conclusión antes que yo.
Hasta entonces, nuestro hombre nunca había formulado sus pensamientos a viva voz, como los orates y otros individuos a quienes se les aflojan los circuitos mentales del autocontrol. Pero es que el descubrimiento que había hecho bien lo merecía.
Continuó leyendo el artículo que publicaba aquella revista esotérica que había hallado por azar en la peluquería donde estaba. Lo cierto es que Zweig, judío perseguido por el nazismo, exiliado y deprimido ante la barbarie de su época, se sentía mayor y bajo de defensas morales y psicológicas para afrontar los tiempos que le habían tocado vivir. Su mujer, incluso, estaba peor que él. En consecuencia, decidieron suicidarse juntos.
—¡Eso es una trampa! ¡Así cualquiera acierta con la fecha de su muerte! —se indignó nuestro hombre, otra vez en voz alta y provocando en esta segunda ocasión las miradas entre curiosas y prevenidas del peluquero y de un par de clientes.
Luego, más calmado y con el cabello recién cortado, en su paseo de regreso a casa consideró que quizás el escritor austriaco no había hecho ninguna trampa. A lo mejor, se dijo, tenía su flujo vital totalmente agotado, como el depósito de gasolina de un coche, y lo único que hizo fue abandonar el vehículo al borde de la carretera.
En cualquier hipótesis, siguió reflexionando, mientras colgaba su abrigo del perchero a la entrada de su domicilio, resulta que yo jamás me he hecho a mí mismo un cálculo prospectivo de esperanza de vida, como los que efectúo con todos los aspirantes a clientes. Y lo bueno del caso es que tengo ya 62 años, una edad como para haber tomado en consideración estas cosas.
Él se encontraba como una rosa, ésa es la verdad. Aparentemente, su flujo vital no había mostrado ningún síntoma de haberse consumido, ni siquiera de haber experimentado menoscabo alguno. Aunque estas cosas, lo sabía por experiencia ajena, no significaban nada a no ser que hubiesen sido verificadas estadísticamente.
Se puso, pues, a la labor.
En consecuencia, hizo en su propio caso lo mismo que en todos los anteriores. Introdujo los precedentes familiares de enfermedades, fechas de los respectivos decesos de sus ancestros, padecimientos de carácter crónico y hereditario,... Añadió sus propios datos personales: aquella primera operación de amigdalitis cuando sólo tenía 3 años, la fimosis de que fue operado durante el servicio militar obligatorio, la gonorrea que le contagió una prima de su madre, dos episodios de gripe más virulentos que los demás,... Pero no todo eran informaciones médicas. Incluyó también los distintos lugares en los que había estado, sus viajes turísticos, la temperatura y condiciones meteorológicas en cada ocasión, disgustos experimentados, como el suspenso en selectividad de su hijo mayor o el día en que descubrió que su hija usaba preservativos con sólo 13 años, programas televisivos que le habían conmocionado, emociones fuertes como aquel homenaje por ser el “líder del sector Seguros en 1999”, libros leídos, partidos políticos a los que había votado,... Todo. Absolutamente todo.
Luego efectuó los cálculos pertinentes, tal como lo había realizado cientos de veces, miles, mejor dicho, antes de entonces. La única diferencia, importante, trascendental, era que en este caso se trataba de él.
Por fin tuvo el resultado ante sus ojos.
Se quedó atónito.
—¡No puede ser!— Volvió a hablar en voz alta, con aquella manía que le había entrado hacía poco y que, lamentablemente, quizás indicaba un cierto reblandecimiento cerebral —¡No puede ser! —repitió nuevamente, con un empecinamiento realmente insólito en él.
El resultado estaba clarísimo: le quedaban exactamente trece semanas de vida.
No es que aquella revelación le incomodara o le perturbara de manera especial. Él estaba acostumbrado a la muerte, que sólo le parecía un tránsito inevitable y casi intrascendente. Lo que le había molestado profundamente era lo súbito del descubrimiento, el no haberse dado cuenta hasta entonces que su situación era tan previsible y calculable como la de los demás mortales, nunca mejor dicho. Y la noticia le había pillado a contrapelo, casi sin tiempo a adoptar las medidas imprescindibles en estos casos.
La primera que tomó fue hacerse un cuantioso seguro de vida. Sabía que no tenía ninguna enfermedad que pudiera detectarse y que sus analíticas eran impecables. Acababa de hacerse el reconocimiento anual obligatorio en su sector y sus resultados eran “de matrícula de honor”, como había dicho su mujer, que era farmacéutica y sabía de esas cosas.
Así que fue a la oficina de uno de sus principales competidores:
—Conque un seguro de vida... —dijo éste, alargando las palabras como si sospechase alguna maniobra por parte del “líder del sector Seguros en 1999”.
—Pues sí. Y no voy a hacérmelo en mi propia correduría; no resultaría muy ético.
—Claro, claro,...
La prueba de que su colega no lo tenía tan claro fue que lo sometieron a un exhaustivo chequeo durante dos semanas. A nuestro hombre no le importó, porque sabía que estaba como un roble. Al menos, formalmente. Además, aún le quedaba tiempo de sobra para tomar las otras medidas pertinentes en aquella situación tan compleja.
La más importante consistió en crear sendas sociedades instrumentales de gestión patrimonial, en cada una de las cuales asoció a un hijo distinto. Era la forma más adecuada, arguyó ante sí mismo, de evitar problemas testamentarios y del pago del impuesto de sucesiones. Lo realizado venía a ser una especie de donación en vida que, a poco que Hacienda no espabilase, ésta se quedaría sin cobrar y sin poder argumentar que se trataba de una estafa, sino, todo lo más, de una artimaña perfectamente legal con la que eludir al Fisco.
Tras estas primeras providencias, se sintió mucho mejor:
—Tenía que haberlo hecho mucho antes —se dijo otra vez, con aquella manía repetitiva de hablar consigo mismo en voz alta, como si estuviese sordo o no fuese capaz de escuchar sus propios pensamientos.
Eso le dio un nuevo motivo de reflexión sonora.
—A lo mejor me estoy volviendo loco y es ahí donde radica la madre del cordero.
Su hija, que últimamente acudía a visitarlo con más frecuencia, lo comentó con su madre:
—Papá está rarísimo, con ese capricho que le ha dado últimamente de hablar en voz alta.
—No me lo recuerdes, hija mía. Está inaguantable. Hasta en sueños comienza a pensar en alta voz. ¡Si al menos lo hiciese discretamente! Pero es que pega cada bocinazo que para qué...
Las mujeres de la casa no sabían, no obstante, que se acercaba un plazo fatal dictaminado por el reloj biológico del padre de familia o, más bien, por el infalible reloj estadístico por el que guiaba todos sus actos.
Hablando de reloj, miró la esfera del que llevaba en su muñeca izquierda e hizo un rápido cálculo:
—¡Coño! ¡Sólo me quedan de seis a doce horas!
Las trece semanas previstas habían pasado volando y ahora se encontraba ante el ineluctable momento de acabar con todo aquello.
Se acostó sabiendo que ya no volvería a despertarse.
Cuando abrió los ojos de nuevo, vio que se hallaba en su propia habitación, en el mismo lecho en el que se había metido horas antes. Se quedó perplejo.
—¡No puede ser! —se dijo— Mis cálculos nunca fallan.
—¿A qué te refieres, cariño? —preguntó, solícita, su mujer.
Pero él no separó los labios, tal era su disgusto y, sobre todo, su sorpresa al verse aún vivo. Y no volvió a abrir la boca, ni siquiera para comer. Nunca más. No podía ser, no podía ser, no podía ser, que él se hubiese equivocado. El error sería de la otra, de la muerte. Pero él no iba a consentir que se saliese con la suya, la muy cabrona. ¡Hacerle eso a él, que siempre había predicho con precisión los óbitos de los demás! ¡Que había acertado hace años incluso que el Gordo de Navidad caería en aquel pueblecito de Sort! Eso no era limpio. No era legal. No era lógico. ¡Eso!: sobre todo no era lógico, lo que constituía el peor de los pecados, la falta de lógica. ¡Cómo se puede vivir con falta de lógica! Y eso es lo que pretendía la otra, la muerte, que él viviese con falta de lógica, como si fuese cualquier pelagatos que desconociese el principio de incertidumbre de Heissenberg, o la teoría de los conjuntos, o las aplicaciones matemáticas de la teoría del caos. El fallo estaba, pues, en la otra. Tenía que hacérselo saber, porque a lo mejor no era culpa suya, de la muerte, pobrecita, que no era más que una simple abstracción, un concepto, una palabra, como diría Wittgenstein, aunque qué demonios tenía que ver la filosofía con todo aquello, si lo que estaba él era realmente jodido porque no se había muerto y porque no había manera de remediarlo, ya que si no estaba muerto es que no había fallecido cuando le tocaba y ahora ¿qué?, ¿cómo podía solventar una ucronía como aquélla?, imposible, lo cual sí que le planteaba un problema de difícil resolución matemática porque ¿cómo morirse a tiempo si el tiempo ya ha transcurrido y tú aún sigues vivo?, ¿eh?, ¿cómo hacerlo?, ¿qué ecuación requeriría eso?, o a lo mejor no se trataba de matemáticas convencionales, en dos dimensiones, sino que demandaría un tratamiento espacial, de trigonometría esférica, o mejor aún, de física cuántica, sí, porque todo está en la física, ya lo había dicho el viejo Einstein, ¿cómo era aquello?, ¿cómo era aquella dichosa fórmula tan sencilla?, ¡Cómo es posible que no se acordara de una fórmula que sabe de memoria cualquier estudiante de secundaria, que...!
La luz del monitor dejó de oscilar y una línea continua de una brillantez hipnótica y un zumbido constante evidenció que el actuario de seguros acababa de fallecer.
—¡Pobrecito mío! —le abrazó, llorosa, su viuda.
—Mejor así, mamá, ya ha dejado de sufrir —la reconfortó aquel hombre de increíble parecido con el difunto, treinta años más joven que él.
—Sí —subrayó la hija—, porque esta semana de agonía ha sido terrible.
—Lo que no entiendo —dijo el médico, que había permanecido con ellos hasta aquel fatídico momento—, es cómo nuestro querido difunto sabía que tenía un tumor maligno en un sitio del cerebro prácticamente inaccesible que no habría sido detectado por ninguna resonancia magnética.
—Tampoco lo entendemos nosotros —dijo el varón de la familia—, pero papá había dejado todo previsto para este momento en sus papeles y en ellos había fijado la fecha de su muerte casi con exactitud.
—Y sin casi —añadió el médico, aún perplejo—. El que haya sobrevivido una semana más en estas condiciones de deterioro cerebral sólo se explica probablemente por sus ganas de vivir. La actividad neuronal demostrada por el escáner durante la última semana indicaría que su padre aún pensaba, como si quisiese saber por qué se estaba muriendo. No sé, la verdad es que no lo sé. Todo esto es muy extraño...
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