Candeleros, Serpiente, Carbón Y Hambruna

Posteado: 21/06/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 174 |

Candeleros de chozas y carboneras: tiempos de posguerra civil española y siguientes décadas

Maribel amamantaba a su niño, recostada sobre un colchón de paja, en su segundo día de estancia en la choza de carboneros de Montizón. Sin embargo, estaba tan adormilada que no se percataría de la llegada de su vecina y amiga, Petra. Y aunque Petra la llamara, previamente, desde el exterior, de Maribel no recibía ni respuesta ni nada, y Petra entró en la choza. Aunque ¡Dios...! casi, casi se desploma de un fatídico infarto. Los labios de Petra temblaban sin conseguir articulación, y el vello le erizaba como a gata en pelea, e incluso le dejaba la piel tan sarpullida que asemejaba al caparazón de gallina desplumada... Su corazón latía con tantas prisas que hasta la voz le paralizaba y la recorrían espasmódicos temblores y tembleques que repartía entre piernas y brazos... Petra desvió la mirada a su derecha y observó que a los pies del colchón de paja quedaba el mayor de los hijos de Maribel, apaciblemente dormido, lo tomó a la ligera y con él en brazos desarticulaba en expresiones y deseaba chillar, correr, alertar... Sin embargo, su cuerpo quedaba a merced de la congoja e inmóvil, mientras sus ojos veían como al cuerpo de su amiga Maribel la bordeada una serpiente de grandes dimensiones: (Algunos habitantes del medio rural dicen que la serpiente hacía sigilosa maniobra, muy conocida por lugareños: la maniobra consiste en la capacidad del reptil para adormilar a la madre mientras introduce la punta de su cola en la boca del niño. Con ello evitaría que rompiese en llanto y despertase a la madre, mientras ella succionaría la leche del pecho materno de la mujer adormilada. Estos casos parecen muy habituales en los reptiles, sobre todo con las cabras y las ovejas que pastan por montes o labrantíos. Aunque los lugareños añaden que también lo practican con la raza humana, en estado de lactancia.) En consecuencia, Petra se quedó como un estandarte, petrificada o con los miembros paralizados por la impresión y el miedo, aunque sacó fuerzas de Dios sabe dónde y:

—¡Maribel! ¡Maribel despierta! ¡Maribel levántate del suelo!

—¡Eh!, ¡eh!, ¡eh! —susurraba Maribel, algo alterada.

—¡Levanta, rápido!

—¡Eh!, ¡eh! ¿Qué pasa...? ¿Qué pasa?

—¡Levanta, Maribel!

—¿Pero qué pasa, chiquilla? ¿Qué es?

Maribel seguía imbuida en adormecimiento pero con los gritos de Petra, casi despertaba de su trance, aunque aparentemente seguía bajo la influencia del sueño... En cambio, la serpiente se sentía alertada, sorprendida e indefensa ante la presencia y los gritos de Petra, y despacio, y en maniobra resbaladiza agitaba la lengua y se alejaba, en zigzag: cautelosa, lenta y silenciosa.

—Levántate despacio —susurraba Petra bajo aparente desconcierto.

Maribel apoyó una mano en el suelo, muy próxima al cuerpo zigzagueante del bichejo, giró sobre el colchón de paja y preguntó a Petra, mientras la temerosa Petra veía la cercanía del peligro y paralizaba las articulaciones:

—¿Pero qué pasa, Petra? -insistía Maribel.

—¡Levántate, ya! —gritó Petra sin más contención

Y Maribel cambió el apoyó de la mano sobre el colchón de paja, aunque aún seguía bajo el estado del sueño, y no se levantaba del lecho, sino que seguía preguntando a Petra:

—¿Qué pasa, Petra?

Y Petra con el niño mayor de Maribel en brazos y con la cara pálida, blanca como la cal; y los ojos desorbitados intentaba evitar un movimiento brusco en Maribel que pudiera asustar a la serpiente y a la defensiva, la mordiera, a ella o a su niño.

Ante la insistencia de Petra, Maribel se levantó del suelo, y entonces sí, entonces vería junto a sus pies la cola del vertebrado, y el motivo por el que Petra la alertara:

—¡Ay, Dios mío...! -gritó Maribel y salía de la choza y corría y chillaba y saltaba entre jaras, y a la desesperada...

—Tranquila, tranquila —le gritaba Petra—, ya no hay peligro -añadía- y corría tanto como ella.

—¡Ay, Dios mío!... ¡Manuel! ¡Manuel! —gritaba Maribel.

Maribel lloraba y gemía mientras presionaba al pequeño contra su propio pecho, le miraba de soslayo y seguía corriendo que se las pelaba, entre lentiscos y jaras. Petra, en cambio, paraba por momentos, dejaba al mayor de los niños en las cercanías de la choza y corría tras ella, hasta que conseguía darle alcance.

Manuel y Luis preparaban la hornada del carbón a unos centenares de metros del lugar cuando fueron alertados por los gritos, llantos y llamadas histéricas de Maribel y de Petra.

—Manuel —dijo Luis—, algo les pasa a nuestras mujeres...

—¿Qué les pasa...?

—No lo sé, pero creo que algo sí pasa en tu choza...

—Vamos, vamos rápido.

Corrieron tronchando y apartando jaras hasta las cercanías de la choza y encontraron a Maribel sollozante y abrazada a Petra.

—¡Ahí no entro, ahí no entro...! -repetía, pataleaba y proseguía- ¡Ahí no entro…! —continuaba y repetía.

—¿Qué pasa, Maribel? —preguntó Manuel, algo confuso y desconcertado.

—¡Ay, Dios mío!...

—¡Tranquila, mujer. Y cuéntame! ¿Qué pasa?

—Yo la he visto… Yo la he visto, Manuel.

—Que tú has visto, ¿qué?

—¡Una serpiente venenosa! ¡Una bicha muy grande!

—¿Cómo...? ¿Una serpiente en la choza...?

-Sí, Manuel...

-Vale, vale! Tranquilízate, Maribel. ¿Adonde, a dónde está?

—Se ha ido —dijo Petra.

—¿Por dónde se ha ido?

—No lo sé, Manuel —se anticipó Maribel—. ¡Ay Dios mío! ¡Mis hijos! ¡Mis niños…!

Manuel y su compañero Luis empezaron a remover los enseres del interior de la choza, los pastizales y la cubierta de malezas y un trozo de lona descuartizada, pero la serpiente no aparecía.

—¡Está ahí dentro y campa a sus anchas, como Pedro por su casa, Manuel... Yo lo sé, la he visto. ¡Está ahí...! —gritó Maribel.

Ante los escalofríos que recorrían a Maribel, los hombres buscaban y rebuscaban, pero la serpiente no aparecía y Maribel se encaramaba a una risca de toscal cercana, por si acaso...

-La serpiente -dijo Petra a los hombres- se marchó cuando escuchó los gritos de Maribel.

—Sí, creo que ya no está entre nosotros —dijo Manuel.

—¡Pues claro...! ¡Aquí se iba a quedar con tanto grito...! —respondió Luis, marido de Petra.

—Yo creo que será inútil seguir buscando —añadió Manuel.

—Sí, eso creo yo también —confirmó Luis.

Maribel escuchó aquello en boca de los hombres y aumentó el pataleo, los alaridos y el llanto, sobre la superficie del risco de toscal. Sobre la piedra insistía y proseguía que ella y sus hijos no entrarían a la choza, hasta que viesen muerta a la serpiente.

—Sigamos buscando —dijo Manuel—, y Dios quiera y aparezca o la tenemos clara con el miedo de Maribel.

-Sí, vamos y así todos quedamos más tranquilos...

Los hombres reanudaron y buscaban entre piedras y matorrales, pero la serpiente no estaba y el cansancio les trajo el desánimo. Manuel se desprendió de la gorra; rascó la cabeza y oteó con la mirada. Y así se mantuvo hasta que reparó en la paja y en la cebada que al burro le desbordaba del capazo. 

—¿Luis, has visto la paja que se ha desparramado del comedero del burro?

Luis miró hacia el sitio, llevó la mano a la cara, rascó la barbilla, soltó un escupitajo, manchado de hollín y, dijo:

—Ahora que lo dices sí, sí que lo pienso, sí. Ese sitio sería ideal para el escondite de la bicha.

—Vamos a rodearla; por si estuviese escondida entre la paja.

—Éntrale tú con el azadón, yo la espero a la salida con el hocino, por si escapa de tus garras.

—Voy allá; pero te aseguro que si está entre la paja no escapará de mis garras.  

Manuel se acercó al comedero del burro, con azadón en mano y enarbolado; y despacio, muy despacio lo apartaba, aunque de pronto ejercitó un imprevisible brinco hacia la parte de atrás:

—¡Aquí está! ¡Aquí está...!

Y allí estaba la serpiente: escondida entre la paja que el burro había desparramado del capazo. Sin embargo, mientras Manuel voceaba, le lanzó el filo del azadón en forma de hacha: y el impacto sería tan certero que la partió en dos mitades.

—¿Es venenosa? ¿Es venenosa? —preguntaba Maribel sin siquiera apearse del risco de toscal.

—No lo sé, Maribel, espera un poco, todavía colea -dijo Manuel.

—¡Ay Dios mío! Si es enorme y pudo comerse a mis hijos...

—No, mujer, este bicho no es venenoso, ni tiene la boca tan grande como para comerse a nuestros hijos —dijo Manuel para relajación de tensiones y la enroscaba en un palo de jara.

Maribel les miraba a distancia, a ellos y a la serpiente enrollada en aquel palo y estremecía por los cuatro costados...

—Sí, Manuel, sí, es muy grande y pudo comerse a mis hijos —repetía Maribel.

—No, mujer, esta bicheja no ataca a los humanos; excepto cuando está en celo y, concretamente ésta, creo que lo único que hoy buscaba por la choza era la leche de tu pecho... Para alimentarse ella, ¿sabes...?

Maribel agachaba la cabeza, miraba a sus propios pechos y uno tras otro sentía un terremoto de interminables escalofríos. Manuel la desenrollaba del leño y la enrollaba en otro de mayores dimensiones y mostraba las dos mitades de la serpiente, mientras le inspeccionaba la boca, la cabeza y la cola; y en voz baja preguntó a Luis:

—Parece una víbora vieja y apoltronada, ¿no, Luis?

—Sí, creo que sí. Pero más te valdría guardar silencio porque si llega a oídos de Maribel, me temo que tendrías que recoger los bártulos y marcharte a las calamidades y a la hambruna del pueblo...

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