¿Qué Es Pensar?

Posteado: 24/10/2009 |Comentarios: 0 | Vistas: 1,251 |

Estamos en el conflicto, de entrada, en una gran dificultad, que reside en la distinción que conviene establecer cuidadosamente entre, por un lado, el lenguaje propiamente dicho, es decir los procesos cognitivos propios de la locución, y, por el otro lado, las lenguas innombrables y arbitrariamente codificadas por todas las sociedades, en uno u otro momento de su historia, las lenguas que presiden a la interlocución. Insisto en el hecho de ponerlos en guardia pues nos encontramos con verdadero obstáculo en la medida donde los procesos que vamos a intentar de rastrear hablando de lenguas, no se manifiestan que investidas en los usos codificados en un número casi incalculable. Que sea bien entendido que en inglés se dice “water” en tanto que en francés se dice “eau”, hay, ciertamente una diferencia manifiesta de vocabulario –diferencia que releva, ella misma, a la sociología (más exactamente a la sociolingüística). Sin embrago es imprescindible concebir que tanto el uno como el otro testifican de la misma capacidad del signo. Ven ahora de dónde viene la dificultad: no hay que imputar al signo lo que viene a su uso, y, por eso, llegar a ponerlo entre paréntesis, mentalmente, todo lo que hace que “water” y “eau” son, sociológicamente, dos palabras que pertenecen a dos lenguas diferentes. Es necesario, reconocer que esta parte de la lengua es ¡muy delicada hacerla!

Empecemos por precisar la definición tradicional del signo como asociación de sonido y sentido. Actualmente sabemos que esta definición es del todo insuficiente: desde los principios del siglo XX, en efecto, más exactamente desde los trabajos de Ferdinand de Saussure, sabemos que ese sonido y ese sentido se analizan recíprocamente, es decir que no podemos cortarlos en dos caras del signo sin automáticamente cortar el otro. Para darles una imagen que les ayudará a comprender este fenómeno, escriban, por ejemplo, sobre un pedazo cartón la palabra “maintenant”, y armados de una tijeras, corten esta palabra después de la sílaba “main”: ustedes tendrán de un lado, una palabra que se opondrá, en un sistema del francés, a “tête”, “pied”, “jambe”, etc. Y de otro lado otra palabra que se opondrá a: “tenant”, a “lâchant”, “tiendra”, etc. Eso es a lo que Saussure llama la reciprocidad de dos “caras” del signo lingüístico, que hemos bautizado, en seguida, la “mano” y reemplazado (a nivel del sonido) y el “significado” (a nivel del sentido). Tomen también la sílaba “mano” y reemplacen la inicial de su significado por “p” o por “b”, es evidente que, en el sistema del francés, los significantes “main” “pain” bain” tendrán significados del todo diferentes. Y esto sucede en todos los idiomas que, cada uno tiene su propia cadena de análisis, de sonido y sentido, pero en las unidades significantes todas tienen en común la posesión de esta bifacialidad que hace que siempre sean analizadas en el sonido por el sentido y del análisis del sentido por el del sonido (es lo que se define, en términos saussureanos, la “inmanencia del signo”).

Pero hay más: lo que caracteriza a todas las unidades lingüísticas, cualquiera que sea el idioma que consideremos, es también la biaxialidad que rige sus oposiciones mutuas también sus combinaciones. Es seguro que, aún ahí, seré extremadamente esquemático, y para hacerles entrever lo que digo tomaré el ejemplo del sonido producido por un instrumento musical. Hay, en realidad, dos maneras de definir una nota musical: si aplasto por ejemplo, la tecla “sol” de un teclado de piano, la nota que reciba no se define sino por las otras notas que puede que estén en su lugar y que no son. A fondo, la nota no es más que un grado en cierta escala vertical, escala a la que llamamos “gama”. Pero la nota poseedora también de un valor relativo de expansión con respecto a aquellas que la preceden o la siguen, es lo que hace posible a lo que llamamos la “melodía”. Todo son musical se encuentra a la interferencia de una gama y de una melodía, o, si quieren, de una oposición y de un contraste, de una base vertical y de una base de análisis horizontal. Dicho de otro modo, ¡no hay melodía sin gama, y no hay gama sin melodía!

Pues bien, esta doble y recíproca proyección de una escala a la otra es propia de todas nuestras enunciaciones, cualquiera que sea el idioma que practiquemos. En el fondo siempre hay lo que en el análisis gramatical y en la lógica nos enseñaron, y no sin una buena razón, a saber, que los elementos de un enunciado tenían una “naturaleza” digamos una identidad (escala vertical)-, y una “ función” (escala horizontal), es decir que esas dos escalas contribuyen, cada una por su parte (y hay que añadir “juntas”), en el funcionamiento del enunciado (he dejado de lado, para simplificar, las grandes innovaciones de los sucesores de Saussure que fueron quienes apagaron esta idea de función del vocabulario en sí). Sea que, por ejemplo, la unidad “pain” (hay que hacer aquí, una completa abstracción de la grafía, e imaginarse que tenemos el equivalente de la nota “sol”): “pain” no existe como unidad verbal, porque yo puedo decir “le pain” o “il peint”, es lo que me permite clasificar la primera unidad en una escala de substantivos (gama en la cual, lexicalmente, “pain” se opondrá a “biscotte”, “brioche”, etc.), y de clasificar la segunda en la gama de los verbos (gama en la cual, lexicalmente, “peindre” se opondrá a “colorier”, barbouiller”, etc.). Pero, recíprocamente, si no tuviera la gama es decir un principio de clasificación, no podría organizar esas dos unidades como lo he hecho. Ninguna clasificación sin esquema que no tiene clasificación, o, si lo prefieren, sin análisis de una de las dos escalas sin un análisis sobre el otro, es decir sin que las dos escalas se analicen recíprocamente, exactamente como las dos caras. He ahí la primera contribución de Jean Gagnepain al conocimiento del lenguaje, sobre la base de la clínica afasiológica.

Tengo que precisar que es desde la Edad Media que data el viejo análisis que muchos de ustedes tal vez practicaron en el colegio, al menos lo hice yo: analizar una frase, era separar los elementos bien entendidos, definiendo su “naturaleza” y después su “función”. La “naturaleza” quiere decir “lo que se definía”. La función, es el reporte. Pero por otra parte, el haber guardado esta oposición de naturaleza y de función, es lo que ha hecho reír a todos los lingüistas “modernos”. Pues bien esos lingüistas modernos son unos tontos, porque les hemos conservado algo que era muy importante, es decir una oposición axializada precisamente entre una clasificación de  identidades y, del otro lado, una enumeración de unidades. Por lo tanto, el análisis gramatical, que nos llega en línea directa desde Aristóteles, fue conservado por los gramáticos que no se han avergonzado de ello, sino hasta la aparición de nuestros “profesores de escuela”. Los antiguos instructores tal vez nos aburrieron enseñándonos en la primaria, pero al menos nos enseñaron algo. Y ¡eso no era nada! (aunque es verdad que no podían decir nada de la proyectividad de las escalas)

Bifacialidad y biaxialidad, eso es lo que definía a lo que llamamos la estructura del lenguaje, estructura que es necesaria concebir como un sistema puramente formal, sin ningún contenido: las caras y las escalas no tienen una existencia sino una puramente virtual. Eso no impide que, bien entendida la existencia de su análisis, sea recíproca. El análisis recíproco ha sido probado por los resultados de la clínica afasiológica.

Pero es esta misma clínica que condujo a Jean Gagnepain, no solamente a llevar a la luz a la biaxialidad propia de los procesos del lenguaje, lo que era franquear un paso fantástico comparado con Saussure, sino también a implantar, en los años 1960-1970, la hipótesis (desde la verificación científica) de la intervención, en la puesta en obra del signo, de un tercer proceso: un proceso dialéctico. ¿De qué se trata ese proceso?

Está bien entendido que las unidades significantes del lenguaje no han quedado que para la estructura virtual, porque no sabían otra cosa que un simple “por decir”. Pues hablar, es siempre hablar de cualquier cosa, dicho de otro modo, si, en un primer tiempo (primero en el sentido lógico y no cronológico) despegamos de nuestras representaciones perceptivas, accediendo así a la estructura, nos revestimos enseguida, de esta estructura en el universo de las “cosas”, es decir, en el fondo, en el mundo a decir. En otras palabras, la estructura es la mediación implícita (“inconsciente”, si quieren verlo de esa manera) entre el precepto y el concepto; concebir (conceptualizar, dicen algunos) es, el más allá de nuestras representaciones, nos hacen las ideas sobre las cosas, dar reporte de esas ideas y, por consiguiente, sistematizarlas. Jean Gagnepain llama gramática a esta estructura formal del signo (su bifacialidad, y su biaxialidad) y retórica, a la reinversión de esta estructura que nos permite elaborarla a partir del concepto.

Hay tres precisiones muy importantes a exponer en esta rápida presentación.

La primera es que si, en un modelo elaborado por Saussure, el concepto es exterior al signo, en el modelo elaborado por Jean Gagnepain, el concepto forma parte integrante del signo: es el resultado de esta mediación implícita en la estructura de la conjunción, dicho de otro modo, es el producto de la reinversión de la estructura en el universo de las cosas a decir, un todo sin dejar de participar en el signo.

La segunda precisión importante es que esa reinversión nunca es el concepto que puede ser adherido totalmente a la cosa (la palabra ¡“perro” no muerde!), y lo que define a la polisemia de las unidades significantes (“Le guardo un perro de su perra”). Tomen por ejemplo, la palabra “pie”: esta palabra posee una pluralidad de significados en la que un diccionario de la lengua española puede tratar de definir (“el pie humano”, “el pie de la mesa”, “al pie de una montaña”, “el pie de la nariz”, etc.) Y va de la misma forma en todos los enunciados. Si yo digo: “Ernestina envió la lavanda”, ¿Puedo decir que Ernestina huele un bouquet de flores de lavanda, o que ella se ha perfumado con una colonia de lavanda? Es verdad que mis tres ejemplos son extremadamente simples, pero suficientes, espero, les toca ahora a ustedes hacer aparecer lo que llamamos “las palabras”, estas no son etiquetas susceptibles a pegar a las cosas: a pesar de todos los esfuerzos desesperados que podemos hacer para intentar reducir esta polisemia, que se definía como una impropiedad fundamental, mientras se espera por una transparencia absoluta de palabras, siempre nos queda entre las palabras y las cosas del “juego” (como decimos, por ejemplo, del juego existente entre dos piezas de madera o entre dos engranajes de un mecanismo), y felizmente, ya que ese juego que, precisamente, nos permite pensar. Ustedes ven así que pensar, es explotar (ciertamente, con ¡más o menos felicidad!) ese irreductible y permanente juego que existe entre el lenguaje del cual tenemos la facultad y que a veces lo bautizamos cómodamente como lo “real”.

Les recuerdo, que el “juego” del que vengo de hablarles puede ser más o menos importante. A ese juego se lo puede llamar máximo hasta que podamos doblar el mundo para decir con las palabras lo que tenemos para decirle. Es mínimo hasta que logremos doblar nuestras palabras a ese mismo mundo al que vamos a decir algo. En un caso, tendrán este diálogo a la manera de Raymond Devos: “- El mar está tempestuoso – Pues bien ¡hay que calmarlo!”, en el otro caso hablaremos del ácido nítrico, sulfúrico o clorídeo, por ejemplo, formulaciones que intentan “encajar”, lo más posible a lo que pensamos que es la realidad. En otras palabras, la inversión que hacemos de lo “real”. La estructura verbal está sumida a las dos “visiones” antagonistas que ustedes conocen bien: la visón que Jean Gagnepain llama, la una mítica y la otra, científica, ya pueden ver, que mito y ciencia son también racionales tanto el uno como el otro, en la medida en la que nacen los dos de la misma facultad de concebir, dicho de otros modo que son el producto de un mismo proceso, que es de la misma racionalidad verbal.

Si admiten que ese modelo mediador de la racionalidad verbal, el que les acabo de delinear rápidamente, importantes preguntas van a recibir un inicio de respuesta, comenzando por aquella famosa cuestión de un pretendido “lenguaje animal”. En estos últimos días he visto en una librería muy grande de nuestra ciudad un libro publicado recientemente que estaba expuesto a la vista del público y cuyo título llamó mi atención: “¿Piensan los animales?”. No necesito decirles que ni siquiera ojeé el libro. La respuesta a esta pregunta es un rápido “¡No!” porque los animales no poseen esta facultad de racionalidad verbal que es propia del hombre. Pero, eso no quiere decir que los animales no emiten mensajes, y por medios más o menos complejos, tal vez extremadamente sofisticados (aún si estamos lejos de conocerlos a todos), pero es importante entender que ¡los animales son bestias!

En realidad, y de manera general, lo que hoy hace pantalla, y a menudo nos impide ver lo que distingue al animal del hombre, es la existencia de la eto-logía, es decir sobre la ciencia de las “buenas costumbres” animales, en la que el animal sale de su totalidad de la biología animal (tal como hay una biología vegetal). Y, tratándose de las “buenas costumbres”, de la zoología (tanto como hay una botánica). El osar hacer una “ciencia de las buenas costumbres animales”, es hacer la repetición de una vieja sociología evolucionista que dice que, en el animal hay algo del hombre, dicho de otro modo que no hay un lado que lo diferencie del hombre, lo que jamás ha sido comprobado científicamente. En revancha, lo que está casi probado, actualmente, gracias a las investigaciones clínicas conducidas por Jean Gagnepain, es que sí hay un mono en el hombre, pero ¡no hay un hombre en los monos! Tomando en cuenta esto, es importante admitir que la etología, en el punto donde ella está, es una ciencia sin objeto que no sabría alcanzar nada más que el resurgimiento de la débil, es decir en lugar de servir para el estudio del animal (de la bilogía animal y de la zoología) para estudiar las funciones naturales que tenemos en común con los animales (la memoria en particular, ciertos modos de comunicación por contagio, señales, etc.) y sobre todo lo que nos distingue de ellos, la gran mayoría de los etólogos no se interesan por el animal sino por darnos un informe, lo que no nos enseña nada sobre el hombre, ya que, de todas formas, lo que hace el animal, como vamos a verlo más adelante, le hace diferente al hombre.

Toda etología siendo, pues, puesta a un lado, por tanto, es el estudio del animal y presenta un interés real por la especialidad de las ciencias humanas en la medida en la que esta permita explicarla, el estado libre (al estado a veces llamado “salvaje”), es, en el hombre, algo que también funciona, pero siempre está encuadrado por la cultura, a saber, por procesos naturales de los cuales él dispone como el animal, y evidentemente la capacidad de percibir. Pero de esta capacidad, el hombre hace otra cosa. De la misma manera ustedes ven que todo interés que podría concernirse a los Koko, Washoe, Viki y otros monos antropoides a condición de tomar algunas precauciones, en el momento en el que comparemos su comportamiento pretendido “lexical” al de un niño. Pues, si los resultados de las pruebas propuestas al niño y al mono son parecidos, el uno y el otro no están para nada en la misma situación, en la medida en la que el niño sólo con la capacidad de abstracción verbal, si bien imaginamos que para el mono como para el niño, hay signo, es falso. Eso constituye una diferencia considerable entre el niño y el mono, las actuaciones de mono no pueden compararse con las del niño, porque el problema que sometemos a los dos, está bajo el nombre de “lenguaje”, un lenguaje para el uno, y que el otro no posee.

Añadimos que el postulado conductista es mucho más grave que el postulado evolucionista en la medida en la que todo es problema de experimentación en las ciencias humanas que se encuentran expuestas así: el conductismo cosiste en tomar en cuenta sólo los resultados, es decir los éxitos y los errores, pasan a lado de la única cosa que es importante aprehender, a saber, los procesos, y, en la medida donde el error sólo es humano (por tanto el hombre es el único que analiza, aún si este análisis está implícito), esos son los mecanismos de los errores que deberían llamarnos la atención. Para ilustrarles un poco, les mostraré ciertas pruebas pretendidas “no verbales”, pero que en realidad están llenas de “verbalidad” interior, es decir que no podemos resolver sin concebir. Tal es la famosa experiencia de Binet, que consiste en esto: tomamos muchas cajas vacías, y metemos azúcar en la primera, después en la segunda, y después en la tercera, etc. Les decimos al mono y al niño que busquen el azúcar; al principio, el mono y el niño van a buscar el azúcar en la caja donde estaba al inicio, pero después de la tercera tentativa, el niño y el mono difieren: el mono continúa buscando el azúcar en la misma caja, pero el niño va directamente a la caja siguiente, porque comprendió, sin saber, que el azúcar está en la siguiente caja. He ahí lo que llamamos, intelectualmente, la inteligencia: lo que el niño supo, llamamos buen entendimiento, y si él tiene un buen entendimiento, es porque es capaz de concebir, y si es capaz de tener nociones, es decir de expresarse con palabras y no con cosas, es que él es poseedor de un lenguaje.

Entonces no se puede preguntar: “¿Piensan los animales?”, y ni siquiera podemos hablar de una “inteligencia animal”, incluso si tomamos en cuenta a los encantadores caniches que parece que son los mejores amigos del hombre. Y lo que es peor, el animal es de cualquier situación de pura exhibición, es decir de costumbres a realidades culturales en la que nunca tendrá la llave: hasta que se le enseñe a un pingüino a ¡desplazarse nadando! En resumen, se trata de la racionalidad verbal, el niño sin estar en una situación de exhibición sino en una de aprendizaje, sufre mucho menos que el animal, porque él es capaz de apropiarse del problema que le hemos propuesto, es decir analizar la manera en la que se la han propuesto, o de reflexionar, es por eso que él tenderá, si escuchó mal, a reformular el problema de otra manera, es decir a equivocarse: es por eso que errar es humano (el mono no se equivoca). En otras palabras: es pura y simplemente la violencia de la crueldad para con los animales.

He ahí el por qué de la absurdidad de hablar de una “inteligencia artificial” al hablar de nuestros ordenadores, decimos que ellos no se equivocan (o, al menos les está prohibido equivocarse): es necesario que sean de una precisión tal que no tengan medio de fallar y dar con la solución. Nos hemos reído mucho de la teoría de los “animales-máquina” de Descartes, pues hablar de los “animales-máquina”, era infinitamente menos ridículo en el siglo XVII que hablar de lo que hablamos hoy, del “cerebro electrónico”, dicho de otro modo de “cerebros-máquinas”. En cada uno de estos dos casos, se trata, en realidad, de una metáfora que no tiene absolutamente ningún valor científico, metáfora que nosotros no hacemos que regresarla: Descartes comparaba los animales con las máquinas, nosotros comparamos las máquinas con los animales, y, -¡lo más absurdo!-, con los ¡animales humanos! En realidad, aunque se trate del animal o de la máquina, tendremos un trabajo de dos tipos de funcionamiento que no tienen nada que ver con el nuestro –funcionamiento que, en este caso el del ordenador (que precede a guardar y a drenar, en otras palabras “memoria” y “programa”) es incluso infinitamente más simple que el del animal.

Ya que el animal es capaz de tener un cierto grado de abstracción: la sensorialidad y la percepción de las cuales él, como nosotros, tiene la capacidad (¡a diferencia del ordenador!), de tener un tratamiento natural: puede suceder, como ya les he mostrado, que la toma de un objeto reenvíe al animal a la toma de otro objeto que “imagina” (en el sentido de las teorías de Sartre, y no analítico). Él trató el objeto de una manera particular, un primer objeto le reenviaba a un segundo, y por poca imaginación que este tenga, ese segundo le reenviaba a un tercero, etc. Eso es lo que se define como serie. Quiere decir que si se llama al primer objeto índice, y al segundo sentido, el segundo objeto puede transformarse, en la relación serial, en el índice del tercer objeto que viene a ser su sentido, si bien que, en la serie no importa qué objeto puede ser el índice y el sentido según el lugar que ocupe. Pero, ¿qué hace el hombre? Interrumpe, como saben, la relación serial para unir recíprocamente el índice y el sentido, y esa unión de reciprocidad define, como ya hemos visto, la “inmanencia del signo”, es decir su bifacialidad.

Por otra parte, no puede ser posible  que el mono antropoide, en ciertas situaciones de exhibición (y puede ser al estado “salvaje”), sea capaz de seleccionar las señales (escala vertical) y combinarlas (escala horizontal), pero ningún etólogo nos ha probado científicamente que el mono tiene la facultad de realizar análisis recíprocos de dos escalas, análisis que definen a la biaxialidad. Y si el hecho ya estuviera establecido, se debería probar que ¡es capaz de efectuar la dialéctica! En otras palabras, si por azar ustedes encuentran a un mono que se manifiesta delante de todos estos índices y que tiene una capacidad de análisis a la vez bifacial, biaxial y dialéctica, sin ninguna duda: ¡tan peludo como sea usted está tratando con un hombre!

Esto no quiere decir pueden pensar que el hombre es “superior” al mono. Nosotros también somos animales, pero diferentes, eso es todo. Aún mejor, si no tuviéramos, como ciertos animales, al menos la sensorialidad y la percepción, y si no tuviéramos en común con ellos la capacidad de tratarlos naturalmente, seríamos perfectamente incapaces, por proyección de nuestra racionalidad, de emerger a la dialéctica del mono. Esta vez, podemos decir que no hay hombre porque ¡hay un mono en él!

De lo que podemos estar seguros es que el ordenador, sin poseer ni sensorialidad ni percepción (que son los des niveles de la representación animal), no podría, de ninguna manera, ¡tratarlos naturalmente! ¿Cómo quieren que haya capacidad de tratar culturalmente, un tratamiento natural que no tiene signo? Pueden ver muy bien que para poder hablar de “inteligencia artificial”, de “cerebro electrónico” o de “lenguaje informático” ¡es necesario comenzar a poner a un mono en el ordenador! Está claro que fabricar inteligencias, racionalidades verbales, pensamientos, en una palabra, ¡no es más que un sueño de iluminado!

No obstante, es verdad que la máquina puede llegar mucho más lejos que el animal y aún más lejos que el hombre, y mucho más lejos aún que ella misma. En comparación con los ordenadores de hoy, la manera en la cual funcionan nuestros ordenadores y cómo funcionaban a principios del siglo XXI es absolutamente sarcástica (en algunos años, les haremos “hablar” casi como nosotros, y serán ciertamente capaces de hacer muchas más cosas), pero los procesos no serán los mismos. Los resultados serán casi perfectos, pero, justamente, los ordenadores no se equivocarán nunca, al menos no como se equivoca el hombre, simplemente porque, y sólo él, tiene la facultad de pensar.

En resumen, pueden ver que hay tres maneras de tratar la información: la manera artificial (por resguardo y programación), la más simple y que es la única que tiene el animal; y la manera cultural –que es propia al hombre, y que, solo, pone en juego los procesos cognitivos totalmente inconscientes fuera de sus manifestaciones de lenguaje: por un análisis implícito de sus representaciones, el hombre emerge de la estructura (las caras y las escalas) y en reinversión de esta estructura en la situación. Eso es lo que me conduce a concluir, por decirles una palabra al sujeto de la oposición que la ponemos comúnmente entre el abstracto y lo concreto.

En el momento en el que abordamos el problema de lo concreto y de abstracto, decimos, generalmente, que el niño comienza por lo concreto y termina por lo abstracto, y podemos ver un “progreso” del pensamiento (vean los trabajos de Piaget, por ejemplo). Pero a nivel del lenguaje no hay nada estrictamente concreto: la totalidad del lenguaje es abstracta, si bien que en lugar de mirar los procesos como un pretendido “progreso”, debemos decir que el hombre es abstracto desde el inicio, y que justamente esa es la capacidad de abstracción que le permite fabricar lo concreto. Dicho de otro modo, lo que llamamos concreto no es más que el producto de la reinversión de lo “real” de nuestra capacidad de estructura, si bien nunca podemos asir lo abstracto o lo concreto: sólo podemos tener la relación bipolar existente entre ellos.

Eso es lo que nos permite definir al signo siendo la más fiel a la teoría concebida por Jean Gagnepain: el signo es el lugar de la contradicción recíproca de lo abstracto y concreto. Es decir, que no lo podemos agarrar, a menos que sea un abstracto que no se refiere a un concreto, y menos, salvo por ingenuidad, un concreto independiente de lo abstracto que permita ponerlo. Teniendo en cuenta esto lo mejor que pueden hacer los especialistas de las ciencias humanas es tomar esta contradicción física y hacerla su objeto.

Y debo añadir, y es ahí donde terminaré, que ese tratamiento abstracto-concreto de la representación es común a todos los hombres: y no solamente al “pensador”, sino también al niño a menos hasta un premio Nobel. En otras palabras los mecanismos de la abstracción no hacen acepción ni de la edad, ni del medio, ni de la profesión, etc., y mucho menos que esta no pueda ser considerada un “grado” del conocimiento.

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    To develop a genuine science of man, it should be, not only to get rid of literary, but also, to make an antagonism of neuron (the nerve, which is in one side of the body) and the psyche : l spirit, this means all the rest, which we don not know where it is located. In other words, what I would like to show you, today, is that these two schools of thoughts, which are the neurosciences and psychoanalysis, come under a totally and obsolete dualism, despite the many debates that it continues

    por: Lamotte Jean-Lucl Education> Sciencel Oct 25, 2009 lVistas: 47
    Lamotte Jean-Luc

    cette double et réciproque projection d’un axe sur l’autre est le propre de toutes nos énonciations, quelle que soit la langue que nous pratiquons. Il y a toujours, au fond, ce que l’analyse grammaticale et logique nous apprenait, non sans bon sens, à savoir que les éléments d’un énoncé avaient une « nature » - disons une identité (axe vertical) -, et une « fonction » (axe horizontal), c’est-à-dire que ces deux axes contribuent, chacun pour leur part (et il faut ajouter « ensemble »), au fonctio

    por: Lamotte Jean-Lucl Education> Sciencesl 25/10/2009 lVistas: 62

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