El Accidente (Relato ¿fantástico? )

Posteado: 17/02/2010 |Comentarios: 0 | Vistas: 423 |

            Ignoraba cuánto tiempo llevaba sonando el teléfono cuando me desperté.

            Me costó darme cuenta de dónde estaba. El aparato repiqueteaba a un metro escaso de mí, pero no sabía qué era aquel ruido persistente y molesto. Tampoco acerté a la primera con su ubicación sobre la mesilla. En mi desorientación espacial, giré inicialmente mi torso hacia los pies del lecho, desconociendo que estaba en una cama y que se trataba de la mía.

            Por fin descolgué el auricular, con el aturdimiento de quien ha dormido poco y ha sido despertado en lo más profundo del sueño.

            —¿Diga? —acerté a musitar, más por hábito que por convicción de lo que estaba haciendo.

            —Ha sucedido algo muy grave. Debes venir en seguida.

            Se disiparon de súbito las brumas de la somnolencia y pude encender la lámpara al lado de la cabecera.

            —¿Qué hora es? —pregunté tontamente a mi interlocutor al tiempo que lo veía en el reloj despertador de extravagante diseño modernista.

            —Las tres y cuarto. Por favor, no pierdas más tiempo. Ven enseguida —me apremió la voz del teléfono.

            —Sí, sí... —repuse, con el disciplinado y mecánico asentimiento del que está acostumbrado a obedecer— Pero, ¿adónde tengo que ir?

            —Al final de la calle Primado Reig, donde el descampado. Tendrías que estar ya de camino hacia aquí.

            Yo había formulado las preguntas en orden inverso, debido al atolondramiento producido por la hora, por el sueño y por lo insólito de la situación. Así que hube de inquirir finalmente por lo verdaderamente importante y que aún no había averiguado:

—¿De qué se trata?

—De un accidente. De un accidente muy grave. Por favor —rogó una vez más la voz, con cierta angustiosa desazón que no lograba ocultar—, ven ya.

Me vestí con menos precipitación de la prevista, apagué con parsimonia todas las luces de la casa, cerré la puerta del piso con doble vuelta de la llave y me encaminé hacia el lugar del aviso.

Un accidente. Pero ¿de quién?, me iba preguntando a medida que mi cuerpo y mi mente recuperaban sus constantes habituales de la vigilia.

Por curioso que parezca, ni siquiera me había preocupado por averiguar la identidad del autor de la llamada. La suya era una voz queda, que hablaba despaciosamente, casi en susurros. Una voz masculina, me atrevería a decir. Pero tampoco estaba seguro. ¿Por qué, pues, le había hecho caso con aquella prontitud? En parte, me decía, mientras los faros de mi coche rasgaban la oscuridad de las calles adyacentes, mal iluminadas y salpicadas por una lluvia constante y monótona, porque me resultaba una voz familiar. Se trataba de alguien próximo a mí, evidentemente, aunque no hubiese podido precisar exactamente quién era.

Las calles de la ciudad, aparte de tener muy poca luz a una hora en que la necesitaban y de estar cada vez más mojadas —¿habría provocado el accidente una avería eléctrica?—, se encontraban extrañamente desiertas. Ese hecho me llamaba aun más la atención porque esperaba haberme encontrado con ambulancias, coches policiales de patrulla, vehículos de bomberos,... no sé, algo que escenificase la existencia de una tragedia en alguna parte.

Tampoco se me había ocurrido poner la radio del coche para tener más datos. Supongo que, aunque no me diese cuenta, todavía me hallaba particularmente espeso y obnubilado en medio de la madrugada. Ni siquiera había tomado un café para despejarme. Más que escuchar las noticias radiofónicas —un accidente siempre es una noticia, aunque se produzca a una hora intempestiva para los servicios informativos—, prefería pensar en mi comunicante anónimo. ¿Quién era? ¿Por qué me había telefoneado precisamente a mí? ¿En qué me afectaba el accidente?

Miré por el retrovisor y no vi ninguna luz a espaldas de mi coche. Tampoco había vida alguna en las calles encharcadas que barrían los haces de los faros. Todo estaba desierto, con una quietud húmeda, tenebrosa y silente.

La voz había hablado de un accidente... ¿de qué? ¿Quién o quiénes eran los accidentados? En realidad me había lanzado a la calle sin saber nada de nada, con una determinación ignorante y casi estúpida. No estaba particularmente preocupado; ni por mi reacción tan poco lógica en aquellos instantes, ni por la noticia recibida en aquella madrugada avisándome que acababa de producirse un desastre. Experimentaba una tranquilidad íntima, un sosiego que potenciaba el silencio de las calles desiertas y subrayaba la monocorde sinfonía de gotas de agua cayendo en la profunda oscuridad de la noche.

Sólo un gato despistado y seguramente hambriento cruzó con presteza por delante del automóvil, una decena de metros más allá de él. Tampoco aquella aislada presencia era motivo de ninguna inquietud especial.

En la penumbra del vehículo miré mis manos, cuidadas y largas, que asían el volante con firmeza y suavidad, al mismo tiempo. Al hacerlo, caí en la cuenta de que estaba absolutamente solo: de que no había nadie en las calles azotadas por la lluvia, pero tampoco a mi lado. ¿Por qué demonios iba solo en el coche? ¿Por qué no estaba conmigo mi mujer? Espoleado por ese descubrimiento tardío y absurdo, comencé a rebobinar mis pensamientos en una lenta y espasmódica marcha atrás mental que me permitiese colocar cada hecho acaecido en su sitio respectivo, como si se tratase de un extraño rompecabezas mal resuelto.

Repasando los últimos acontecimientos, recordaba que había habido una llamada telefónica que interrumpió abruptamente mi sueño. Bien. Me había incitado a salir corriendo de casa e ir hacia las afueras, a Primado Reig, donde al parecer se había producido un accidente... También eso era exacto. Pero, ¿y mi esposa? ¿Qué había hecho ella entonces? Nada. No hizo nada, simplemente, porque no estaba en nuestro lecho conyugal.

Me sorprendió no haberme dado cuenta de semejante evidencia hasta ese momento. ¿Cómo podía habérseme escapado algo tan importante? No se trababa de un detalle menor, de una circunstancia insignificante que uno pudiese olvidar en una situación de gran tensión, por extraordinaria que ésta fuera.

Ahora ya tenía un motivo de preocupación real. Mejor dicho, dos: mi mujer no estaba en casa cuando sonó el teléfono y alguien había llamado en plena madrugada dándome aviso de un accidente. ¿Estarían relacionados entre sí ambos hechos igual de absurdos?

Una angustia informe y espesa empezó a recorrerme poco a poco las entrañas, con el mismo resultado doloroso que si un diminuto y empecinado caníbal fuese devorándome a medida que avanzaba por dentro de mi estómago.

No tuve mucho tiempo para que pudiese abrumarme aquella nueva y terrible sensación porque al doblar la esquina me encontré ya en el extremo de la larga avenida Primado Reig.

Allí sí que había gente, mucha gente. Unos endebles focos provisionales, como de campaña, iluminaban espectralmente el escenario de fuera lo que fuese que había sucedido.

Parecía como si la lluvia hubiese querido ensañarse especialmente en aquel lugar. Las gotas se precipitaban allí más grandes, más regulares y con una cadencia obstinada y constante, mojándolo todo: el suelo, las fachadas de las casas alineadas como un mudo ejército que se enfrentase al abismo de un descampado donde acababa la ciudad, las gentes deambulando como sonámbulas y los cuerpos depositados en el barro formando una hilera mortuoria que se prolongaba más allá de donde dejaba ver la lluvia.

—No se quede aquí parado, hombre de Dios —me dijo un policía de irreconocible uniforme bajo su amplio chubasquero.

Yo estaba como embobado, observando aquel dantesco y fúnebre espectáculo.

El guardia no se había dirigido en realidad a mí, sino a un individuo que a mi lado entorpecía el paso de dos hombres llevando un cuerpo en unas angarillas.

Al aproximarme a los cadáveres, sistemáticamente ordenados uno al lado de otro, como fichas de un gigantesco y siniestro dominó con el que jugasen algunos monstruos desalmados, comprobé que la fila se perdía más allá de mi vista. Los faroles como de feria hincados en el suelo cada pocos metros y los focos provisionales e insuficientes diseminados aquí y allá apenas si iluminaban el trajinar de unos y de otros: enfermeros con camillas médicas, con frágiles parihuelas y con andas improvisadas, familiares que seguramente trataban de reconocer a sus deudos, autoridades que intentaban solucionar lo que ya era irremediable...  

Todo aquello tenía el aire fantasmagórico y alucinante de un gran guiñol pasado por agua. A medida que unos y otros transportaban cadáveres o se acercaban a los cuerpos depositados en el barro como en un siniestro y callado ritual, todo se enfangaba un poco más: las cosas y las personas, los vivos y los difuntos, convirtiendo el lugar en un inmenso y espantoso lodazal.

Salvo aquella llamada de atención del guardia, apenas si había oído una palabra a nadie en aquel grandioso y patético cementerio de difuntos al aire libre.

—¿Puede decirme qué ha pasado? —interrogué a una mujer que pasaba a mi vera, como sonámbula.

Se giró torpemente, al igual que la pieza de un artilugio mecánico que alguien ajeno a ella hubiese accionado, y me miró con sorpresa:

—¡Qué pregunta más extraña! —y en seguida dejó de prestarme atención, si es que antes hubiese tenido el más mínimo interés en mi persona.

Me acerqué a otras dos mujeres, que lloraban mansamente abrazadas una a otra:

—Por favor —les pregunté, delicadamente—, ¿podrían decirme qué ha pasado?

Sólo una de las dos levantó la vista, sin dejar de llorar. No contestó a mi cuestión sino que me interrogó a su vez:

—¿A quién tiene usted aquí?

Su pregunta me desconcertó. Había estado tan impresionado por el pavoroso espectáculo espectral, que realmente me había olvidado de la llamada recibida hacía sólo unos minutos. Formé entonces en la fantasmal cola de individuos que iban mirando los cadáveres uno a uno, en un intento, supuse, de reconocer a un ser querido. De vez en cuando, alguien se quedaba como pasmado antes de arrojarse sobre alguno de aquellos cuerpos expuestos en estado de espeluznante revista.

Mis pies, llenos de barro hasta los tobillos, se arrastraban por la senda que iban configurando centenares de pisadas anteriores a la mía.

¿Qué hacía yo allí? Buscar un cadáver concreto entre las decenas y decenas de cuerpos exánimes macabramente ordenados. Pero, ¿qué cadáver? ¿El cadáver de quién?

Los rostros macilentos, algunos manchados de barro y otros extraordinariamente limpios por las gotas que los adornaban como minúsculas piedras preciosas, eran todos diferentes. Allí había hombres, mujeres, niños, viejos... Algunas caras parecían magulladas, golpeadas por algo más sólido y contundente que la mera adversidad. Unas tenían los ojos piadosamente cerrados por alguna mano caritativa o amorosa. Otras, en cambio, exhibían unos ojos abiertos, siniestramente inquisitivos y hasta desafiantes con su ausencia de parpadeo, que producían un estremecimiento a cualquiera que los mirase. Allí estaba yo, arrastrando mis pies enlodados por la espontánea vereda formada frente a los cadáveres.

Los escalofríos que de vez en cuando recorrían mi espinazo no se debían sólo a la lluvia que me había empapado totalmente. Mi cuerpo, envuelto en agua y en ropa que transpiraba humedad y miedo, expelía un vaho caliente y extrañamente oloroso, o así me lo parecía, al menos. Pero no era eso sólo lo que me producía episódicos espasmos y eléctricas corrientes de frío que me subían por el espinazo. Era también el ambiente sobrecogedor. Era el espeluznante cortejo de parientes y amigos. Era la solemne quietud definitiva de los muertos. Y era la familiaridad de todo aquello, la sensación de ya visto que me acometía cada vez con más frecuencia.

De tanto en cuanto tropezaba, me rozaba, más bien, con alguien que iba más deprisa o más despacio que yo escrutando los rostros de los cuerpos tendidos en la calle, de unos cuerpos cada vez más hundidos en el barro a medida que la lluvia pertinaz erosionaba el blando suelo de la calle sin asfaltar.      

Yo había estado antes en Primado Reig. En aquel mismo Primado Reig de otra época. Y  en el actual. Es decir, en la amplia y recta avenida con casas a ambos lados y cientos de coches aparcados al borde de las aceras. También, digo, estuve alguna vez en esta calle sin asfaltar donde ahora me encontraba. Era otro Primado Reig más primitivo y más antiguo, fronterizo entonces con las lindes de la ciudad, allá donde pervivían aún algunas huertas esperando la expansión inmobiliaria que habría de acabar con ellas.

Era en ese otro Primado Reig ya desaparecido, anterior cronológicamente a la avenida iluminada y frecuentada por automóviles en que se ha convertido hoy día, donde se exponían siniestramente todos aquellos cadáveres de gente absolutamente desconocida por mí. No. No todos eran desconocidos.

Los siguientes descubrimientos se sucedieron de forma casi simultánea. Para poner un poco de orden en mi mente caótica, absolutamente desnortada en aquel momento por los sucesos tan tremendos que estaban aconteciendo, intenté exponérmelos a mí mismo uno tras otro con cierto método, separadamente. A ver. Primero fue el haberme dado cuenta de que yo había estado allí hace muchos, muchos, años. Para ser más exactos: yo había vivido antes en esa misma calle Primado Reig, ya desaparecida  hacía muchísimo tiempo gracias al progreso urbano. Pero allí volvía a estar otra vez: en el mismo sitio donde hoy día se alzan magníficas viviendas, pero en una época anterior a su construcción. Por algún motivo que no podía descifrar, me había situado anacrónicamente en otra época más remota. En segundo lugar...

            Entonces, una mano se posó en mi hombro izquierdo y una voz, está vez sí, absolutamente familiar, me dijo:

            —Me alegro de que estés aquí.

            Pero no era éste el orden de exposición que yo mismo me había impuesto. Antes de que la mano se hubiese posado en mi hombro, justo un instante antes, descubrí aquel rostro familiar entre los rostros desconocidos de los demás muertos. Era el mío. Se trataba de mí mismo, sólo que era yo con sólo doce años. Medio siglo antes. Aquel fue un descubrimiento tremendo, estupefaciente, demoledor. Mientras me temblaban las piernas, antes de poder asimilarlo, una mano se posó en mi hombro izquierdo y una voz familiar me dijo:

            —Me alegro de que estés aquí.

            Me giré y la vi allí mismo. Era mi mujer, diría que luminosa, bajo la incesante lluvia.

            —¿Y tú que haces aquí?

            —Te he llamado.

—¿Fuiste tú?

            —Claro. Era preciso que lo vieras. Era el momento adecuado para que lo conocieras. He esperado muchos años para poder hacerlo.

            —No... no entiendo —balbucí.

            —Quería enseñarte tu otra vida. Más bien, tu otra muerte.

            Me zumbaban los oídos y sentí una leve náusea. Seguía sin entender. Tampoco quería saber nada de todo aquello que me parecía paradójico, anormal, nocivo, siniestro... Pero mi mujer seguía hablando.

            —No tienes por qué preocuparte —y me cogió cariñosa y tiernamente mi mano derecha—. Ven, mírate más de cerca.

            No quería acercarme a aquel niño que se parecía tanto a mí.

            —Vamos a casa —le dije bruscamente—. No tengo nada que hacer aquí.

            Intenté alejarme, zafarme de todo aquello. Mi mujer lo impidió.

            —Mírate. Eres tú mismo —insistió, con firmeza—. El día en que moriste.

            —¿Qué... qué quieres decir?, ¿que estoy muerto?

            —Sí y no. Lo mismo que yo. Ahora estás aquí, conmigo. Pero también estás allí ahora mismo, muriendo en un trágico accidente.

            —Yo no he oído hablar jamás de un accidente colectivo en la calle Primado Reig.

            —No en esta vida que estamos viviendo. Pero sí en otra de tus vidas.

            —¿Otra de mis vidas?

            —Sí. Tú, yo, todos... tenemos varias vidas, estamos viviendo varias vidas paralelamente. En unas nos pasan unas cosas y en otras, otras.

            —Pero yo sólo estoy aquí, en esta vida contigo, en ninguna más.

            —No exactamente. Por un rato, por unos minutos, han coincidido en el mismo plano dos de tus varias vidas. Mientras en una de ellas estabas muriendo antes de llegar a la adolescencia, en otra estás viviendo con sesenta y dos años... y conmigo.

            —No puede ser.

            —Pues es. Yo también tengo otras vidas.

            —¡Ah!, ¿sí?

            —Sí, aunque sólo conozco fugazmente otra de ellas. En esa vida que te digo, vivo en otra ciudad, con otro hombre que no eres tú.

            Al ver mi cara de estupor, creyó oportuno tranquilizarme:

            —No te preocupes —rió—, porque no te engaño con nadie. Sólo sé lo que te he dicho. No he visto ningún retazo más de mis otras vidas.

            —Hablas en plural: otras...

            —Es lo único que sé. A mí me lo explicaron el rato que estuve en la única vida alternativa que apenas si pude atisbar. Pero sé que hay más.

            —Explícate —le dije, convencido de que todo era una ensoñación, si no un gigantesco fraude.

            —Resulta que tú, y que yo, y que todo el mundo, estamos viviendo simultáneamente varias vidas. No sucesivamente, como creen otros que hablan de metempsicosis y de otras cosas de las que no tienen ni idea, sino a la vez, al mismo tiempo, aunque no necesariamente al mismo ritmo, con la misma velocidad, digámoslo así.

            —¿En distintos sitios?

            —No, no, en el mismo sitio y en general al mismo tiempo. Pero en distintos planos. Y, claro, suceden cosas distintas. Se trata de diferentes vidas alternativas que hubieses podido vivir pero que no se viven alternativamente, es decir, solamente una u otra, sino a la vez, con simultaneidad, una aquí y otra allá.

            —Sigo sin entender...

            —Es muy fácil. ¿Qué hubiese sucedido si un día no vas al baile en que conoces a tu pareja y te quedas en casa? ¿O si en vez de aprobar un examen lo suspendes? ¿O si te atropella aquel coche que en otra vida sólo pasó rozándote? A partir de ese momento, de ese acontecimiento que dejó de suceder o de ese otro que ha sucedido en su lugar, puede que las dos vidas posibles se disocien. No siempre, claro, pero puede ocurrir. Cuando eso ocurre, tu única vida lineal se divide en dos vidas distintas posibles y simultáneas. Posteriormente puede haber otras subdivisiones, a su vez.

            —¿Hasta cuántas vidas diferentes se pueden vivir simultáneamente?

            —No lo sé. Creo que no muchas. Pero sí sé que son varias. Y efectivamente todas suelen vivirse a la vez.

            —¿Cómo sabes tú eso?

            —Porque lo he averiguado en otra de mis vidas, ya te lo he dicho.

            —¿Y yo?

            —Tú acabas de hacerlo, ahora, de esta manera un poco traumática.

            —Los demás, ¿también lo saben?

            —Algunos pocos. No estoy muy segura. Pero hay muchas maneras de averiguarlo. Por ejemplo, a través del sueño. Mediante los sueños a veces es posible transferirnos a aquellos otros planos vitales nuestros. Si lo piensas, verás que has tenido sueños extraños que coinciden, que transcurren en escenarios similares, en los que se repiten unas constantes. Se trata de instantáneas de otras vidas nuestras.

            Estábamos en el coche. De regreso a nuestro domicilio. El reloj del salpicadero señalaba las cuatro y diez. Sólo habían transcurrido cincuenta y cinco minutos desde aquella infausta llamada. Habían sido demasiadas emociones para haberlas vivido en menos de una hora. Curiosamente, el camino de vuelta a casa estaba más iluminado que el de la ida. Pero mi mujer y yo seguíamos empapados.

            Y cansados.

Tras una rápida ducha fuimos a la cama, tratando de recuperar ambos las energías perdidas, y yo, al menos, algo de calma emocional.

Dormí como nunca. Sin un solo sueño más, ni sobre esta vida ni sobre ninguna otra.

Al despertar al día siguiente recordé los acontecimientos de esa madrugada. Más bien, las pesadillas de aquella tormentosa noche. Me sonreí al considerar mi capacidad de autosugestión. ¡Pensar que llegué a creer que todo aquello vivido durante el sueño había sido real!

            Dudé si contárselo o no a mi mujer, que dormía plácidamente a mi lado. Decidí que sí, que podía divertirle la historia. Le di un tierno y emocionado beso mientras rememoraba el papel le había atribuido a la pobre en mi sueño ¡Experta en otras vidas! ¡Ni más ni menos! ¡Vaya por Dios!

            El roce de mis labios había despertado a mi esposa, que rebulló en la cama hasta ponerse de lado, mirándome dulcemente. Se incorporó ligeramente mirándome a los ojos. Antes de poder contarle nada, ella sonrió y me dijo:

            —Imagino que habrá sido muy sorprendente para ti haberte enterado de lo que te he explicado esta noche. Pero, como te dije, no tienes de qué preocuparte. Quiero que sepas que en esta vida actual es a ti a quien amo. Muchísimo.

            Y me dio un largo, profundo, cálido y apasionado beso.

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