El Evangelio Segun San Juan

Posteado: 29/07/2012 |Comentarios: 0 | Vistas: 75 |

El apóstol Juan fue el más joven de los discípulos; además llegó a ser el apóstol más cercano a Jesús, y sobre todo, fue el más sensible al cambio. De hecho, al principio, Jesús le puso por sobrenombre Boanerges, debido al temperamento explosivo de Juan, pero poco tiempo después Jesús le cambio el sobrenombre de hijo del trueno a discípulo amado (cf. Marcos 3, 17). Más aún, al lado del Maestro divino, Juan fue transformado de humilde e ignorante pescador a prominente escritor, erudito teólogo y, junto con Daniel, profeta apocalíptico.

El apóstol Juan inicia su Evangelio describiendo la preexistencia de Jesucristo, como el Dios creador del universo y como el Dios re-creador (redentor) de la humanidad.

El evangelio de Juan comienza con la afirmación de que «en el principio era el Verbo, y que el Verbo era con Dios, y que el Verbo era Dios» (Juan 1, 1). Juan describe a Jesús como el Verbo. Indudablemente, Juan se está refiriendo a antes de los orígenes, cuando Dios creó el infinito universo, así como cuando el gran verbo Yo Soy, dijo: «Hagamos», es decir cuando la Vida creó la vida en nuestro planeta conjugando el verbo: ser, estar, decir, hacer, …; (cf. Génesis 1, 1-2 y 25; Éxodo 3, 14). Juan luego enfatiza que Jesús era en el principio con Dios; y que todas las cosas por Jesús fueron hechas, y que sin Jesús nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Jesús estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella (cf. Juan 1, 2-5). «Y aquel Verbo (ser, decir, hacer) fue hecho carne y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (cf. Juan 1, 14).

El Evangelio de Juan también documenta que Juan el Bautista dio testimonio de la preexistencia de Jesús, diciendo: «Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma y permaneció sobre Él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo vi y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios» (Juan 1, 19-34).

Además, los discípulos dieron testimonio del origen divino de Jesús: «Andrés halló primero a su hermano Simón y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefás (que quiere decir, Pedro). El siguiente día halló a Felipe, y le dijo: Sígueme. Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret. Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve. Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije "Te vi debajo de la higuera", crees? Cosas mayores que estas verás. Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre» (Juan 1, 40-51). De manera que los discípulos aceptaron a Jesús como la escalera de Jacob que unía el cielo con la tierra (cf. Génesis 28, 12), como Dios con nosotros (cf. Isaías 9, 6), como el Hijo de Dios, como el Maestro (Rabí) y como el verdadero Mesías predicho por Moisés y los profetas (cf. Isaías 7, 14). Sin embargo, durante los tres años y medio de ministerio público, aunque los discípulos aceptaron a Jesús como Emanuel (‘Dios con nosotros'), no lo reconocieron como el Cordero inmolado de Dios que quita el pecado del mundo (Jesús = salvador de los pecados), sino que, sinceramente equivocados, solamente lo aceptaron como el Rey enviado de Dios para liberarlos de la opresión romana y devolverles la gloria del reino de Salomón y de David su padre (cf. Isaías 9, 7).

Juan documenta las palabras de Jesús ratificando su preexistencia: «De cierto os digo que antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8, 58); «Ahora, pues, Padre, glorifícame Tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes de que el mundo fuese» (Juan 17, 5).

El de Juan es el único Evangelio que relata el primer milagro de Jesús, realizado durante la celebración de unas bodas en Caná de Galilea, donde, «al faltar el vino, María, la madre de Jesús, le dijo: No tienen vino; y luego les dijo a los que servían: Haced todo lo que Jesús os dijere. Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora. Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en Él» (Juan 2, 1-11). Jesús inicio su ministerio publico convirtiendo el agua en vino y lo finalizó convirtiendo su preciosa sangre en el verdadero vino de la vid verdadera (cf. Juan 15, 1).

El libro de Juan también relata que «cerca de la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén y halló en el templo a los devotos comerciantes que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los aprovechados cambistas allí sentados (todos ellos preparados para «colaborar» en la conmemoración y los ritos que iban a llevarse a cabo durante la solemne festividad). Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la Casa de Mi Padre casa de mercado (negocio de compraventa). Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume (cf. Salmos 69, 9). Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto? Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo (cf. Éxodo 40, 34)» (Juan 2, 13-22). Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho (cf. Jonás 1, 17; y Mateo 12, 40). «Estando Jesús en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre» (Juan 2, 23-25). De hecho, algunos de los presentes usaron estas palabras de Jesús, para acusarle delante del sumo sacerdote en el día en que Jesús fue condenado para morir en la cruz del Calvario (cf. Marcos 14, 58).

Entre los muchos testigos de los milagros realizados por Jesús en Jerusalén, estaba Nicodemo, un fariseo, erudito maestro y principal entre los judíos, que llegó a ser discípulo de Jesús; de hecho, tres años después, Nicodemo le pediría a Pilatos el cuerpo de Jesús, para bajarlo de la cruz, ungirlo y sepultarlo con la ayuda de José de Arimatea (cf. Juan 19, 38-42). El Evangelio de Juan relata que «Nicodemo vino a Jesús de noche y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo» (Juan 3, 1-13). Jesús al decir «nacer del Espíritu como del viento» y «cosas celestiales que descendieron del cielo», en realidad está tratando de explicarle a este teólogo y maestro de Israel la mayor señal hecha por Dios: el misterio de la encarnación-redención, es decir, cuando el Espíritu Santo (Viento) «redujo» al ser infinito de inconmensurablemente grande a inconcebiblemente pequeño, convirtiéndolo en una diminuta molécula de ADN, que colocó dentro de una célula germinativa de una virgen, para que luego naciera en Belén de Judea como Emanuel, ‘Dios con nosotros', como Jesús, el salvador del mundo. Luego, Jesús, prosigue el diálogo con Nicodemo diciendo: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto (Números 21, 9), así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él» (Juan 3, 14-17). Nicodemo era un experto maestro de Israel que creía que para salvarnos deberíamos conjugar el verbo hacer a la perfección. De hecho, Nicodemo le dijo a Jesús: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer las señales que tú haces, si no está Dios con él». Pero el Verbo divino le informó a Nicodemo de que el verbo que debían conjugar los seres humanos, no es hacer, ni ser, ni decir, sino el verbo creer: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3, 16). «El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3, 18-19). En otras palabras, somos salvos por creer: creer que somos salvos por la fe y las obras de Jesús, y no por nuestra fe en él, ni por nuestras «buenas» obras. Jesús vivió por nosotros y murió por nosotros; Él vivió nuestra vida y murió nuestra muerte.

Después de haber dialogado con el ilustre teólogo de Israel, Jesús salió de Judea y se fue a Samaria, donde entabló un maravilloso diálogo con una humilde mujer pagana. «Vino, pues Jesús a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era como al medio día cuando vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y Él te daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla. Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (Juan 4, 3-24). La mujer Samaritana había considerado a Jesús como un simple judío, pero luego lo consideró un profeta, por lo cual quiso aprovechar la oportunidad para discutir temas eclesiásticos relacionados con el lugar más adecuado para adorar. Sin embargo, sedienta del agua de vida eterna, la mujer Samaritana comprendió las palabras que Jesús le había dicho: la salvación viene de los judíos, percatándose que se encontraba en presencia del Mesías. Por lo cual, la mujer samaritana le dijo: «Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando Él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo» (Juan 4, 25-26). Nuevamente se conjugan los verbos ser y creer. Jesús dice: «Yo soy el Cristo», y ella cree en Él, como su única fuente de salvación. «Al llegar los discípulos, se maravillaron (escandalizaron) de que Jesús hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿qué preguntas? o ¿qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a Él. Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. ¿No decís vosotros: aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Entonces vinieron los samaritanos a Él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de Él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo» (Juan 4, 27-42).

«Cuando Jesús llegó nuevamente a Galilea, los galileos le recibieron porque habían visto todas las cosas que Jesús había hecho en Jerusalén, en la fiesta; porque también ellos habían ido a la fiesta. Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Cafarnaúm un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo. Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a Él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir. Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis. El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes (de) que mi hijo muera. Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue. Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive. Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre. El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa. Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea» (Juan 4, 43‑54). Los discípulos habían creído que Jesús era el Mesías, al igual que Nicodemo, la mujer samaritana y ahora un oficial romano.

El apóstol Juan dedica gran parte de su libro a conjugar el verbo ser. De hecho, Juan documenta que Jesús continuamente decía «Yo soy»: «Yo soy el pan» (Juan 6, 35), «Yo soy la luz» (Juan 8, 12), «Yo soy la puerta» (Juan 10, 9), «Yo soy el cordero de Dios» (Juan 10, 10), «Yo soy la resurrección, Yo soy la vida» (Juan 11, 25), «Yo soy el camino, Yo soy la verdad, Yo soy la vida» (Juan 14, 6), y «Yo soy la vid verdadera» (Juan 15, 1). En otras palabras, Yo soy el cumplimiento de todo lo que escribieron los autores del Antiguo Testamento: Moisés, los profetas y los salmos. Yo soy el único camino y la única puerta de entrada al santuario y al templo; Yo soy el verdadero altar de sacrificios, Yo soy el verdadero cordero pascual que ha de ser inmolado; Yo soy el verdadero sumo sacerdote; Yo soy la fuente del agua de la vida eterna; Yo soy el lugar santo, Yo soy el lugar santísimo; Yo soy el verdadero candelabro, Yo soy el verdadero pan de vida, Yo soy el verdadero altar intercesor; Yo soy la verdadera arca del pacto, Yo soy el verdadero maná venido del cielo, Yo soy la verdadera vara de Aarón, Yo soy la verdadera ley de Dios; Yo soy la presencia de Dios en la tierra, es decir Yo soy la Shekina que iluminará el infinito por toda la eternidad. «Yo soy la vid verdadera, mi padre es el labrador, y vosotros sois los pámpanos, separados de mi nada podréis hacer» (Juan 15, 1-17). «Y aquel Verbo (ser, decir, hacer) fue hecho carne y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (cf. Juan 1, 14).

El apóstol Juan también documenta uno de los comentarios más extraordinarios que Jesús efectuó en relación con el propósito principal de la Palabra de Dios, cuando Jesús dijo: «Escudriñad las Escrituras porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5, 39). Jesús aconsejó: escudriñad, indagad, profundizad, pensad y meditad en las Escrituras y os daréis cuenta de que todas las Escrituras dan testimonio de mí. Prestando mucha atención a lo que Jesús dice, podemos percibir que en realidad Jesús expresó lo siguiente: vosotros creéis que leyendo las Escrituras vais a tener la vida eterna, pero yo no creo eso, la vida eterna es un obsequio que yo le otorgo a todo aquel que cree en mí. En otras palabras: leed las Escrituras, porque ellas dan testimonio de mi persona, escudriñad las Escrituras hasta encontrarme a mí; encontradme en cada verso, adornando cada historia, perfumando cada mandato, en cada evento, y dando sentido a cada rito o precepto. Las Escrituras hablan de mí. «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió Moisés en Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Job y en el salmo noventa» (Juan 5, 46). «Todo aquel que lee las Escrituras, y ve al Hijo y cree en Él, tendrá vida eterna y yo lo resucitaré en el día postrero» (cf. Juan 6, 40). Luego Jesús aclararía aún más esta verdad cuando, «comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaró en todas las Escrituras lo que de Él decían» (Lucas 24, 25-27). Y les dijo: «Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén» (Lucas 24, 44-45). «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que Él ha enviado» (Juan 6, 29). «El que cree en mí tiene vida eterna» (Juan 6, 47). «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida» (Juan 6, 63). En otras palabras, el aposto Juan y todo el Nuevo Testamento confirma que el Antiguo fue «escrito» por Jehová antes de hacerse hombre, para comprender qué hacer en la tierra cuando viniese a nacer como hombre. «Escudriñad las Escrituras porque en realidad ellas son las que dan testimonio de mí» (cf. Juan 5, 39. «Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8, 31-32). «El que es de Dios, las palabras de Dios oye, es decir, entiende» (Juan 8, 47).

Solamente iluminados por la luz que procede del Espíritu Santo se  puede ver a Jesucristo brillando en las Escrituras. Por eso, Jesús, a punto de iniciar el último tramo de su camino al Calvario, decidió consolar a sus discípulos con estas palabras: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14, 16-17 y 26). «Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado» (Juan 16, 9‑11). Jesús es muy claro al calificar el pecado como incredulidad. El pecado contra el Espíritu Santo es no creer en Jesucristo. No creer en Jesús no tiene perdón. No creer en Jesús es el único pecado imperdonable. «Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Juan 16, 5-15).

Cuando Jesús dijo que Él era el verdadero pan de vida, es decir, que Él era la Palabra de Dios, muchos dijeron: «Dura palabra es esta, ¿quién la puede oír? Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y no andaban con Él» (Juan 6, 60 y 66). Luego Jesús dijo: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? ¿Por qué no podéis escuchar mi palabra?» (Juan 8, 43). «Porque no sois de Dios» (Juan 8, 47). ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria? ¿Insensatos? ¿Tardos de corazón? Sí, todos los que leemos las Escrituras viendo la letra de la historia, sin ver a Jesús descrito en cada verso y poema, en cada precepto y doctrina, en cada tema y profecía, seremos considerados por Jesús como insensatos y tardos de corazón.

El de Juan es el único Evangelio que documenta uno de los episodios que más claramente contrastan la letra y el espíritu de la Palabra de Dios. Es uno de los episodios más conmovedores, por ser inconcebiblemente cruel y sublimemente tierno. Es un encuentro tanto fríamente legalista, como cálidamente espiritual. Este incidente ocurrió sobre el empedrado y polvoriento piso del atrio del templo de Jerusalén. «Entonces los escribas y los fariseos trajeron delante de Jesús a una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más» (Juan 8, 3-11). «Porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo» (Juan 12, 47). Jesús era el único ser santo y sin pecado, pero Él no había venido a apedrear o condenar a los pecadores, sino a salvarlos, redimirlos y amarlos, cargando sobre sus propias espaldas la culpabilidad del pecado para luego ser apedreado y clavado en la cruz del Calvario, donde moriría nuestra muerte a fin de regalarnos una nueva naturaleza que odia el pecado y que ama al pecador, cuando un día muy cercano (en que en un abrir y cerrar de ojos) esto mortal se vestirá de inmortal y esto corruptible se vestirá de incorruptible, para vivir sin pecado, al lado de nuestro redentor y salvador Jesucristo, por los siglos de los siglos, amén.

De los 35 milagros registrados en los Evangelios, el apóstol Juan solamente documenta siete: la transformación de agua en vino (cf. Juan 2, 1-11), la curación a distancia del hijo de un oficial del rey (cf. Juan 4, 46-54), la curación del paralítico en Betesda (cf. Juan 5, 1-9), la alimentación de las 5000 personas (cf. Juan 6, 5-13), la noche cuando Jesús caminó sobre las aguas (cf. Juan 6, 19-21), la curación del ciego de nacimiento (cf. Juan 9, 1-7), la última pesca milagrosa (cf. Juan 21, 1-11) y la resurrección de Lázaro (Juan 11, 1-44). En 21 capítulos, el apóstol Juan cita de forma directa 51 veces el Antiguo Testamento e, indirectamente, cita a todos los libros.

Es interesante destacar que el apóstol Juan dedica la mitad de su libro (48%) a describir los acontecimientos ocurridos durante los últimos días de la vida de Jesús en esta tierra (cf. Juan 12, 1; a 21, 25). Así, Juan relata que para evitar que los romanos destruyeran el lugar santo y la nación, el sumo sacerdote Caifás sentenció: «nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca». Caifás, sin saberlo, estaba profetizando que Jesús había de morir por la nación (cf. Juan 11:, 8-3). Por esto Jesús dijo: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo» (Juan 12, 31-32). «Habiendo dicho Jesús estas cosas, salió con sus discípulos al otro lado del torrente de Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. Judas, pues, tomando una compañía de soldados y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, fue allí con linternas y antorchas, y con armas. Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir (porque las había leído escritas en los libros de Moisés, los profetas y los salmos) se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron a tierra» (cf. Juan 18, 1-6). Nuevamente el Verbo hecho carne dice Yo soy. «Volvió, pues, a preguntarles: ¿A quién buscáis? Y ellos dijeron: A Jesús nazareno. Respondió Jesús: Os he dicho que Yo soy; pues si me buscáis a mí, dejad ir a estos; para que se cumpliese aquello que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno. Entonces la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos, prendieron a Jesús y le ataron, y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Era Caifás el que había dado el consejo a los judíos de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo. Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; mas Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro. Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose. Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote. Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose. Y le dijeron: ¿No eres tú de sus discípulos? El negó, y dijo: No lo soy. Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dijo: ¿No te vi yo en el huerto con él? Negó Pedro otra vez; y enseguida cantó el gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era de mañana, y ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse, y así poder comer la pascua. Entonces salió Pilatos a ellos, y les dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre? Respondieron y le dijeron: Si este no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado. Entonces les dijo Pilatos: Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley. Y los judíos le dijeron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie; para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir. Entonces Pilatos volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Pilatos le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación y los principales sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Le dijo entonces Pilatos: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Le dijo Pilatos: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos y les dijo: Yo no hallo en Él ningún delito. Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo: No a este, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón» (cf. Juan 18, 7-40).

«Así que, entonces, tomó Pilatos a Jesús y lo azotó. Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura; y le decían: ¡Salve, Rey de los judíos! Y le daban de bofetadas. Entonces Pilatos salió otra vez y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en Él. Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilatos les dijo: ¡He aquí el hombre! Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilatos les dijo: Tomadle vosotros y crucificadle; porque yo no hallo delito en Él. Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios. Cuando Pilatos oyó decir esto, tuvo más miedo. Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Mas Jesús no le dio respuesta. Entonces le dijo Pilatos: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene. Desde entonces procuraba Pilatos soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo: Si a este sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone. Entonces Pilatos, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo, Gabata. Era la preparación de la pascua, y eran como las 9 de la mañana. Entonces dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey! Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilatos les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César. Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron. Y Él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; y allí le crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Escribió también Pilatos un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Dijeron a Pilatos los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino que Él dijo: Soy Rey de los judíos. Respondió Pilatos: Lo que he escrito, he escrito. Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos; y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados. Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofás y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu. Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilatos que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. Vinieron, pues, los soldados y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús» (Juan 19, 1-42).

El apóstol Juan fue testigo presencial del Verbo hecho carne y testificó de Jesús escribiendo cinco libros del Nuevo Testamento: uno de los Evangelios, tres epístolas y el Apocalipsis. Juan dice: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de Vida, os escribimos para que vuestro gozo sea cumplido» (I Juan 1, 1 y 4).

El apóstol Juan da testimonio que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Verbo de vida hecho carne, y el cumplimiento de todas la doctrinas, enseñanzas, historias, eventos y profecías del Antiguo Testamento.

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    Juan Molina Farfán

    Principios sin presencia no sirve de mucho. Sin embargo, el disfrutar de Su gloriosa presencia nos trae gozo y nos enseña a guardar sus mandamientos. Esto ocurre en Amor y Adoración a Él. La presencia de Dios me lleva a descubrir el propósito de Dios en mi vida y el propósito me lleva a la decisión en el caminar con Él y la decisión me lleva finalmente a la Acción. Esto naturalmente produce fruto y frutos en mi vida.

    por: Juan Molina Farfánl Espiritualidad> Cristianismol 13/04/2011 lVistas: 484
    Jorge R. Talbot

    La historia de la humanidad ha demostrado que muchas naciones y pueblos han desaparecido como víctimas de la ley del Talión. De hecho, repasando la historia del pueblo hebreo, el Señor Jesucristo dijo: Oísteis que fue dicho a los antiguos: ojo por ojo y diente por diente, y amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo, pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, como yo os he amado.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 05/11/2011 lVistas: 61
    Jorge R. Talbot

    Dios es el autor de la vida. Dios es el creador y sustentador de todo lo que integra y puebla el inconmensurable universo. Dios nos creo a su imagen y semejanza, y Dios nos redimió para que vivamos felices por toda la eternidad. La muerte, el sufrimiento y el pecado fueron creados por el enemigo de Dios, a espaldas de Dios. El ser creado más poderoso del universo decidió independizarse de Dios, y al separarse de la única fuente de vida, creo la muerte.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 19/06/2011 lVistas: 408
    Jorge R. Talbot

    La gloria de Dios se revela a los hombres únicamente a través de la Roca, que es Cristo Jesús. En efecto, la gloria de Dios brilló en Belem cuando Jesús nació. La gloria de Dios brilló en Nazaret donde Jesús vivió. La gloria de Dios brilló en Palestina donde Jesús predicó. La gloria de Dios brilló en Jerusalén donde Jesús murió y resucitó victorioso. Y a todos los que dudan como Tomas, el Señor Jesús les pide que miren sus manos y que palpen su costado (Juan 20:27).

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 09/12/2012 lVistas: 23
    Jorge R. Talbot

    Al igual que antaño, hoy también podemos ver los reflejos (como en un espejo) la gloria del Señor. ¿Dónde? en la naturaleza y en su Santa Palabra. Los cielos cuentan la gloria de Dios y que el firmamento anuncia la obra de sus manos. Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino. Porque Dios que mando que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 14/12/2012
    Jorge R. Talbot

    Uno de los más conocidos y repetidos versículos de la Biblia (Juan 3:16) fue pronunciado por Jesús durante un encuentro personal con un noble de Israel. Una noche, un reconocido y famoso maestro de Israel llamado Nicodemo

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 12/08/2010 lVistas: 545
    Jorge R. Talbot

    Dios es un ser maravilloso, inconcebiblemente sabio, inconmensurablemente inteligente, y por puro amor posee una memoria paradojal: No se acuerda de nuestros pecados (cf. Isaías 43:25) y siempre se acuerda de nosotros (cf. Isaías 49:15).

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 02/10/2012 lVistas: 48
    Helio de Paula e Silva

    Jesus habia sido generado sin interferência humana,puro,sin pecado,su bautismo era para traspaso del pecado de la humanidad para él,y para la purificación,no de Jesus,pero de la humanidad. Purificación completada en la cruz con su muerte.

    por: Helio de Paula e Silval Espiritualidad> Cristianismol 03/09/2009 lVistas: 324

    La Navidad y el Año Nuevo, dos conmemoraciones hermanas. En el Año Nuevo resurge un nuevo tiempo y en la Navidad revive Jesús; renace pues la Esperanza del mundo.

    por: Paiva Nettol Espiritualidad> Religiónl 24/12/2011 lVistas: 32

    es un pequeño articulo que nos proporciona la informacion acerca de porque es bueno bautizarse

    por: alvaro bunburyl Espiritualidad> Cristianismol 16/05/2013
    Juan Lama Ortega

    Esta es una invitación a leer el libro "Origen y Formación de las Enfermedades. En este maravilloso libro se encuentran novedosas indicaciones sobre la formación de las enfermedades, y lo que podemos hacer para prevenirlas, cómo surgen y lo que podemos hacer para volver a sanar.

    por: Juan Lama Ortegal Espiritualidad> Cristianismol 10/05/2013
    Juan Lama Ortega

    Los hombres que consideran sus riquezas como propiedad suya, son pobres en el espíritu. A muchos de los ricos en bienes materiales, se les dio desde la cuna la tarea espiritual, de ser un ejemplo para aquellos que se atan a sus riquezas y cuyos únicos pensamientos y aspiraciones son aumentarlas para sí mismos.

    por: Juan Lama Ortegal Espiritualidad> Cristianismol 30/04/2013
    Juan Lama Ortega

    Desde mediados de marzo de este año la Unión Europea prohíbe la venta de cosméticos en cuyo proceso de elaboración se haya experimentado con animales.

    por: Juan Lama Ortegal Espiritualidad> Cristianismol 20/04/2013
    Juan Lama Ortega

    Es indiscutible la fuerza sanadora de las plantas medicinales, la que viene actuando desde hace milenios formando parte de un conocimiento ancestral. Pues incluso cuando aún hoy día los principios activos no han podido ser demostrados en todo su amplío espectro con los métodos científicos actuales, éstos actúan y ayudan.

    por: Juan Lama Ortegal Espiritualidad> Cristianismol 17/04/2013

    Importancia de la prudencia en la vida del hombre. El hombre prudente es comedido en todo, guarda su lengua, porque sabe que todo lo que diga será juzgado. Es buen visto a los ojos de Dios y apreciado por los hombres.

    por: Inmaculadal Espiritualidad> Cristianismol 17/04/2013
    Juan Lama Ortega

    El hombre debería estar en unidad con la Naturaleza, es decir, debería mantener y vivir en unidad con la naturaleza y los animales. De hecho el ser humano aún no es consciente de que cuando se destruye esa unidad, hay consecuencias perjudiciales para él.

    por: Juan Lama Ortegal Espiritualidad> Cristianismol 10/04/2013

    El pecado es una desobediencia voluntaria a la ley de Dios. Puede ser de tres tipos. Ejemplo de pecado mortal es el cometido por Adán y Eva que fueron expulsados del paraíso. La desobediencia a la ley de Dios supone un castigo, lo mismo ocurre en el ordenamiento jurídico por el cual todo hombre tiene que seguir unas normas en la sociedad en la que vive.

    por: Inmaculadal Espiritualidad> Cristianismol 09/04/2013
    Jorge R. Talbot

    En el principio de los tiempos, Dios creó el universo - incluyendo los cielos y la tierra. Luego, estando la tierra desordenaba y vacía, Dios en siete tardes y mañanas creó el Edén y la vida en el planeta - incluyendo a nuestros primeros padres. Un día, Adán y Eva decidieron separase de Dios y por tal motivo salieron del Edén. Sin embargo, ese mismo día Dios les prometió que - cuando se cumpliese el tiempo - vendría para redimirlos.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 21/02/2013
    Jorge R. Talbot

    El apóstol Pablo catalogó a los cristianos que vivían en Roma como creyentes celosos de Dios, pero no conforme a ciencia, porque ignorando la justicia de Dios, procuraban establecer su propia justicia

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 06/02/2013
    Jorge R. Talbot

    Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por la vida de su Hijo (cf. Romanos 5:10).

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 26/01/2013 lVistas: 16
    Jorge R. Talbot

    Muchas personas que se "codean" con el Maestro se "acercan" tanto que hasta lo aprietan y oprimen a Jesús, sin embargo, no perciben, ni reciben el poder curativo de emana de Jesús. ¿Por qué? porque se acercan a Jesús sin admitir que son inmundos, moribundos e indignos, y sin sentir que necesitan sanidad.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 19/01/2013 lVistas: 25
    Jorge R. Talbot

    Solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de la lepra del pecado, porque aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu lepra permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor. ¿Mudará el etíope su piel, el leopardo sus manchas, y el leproso su condición? NO. Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? NO, a no ser que Jesucristo toque tu piel.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 07/01/2013 lVistas: 13
    Jorge R. Talbot

    Dios anuncia que en la tierra habrá hambre y sed de escuchar la Palabra de Dios, y que no habrá quien predique el evangelio de la salvación. En otras palabras, no se encontrará quien conjugue el Verbo Ser. Jesucristo en el Verbo de vida, Jesucristo es el pan verdadero y Jesucristo es el agua de vida eterna. Jesús mismo dijo: Yo Soy el pan de vida; el que a mi viene, nunca tendrá hambre; y el que en mi cree, no tendrá sed jamás.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 27/12/2012 lVistas: 17
    Jorge R. Talbot

    Al igual que antaño, hoy también podemos ver los reflejos (como en un espejo) la gloria del Señor. ¿Dónde? en la naturaleza y en su Santa Palabra. Los cielos cuentan la gloria de Dios y que el firmamento anuncia la obra de sus manos. Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi camino. Porque Dios que mando que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 14/12/2012
    Jorge R. Talbot

    Jesucristo es la luz del mundo, no las luces que intentamos colocar en el arbolito de navidad. ni los adornos luminosos que pretendemos colgar en el árbol de la vida.

    por: Jorge R. Talbotl Espiritualidad> Cristianismol 09/12/2012

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