Tierra, Capital, Trabajo
Éstos eran los factores productivos descritos por los economistas clásicos en el siglo XVIII. La tierra se correspondería no sólo con la agricultura, sino con la tierra urbanizada, la minería y los recursos naturales en general, el capital sería desde esta perspectiva el utilizado para producir bienes y servicios (maquinaria, instalaciones…) y el trabajo comprendería la actividad humana –hoy en día podríamos considerar otros factores relevantes, como la organización del trabajo, el conocimiento o la tecnología.
Esta clasificación era de bastante utilidad en esa época porque además representaba bastante bien a la sociedad de entonces: la aristocracia, poseedora de la tierra, la burguesía propietaria del capital y los trabajadores. Aunque algunos querrían resucitar esta lucha de estamentos, hoy en día esta batalla está bastante difuminada; sin embargo -como las meigas en Galicia- las clases, haberlas, haylas.
La crisis ha resucitado este viejo debate, en forma de quién “paga el pato”, pese a que existe cierto consenso en las causas de la misma, un escenario que bauticé en su momento como economía de los excesos:
Excesivos riesgos por parte de las entidades financieras, trabajo mal hecho por parte de las agencias de calificación, excesivo endeudamiento de las familias y las empresas, dinero muy barato demasiado tiempo, burbujas económicas como la inmobiliaria y las de las materias primas, etcétera.
A pesar de que en el origen de la crisis están el capital (entidades financieras) y la tierra (especulación inmobiliaria), parece que se pretende que el coste sea asumido por la otra parte, es decir, por el trabajo.
¿Debemos apretarnos el cinturón? Es posible, pero debe hacerlo todo el mundo. ¿Por qué salvamos al sistema financiero, mientras que por el camino caen los trabajadores?
Una de las pretensiones que se tienen por parte de los empresarios, además de la congelación o la bajada de salarios, es el abaratamiento del despido. Bien, asumamos que es una opción. Pero, ¿se han apretado ellos el cinturón? Cuando piden sacrificios a los trabajadores, ¿son ellos los primeros en asumirlos? ¿Aceptarían por el contrario que el trabajador obtuviese parte de los beneficios cuando las cosas vayan bien?
No es una cuestión de reivindicaciones, sólo es que creo firmemente en que lo primero que hay que hacer para exigir algo a alguien es dar ejemplo. Y en segundo lugar, como ya expliqué en otro artículo, considero que una política retributiva en la cual parte del salario de los trabajadores vaya en función de la “salud” de la empresa es positiva para ambas partes.
¿Están los empresarios dispuestos a ese debate?
Para finalizar, otros protagonistas de esta situación -los políticos- son “amablemente” retratados por Arturo Pérez Reverte en el artículo que publicará este fin de semana en el XL Semanal.
En él describe cómo en ocasiones, al pasar cerca del Congreso, les ve salir y “no pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. […] Cómo se han trajinado –ahí no hay discrepancias ideológicas- el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común”.
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"En vez de echarse la culpa unos a otros nuestros políticos deberían decirnos humildemente a los ciudadanos: "Lo sentimos, lo hemos hecho mal".
"Ignorar a los mercados —y, pero aun, intentar "doblegarlos" — es un ejercicio tan inútil como oponerse a la ley de la gravedad".
Hay que reconocerlo, además de un lógico deseo de mejorar, nos mueve la envidia, los deseos de ser mejor que el vecino, el compañero o el amigo. Esto da lugar a situaciones que, analizadas desde la fría perspectiva de los números resultan, cuando menos, curiosas.
He comentado ya en alguna ocasión que en muchos casos se produce una deficiente comprensión del mensaje que pretendemos transmitir, por diversos motivos, que en algunos casos serán achacables a nosotros mismos, en otros a nuestro interlocutor, y en ocasiones puede ser que el medio a través del cual se transmite el mensaje no sea el más adecuado.
Todos tenemos de vez en cuando una idea (que consideramos) genial. Es evidente que hay personas más creativas que otras, igual que hay gente que dibuja bien porque tiene ese don, y otros no lo tenemos. Sin embargo, la creatividad depende de otros factores, se puede “cultivar”, y existen diversas técnicas de generación de ideas.
La crisis trae consigo grandes dosis de nerviosismo y cambios de criterio por doquier. Las ventas no se concretan, las cuentas no salen, y la búsqueda de soluciones lleva en muchos casos a trabajar de un modo inadecuado. Hoy voy a hablar de una palabra un poco engañosa, la multitarea.
Las empresas punteras destacan por la búsqueda de la excelencia en todos los detalles...
Uno de los gurús de la gestión empresarial, Stephen Covey, autor del best-seller Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, dice una frase perfectamente aplicable a la situación actual: “siempre hay que tratar a los empleados exactamente como queremos que ellos traten a nuestros mejores clientes". Y es que por mucha palabrería y mucho management de salón que queramos aplicar, si los empleados están desmotivados, desanimados o malhumorados, ¿cómo van a atender bien a los clientes?
Vivimos tiempos difíciles, y todas las ventas son buenas, todos los clientes son valiosos para las empresas y apreciados por éstas. ¿O no?
Decía un compañero mío, que era responsable de marketing, una frase que siempre me pareció –como mínimo- un poco extraña. “El caso es que hablen de nosotros, aunque sea mal”.

