Propuesta de una concepción antropológica para el contexto educativo boliviano
I. Contextualización de la Antropología Filosófica
La naturaleza del conocimiento filosófico puede ser adecuadamente entendida a partir de comprender al mismo como una teoría universal de la actividad humana, esto es, como una disciplina científica que estudia las regularidades esenciales universales de la activa interrelación tanto material e ideal como objetiva y subjetiva del hombre con el mundo natural y social. (Serpa, 2005:2)
Anotamos también que la filosofía se centra en el estudio de la universalidad de la interrelación humana con el mundo, tanto de forma objetiva (concreta) como subjetiva (interpretativa y relativa), y entendiendo que esta interrelación es una constante actividad humana cuya función es la vinculación, la transformación y la retroalimentación para modificar y buscar la cualificación de las relaciones humanas que incidirán nuevamente en la vinculación de los seres humanos con el entorno y entre sí.
Tal como Dewey afirma en Democracia y Educación, pg. 272, la filosofía nace de las necesidades y los conflictos de la vida social, surgidos de las interrelaciones en diversos niveles: cuerpo y alma, humanidad y naturaleza física, individuo y sociedad , teoría o conocimientos practica o acción. Por tanto, su fin último es absolutamente práctico en sentido de definir estas dificultades, creando caminos para posibles respuestas, alternativas y propuestas pragmáticas.
A partir de la delimitación del objeto de la filosofía, es inevitable percatarse que toda actividad humana es susceptible de ser filosofada, analizada, criticada y por ende, tener la potencialidad de ser modificada. Al pensar en nuestro tema específico, a saber: la actividad educativa -como expresión de una sociedad y de la cultura prevaleciente en determinado momento- vemos que está atravesada también y muy especialmente, por la actividad filosofante. La práctica educativa es, además, generadora de inquietudes filosóficas que requieren nutrirse del dinamismo particular y plenamente humano que hierve en la misma. De este ir y venir entre teoría y práctica, surge una actitud filosófica que se plasma en las mismas interrelaciones humanas.
Así, la filosofía se particulariza en la llamada filosofía de la educación. Sus fines, sus actividades propias y sus métodos han sido ampliamente discutidos en diferentes épocas, desde el apogeo de la Grecia antigua hasta los tiempos que corren. Podemos delinear las principales corrientes y su visión antropológica para adentrarnos en el tema específico que nos ocupa: Nos preguntamos, cuál es la visión antropológica que caracteriza nuestra práctica educativa cotidiana? Cómo la practicamos? Ya que de esta visión se desprende la valoración que de nuestros semejantes tenemos y de soslayo podemos mencionar que también incluye una posición personal acerca de nuestra autovaloración. Vamos, pues, a mencionar algunas consideraciones filosófico-antropológicas características de algunas filosofías de la educación:
II. Visiones antropológicas en filosofía
Tenemos por un lado al idealismo, que plantea al ser humano como un ser perfecto, ahistórico e intemporal, porque vive la vida del espíritu.
En respuesta surge el realismo, que divide al ser humano en mente y alma, según los postulados de Descartes. Lo que hay que educar es la mente para dirigir el mundo y específicamente la sociedad.
El perennealismo y el personalismo, de origen aristotélico, que se fundamentan en la teología católica y postula que el ser humano es un ser corrupto debido al pecado original, y para subsanar tal situación se requiere de una fuerte disciplina y de sacrificios.
En la visión antropológica del socialismo, en cambio, el ser humano es principalmente un ser ateo, intrascendente, cuyo fin último es el trabajo en pos del progreso de la sociedad, como una pieza de una maquinaria más grande a la que se debe totalmente.
El experimentalismo americano postula que el hombre es una realidad integral: corpórea, vital, mental y social. La separación alma-cuerpo es superada.
El existencialismo postula que el ser humano es libre ante todo, y a pesar suyo. Un ser solo enfrentado ante la angustia de ser. Critica severamente la educación en grupos argumentando que la masificación destruye la originalidad y la autenticidad individual.
La tendencia del naturalismo plantea que el hombre es bueno por naturaleza y que es corrompido por la sociedad, porque al ser creado por el Autor de la naturaleza, es angelical e impoluto.
En el activismo propugna una antropología basada en periodos de desarrollo que son los mismos en todas las personas, y que simplemente necesitamos la oportunidad de desenvolver las habilidades que todos poseemos de acuerdo a la etapa en la que estamos.
La filosofía psicoanalítica tiene una visión antropológica en la que predomina lo pulsional e instintivo. Propone entonces que los niños sean aceptados así como son y no que se intente educarlos según patrones culturales que intentan enmascarar la naturaleza pulsional de la humanidad.
La pedagogía no directiva plantea que el ser humano es un ser ante todo libre, que se auto-realiza dentro los límites del grupo sociopolítico al que pertenece. Por ello postula la posibilidad de devolver al hombre la potestad sobre su destino, librándose de la autoridad social que lo limita.
Por último, el liberacionismo concibe al ser humano como un ser en el mundo que necesita estar con el mundo para liberarse de doctrinas, sometimientos, manipulaciones, que le impiden ser el sí-mismo auténtico y libre. Liberarse de su propia soledad para poder comunicarse con el mundo, y una vez comprometido con el accionar social, deslindarse de la alienación que la sociedad exige a sus miembros masificados.
III. Análisis de nuestra Experiencia Educativa
En nuestra experiencia educativa, encontramos que se repite en diferentes ámbitos educativos una tendencia a concebir a los estudiantes como seres principalmente racionales, y por tanto la educación responde, en coherencia con esta concepción, con contenidos y metodologías que apuntan al desarrollo intelectual lógico y racional de los educandos. Vemos entonces que Descartes está presente en nuestras aulas y a través de ellas, en nuestra convivencia social.
No consideramos que esta posición sea mejor o peor que otras, sino que la vivimos como limitante cuando se trata de realizar una práctica educativa más integral, tal como las necesidades y planteamientos velozmente cambiantes de la actualidad nos lo exigen.
Vemos que estamos además muy habituados a jerarquizar el desarrollo de la capacidad lógica, cuando a diario se presentan situaciones sociocuturales y ahora tecnológicas que requieren de la participación de otras capacidades más para su adecuado manejo. Vivimos, en síntesis, en una sociedad multiproblemática para la cual no alcanzan las pocas estrategias que enseñamos en nuestras aulas.
Entre las posturas que delineamos en el anterior apartado, nos ha llamado poderosamente la atención la concepción de la escuela liberacionista . Encontramos que la aplicación de las ideas que propone no es ajena, quizás como respuesta a la compleja y particular configuración de la socioculturalidad boliviana, llena de contradicciones en sí misma y que a momentos parece reclamar primero el reconocimiento de su autenticidad e identidad antes que su modificación.
Así, pensando en la sociedad y por ende, en la educación en Bolivia, hallamos que no existe una “educación” concensuada ni sistematizada. E hipotetizamos que tampoco podrá existir una que llene relativamente bien los huecos, las necesidades y las insatisfacciones que existen en el sistema educativo. Porque no tenemos una identidad nacional única, y tener una concepción antropológica única no sería lo adecuado hasta que no creemos primero la identidad. Para explicarnos mejor, por ejemplo, cuando hablamos de “gaucho” entendemos automáticamente ciertos rasgos generales que caracterizan a este personaje que es millones al mismo tiempo, y es posible tener una idea filosófico-antropológica más o menos unificada y coherente del ser humano en cuestión. Volviendo los ojos a nuestra sociedad, encontramos una multitud de identidades bien diferenciadas e ignoramos otras tantas, todas pertenecientes a la nacionalidad boliviana, todas necesitadas de un sistema educativo acorde y de una práctica educativa consecuente.
Y justamente la educación, partiendo de su ejercicio diario en las aulas de los diferentes rincones bolivianos, es la que creemos puede empezar la construcción de esta identidad englobadora incluyente, y para ello el sistema educativo necesita generar una filosofía que refleje legítimamente lo inclusivo. Es una filosofía de la inclusión que alberga una visión antropológica que no responde a ninguna de las que hemos mencionado pero que se asemeja fuertemente al liberacionismo. Lo que falta, lo que sobre, debemos añadirlo y recortarlo desde nuestro saber práctico.
Consideramos y sentimos que hace falta, ahora, en nuestro presente histórico y social, la construcción de una armazón filosófica y metodológica nueva –aunque no tan nueva después de todo- que recoja los materiales de su edificación en las aulas. Una filosofía de la inclusión, como mencionamos líneas atrás, con su particular propuesta antropológica, objeto del presente ensayo.
El esbozo de nuestra concepción antropológica no es la extracción de un poco de otras posturas filosófico-educativas, sino algo como una perspectiva cosmopolita en la cual caben las particularidades y las identidades culturales relacionadas entre sí a través de la exploración de los conceptos de respeto e inclusión, posibles solamente desde la elección personal de percibir nuestro mundo humano como un mundo cargado de contradicciones y verdades, no una sola, que en realidad son nuestras creaciones. Y que para poder convivir y seguir corriendo tras la VERDAD Y LA SABIDURÍA -objetivos ideales de la educación- es necesario que construyamos una nueva visión de nosotros mismos, y que planteamos a continuación: El ser humano como un ser flexible, cuyo eje de identidad sea la humildad de saberse único, al igual que los otros.