Qué Somos Y Qué Podemos Ser
Mucho se ha dicho, de acuerdo a lo que cada uno piense sobre qué es el hombre, qué se puede lograr o no con lo que llamamos educación. Forzosamente, con esto se desemboca en el interrogante de qué es la educación.
Sin meterse en el dilema de si esto es una nueva teoría educativa o es parte de alguna existente, vale la pena analizar un fenómeno que cada uno puede comprobar observando a la gente que se cruza en su vida.
Podríamos denominarlo aliento o desaliento de las potencialidades preexistentes.
Puede decirse que cada ser humano nace con una amplia variedad de potencialidades; y la educación, o la mala educación, o, para ser más exactos, la influencia del ambiente y las personas que lo rodean, incide en que algunas de ellas pasen a la acción, crezcan, se potencien, y en que otras se debiliten o queden inactivas.
Esto es igualmente aplicable a disímiles teorías sobre qué es el hombre. Tiene sentido aunque nazcamos todos iguales o aunque ya al nacer existan diferencias entre los individuos; diferencias que diversas teorías sobre el hombre explicarán cada una a su manera.
En cada individuo están latentes múltiples potencialidades, impulsos o tendencias internas. Algunas forman parte de su naturaleza biológica y otras son propias de ese algo más que constituye el hombre.
Algunas de ellas despiertan o afloran de acuerdo a normas temporales: pasan de potencia a acto en alguna fase de la existencia, como la sexualidad o la inclinación a independizarse de los padres. Otras aflorarán, o no, de acuerdo a dónde, cómo y entre quiénes transcurra la vida del individuo.
Ni bien dicho esto se adivina el rol fundamental que cumplen los padres, la familia, el ambiente emocional, mental, y moral en que una persona se desarrolla. Porque cuando decimos se desarrolla estamos presuponiendo que sus potencialidades se desarrollarán, o no, en concordancia con ese ambiente.
Por ejemplo: en todo ser con movilidad propia, ya sea animal o humano, existe una predisposición a lanzarse inmediata e irreflexivamente sobre el alimento. Esto es útil para subsistir; pero resulta que el animal humano inventó la civilización, mediante la cual, cuando funciona bien, puede proveerse más fácilmente de más y mejores alimentos, de otras cosas deseables y, como si fuera poco, de la posibilidad de descansar transitoriamente de la lucha por la subsistencia y concentrarse en ese algo más que lo mueve a trascender la animalidad.
Pues bien: si a un individuo no se le indica que en vez de seguir ciegamente ese impulso debe dejar que sus hermanos coman su parte, o más adelante que debe comprar el alimento antes de llevárselo a la boca, el resultado será que ese individuo no encajará en la civilización, será castigado y expulsado de la misma. Esto no sólo perjudicará a su ser biológico, sino también a ese algo más que subyace en él además del instinto.
Si, por el contrario, se le enseña a mirar y considerar, y a su vez vive entre hermanos que aprendieron a respetarlo y dejarle comer su parte, no sólo se volverá una persona capaz de vivir en sociedad, sino que experimentará la satisfacción de estar con seres que lo aman y respetan, y desarrollará sentimientos que enriquecerán sus posibilidades de una vida mejor.
Ambas posibilidades se presentan para el mismo individuo; un individuo que en el futuro puede ser de una manera o de otra.
Además de ese impulso a lanzarse sobre el alimento hay en el hombre otras inclinaciones latentes, algunas netamente biológicas, como el impulso sexual, el principio del menor esfuerzo o el miedo ante las amenazas a la integridad física, y otras más propiamente humanas, como la curiosidad, la tendencia a comunicarse o la disposición a crear. De cómo actúen los adultos ante cada manifestación de estas potencialidades dependerá que algunas crezcan y otras se marchiten.
Este fenómeno es independiente de cómo sea un individuo “en estado puro y original”, si es que tal cosa existe. Es más: encaja sin contradicción en varias concepciones del mundo o teorías sobre qué es el hombre.
Es evidente que esto ocurre con cierto grado de relatividad, y no existe una alternativa forzosa ni excluyente entre el postulado de “todo lo determina el ambiente” y el de “todo lo determina el individuo”.
Tales postulados, presentados como dos posibilidades invariables y terminantes entre las que creemos que deberíamos optar, son producto de la falta de observación o reflexión sobre el asunto.
Se disuelven inmediatamente ante una pregunta simple: cuando un castillo es atacado por un ejército ¿quiénes ganan, los de dentro o los de afuera?
Salta a la vista que es imposible contestar esto si no se conocen más factores, como cuántos son los de dentro, cuántos los de afuera, qué armas o cuántos alimentos poseen unos y otros, cuánta voluntad de luchar hay en cada bando, y hasta cuánta necesidad tienen de enfrentarse unos a otros, porque tal vez no sean tan distintos y se beneficien más asociándose que atacándose.
Lo mismo pasa con las “teorías” de que todo lo determina el ambiente o de que todo lo determina el individuo: es insensato decir que una alternativa sea más posible que la otra en general. La vida de cada persona es una vida en particular.
El aliento o desaliento de las potencialidades preexistentes posee cierto grado de relatividad por razones similares al ejemplo del castillo. Depende, entre otros factores, de cuáles sean esas potencialidades preexistentes, o de cuánta antinomia haya entre éstas y el ambiente.
Hay individuos que resultaron, para bien o para mal, muy distintos a la familia o a la sociedad en que crecieron, por mucho que los demás hayan intentado “encarrilarlos” para que se parecieran a ellos. Esto puede deberse a que albergaban alguna potencialidad preexistente muy fuerte y resuelta a desarrollarse, que no cedió ante la acción del ambiente en su contra.
El hecho de que una potencialidad o aspiración sea más fuerte que otras y hasta más fuerte que la influencia del ambiente sobre el individuo no se contradice con la viabilidad del aliento o desaliento de las potencialidades preexistentes. Es un factor más entre los que hacen que cada persona sea única, y esto, a su vez, no se contrapone con el hecho de que cada sociedad esté integrada por personas más o menos parecidas entre sí.
De ahí las habituales afirmaciones acerca de que los argentinos, los italianos, los judíos, sean casi todos de tal o cual manera; de ahí las clasificaciones según influencias temporales (”en mi época la gente era distinta”) y los también habituales comentarios sobre individuos no tan modelados por su ambiente (“ése no parece de la familia”).
De modo que no podemos ignorar que la influencia de quienes habitan una época y un lugar determinados alienta o desalienta las potencialidades preexistentes de los individuos que arriban posteriormente a él.
Se puede discutir eternamente si lo hace mucho o poco. Por todo lo comentado se puede deducir que lo hace en magnitud variable; pero no cabe duda de que esa influencia existe.
Entonces, es importante tomar conciencia de qué podemos o debemos hacer al respecto, en vista de que nuestras acciones producirán inevitable efecto no sólo en cuanto a qué les suceda a los demás, sino también en cuanto a qué serán los demás.
Al respecto, suele presentarse una firme objeción a todo tipo de intervención sobre cómo deben ser los demás, acompañada del postulado, moralmente encomiable e indiscutible, de que dejemos que los demás sean como quieran ser.
No se puede discutir la sana intención de este postulado. Es cierto que no debemos tratar a las personas como masas modelables ni como máquinas a las que se le cambian partes. Pero es cierto también que, nos guste o no, vivimos entremezclados e influenciándonos, y que la alternativa abstractamente ética y aséptica de la no intervención no existe en el mundo real.
En el mundo real tenemos hijos que lloran para obtener lo que desean, que más adelante se sientan a nuestra mesa, nos ven y nos escuchan. En el mundo real tratamos con el resto de la gente, para intercambiar cosas (con la posibilidad de que alguien quiera dar poco y obtener demasiado) o para intercambiar pensamientos (con la posibilidad de que esos pensamientos mejoren o empeoren la existencia propia o ajena).
Al habitar una sociedad se vuelve inevitable influir sobre las personas para bien o para mal. Y si no sabemos qué es el bien y qué es el mal, necesitamos, aunque no nos interese otra persona que la nuestra, comenzar a preguntárnoslo.
Algunas teorías educativas conciben al hombre como una tabula rasa, territorio virgen o espacio completamente en blanco sobre la que la sociedad va grabando improntas desde fuera. Otras teorías hablan de almas nobles o almas innobles, que son así desde antes de venir al mundo. Otras hablan de características étnicas o raciales que determinan ciertas predisposiciones. Otras dan gran importancia a lo corporal, a la química y a los alimentos en la conformación de cómo será un individuo.
El fenómeno del aliento o desaliento de las potencialidades preexistentes es perfectamente compatible con cualquiera de ellas, excepto con la de la tabula rasa si se toma hasta el extremo de no creer que los instintos sean potencialidades preexistentes.
En el terreno de la vida práctica no importa saber cuántos son ni por qué están dentro del individuo los contenidos “previos” a su vida en sociedad. Importa, y mucho, saber que algunos de esos contenidos pueden expandirse hasta cobrar enorme fuerza y otros pueden quedar dormidos o apagarse.
Lo más importante: esas potencialidades preexistentes se lanzarán hacia fuera desde el principio de la vida, y se verán alentadas a expandirse o replegarse por las respuestas que reciban de los otros individuos.
De modo que, aunque diferentes individuos lleguen al mundo con diferentes disposiciones, hay una incidencia decisiva de la forma en que la sociedad, comenzando por su familia, responde a cada acto o señal de esas disposiciones.
No importa si esta incidencia es grande o pequeña en relación a “lo otro”. Lo verdaderamente importante es que esa incidencia es lo único que, como integrantes del ambiente en que viven otros seres, tenemos a nuestro alcance; y que esa incidencia existe independientemente de nuestra voluntad. Nos guste o no, lo que hagamos o dejemos de hacer va a influir sobre la vida de quienes nos rodean.
Se puede decir, por ejemplo, que alguien es bruto porque nació careciendo de inteligencia o traía en el alma su brutalidad. Puede ser verdad hasta cierto punto; pero si se repasa su vida se descubrirá que algunos impulsos (tal vez presentes en todos los individuos) que tienden a generar actos irreflexivos y a oscurecer la inteligencia (tal vez también presente en todos los individuos) fueron pasados por alto, aceptados y hasta festejados por los adultos que presenciaron sus manifestaciones, y el resultado fue que éstas se repitieron porque el niño experimentaba satisfacción con sus actos y/o con las respuestas recibidas, hasta que esos impulsos cobraron tal fuerza que sepultaron todo otro contenido de la persona.
Lo mismo ocurre con lo que llamamos “virtudes”. Sus manifestaciones espontáneas son incitadas a crecer o a replegarse por cada respuesta de los mayores, y la cadena de causas y efectos va generando un torrente mental y emocional en un sentido o en otro.
Así, el hecho de que las personas sean como son, busquen lo que buscan, desprecien lo que desprecian, teman lo que temen, rían de lo que ríen y acostumbren lo que acostumbran, se debe en gran medida, los beneficie o los dañe, a qué vieron o qué escucharon en la sociedad en que nacieron.
Si vemos que influimos y no podemos dejar de influir sobre los demás, sobre eso que llamamos virtudes o defectos, nos aparece en algún momento el gran interrogante sobre qué alentar y qué desalentar, sobre qué acciones llevan al bien o al mal, a la felicidad o a la infelicidad, y hasta sobre por qué debemos ocuparnos de tal asunto.
Nuestra responsabilidad en la vida, tanto para el bien general como para el propio, es disponer de una respuesta a este interrogante; porque cualquier cosa que hagamos, incluyendo la alternativa de no hacer nada, producirá inevitablemente alguna consecuencia.
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