Palabras Inmutables

Posteado: 20/06/2011 |Comentarios: 0 | Vistas: 120 |


 

Todo texto, toda palabra cambia
según las horas y los ángulos del día o de la noche,
según la transparencia de los ojos que los leen
o el nivel de las mareas de la muerte.

………………………………………………………………….

Todo texto, toda forma, se quiera o no se quiera,
es un mudable, tornasolado espejo
de la furtiva ambigüedad de la vida.
Nada tiene una sola forma para siempre.

………………………………………………………………….

Roberto Juarroz: Todo texto, toda palabra cambia

En Obras Completas. Buenos Aires, Seix Barral, 2005

 

Pareciera que invito a la contradicción. Porque después de ofrecer inmutabilidad en las palabras (¿sólo en algunas), epigrafío con Juarroz que dice: Todo texto, toda palabra cambia… Pero ambas son verdades. Mientras algunas palabras refieren lo medular de nuestra identidad nacional, otras navegan aguas y brisas del tiempo, son moneda de cambio. Mutantes, transformistas, evolutivas, fantásticas, son palabras que nos llegan pegadas a una realidad cambiante hasta lo inimaginable. En tanto, aquellas pocas palabras conservadas como tesoro de una América todavía virgen y misteriosa, las que nos parecen inmutables, porque se pronunciaron en el siglo XVII y continúan sonando en bocas argentinas, podrán variar sólo ligeramente, quizás en sus más cortos reflejos, pero no en su esencia, no en su espíritu argentino.

Analizo por ahora tres de ellas.

Entrevero

En mi país entrevero significa casi todo: sirve para definir lo diverso, es un comodín del idioma, pero al mismo tiempo es lo indefinible, lo oscuro, lo que no puede confundirse con otra cosa. Entrevero es la situación de mixtura en sí, pero también la forma de resolverla, su concentración y la evasión misma. Es el campo de batalla, la pelea y el arma con que se lucha. Es una verdad a medias y la mentira que flota en todo lo definido como prístino y sin mancha; la corrupción por excelencia; el punto de encuentro de la oscuridad con la luz, pero también la oscuridad misma, que casi siempre es entorno y penumbra antes y después de resultarnos negro desvestido. En el entrevero se libra una lucha final –la del futuro que libera, con la del pasado condenatorio-, pero también una disputa diaria; es casi el improperio acostumbrado, la revolutis que quizás resuelva algo, lo que se supone efectivo, lo que se conoce sólo a medias aunque se suponga por completo o se presuma archisabido.

Entrevero es como frontera (1), un terreno de nadie. O un punto de la existencia donde conviven fuerzas opuestas, enemigos entre sí, los que se han armado para lo peor: migrantes, ocupas, prófugos, errantes en las tinieblas. Entrevero es gaucho, es negro y es indio. No con palabras nuevas que pretendan suavizar enfrentamientos perpetuos, sino con las originales, las que rescatan realidades descarnadas y heridas que permanecen abiertas. Y entrevero es también mestizo, zambo, mulato, esclavo, liberto y liberado, presidiario, fortinero o guardia nacional, gringo invasor e ignorante, los del hollín (2), la chusma que sigue al malón, el villero, el bárbaro,  el cabecita negra y el subversivo. Entrevero tiene que ver con lo sustantivo antes que con la pausa agradable del adjetivo. Es el destino de invisibilización y el camino que conduce a todas partes o a ninguna al mismo tiempo. Es la mácula y la vergüenza; la realidad que difícilmente pueda disimularse y la mirada de soslayo, desentendida por ser política y miserable.

Entrevero es el nombre de mi país sudamericano. Donde todos se acogen al gentilicio pero nadie es nacional en grado pleno. Donde pocos son puros y casi todos zainos, tordillos y bataraces. El país en que la verdad llega jaspeada, salpicada, corrupta, pecadora, inconfesable, pero siempre desvestida por lo hambrienta y postergada. Entrevero es el opuesto de poder; todo lo que sucede a la puerta del palacio, en el terreno baldío de la esquina, fuera del boliche ruidoso, a la vista de todos pero en privado; es una cuña con la que el pueblo insiste en revolucionar, en confundir y mezclar. Porque mezcla es la naturaleza del pueblo y ecléctica toda propuesta que intente conformar a las mayorías.

Entrevero es este reñidero donde los acaparadores, esos que saben cuál será el destino de las grandes bolsas, han puesto a los enamorados de la verdad, a los luchadores por la belleza, a los líricos a ultranza, a los ciegos por propia voluntad, a los gallos despiertos a picotazos. Entrevero es el rol que asignan a los animales de corral los patrones de pesas y medidas. En mi país entrevero es una forma de ser poeta y la razón por la que es endémica la muerte; es razón para creer y causa de apostasía. Los entreverados son a un tiempo agnósticos y apasionados. En el entrevero se miden verdad con  mentira, las fuerzas del averno con las del cielo, los hombres que se dicen salvadores con los reales precursores. El entrevero es una certidumbre a medias y es la bruma que insiste en ocultar amaneceres.

Fueron entreveros los enfrentamientos en chacras de Perdriel (3), allí donde el populacho, la gentuza de campaña, los vagos y desocupados, fueron a la vanguardia para resolver negocios de las minorías. Como fue siempre entrevero la lucha con los pretendientes inglesas porque traicionamos y fuimos traicionados. También nos entreveramos contra los brasileros desde Alvear, perdimos a Artigas en el intento, regalamos la riqueza del futuro a los vecinos para después convidarlos en Caseros e invitarlos a Asunción para el saqueo (4). Entrevero fue el partido que formamos en torno a San Martín en el Perú, Guayaquil se resolvió como entrevero; dejamos ir -de tan entreverados que estábamos- al hijo de Rosa Guarú y después lo recibimos en entrevero, disuadiéndolo de poner el pie en Buenos Aires (5). Por ser entreverados fusilamos a Dorrego y acertamos sentenciando a Rivadavia, ese gran entreverador. Rosas gobernó aprovechando el entrevero; puso a la vanguardia indios amigos y expuso al enemigo; compró a Calfucurá con dádivas y nos condenó con vicios y entrevero. Pidió ayuda, sacrificó y empujó; todo al unísono. Ni Urquiza ni Mitre tuvieron conciencia de la verdad completa, así como ambos dudaron entre ser triunfantes y derrotados (6). Martín Fierro personificó al argentino, apostó por la verdad y alimentó el apetito popular, pero después se entreveró en la postrer montonera, la de López Jordán, y en la legislatura pasó por Facundo civilizado asociándose al enemigo, en lo que resultó entrevero de ignorancia sanjuanina con educación decretada desde las metrópolis.

Después fuimos gobernados por la cúpula del entrevero anglonorteamericano; fuimos sucursal y factoría, blanco de conspiraciones y granero para media humanidad. De esta urbe se nos excluyó meditadamente. Por causa de Evita y de Perón se nos condenó como peligrosos reñidores, entreverados con la izquierda marxista y amenaza del primer mundo. Nos condujeron al matadero y redujeron nuestras huestes, con acero o con miedo, daba igual. Se nos entreveró con calificaciones de mercado y se nos excluyó del concierto mayor sólo para tornarnos indefensos. ¿Qué es de nosotros hoy, cuando asoma nuevamente el sol, cuando la luz vuelve a confrontar con las tinieblas?

Distancia

La cuestión de la segunda palabra: distancia, es que en tren de enumerar, debería ser la primera. Y que, como podrá comprobarse, no he decidido aún enviar entrevero a un inmerecido segundo puesto… Porque distancia es también casi todo. Es la tierra descubierta inmensurable y sin reparos que una primera generación de conquistadores no logró reconocer en su totalidad. Y tampoco varias generaciones sucesivas… La distancia de la tierra es polvo de diez generaciones porque las certezas fueron paulatinas y nunca completas en tres siglos que prosiguieron a la ocupación. A propósito de invasiones, distancia es el tiempo que ocupan la entrada y el dominio, la demora en llegar, la sed, los soleados interminables, el rugido de los ríos, la paz en soledad porque la compañía agrede casi siempre. Distancia son las enfermedades sin remedio a mano, la demora de los césares o sus tristes regresos raleados, como distancia es la comprobable pobreza en metales preciosos de la geografía; esta sensación vale desde España como desde Inglaterra y Francia; la distancia en mi país jamás tuvo bandera. La distancia es la matanza de Luján y sus compañeros a la vera del río. También la impotencia de Mendoza, postrado en la vieja Buenos Aires. Distancia es la ciudad irredenta oculta en los altos de Escobar (7).

Puedo mirarme en  la distancia. Veré el desierto y sus espejismos. Algunos escritores creerán ver pampa… Borges ve la llanura, una planicie sólo apenas ondulada. En la distancia compruebo el fenómeno histórico, a lo sumo un animal platense devorador de fechas.  Según el gaucho Fierro -que finalmente busca redimirse-, el tiempo sólo es tardanza/ de lo que está por venir;/ no tuvo nunca principio/ ni jamás acabará. La distancia cuenta en el desierto, cuando se espera algo. Y si no se espera nada ni a nadie, bajo escasos árboles retorcidos por techo incompleto, al amparo del casuatí, junto a arroyos rumorosos sin bautismo conocido y con destino cierto, el tiempo no transcurre y la distancia acorta.

La distancia son los caballos en tropel libres en un paraíso recuperado (8). Es la amistad entre indio y caballo; es pasión de origen y destino. Y es el lazo y es la trampa de cincha y espuelas. Son distancia los gauchos, los diestros dejarreteros, extraviados de profundidad, y los arrieros, las vaquerías a ambos lados del río, la frontera, la línea de altas cumbres, la telaraña de alambrados, los saladeros y la ruta sinuosa de la sal. También son distancia los cazadores de colas de caballo, los armadores asunceños de galeones negreros que marchan a la Guinea (9), los científicos y naturalistas abandonados de la monarquía, perdidos en procura del inventario de descubrimientos restantes, las jaurías de perros cimarrones. Distancia es el Alto Perú, Potosí, la plata que es realidad a medias sueño y a medias posible; distancia es la puerta del Río de la Plata, Buenos Aires impertinente y material, donde todo fue ajeno menos el contrabando. Distancia es la torre del oro, Sanlúcar de Barrameda, la tumba de los reyes católicos, los negocios del emperador Carlos en Alemania, los mercenarios y el relato amordazado de Ulrico Schmidl. Distancia son los misterios de Juan Díaz de Solís, Alejo García, Juan y Sebastián Caboto (10).

Distancia son los arreos del abigeato, las rastrilladas chilenas, el alarido ululante de los señores de la tierra que ponen con fundamento a buen recaudo lo que creen propio, las cartas de Calfucurá a Iturra, siempre sus disculpas y pedidos en cambio. Distancia son las tolderías, las rucas y malocas, la candidez de Darwin, las islas abandonadas al emperador inglés, los cazadores de lobos y ballenas que asolan los canales del sur, los colonos muertos de miseria en el puerto del hambre, las avanzadas araucanas que conquistan con el número y la lengua a los pueblos ariscos de Patagonia, las planicies de Senguer pobladas de osamentas, las guerras guaraníticas, la claridad evangélica de los misioneros jesuitas, las campañas de Andresito y la eterna disputa por Colonia del Sacramento. Distancia son los vientos: del sur –que aquí sopla aromas de pesca-, del zonda, del pampero que limpia nuestra gula.

Distancia son también la capa remendada del conquistador recuperado de sus aventuras transoceánicas, y su mismo fracaso, y su completa miseria. Es la vergüenza del soldado que está de hinojos en la Catedral de Sevilla, ése de botas agujereadas y mente confusa. Es la desesperada búsqueda de sal. Los naufragios accidentales y provocados por adelantados en conflicto, sus traiciones y sus mentiras; distancia es también el precio de la traición y salarios de la mentira. Distancia es la cueva de las manos, la bochornosa condena a Jemmy Button y el vestido azul que obsequió la reina a Fuegia (11). Como distancia puede leerse el negocio pacífico de los indios, las mismas provisiones que envía el restaurador a las tolderías, la corrupción de los vivanderos, el espacio que median fortines entre sí, y el que separan fortaleza y fortines. Es también la zanja de Alsina, la excursión a los ranqueles de Mansilla, las boleadoras, el largo de las lanzas aquí como en las conquistas de Alejandro, el triunfante Winchester, el celebrado generalato de ferrocarriles y telégrafos. Distancia es el Perito Moreno, el dolor de los caciques postreros, la torva mirada de Roca. Porque hubo, junto a la distancia de espacio y libertad, una distancia condenatoria y asfixiante.

El predominio de la más cruel distancia sentó reales en el museo de La Plata, en Martín García, en todas las cárceles que cubrieron la tierra abarrotando y alambrando la vida americana. Fue cuando la distancia se poblaba de torturadores. Distancia fueron los clausurados guanaqueos y  boleadas de avestruces. Distancia fueron también los pactos mercantiles con potencias europeas, los empréstitos, la entrega indiscriminada, las fortunas de gobernantes y terratenientes, siempre ciegas, el hotel de inmigrantes, las veletas en los techos de campaña, el lujo de azoteas para defensa de los malones, los gatilladores ingleses en la colonia del Sauce, las primeras reservas indígenas, los confinamientos y la invisibilización obligada de aborígenes, tanto como los chenques ignotos.

Mientras que afortunadamente Distancia fueron también viajes en vaporetos y vapor de América, los itinerarios del folklore familiar, el viaje en diligencia desde Puerto Nuevo hasta Benito Juárez. Distancia fue el idilio de mis abuelos: polvo y sueños medidos al abismo de distancias sin metro.

Distancia fue la Guerra de la Triple Alianza, el regreso sin gloria de combatientes cargados de saqueo y violaciones, el llanto del urutaú (12), la quiebra del Paraguay desmachado y sin respuesta, la entrada de Urquiza en Buenos Aires, sus vitoreadores en primera fila. Fueron distancia los dos viajes de San Martín a Buenos Aires, las huecas celebraciones del triunfo militar y un Pueyrredón impotente, el segundo cruce a Mendoza para evitar la corrupción del ejército de los Andes, la solicitud de ayuda a los ingleses, las travesuras del Lord bucanero (12), la vuelta de Lavalle –una espada sin cabeza- y del buen amigo Gregorio de Las Heras. Rivadavia fue distancia personificada en gobernante anglo-francófilo, dueño absoluto del exilio sanmartiniano. Y distancia fue la sonrisa de Balzac, empuñando el sable del mestizo respetado en Francia (13). Fue distancia La Guerra Gaucha de Lugones (14), como lo es el espacio que media entre autores y editores, el espectro de Mitre quemando inconveniente documentación sanmartiniana. Y fue distancia sin mentís Sarmiento pateando el cadáver de Chilavert (15) y ordenando después la muerte del Chacho Peñaloza.

Distancia contuvo el pedido de que se fueran todos sin que renunciara nadie. Y fue distancia el arrepentimiento de soslayo que siguió a las carnicerías, los puntos finales y la impunidad de asesinos obedientes. Distancia ha sido y es aún el corazón impío. La incomprensión. Los remates. La censura. Los desalojos. Los intereses que fracturan familias. La voracidad capitalista. La apología de robo y sufrimientos. Distancia es la persistencia de semillas remotas y el olvido del gesto inmediato. Distancia es vestido de odio y negación de amor.

Fierro

Si las dos palabras anteriores pueden considerarse bipolares, porque sirven tanto al señor eterno como a los espíritus de la gehena, esta me ha parecido de sólo un rostro. O de hoja sola y un brillo. Como que transcurrió en nuestras geografías - desde la irrupción europea en la cultura americana hasta el momento en que lees esta página-, con el mismo carácter y personalidad, con ganancia idéntica para todos quienes lo empuñen o lo sufran. Por empezar es código del idioma español de América, derivado del castellano antiguo, porque jamás tuvimos entre nosotros una edad del hierro. Entonces, fuimos y somos fierro. Se nos combatió con el fierro; respondimos y nos rebelamos con fierros. Estábamos desnudos y nos enfierramos porque ellos, antes, llegaron blandiendo fierros para esclavizarnos o desalojarnos.

Y nadie por cierto recordó al humilde hierro, asidos como estaban y estuvimos del fierro pretensioso, potenciador de nuestra agresividad innata, autosuficiente, capaz de abrir picadas y clausurar caminos, de chuzar, achurar, desjarretar, degollar, bautizar con sangre, enhebrar vidas y a cada vida con su muerte.  El fierro, el cuchillo, la lanza o chuza, la pica, el sable, la espada, el facón, el puñal, la daga, la cuchilla, el cuchillo carnicero y el caronero, el cuereador, el trozador con dibujo de hacha. Por analogía toda arma de ataque o defensa es fierro.

Si para Martínez Estrada (16) hubo una edad del cuero, es claro que existió un tiempo del fierro, como el mismísimo Borges recuerda y documenta en la generalidad de su obra:

Traiga cuentos la guitarra

de cuando el fierro brillaba.

Cuentos de truco y de taba,

de cuadreras y de copas,

cuentos de la Costa Brava

y el Camino de las Tropas … (17)

El fierro es amigo entrañable del gaucho, pero –con reservas- el hombre de la tierra lo lleva escondido, como su más íntimo tesoro, su prenda, su mágico amuleto, su joya de incalculable valor, el artículo único al que no se atrevería a poner precio.  Escondido entre las carnes y la ropa interior (…) sólo se exhibe en los momentos supremos, como el insulto (18). Es el cuchillo a la medida del criollo, cuya empuñadura se confunde con la palma de la mano, y que al matar dibuja un ademán acostumbrado en las tareas rurales.

Siempre me impresionó vivamente la caracterización que hace Guillermo Enrique Hudson de la pareja que integran gaucho y cuchillo. Esa preferencia que tiene por los cuellos blancos, jóvenes y aún infantiles, que debe necesariamente cortar para perfeccionar sus existencias,  y con una auténtica simbiosis alcanzar la gloria (19). La práctica que debe repetir para desentumecer el alma, para igualarse –arma y paisano, gaucho y cuchillo-, para prolongar su imperio del miedo y de la sangre. Ese es también el idilio que desarrollaron después los personajes urbanos, los orilleros y los compadritos.

También el aborigen se abroqueló detrás del fierro; aunque reconociendo alguna torpeza para alcanzar al gaucho cuchillero con sus fintas, prefirió prolongar la chuza poniéndose a resguardo con distancia y reservó el golpe de sus bolas para el enfrentamiento en menor espacio. Pero para ambos, gaucho e indio, la escuela del degüello y la carnicería funcionó desde que los primeros ganados pisaron el desierto pampeano (ya sabemos que no fue desierto y que muy pocos lo llamaron pampa).

Fundaron el imperio ferroso las vaquerías que transitaron de Santa Fe a Entre Ríos, de allí a la Banda Oriental y finalmente a Buenos Aires, según los animales más aceleradamente se reprodujeran o aminoraran número. Después, los aborígenes procedentes de las misiones de Corrientes y los portugueses que violaban una frontera incierta y mutante al infinito, se sumaron a la estirpe del cuchillo.

La magia de la metalurgia hizo al fraile Bertrand devoto del fierro, capaz de armar tres ejércitos –el de Carrera, el de San Martín y el de Sucre- (20). Y lo despojó de sus hábitos porque aunque al servicio de la independencia americana y luchando con denuedo por las libertades del hombre, el cuchillo, la espada y sus derivados, enemigos del evangelio, mantuvieron su sino de muerte y sangre.

Y por todo esto, el gaucho que imaginó José Hernández, fruto de su mirada de poeta –ajustada a la época, despojada de adornos y cerrazón-, no podía sino llamarse Fierro. Y como tal, mancharse la mano más de una vez con la sangre de pares e inferiores.  Aunque el autor de El gaucho Martín Fierro y de La vuelta de Martín Fierro no se lo propusiera con sus páginas de insistente reclamo, protesta airada y claro color gris (21), 1872 marca el fin de la anarquía del cuchillo.

Porque a partir del fortalecimiento del Partido Militar, de la mal llamada Campaña del Desierto, del tendido de alambrados, ferrocarriles y telégrafos, el fierro perdió tensión y terminó derrocado. Igual, igual que el paisano, fuera del palo que fuese (quiero decir: gaucho, indio, negro, y sus múltiples combinaciones).

Fue el arribo del monopolio de la fuerza en manos de los militares; la legalidad del pase a degüello de tanto enemigo según cuáles fueran los amigos del gobernante. Y fue la libertad del fierro reducida a la intimidad: Ya el primer golpe,/ ya el duro hierro que me raja el pecho,/ el íntimo cuchillo en la garganta (22).

(1) Frontera, con el alcance que se le asignó durante ¨la guerra con el indio¨ era tierra de dominio controvertido. No pertenecía ni al blanco –invasor o descendiente del conquistador- ni al originario. Allí se refugiaban los malones al retirarse, confiando encontrarse a salvo porque los blancos no se atreverían a alcanzarlos. También se refugiaban los renegados, los que como Martín Fierro y Cruz se iban a la frontera y convivían con los indios huyendo de la justicia del gobierno.

(2) La denominación que encontramos en el Martín Fierro es del ollín, y hace obvia referencia al color de piel del negro.

(3) Refiere a la batalla librada en dicho lugar por las huestes de Pueyrredón. En tal lance, contrariamente a lo que la tradición conmemora, las fuerzas compuestas por gauchos y paisanos de la campaña bonaerense, eludieron la lucha y se dispersaron rápidamente (Conf Coni, Emilio A: El gaucho Argentina-Brasil-Uruguay. Buenos Aires, Ediciones Solar, 1986).

(4) En efecto, los brasileros fueron aliados del Ejército Grande el 3 de febrero de 1852, y luego beligerantes junto a Argentina en La Triple Alianza.

(5) Algunas teorías sobre el nacimiento de José de San Martín afirman que fue hijo de una criada guaraní. A su arribo al Río de la Plata en 1829, fue alternativamente cortejado por federales y unitarios para que asumiera el poder en la Provincia.

(6) En Pavón (1861), mientras Mitre se replegaba creyendo haber sido derrotado, Urquiza meditaba sobre ventajas y desventajas del resultado, y convencido de que le convenía perder, también abandonaba el campo de batalla.

(7) Conf Federico Kirbus:  La primera de las tres Buenos Aires. Buenos Aires, 1980. El episodio conocido como la matanza se desarrolló en realidad a orillas del río conocido luego como Luján. La ciudad fundada por Pedro de Mendoza se encontraba, para este investigador, en los altos de Escobar.

(8) Los paleontólogos han asegurado que en nuestras praderas habitó un animal similar al actual caballo, lo que permite suponer que los que se reprodujeron a partir del abandono de la Buenos Aires de Pedro de Mendoza, en realidad recuperaron un terreno ideal.

(9) Quienes partían hacia Guinea Occidental para traficar esclavos (dentro del Río de la Plata), llevaban colas de caballo como medio de pago. Esta mercancía ocasionaba la matanza indiscriminada de animales.

(10) Algunas teorías refieren que Juan Díaz de Solís no murió en realidad devorado por querandíes o charrúas, sino que al comprobar que no existían riquezas de fácil captura, volvió de incógnito a España eludiendo a sus acreedores alemanes. Mucho se ha hablado además de las experiencias previas y posteriores de los Caboto (padre e hijo: Juan y Sebastián).

(11) Me refiero a los tres aborígenes capturados durante el primer viaje de Fitz Roy (que en realidad fueron cuatro), devueltos luego de ser objeto de crueles experiencias, en el curso del viaje del que participara Charles Darwin.

(12) Se trata de Lord Cochrane. Ese apelativo lo utilizaba San Martín.

(13) Fantasía utilizada tanto por Terragno como por Fernández Díaz (¿plagio de la invención?); se ignora en realidad si existió algún acercamiento entre los dos hombres.

(14) Para leer La Guerra Gaucha será necesario sentarse acompañado de un Diccionario.

(15) El propio Sarmiento previno de la muerte del artillero Chilavert -el mismo que llegó de España con San Martín, Alvear y otros- el 3 de febrero de 1852.

(16) Martínez Estrada, Ezequiel. Radiografía de la pampa. En esta obra llamó La época del cuero al segundo capítulo de su primera parte (Trapalanda). Buenos Aires, Losada, 1974.

(17) Borges, Jorge Luis. Milonga de dos hermanos. En Para las seis cuerdas (1965).

(18) Martínez Estrada, Ezequiel. Op cit.

(19) Hudson, Guillermo Enrique. Allá lejos y hace tiempo. Ediciones Peuser, Buenos Aires, 1958.

(20) Me refiero a Fray Luis Beltrán, cuyo verdadero apellido (de origen francés) era Bertrand.

(21) En efecto, Jorge Luis Borges, criticando a los cineastas argentinos, ha sostenido que Martín Fierro es una obra gris, caracterizando a Torre Nilson como un chambón que se equivocó claramente al filmar en colores la película homónima.

(22) Jorge Luis Borges, Poema conjetural (1943).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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