El Evangelio Segun Isaías
El autor de este preciosísimo libro profético-evangélico es Isaías, quien ha sido considerado como uno de los profetas mayores junto a Jeremías, Ezequiel y Daniel. Sin embargo, Jesús consideró a Juan el Bautista como el mayor de los profetas, porque fue el único profeta que tuvo el gran privilegio de ver, escuchar, palpar, bautizar y conocer cara a cara al más grande de todos los profetas: Jesucristo de Nazaret. De hecho, cuando el niño Jesús leyó el libro de Isaías, encontró que, con siete siglos de antelación, este había predicho que Juan el Bautista sería la voz que clamaría en el desierto, preparando el camino y enderezando la calzada para Jehová Dios hecho carne (cf. Isaías 40, 3).
El niño Jesús encontró en el libro de Isaías centenares de detalles en relación con su preexistencia como Dios, así como información acerca de su encarnación, ministerio y misión redentora durante su primera, segunda y tercera venidas.
Leyendo este bello libro el niño Jesús descubrió que el profeta Isaías había predicho que una virgen concebiría y daría a luz un hijo y que le podría por nombre Emmanuel, que traducido significa ‘Dios con nosotros' (cf. Isaías 7, 14), y que «Saldría una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñaría de sus raíces, y reposaría sobre él el Espíritu de Jehová; Espíritu de sabiduría, y de inteligencia, Espíritu de consejo y de poder, Espíritu de conocimiento y de temor de Jehová» (Isaías 11, 1-2), y que el niño nacido en Belén era Jehová de los Ejércitos hecho hombre: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado y el principado sobre su hombro; y llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz» (Isaías 9, 6). Por ello Isaías escribió: «He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; este es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación» (Isaías 25, 9).
Isaías también había profetizado que Jesús brillaría viviendo y predicando en la «tierra de Zabulón y de Neftalí, llenando de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles, y que el pueblo que andaba en tinieblas vería gran luz, los que moraban en tierra de muerte, luz resplandecería sobre ellos» (cf. Isaías 9, 1-2) y que «la tierra se llenaría del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren la tierra» (cf. Isaías 11, 9). Jesucristo sería «como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa» (Isaías 32, 2). Por ello Jesús más tarde diría: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la escritura, de su interior correrán ríos de agua viva» (cf. Juan 7, 38-39)
Leyendo el libro de Isaías, Jesús también encontró que el profeta había descrito con claridad meridiana la pobre y lamentable condición espiritual de Israel en particular, y de toda la humanidad en general, manifestando: «toda cabeza está enferma y todo corazón está doliente; desde la planta del pie hasta la punta de la cabeza no hay nada sano, sino que todo es herida, hinchazón y podrida llaga, no está curada, ni vendada, ni suavizada con aceite» (Isaías 1, 5-6). De hecho, el pueblo elegido había sido llevado en cautividad a Babilonia por haberse prostituido tras dioses ajenos; y tras volver del cautiverio se habían prostituido venerando a todo, menos a Dios: los israelitas veneraban a Abraham, a Moisés, al templo, a los ritos, y a los rituales, pero rechazarían al verdadero cordero de Dios. Por lo cual, Isaías profetizó: «¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos, ¿quién demanda esto de vuestras manos, cuándo venir a presentaros delante de mí para hollar mis atrios? No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes. Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas» (Isaías 1, 11-13). Cuando adoramos las cosas creadas, y no al creador, ofendemos a Dios. «El que sacrifica buey es como si sacrificase a un hombre; el que sacrifica oveja, como si degollase un perro; el que hace ofrenda, como si ofreciese sangre de cerdo; y el que quema incienso, como si bendijese a un ídolo» (Isaías 66, 3); y como si esto no fuera poco, Isaías añade los siguientes adjetivos calificativos para describir al pueblo de la promesa: gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados (cf. Isaías 1, 4); más aún, los denomina príncipes de Sodoma, pueblo de Gomorra, homicidas, prevaricadores, ladrones, explotadores y corruptos; y a Jerusalén la califica como ciudad ramera e infiel (cf. Isaías 1, 10 y 21-23).
No obstante, Dios, a través del profeta Isaías, también promete perdón, consuelo, esperanza, redención y salvación: «Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; y si fueran rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana» (Isaías 1, 18).
Jesús, al escudriñar el libro de Isaías, supo que Él era el verdadero cordero de Dios que quitaría el pecado del mundo, y que había llegado para ser el único refugio, la verdadera ofrenda y el único sacrificio aceptado por Dios para redimir a la humanidad caída (cf. Isaías 4, 2-6). La tierra se llenaría con la gloria de Dios (cf. Isaías 6, 3).
Jesucristo, Emmanuel ‘Dios con nosotros', es quien le dio y le da color, aroma y sabor al libro del profeta Isaías. Jesucristo está detrás de cada versículo, adornando cada precepto, perfumando cada mandato, dando sentido a cada evento y protagonizando cada historia. «La palabra, pues de Jehová les será mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá; hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados, enlazados y presos (en los brazos de Jesús)» (cf. Isaías 28, 13). Al encontrar a Jesús, «se alegrará el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa; florecerá profusamente y también se alegrará y cantará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Al encontrar a Jesús, verán la gloria de Jehová, la hermosura del Dios nuestro. Se fortalecerán las manos cansadas y se afirmarán las rodillas endebles. Dios mismo vendrá, y os salvará. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad. El lugar seco se convertirá en estanque, y el sequedal en manaderos de aguas; en la morada de chacales, en su guarida, será lugar de cañas y juncos. Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará» (cf. Isaías 35, 1-8).
El niño Jesús encontró en el libro de Isaías detalles de su poder divino como creador del universo: «¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados?» (Isaías 40, 12). «¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?, dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; Él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio» (Isaías 40, 25-26).
El niño Jesús también encontró en el libro de Isaías palabras de consuelo y esperanza para su misión como cordero de Dios inmolado en la cruz del Calvario, porque Jesús era la verdadera simiente de la mujer (Eva/Sara/Rebeca… María): «Pero tú, Israel (Jesús), siervo mío eres; tú, Jacob (Jesús), a quien yo escogí, descendencia de Abraham mi amigo. Porque te tomé de los confines de la tierra, y de tierras lejanas te llamé, y te dije: Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché. No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo. Buscarás a los que tienen contienda contigo, y no los hallarás; serán como nada, y como cosa que no es, aquellos que te hacen la guerra. Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo. No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor» (Isaías 41, 8-14).
A través del profeta Isaías, Dios el Padre eterno le promete al niño Jesús estar a su lado durante su vida y su muerte: «He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre ti mi Espíritu; tú traerás justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley. Así dice Jehová Dios, Creador de los cielos, y el que los despliega; el que extiende la tierra y sus productos; el que da aliento al pueblo que mora sobre ella, y espíritu a los que por ella andan: Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas. Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas. He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias» (Isaías 42, 1-9). «Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob (Jesús), y Formador tuyo, oh Israel (Jesús): No temas, porque yo te redimí; te puse nombre (Emmanuel), mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego (Seol), no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador; a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida. No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice» (Isaías 43, 1-7).
Jesús leyendo el libro de Isaías se había dado cuenta la triste situación de la humanidad caída «toda cabeza está enferma y todo corazón está doliente; desde la planta del pie hasta la punta de la cabeza no hay nada sano, sino que todo es herida, hinchazón y podrida llaga» (cf. Isaías 1, 5-6); por esta razón, Jehová cargó sobre Jesús el pecado de todos nosotros (cf. Isaías 53, 6) y nos dice: «Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve» (Isaías 43, 11) , «no os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas» (Isaías 43, 18), «yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados» (Isaías 43, 25). «Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí» (Isaías 44, 22), porque «la salvación pertenece a Jehová» (Salmos 3, 8; cf. Jonás 2, 9).
El profeta Isaías exhorta a todos aquellos que No creen que la obra de la creación y redención pertenece solamente a Jehová y que desean ser como Dios, queriendo participar de la obra divina de creación o redención: «Rociad, cielos, de arriba, y las nubes destilen la justicia; ábrase la tierra, y prodúzcanse la salvación y la justicia; háganse brotar juntamente. Yo Jehová lo he creado. ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?; o tu obra: ¿No tiene manos? ¡Ay del que dice al padre: ¿por qué engendraste?, y a la mujer: ¿por qué diste a luz?! Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé» (Isaías 45, 8-12). «Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó: Yo soy Jehová, y no hay otro» (Isaías 45, 18); en otras palabras: «Yo Jehová soy el único que tiene poder creador». «Yo lo desperté en justicia, y enderezaré todos sus caminos; Él (Jesucristo) edificará mi ciudad, y soltará mis cautivos, no por precio ni por dones, dice Jehová de los ejércitos (Isaías 45, 13). «… Ciertamente en ti está Dios, y no hay otro fuera de Dios. Verdaderamente Tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas. Israel será salvo en Jehová con salvación eterna; no os avergonzaréis ni os afrentaréis, por todos los siglos» (Isaías 45, 14-15 y 17). «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua. Y se dirá de mí: Ciertamente en Jehová está la justicia y la fuerza; a él vendrán, y todos los que contra él se enardecen serán avergonzados. En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel» (Isaías 45, 22-25); en otras palabras: Yo, Jehová, soy el único que tiene poder redentor.
Después de escudriñar el libro de Isaías, el niño Jesús proclamó: «Oídme, costas, y escuchad, pueblos lejanos. Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria. Y puso mi boca como espada aguda, me cubrió con la sombra de su mano; y me puso por saeta bruñida, me guardó en su aljaba; y me dijo: mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré. Pero yo dije: por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios. Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios mío será mi fuerza); dice: poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra. Así ha dicho Jehová, Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las naciones, al siervo de los tiranos: verán reyes, y se levantarán príncipes, y adorarán por Jehová; porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogió» (Isaías 49, 1-7).
Jesús, examinando el libro del profeta Isaías, supo que los clavos de la cruz grabarían nuestros nombres para siempre en sus manos y su alma: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque ella se olvide, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros» (Isaías 49, 15-16). Escudriñando el libro del profeta Isaías, Jesús comprendió que daría su cuerpo a los heridores y sus mejillas a los que le mesaban la barba, y que no escondería su rostro a injurias ni a esputos (cf. Isaías 50, 6). También tuvo constancia de que vencería: «Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado. Cercano está de mí el que me salva; ¿quién contenderá conmigo? Juntémonos. ¿Quién es el adversario de mi causa? Acérquese a mí. He aquí que Jehová el Señor me ayudará; ¿quién hay que me condene? He aquí que todos ellos se envejecerán como ropa de vestir, serán comidos por la polilla. ¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo?» (Isaías 50, 7-10 pp).
Desde la cruz emana la esperanza para los que aceptan el regalo y la promesa de salvación: «¡Estarás conmigo en el paraíso!». «Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto. Estad atentos a mí, pueblo mío, y oídme, nación mía; porque de mí saldrá la ley, y mi justicia para luz de los pueblos. Cercana está mi justicia, ha salido mi salvación, y mis brazos juzgarán a los pueblos; a mí me esperan los de la costa, y en mi brazo ponen su esperanza» (Isaías 51, 3-5). Pero desde la cruz también emana la condenación para quienes cuestionan y dudan: «Si eres el hijo de Dios, "bájate de la cruz"». «Alzad a los cielos vuestros ojos, y mirad abajo a la tierra; porque los cielos serán deshechos como humo, y la tierra se envejecerá como ropa de vestir, y de la misma manera perecerán sus moradores; pero mi salvación será para siempre, mi justicia no perecerá. Oídme los que conocéis justicia, pueblo en cuyo corazón está mi ley. No temáis afrenta de hombre, ni desmayéis por sus ultrajes. Porque como a vestidura los comerá polilla, como a lana los comerá gusano; pero mi justicia permanecerá perpetuamente, y mi salvación por siglos de siglos» (Isaías 51, 6-8).
El niño Jesús ya había leído el libro de Job, el de los Salmos y casi todo el de Isaías; y ahora Jesucristo estaba preparado para recibir dos poderosísimos mensajes, el primero, de esperanza, y el segundo, de condenación y victoria.
El primer mensaje comienza diciendo: «¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!» (Isaías 52, 7); y continúa: «He aquí que mi siervo Jesucristo será prosperado, será engrandecido y exaltado, y será puesto muy en alto». (Isaías 52, 13). El segundo mensaje comienza con estas palabras: «Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres, así asombrará él a muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado, y entenderán lo que jamás habían oído» (Isaías 52, 14-15) y prosigue preguntando: «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?, ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos» (Isaías 53, 1-2); y anuncia que Jesús sería «despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos. Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él, herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros. Angustiado Él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido; y se dispuso con los impíos su sepultura, uno a su derecha y el otro a su izquierda, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo Él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores ("perdónalos, porque no saben lo que hacen")» (Isaías 53, 3-12).
Leyendo las profecías de Isaías, el niño Jesús supo que su Padre lo abandonaría con un poco de ira y que, por un momento, escondería de Él su rostro («Dios, mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»), pero que con misericordia eterna tendría compasión de Él (cf. Isaías 54, 7-8). Por ello, el Padre eterno, al igual que le había jurado a Noé que nunca más las aguas pasarían sobre la tierra, así le juró a Jesús: «no me enojaré contra ti, ni te reñiré, porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti» (Isaías 54, 9-10).
El profeta Isaías proclama que la salvación pertenece a Jehová y que la redención es gratuita, pero no barata, porque le costó la vida a Jesucristo: «A todos los sedientos: venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura. Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David» (Isaías 55, 1-3).
Al leer el libro del profeta Isaías, el niño Jesús comprendió su misión redentora al recorrer los polvorientos y pedregosos caminos de Canaán desatando las ligaduras de impiedad, soltando las cargas de opresión, dejando libres a los quebrantados y rompiendo todo yugo (cf. Isaías 58, 6). «Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia» (Isaías 58, 8). «Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan» (Isaías 58, 11).
El niño Jesús entendió que su misión era levantarse y resplandecer, y que la gloria de Jehová estaría sobre Él (cf. Isaías 60, 1). El niño Jesús tuvo constancia de que, aunque «tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; sobre Él amanecerá Jehová, y sobre Él sería vista la gloria de Dios» (cf. Isaías 60, 2-3).
Al leer el libro del profeta Isaías, el niño Jesús encontró las promesas de su victoria al conquistar la tierra y su plenitud de manos del enemigo: «La gloria del Líbano vendrá a ti, cipreses, pinos y bojes juntamente, para decorar el lugar de mi santuario; y yo honraré el lugar de mis pies, y vendrán a ti humillados los hijos de los que te afligieron, y a las pisadas de tus pies se encorvarán todos los que te escarnecían, y te llamarán Ciudad de Jehová, Sion del Santo de Israel. En vez de estar abandonada y aborrecida, tanto que nadie pasaba por ti, haré que seas una gloria eterna, el gozo de todos los siglos. Mamarás la leche de las naciones, el pecho de los reyes mamarás; y conocerás que yo Jehová soy el Salvador tuyo y Redentor tuyo, el Fuerte de Jacob. En vez de bronce traeré oro, y por hierro plata, y por madera bronce, y en lugar de piedras hierro; y pondré paz por tu tributo, y justicia por tus opresores. Nunca más se oirá en tu tierra violencia, destrucción ni quebrantamiento en tu territorio, sino que a tus muros llamarás Salvación, y a tus puertas Alabanza. El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria. No se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque Jehová te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados. Y tu pueblo, todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme. El pequeño vendrá a ser mil, el menor, un pueblo fuerte. Yo Jehová, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto» (Isaías 60, 13-22, cf. Apocalipsis 21, 23).
Entonces el niño Jesús pensó: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya» (Isaías 60, 1-3; cf. Lucas 4, 18-21). «En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas. Porque como la tierra produce su renuevo, y como el huerto hace brotar su semilla, así Jehová el Señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones» (Isaías 61, 10-11).
Al leer los últimos capítulos del libro de Isaías, el niño Jesús debió de pensar: «por amor de Sion no callaría, y por amor de Jerusalén no descansaría, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha (cf. Isaías 62, 1). «Entonces verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria; y te será puesto un nombre nuevo, que la boca de Jehová nombrará. Y serás corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo» (Isaías 62, 2-3). «He aquí que Jehová hizo oír hasta lo último de la tierra. Decid a la hija de Sion: He aquí viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él, y delante de él su obra. Y les llamarán Pueblo Santo, Redimidos de Jehová; y a ti te llamarán Ciudad Deseada, no desamparada» (Isaías 62, 11-12).
Jesús comprendió que la conquista de la Jerusalén amada le costaría sudor, lagrimas y sangre: «¿Quién es este que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿Este hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo (Jesús), el que hablo en justicia, grande para salvar» (Isaías 63, 1). Luego el profeta pregunta: «¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar?» (Isaías 63, 2). Jesús responde: «He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo; los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado» (Isaías 63, 3-4). Jesús sufrió y agonizó en plena y total soledad: «Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien sustentase; y me salvó mi brazo, y me sostuvo mi ira» (Isaías 63, 5). «En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad. Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos. Pero se acordó de los días antiguos, de Moisés y de su pueblo, diciendo: ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso en medio de él su santo espíritu, el que los guió por la diestra de Moisés con el brazo de su gloria; el que dividió las aguas delante de ellos, haciéndose así nombre perpetuo, el que los condujo por los abismos, como un caballo por el desierto, sin que tropezaran? El Espíritu de Jehová los pastoreó, como a una bestia que desciende al valle; así pastoreaste a tu pueblo, para hacerte nombre glorioso. Mira desde el cielo, y contempla desde tu santa y gloriosa morada. ¿Dónde está tu celo, y tu poder, la conmoción de tus entrañas y tus piedades para conmigo? ¿Se han estrechado? Pero tú eres nuestro padre, si bien Abraham nos ignora, e Israel no nos conoce; tú, oh Jehová, eres nuestro padre; nuestro Redentor perpetuo es tu nombre» (Isaías 63, 9-16).
Con la lectura del libro de Isaías, el niño Jesús conoció que Él era la única respuesta, la única esperanza y el único medio para redimir a la humanidad sumida en la desesperación y la muerte: «Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en Ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades. Ahora pues, Jehová, Tú eres nuestro padre; nosotros barro, y Tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros. No te enojes sobremanera, Jehová, ni tengas perpetua memoria de la iniquidad; he aquí, mira ahora, pueblo tuyo somos todos nosotros. Tus santas ciudades están desiertas, Sion es un desierto, Jerusalén una soledad. La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria, en la cual te alabaron nuestros padres, fue consumida al fuego; y todas nuestras cosas preciosas han sido destruidas. ¿Te estarás quieto, oh Jehová, sobre estas cosas? ¿Callarás, y nos afligirás sobremanera?» (Isaías 64, 6-12).
No obstante, Dios, a través del profeta Isaías, promete perdón, consuelo, esperanza, redención y salvación en Jesús, con estas palabras: «si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; y si fueran rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana» (Isaías 1, 18). Jesús, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, había llegado para ser el único refugio, la única ofrenda, el único sacrificio y la única esperanza para redimir a la humanidad caída. ¡Amén!
El libro evangélico del profeta Isaías, da testimonio de Jesucristo.
Jorge R. Talbot
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Jesucristo es el sembrador, es la semilla, es el agua de vida, es el sol de justicia. Nosotros somos los terrenos ubicados a los costados de la cruz. Todo aquel que se sienta trabajado, cargado, agotado, perdido, angustiado, desesperado, o desamparado, está en el terreno fértil de la redención para recibir el perdón y la salvación que emanan de la cruz. Jesús dijo: Venid a mi todos los que estéis trabajados y cargados, y yo os hare descansar (Mateo 10:28).
Jesucristo es la única perla de gran precio a ser descubierta en todas las Sagradas Escrituras, y su maravilloso plan de redención es el único hilo de oro que integra toda la teología bíblica.
Todas las disciplinas del conocimiento humano en la historia hasta la actualidad, no son exhaustivas para explicar en su totalidad el universo y su sentido, de manera que satisfagan las inquietudes del espíritu y del alma humana.
Hoy día el ser humano, quien muchas veces se ha sentido orgulloso de "su" civilización, está siendo dominado por ella misma, y por eso se olvida de Dios. No toma conciencia -en su locura cotidiana- que todos somos pequeñísimas gotas de ese imponente océano que es Dios.
Para intentar comprender un destello de la infinita gracia creadora y redentora de Dios, tendiéramos que imaginar aquellos momentos cuando Dios creó todo con el aliento de su boca y cuando Dios redimió todo con el desaliento de su alma.
Algunos teólogos modernos aceptan la creación divina, pero solamente en forma parcial, es decir, creen que Dios creó una primera partícula o una primera célula, y luego se adhieren al evolucionismo ateo a fin de explicar el origen de la vida y el génesis del universo. En otras palabras, estos filósofos de la teología, descartan la creación de las especies en el jardín del Edén y aceptan la evolución de las especies en el jardín zoológico.
En el capítulo 17 del Evangelio narrado por San Juan, Jesús nos dejó una de las más bellas y emocionantes páginas de Su Sublime Existencia – la Oración al Padre Celestial, en la que muestra toda la fuerza de Su Amor por aquellos que Le fueron entregados por Dios para cuidarlos. Y como dedicado Pastor del rebaño humano, enseñó Su Mandamiento Nuevo – "Amaos como Yo os he amado. Solamente así podréis ser reconocidos como mis discípulos".
La dimensión espiritual de cada persona es la realidad más importante entre los valores de una axiología autentica en medio de todo el universo. Sobre todo en el contexto de la revelación divina, actualmente en la conciencia de la humanidad toda, de oriente a occidente conciente de Cristo y su resurrección
Las Sagradas Escrituras presentan a Dios como un ser sublime, eterno que está presente en todo tiempo y lugar (omnipresente), inconmensurablemente sabio (omnisapiente), e inconmensurablemente poderoso (omnipotente). En otras palabras, Dios todo lo sabe, todo lo puede, siempre existió, y está presente en todo tiempo y lugar. Por lo cual, Dios no está limitado, ni condicionado, ni por el tiempo ni por el espacio
Jesucristo es la única perla de gran precio a ser descubierta en todas las Sagradas Escrituras, y su maravilloso plan de redención es el único hilo de oro que integra toda la teología bíblica.
Para intentar comprender un destello de la infinita gracia creadora y redentora de Dios, tendiéramos que imaginar aquellos momentos cuando Dios creó todo con el aliento de su boca y cuando Dios redimió todo con el desaliento de su alma.
Algunos teólogos modernos aceptan la creación divina, pero solamente en forma parcial, es decir, creen que Dios creó una primera partícula o una primera célula, y luego se adhieren al evolucionismo ateo a fin de explicar el origen de la vida y el génesis del universo. En otras palabras, estos filósofos de la teología, descartan la creación de las especies en el jardín del Edén y aceptan la evolución de las especies en el jardín zoológico.
Las Sagradas Escrituras presentan a Dios como un ser sublime, eterno que está presente en todo tiempo y lugar (omnipresente), inconmensurablemente sabio (omnisapiente), e inconmensurablemente poderoso (omnipotente). En otras palabras, Dios todo lo sabe, todo lo puede, siempre existió, y está presente en todo tiempo y lugar. Por lo cual, Dios no está limitado, ni condicionado, ni por el tiempo ni por el espacio
En un establo de Belén una joven madre dio a luz a un maravilloso niño. Aunque el peso, la talla y la fisionomía de ese niño, era similar a la de cualquier otro recién nacido en palestina, sin embargo había una gran diferencia: Ese Niño Era Dios.
Desde un punto de vista bíblico-intelectivo, cada uno de los seres humanos podría auto clasificarse dentro de una de las tres siguientes categorías: necio, natural o espiritual (cf. Romanos 1:22, 1 Corintios 2:14-15). Además, desde un punto de vista bíblico-termodinámico, el necio es considerado como frio, el natural como tibio, y el espiritual como cálido (cf. Apocalipsis 3:16).
Aceptando los meritos de la vida santa, pura y perfecta de Jesús, y aceptando los meritos de la muerte expiatoria de Jesús, la luz de su gracia nos iluminará, y Dios nos considerará perfectos en Cristo otorgándonos la luz de la vida eterna. Por eso Jesús dijo: Yo Soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 8:12). Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él
Dios te ama y te ofrece perdón, aunque tus pecados sean rojos como el carmesí y aunque tus iniquidades sean purpura como la grana. Dios te ama y te ofrece perdón y vida eterna, aunque te sientas desnudo como Adán, ebrio como Noé, mentiroso como Abraham, engañador como Jacob, promiscuo como Rahab la ramera o Sansón, adultero como David, endemoniado como María de Magdala, muerto como la hija de Jairo, falso como Pedro, o amante de lo ajeno como el ladrón de la cruz.
